El loco la arcea

Loloco

 


Hay Rufo, y nuestras viejas planillas olvidadas en el armario.

LA ARCEA Y EL LOCO

A mediados de Noviembre solíamos cazar en nuestros montes del Palo, jornadas de sol a sol en las que salíamos desde casa, mis dos tíos y yo con perros y escopetas monte arriba, en el alto me iba con mi tío Secundo, tras las rubias, mientras mi tío Manuel con la única compañía de la Xana se dedicaba a voltear alguna liebre, para unirse a nosotros a la hora del taco y cazar en mano los altos llanos del Palo, aquel día la jornada había sido propicia y hartos de caza, satisfechos y con las cananas menguadas (que no vacías, porque las vainas había que recogerlas para recargarlas en casa) de perdigones bajábamos el monte camino de casa.

Desde el alto del Palo, eras el Rey del mundo, dominabas el valle a la perfección a lo lejos a nuestra derecha primeros humos en los caseríos de Vegallin anunciaban la hora sin que necesitaras llevar un reloj, La Pola encendía las luces de la plaza, mas a nuestra derecha las vacas de Manzanal eran conducidas a los establos, Puente del Infierno , Llamazares y en Leitariegos el sol se escondía tras los montes reflejando con sus últimos rayos los tejados de La Pola mientras la campana de la Iglesia de Fresnadon avisaba de la misa de la tarde, era un momento de placidez donde el tiempo se detenía, donde al cerrar los ojos y recordarlo me vienen a la cabeza los ocres colores de un cuadro invernal, de sabores a tierra húmeda, a la hoja muerta del roble, al brote tierno del avellano, al pan untado de mantequilla fresca y miel del año y a la leche caliente sin hervir, según salía del teto de la vaca, cuantas veces he bebido de estos tetos en pleno monte, aliviando así la sed y calentando el cuerpo.

Caminábamos ladera abajo, entre las uces y los quejigos y a medida que perdíamos altura, la vegetación se tornaba más frondosa , lo que nos obligaba a tomar las sendas por las que el ganado subía a los pastos en verano y que ahora servían a cazadores y canes para evitar el duro caminar entre los folechos (que los gallegos llaman fientos y los castellanos helechos) muertos que doraban el monte. daba gloria ver la escena, delante mi tío secundo, apurando el caldo entre sus labios, con la paralela abierta colgada de su hombro izquierdo, ayudado de una vara de avellano que había cortado en el alto y que servia para bajar (y a que ritmo) a los "vaqueiros" de las cumbres, siete rubias adornaban su cinto, yo no les sacaba ojo a cada una de ellas e iba en silencio recordando los lances que dilataba en mi memoria haciendo que durasen el trayecto hasta casa, tras el iba yo, con el rabillo del ojo puesto en la pareja de liebres que colgaban de mi percha, me imaginaba Gary Cooper, con el pistolon colgado al cinto esperando a Frank Miller en la estación del tren, detrás Manuel, encendiendo un cigarro con otro (no fumaba nada durante la jornada de caza, pero en la bajada recuperaba nicotina a pasos agigantados) y cerrando la columna , los perros, la sabuesita "Xana" y los perdigueros, el Moro y la Tula los gordon de mi tío secundo que caminaban tras nosotros, sabedores de que el día había acabado, pletóricos de satisfacción y midiendo las fuerzas para la jornada siguiente (el Moro jamás hizo más de lo estrictamente necesario, hasta que llegaba al cazadero no salía de nuestros pies, pero después era un gozo ver la portentosa nariz del setter negro y fuego, con los años cuando ya estaba muy mayor se subía a mi Lambretta y hasta que no me marchaba de casa era el amo y señor del Scooter, en el que más de una vez nos fuimos juntos de caza), también venia con nosotros mi setter rojo "Café", pero este rompia el sosegado descenso de la partida, Café era incapaz (y lo fue toda su vida) de seguir el cansino ritmo que le imponíamos en la retirada, el seguía monteando delante de nosotros, a derecha , a izquierda, laceando y mostrando "raptasen", mirlos, carrizos y toda emanación desconocida que captaban sus sentidos olfativos, tenia 10 meses y a mi me desesperaban tales muestras, que mis tios, para meterse conmigo, advertianme con gran estruendo, haciéndome salir de mi ensoñación y correr constantemente hacia el lugar donde apuntaba el perro para luego con gran risotada aplaudir la salida de un pajarillo entre la seve, yo recriminaba al perro y mis tíos me recriminaban a mi, ambos cazador y perro erramos bisoños y si nuestra afición era desmedida, nuestra experiencia dejaba mucho que desear, eran bromas sanas, a las que me prestaba a sabiendas de la intención de aquellos montañeses y era una buena forma de aprender, perro y cazador, luego en el monte, siempre me dejaban tirar primero, y si descolgaba alguna del bando, Secundo lo celebraba con gran aspaviento.

Las cañadas acababan confluyendo en un Camino más ancho, al que llamaban en la zona camino real, y que antes había sido el camino por donde las gentes del lugar cruzaban el Puerto, hasta allí llegaban los carros del ganado para cargar la hierba de las praderias, las mas alejadas del pueblo pero las que tenían los mejores pastos, hasta ellas llevaban el ganado los que se dedicaban a la venta de leche porque eran los que mejor alimentaban a la vacas, esas vacas que ahora volvían a los establos, guiadas por dos de las mujeres de la casa, eran dos hermanas una del tiempo de mi tío Manolo y otra dos años mayor que yo, las dos eran finas, rubias con unos ojos del color de nuestro cielo en los días de verano, de un azul tan intenso que aun no he visto ojos como los de las mujeres del puerto, al verlas, note como mi tío Manuel apuraba el paso para según él echarles una mano con el ganado, mi tío Manuel era muy "Gallu", soltero, un hombron bien proporcionado y de finos rasgos que contrastaban con los de la gente curtida de la zona, amable en el trato, sobre todo cuando era con feminas, yo era tímido, mucho y joven al mismo tiempo, pero la mozina me gustaba de antes, ya había coincidió en alguna verbena y echado unas piezas, le seguí adelantando a Secundo, que por lo bajo se burlaba de ambos, las vacas bajaban por la calella precediendo a las vaqueiras y cazadores, los canes del ganado, una pareja de poderosos loberos ponían a distancia a nuestros perdigueros que asustados se protegían tras las piernas de Secundo, Manuel y yo nos pusimos a la altura de las dos mujeres y mientras mi tío daba conversación con la mayor, yo sin decir ni pío, me estiraba como un pavo al lado de la otra, procurando que reparase en mi pareja de liebres, mis cartuchos y la del 16 que terciaba a mi espalda.

¿ Y el Café?; pues el Café para mi desesperación seguía monteando delante de nosotros, ahora metido en los robledales ,dorados por el invierno, llenos de hoja muerta y de vida debajo de esa misma hoja, donde los folechos alfombraban las carbayeiras, me había decidido a romper el hielo y soltar alguna palabra (por que la chica me gustaba de veras) cuando una vez más mi tío Secundo me alerto, - Nin, ties el perro puesto-, la sangre me subió de repente a los mofletes, sobre todo al ver que al decir la frase mi tío, la moza se paro y dirigió una mirada un palmo más debajo de mi cartuchera debido a su ignorancia cinegetica y a una dudosa interpretación de la frase que mi tío acababa de espetarme, que podía hacer en aquella situación, sin pensarlo opte por poner tierra de por medio lo mas rápidamente posible, así que di un salto y me encarame al muro de piedra que delimitaba el camino, y con la precipitación no repare en que la piedra en que me había apoyado mi pie estaba suelta, suelta y bien suelta, que se cayo sin darme tiempo a preparar la caída, y eso que era ágil como un gato, así que en el camino real de Busdiello quedo para siempre un trozo de mi incisivo superior, y no quedo más, porque la del 16 me sirvió de apoyo y porque el Diablo, a veces no es tan malo.

Para evitar oír las risas y la ignominiosa situación en la que me hallaba, disimule lo que pude y me metí en el monte aguantando el dolor y desoyendo las preguntas por mi estado de salud que mis tíos y las pastoras pronunciaban a mi espalda, ni siquiera me di la vuelta para que no vieran la sangre, que me tragaba lo mejor que podía y decidido estaba a que el perro pagara las culpas de tamaña hazaña .

Frente al carbayal el Setter acostado apuntaba hacia una escoba, descolgué liebres y morral, aparte las seves y folecheos que no me dejaban llegar al can y sin cerrar la de perrillos me encamine hacia el Café, dispuesto esta vez a darle una patada que al menos le rompiera dos caniles, y lo hice rápido de veras, porque en un plis-plas estaba a su altura, Café mostraba firme, la cola recta pegada al suelo, casi acostado sobre los cuartos traseros, y echando aire por los belfos, y así, según estaba le propine un puntapié en los muslos, al dárselo, un trocito de bosque con alas salió del carbayal, de donde el Café había estado apuntando.

Aun resuenan las voces de Secundo en mis oídos cuando recuerdo la escena - Unaaa Arcea, Unaa Arcea -.

Tragué la sangre y decidí enmendar el entuerto, el pobre perro se mordía el muslo y se negaba a moverse debido a la violencia de la reprimenda yo lo acariciaba y soportando mi propio dolor como podía le pedía, le imploraba que siguiera a esa arcea, la primera que levantábamos en los dos en nuestra vida, el buen perro reacción y comenzó a batir la carbayeira, y una vez más cogió el peón, la puso y rompió de nuevo la muestra, y otra vez se levanto la arcea a mi lado, que me dio tal susto que todos los pelos se me pusieron de punta, el tiempo se había detenido, y aunque anochecía y estaba magullado, también estaba decidido a bajarla al tercer levante así que si se es que mordí los labios y puse la lengua donde antes había estado mi trozo de diente le monte los perrillos a la del 16 y sin mirar atrás, desoyendo las voces de mis tíos que me alertaban de la hora que era, me metí monte adentro, acariciando, besando y suplicando al Café que me pusiera otra vez la Arca, entre una seve, en una ladera bastante empinada, el setter rojo de diez meses, rompía leña arrastrándose como un gato, levantado una pata delantera que apoyaba delicadamente para ganarle terreno a su presa, mostrando firme y guiando con la maestría de un veterano, otra vez la levanto, salió al claro la apunte y apreté el gatillo y… la del 16 me pego una coz como nunca me había dado, hasta el perro se asusto del ruido, y lo primero que pense fue que había puesto doble dosis de pólvora en el tiro, la arcea por supuesto se fue, tapada por el humo del disparo, y yo perplejo miraba a la escopeta un poco asustado y al reparar en el punto de mira vi como estaba levantado y la boca del cañón reventada.

Con la cabeza gacha, ya de noche alcance a mis tíos en la taberna de la Allandesa, aguantando como podía el dolor de mi diente roto del que ya no me acuerdo y sin aguantar el dolor que me producía haber reventado la escopeta, del que si me acuerdo, volviendo a casa, con el brazo de Secundo sobre mis hombros y en silencio llore la perdida de mi primera arma del 16, con la que tan buenos momentos había pasado, nadie me recrimino nada, no hubo un reproche, esa misma noche la Sean quedo colgada para siempre de una viga de mi cuarto, y esa noche en la que tanto tarde en dormirme, sabiendo que al caerme se me había taponado el cañón que fue lo que hizo reventar el arma, no pense en la moza, ni en mi diente, ni en el hierro en que se había convertido la paralela, lo que me volvió loco toda la noche fue esa sombra alada que me había puesto el perro entre los carbayos y que me tan bravamente me había derrotado, esa arcea consiguió que desde entonces a partir del mes de Noviembre yo mismo fuera una sombra entre los carbayos y pinares buscando el dorado reflejo de una arcea trasponiendo entre las ramas.

Loloco