Los modernos «Anti-Caza»

Rayón

 

Un día andaba Manuel dándole vueltas a su cabeza pensando en Sierra Morena, en esa sierra que tanto recordaba y añoraba por ser el lugar donde había nacido y crecido, cuando empezó a sonar el teléfono. Al cogerlo, la voz de un varón le preguntaba si sabía quien era. Tras una pequeña pausa Manuel le dijo que como no iba a conocerlo, que era su amigo Enrique.

Este amigo de Manuel era el propietario de una finca de caza situada precisamente en la sierra en la que estaba pensando cuando sonó el teléfono. Después de saludarse, Enrique le dijo que la llamada era para invitarlo a pasar unos días en su finca, que había pedido un permiso para esperas nocturnas al jabalí, y como sabía que le gustaban tanto y que la finca estaba para disfrutar haciéndolas, había pensado rápidamente en él, así que no le fallara, que lo esperaba el viernes siguiente en la finca antes de mediodía para comer juntos.

El viernes siguiente, como habían quedado, Manuel madrugó y tomó desde Madrid la carretera de Andalucía dirección a la Giralda hasta su pueblo y, desde él, la de la sierra hasta la finca de su amigo. Cuando llegó, allí lo estaba esperando Enrique un tanto impaciente por verse y juntarse de nuevo.

Nada más bajarse Manuel del coche se saludaron con un fuerte abrazo y, nada más sentarse los dos bajo el porche que había en la puerta del cortijo, Enrique empezó a contarle los planes que tenía referentes a las esperas que había previsto hacer. Después de contarle todos los planes que tenía sobre ellas empezaron a charlar y charlar durante horas, como hacían siempre que se veían, contándose uno a otro las vivencias de caza que había tenido desde que no se habían visto.

Entre los diferentes temas de conversación que entre ambos surgieron debajo de aquel porche, donde también se tomaron algunos vinillos fresquitos de la tierra, estuvo presente el de los anti-caza. Manuel decía que desde hacía algún tiempo venía observando que había personas que se sentían modernas siendo antis, anti-algo, que les daba igual serlo de una cosa que de otra, que el caso era estar ahí sintiéndose importantes, modernas y arrimadas a todo aquello desde donde se pudiera hacer ruido y tener protagonismo, y si encima "vendían" bien, pues aún mejor. Decía que de hecho habían "vendido" tan bien con algunos temas, (como con el de la fiesta taurina antaño) que incluso algún medio aprovechando su tirón les había dado la oportunidad de que expresaran a través de él verdaderas burradas contra todo aquello que habían querido.

Enrique le decía a Manuel, que lo que él no había pensado nunca es que un día les pudiese dar por la caza y cazadores con el empecinamiento y la fuerza que les había dado, pero que ya veía, que parecía que sí, que ahora lo moderno para ellos era "pintarse de verde", es decir, proclamarse "ecologistas" anti-caza y empezar a hablar del tema hasta por los codos o escribir de él hasta salirse del papel, poniéndonos a los cazadores cada vez que abrían la boca o cogían una pluma en la mano de "arrasa-campos" y de criminales para arriba.

Manuel le contestó, que si realmente lo que decían o escribían fuese algo razonado y, sobre todo, razonable, posiblemente se pudiera hasta escuchar o leer, pero que dicho o escrito de esa forma tan agresiva y devastadora que utilizaban, él pensaba que su campaña anti-caza (Manuel se equivocó) nunca sería eficaz, pues pocas personas civilizadas iban a dar credibilidad a sus palabras expresadas en esos términos y tonos tan agresivos y devastadores que utilizaban contra nosotros los cazadores.

Enrique siguió comentando, que él pensaba que amar y tratar de conservar la naturaleza consistía en otras cosas más serias, lógicas e importantes que la de criticar tratando de "masacrar" ciegamente a un colectivo al que habían demostrado no conocer ni de largo, que de hecho el verdadero ecologista, el de siempre, el que lo era por verdadera vocación y no por protagonismo como estos otros, y se preocupaba realmente por la conservación de la naturaleza, se ocupaba solo lo justo o muy poco de los cazadores, ya que nos conocía muy bien y de cerca.

Manuel siguió diciendo, que de todas formas, los antis aún sin tener idea eran capaces de opinar de lo que fuese, incluso dijo, que él pensaba que si un día tuviesen que opinar de la aerodinámica de los aviones para seguir sintiéndose modernos también lo harían, incluso llegando a decir algunos (sin sonrojarse tan siquiera) que tomaron parte en el diseño del Concorde.

Enrique le dijo a Manuel, que de todas formas, aunque hablaran y escribieran cargando contra los cazadores con artillería pesada, y encima de vez en cuando saliera por ahí algún famoso espontaneo (a los que mejor ni nombrar) diciendo que estabamos acabando con muchas especies de animales de nuestra fauna estando hasta protegidas por la ley, no creía que debiéramos ponernos a su altura, pues cuando "la sangre se subía a la cabeza" lo único que se solía hacer era perder los papeles y llegar a decir barbaridades como las que decían ellos, de las que luego las personas sensatas solían arrepentirse de haberlas dicho, y, que además, pensaba que posiblemente lo que decían se podía deber a que nunca habrían oído ese refrán popular que dice: zapatero a tus zapatos que así no te equivocaras ni harás el ridículo, pues de haberlo oído, posiblemente no se les hubiese ocurrido hablar a unos y escribir a otros de un tema del que ellos solitos habían demostrado no tener ni la más remota idea. Y ese desconocimiento que mostraban del tema, entre otras muchas cosas, podía deberse a que si alguna vez habían visitado la sierra lo habrían hecho en un "toterreno", sin bajarse de él y acompañados por alguien que posiblemente les hubiese hecho ver aquello que le había interesado que viesen, pues de haberse bajado del "toterreno", haberse dado algunos jaronazos pateando la sierra y haberla vivido dentro de su realidad, posiblemente tendrían otra opinión muy distinta de la que parecían tener.

Manuel dijo, que lo si que le gustaría sería tener algún día frente a él a alguno de esos detractores de la caza y cazadores, a uno de esos que nos acusan de ser los exterminadores de las especies protegidas, a uno de esos que parece se han aprendido algunas cosillas sobre esas especies y los Convenios Internacionales sobre su protección y conservación, para decirle que aunque los cazadores no conociésemos esos convenios ni las especies incluidas en los Libros Rojos de la Fauna Amenazada sería igual, pues con tener una poca sensibilidad e instinto de conservación era más que suficiente para saber que ese legado natural debíamos conservarlo, y que esa sensibilidad y ese instinto eran más que comunes en todos los cazadores, aunque como en todos los gremios o colectivos pudiera haber algún desaprensivo capaz de dispararle a alguna de esas joyas de nuestra fauna de las que se encontraban en peligro de extinción, pero que también le gustaría dejarles claro a los que se mostraban detractores de la caza y cazadores, que el que fuese capaz de hacer tal atrocidad no podía ni debía llamarse cazador, sino salvaje u otro calificativo aún peor, que el verdadero cazador, no el "cazador", sería el primero que el día que se perdiese alguna especie de nuestra fauna (fuese o no cazable) lo sentiría tanto como el que más, pues todavía él no había conocido a ninguno que no se preocupara por la conservación y equilibrio de ellas.

Enrique pensaba, lógicamente en contra de la opinión y campaña negativa que estaban haciendo los anti-caza en deterioro del buen nombre del colectivo de cazadores, que el casi exterminio de algunas especies de nuestra fauna y entre ellas esa de la que últimamente se hablaba tanto, precisamente por estar dando las últimas bocanadas, esa rareza Ibérica que habita principalmente en el matorral y monte mediterráneo, El Lince Ibérico, del que si mal no recordaba había empezado su regresión con la década de los sesenta y en los últimos tiempos a caer en picado o barrena, se debía a otras muchas causas y no precisamente a las actuaciones de los cazadores en el campo, como podían ser: a la fragmentación de sus áreas de distribución impidiendo la comunicación de los pequeños núcleos y el asentamiento de los jóvenes; a la utilización de cepos en la caza furtiva de conejos; a los lazos que en muchas ocasiones se ven puestos en las "gateras" de las cercas cinegéticas; a los atropellos por automóviles de los que circulan a gran velocidad por las vías rápidas que cruzan algunas zonas linceras de nuestra geografía; a la transformación e incluso perdida de muchos de sus hábitats; al exceso de cercas, algunas (aunque parezca una barbaridad) incluso electrificadas; a grandes obras de ingeniería; y a las actuaciones salvajes y furtivas de algunas personas que en ningún momento debía nadie considerarlas o confundirlas con cazadores.

Manuel también le dijo a Enrique, que la disminución de las poblaciones de conejos en nuestros campos a consecuencia de las epidemias que todos conocemos, posiblemente hubiese sido una de las mayores (por no decir la mayor) causas del casi exterminio de estos animales, que no había que olvidar que el conejo siempre había sido la pieza clave de la cadena trófica. Aunque para él también había sido muy importante la aparición coincidente de ciertos intereses económicos derivados de las explotaciones cinegéticas en algunas fincas privadas antaño con la regresión de los distintos predadores, pues en algunas de ellas para prevenir supuestos daños a la caza se le había empezado una brutal persecución a estos animales a base de ponerles cebos y más cebos envenenados (algo que estaba autorizado y hasta creía que premiado en tiempos ya pasados) de forma incontrolada y desmedida, los cuales casi acabaron con muchos de los que ahora tanto trabajo nos estaba costando recuperar.

Lo que Enrique también comentaba, es que en muchas ocasiones lo que había leído escrito por personas no cazadoras sobre este tema, coincidía plenamente con lo escrito por muchos cazadores, pues en ambos casos se transmitía el mismo deseo y mensaje, la imperiosa necesidad que había de proteger y recuperar esas especies de animales que se encontraban en peligro de extinción. Pero que lo que él jamás podía entender, era como teniendo todos un común interés, no habíamos dejado ya de una vez por todas de lanzarnos "chinitas" en unos casos y hasta "adoquines" en otros, cosa que no conducía a nada, y nos habíamos unido en lucha contra las verdaderas causas del problema, pues si seguíamos así mucho tiempo tratando de colgarle las culpas y responsabilidades a los demás en vez de unirnos para buscar soluciones, esto podía prolongarse hasta el punto de que ya no las hubiese y no pudiésemos dejarles a nuestros nietos el poco legado natural que nos quedaba del que nos dejaron a nosotros nuestros abuelos, y tuviésemos que oírles decir que hemos sido la peor generación que ha pasado por la historia en el tema de la conservación de la naturaleza.

Aunque debajo de aquel porche estaban disfrutando charlando de infinidad de temas relacionados con la caza y la sierra y hubieran seguido otro montón de horas más, Enrique miró su reloj y le dijo a Manuel que había llegado la hora de marcharse a hacer la espera, así que cogieron sus pertrechos y se marcharon por una vereda hasta el lugar donde la iban a hacer.

Después, el que ha practicado esta modalidad de caza o es aficionado a ella, ya sabe lo que pudieron disfrutar Manuel y Enrique, no solamente por el hecho de tirar y abatir algún marrano, sino también por la paz que se respira estando solo en un puesto de espera disfrutando del hechizo de la noche en la sierra iluminada por la luz de la Luna.