Nostalgias de un serreño

Rayón

 

No hace demasiado tiempo Manuel fue a su pueblo, a Baños de la Encina (Jaén), a pasar unos días en él. Una mañana hizo lo que otras muchas hacía durante esos días que allí pasaba, coger su cantimplora llena de agua, una vara y marcharse a dar una vuelta por Sierra Morena con el fin de respirar ese aire impregnado en aromas de monte que a él tanto le gustaban, unos aromas que respiraba a diario cuando unas décadas atrás vivía en una de las zonas más agrestes de ella, que fue donde nació y creció.

Cuando iba caminando por una vereda salió a su encuentro un viejo guarda de caza que él conocía desde que era un niño, desde que vivía en aquella zona de sierra. Después de un cariñoso saludo se sentaron debajo de una encina a fumarse un pitillo y charlar un poco. Al rato de estar charlando y recordando viejos tiempos, Manuel con cara de tristeza le dijo al viejo guarda que, antaño, cuando él vivía allí en la sierra, recordaba que podía andar por ella en todas direcciones durante horas sin sentir la sensación que sentía ahora cada vez que la visitaba, que ahora sentía más sensación de estar andando por el almacén de una chatarrería que por la sierra, pues toda ella estaba sembrada de hierros y alambres formando “corrales o granjas de caza”, algo que le hacía sentir una gran pena, ya que él siempre la había tenido idealizada y grabada en sus retinas tal como la conoció hacía más de medio siglo.

El viejo guarda le contestó, que mejor no hablar de penas, que para pena la que él sentía por esos animales “salvajes” que veía dentro de esos cercados que parecían verdaderos campos de concentración, sobre todo, cuando comparaba y veía con toda claridad la diferencia tan abismal que había entre el comportamiento de los venados cargados de mansedumbre y sumisión que poblaban muchos de esos “cercones” y el de aquellos de antaño que nacían, se criaban y vivían en total libertad sin ser sometidos a nada por actuaciones humanas. Unos venados que él veía antaño poner la tierra que pillaban debajo de sus pezuñas por encima de las copas de las encinas en sus carreras de huida. Unas carreras que en tiempos pasados tampoco se veían limitadas y cortadas por cercas y “mallazos” como se veían ahora quitándoles su única defensa.

Manuel siguió diciendo, que había algo que los humanos no deberíamos olvidar nunca, y era que la defensa de estos animales estaba basada en su rapidez y velocidad de huída y, que de hecho, ahora no era difícil ver en algunas monterías de "cercón" a las reses tirándose y golpeándose contra los alambres de las cercas hasta quedar gravemente lesionadas al ver perdida su defensa ante la boca de los perros de la rehala o el rifle del cazador, “al que seguro le pedirían que le pegase el tiro cuanto antes para acabar de sufrir ante tal impotencia de salvación”.
El viejo guarda añadió, que además antaño podían hacer los venados algo que hacían todos los animales salvajes que ahora esas cercas y mallazos le impedían moverse y desplazarse de unas zonas a otras con total libertad para buscar el agua o la comida y así no tener que estar como si fuesen animales domésticos, esperándola del hombre para poder alimentarse.

Manuel le contestó, que en realidad y, por desgracia, esas imágenes de los venados que ahora se veían en esa sierra no eran únicas, ya que actualmente eran fáciles de ver en muchas fincas cerradas de caza mayor de cualquier sierra de nuestra geografía, donde fácilmente se podía confundir el comportamiento de los venados con el de otro animal cualquiera de los que formaban o componían una ganadería, ya fuesen vacas, ovejas o cabras, aunque por suerte, menos mal que todavía les quedaba integro el físico, que aunque no los diferenciaba en comportamiento por lo menos si que lo hacía en cuanto a especie. Una especie que aunque él no quisiera creerlo y, a muchos pudiera dolerle, se decía que en algunos lugares era posible que ya tuviese su genética alterada y estuviera comiendo piensos un tanto especiales con el fin de aumentar el tamaño de su cráneo y trofeo, para así satisfacer el ego de “sus propietarios” y la demanda de algunos cazadores que al parecer tenían el síndrome de la “trofeitis” metido hasta la mismísima médula. Cazadores que al parecer ya no disfrutaban del campo y la caza nada más que si abatían venados medalla, sin tener para nada en cuenta los verdaderos valores de la caza, su incertidumbre y los buenos lances, pues por muy buenos que puedan ser los trofeos, si al contemplarlos después colgados en una de las paredes de casa no hacen recordar unos lances llenos de pureza y belleza, ni trofeos ni nada de nada, serían meros objetos decorativos.

El viejo guarda, mirando a Manuel con cara casi de espanto, decía que todo eso que se comentaba sobre las alteraciones de la especie esperaba que por el bien de ella y de todos los que se sienten verdaderos cazadores se tratara de un simple bulo o comentario sin más, pues de ser cierto, cualquier día no nos debía extrañar ver en alguna de nuestras sierras a más de un “venado loco”.

Manuel le dijo, que de todas formas y, para consuelo de los más nostálgicos, todavía quedaban fincas abiertas donde los venados andaban a sus anchas conservando su bravura, y otras que aún estando cerradas tenían una gran extensión y una densidad de reses acorde a ellas que hacía posible que los venados todavía pudiesen mostrarse esquivos con los humanos.

Con movimientos de cabeza, el viejo guarda le dijo que sí, que estaba de acuerdo, pero que también tenía claro que según se estaba incrementando la comercialización y los intereses económicos en el sector de la caza, no creía que tardaran demasiado tiempo en estar también cerradas las que todavía estaban abiertas, y entonces si que veríamos en la sierra más estacas que troncos de encinas y muchos más alambres que hojas de jara, y a las reses amontonadas en los cotos teniendo que comer forzosamente durante todo el año pienso compuesto metiendo la cabeza en un pesebre como si fuesen animales domésticos o de granja.

Después de un corto silencio, Manuel que no paraba con la punta de su vara de mover de un lado para otro las hojas secas que había bajo la encina donde estaban sentados, miró al viejo guarda y comenzó a decirle que también en la caza menor había cosas que a él no podían cuadrarle nunca. Según decía, le había llegado hasta sus oídos que se organizaban ojeos de perdices las cuales eran tiradas a brazo por los ojeadores directamente desde las jaulas en que llegaban de las granjas, aprovechando una cuesta hacia abajo, para que por la inercia que les daban al impulsarlas y miedo a darse un “sopapo” contra el suelo, abrieran las alas y volasen un poquito hasta el final de la ladera, que era donde las esperaban apostados los “cazadores”. Y que si las perdices caían vivas al suelo, se podían coger después si te habías echado un “puñaejo” de grano al bolsillo y se lo ofrecías en la palma de la mano. Lo que Manuel decía no querer ni pensar, era que estos “cazadores” cogieran a las pobres perdices del cuello y se lo retorcieran cuando fuesen a comer el grano a la palma de la mano para después colgárselas en la percha como piezas de caza y presumir de ellas.

Lo que también decía Manuel tener muy claro, es que si la caza seguía el ritmo que llevaba, no pasando mucho tiempo muchos cazadores tendrían que elegir entre colgar sus escopetas de por vida y no volver a cazar o “guardar en algún cajón” su ética cacera si querían seguir cazando, pues de lo contrario, habría ocasiones en que sentirían más sensación de estar tirando al blanco sobre pobres e indefensos animalejos que cazando, pero que por mucho que les pudiese doler, esa caza de antaño que él recordaba y añoraba poco a poco se estaba acabando. Añadiendo también, que en la caza de ahora cada vez se entendía menos de éticas y de añoranzas y más de mercantilismo o grandes intereses económicos, algo que era fácil de entender como lógico en algunas de las partes que componían el mundo de la caza, como podía ser en muchos de los organizadores de cacerías y propietarios de fincas, ya que en realidad era su vivir y negocio. Un negocio tan licito cómo el que más aunque muchos nostálgicos lo pudieran ver como algo que estaba sacando la caza fuera de lo que deberían ser sus parámetros normales.

El viejo guarda le contestó a Manuel diciéndole, que lo malo de todo lo anterior era que si escuchaban a todas las partes implicadas en el mundo cacero, seguro que ninguna tenía la culpa de que existiera ese tipo de caza tan adulterado, artificial y poco ético que se estaba imponiendo, ya que al parecer cada una de ellas tenía su propia y hasta buena coartada.

Por un lado decía que estaban los cazadores, a los que si les preguntaban que les parecía la montería de ahora y los animales que en ella se abaten, seguro que contestarían a la defensiva y en plan purista diciendo que los venados de hoy no tenían bravura, que se criaban como si fuesen pollos de granja, que en algunas fincas solo les faltaba el crotal en la oreja para demostrar aún mejor su manipulación y mansedumbre, y que las perdices que se veían en otras muchas fincas cada día se parecían más en comportamiento a las gallinas ponedoras de las granjas que a otra cosa, pero que si querían seguir cazando tendrían que resignarse y adaptarse a la caza que les ofrecían.

Por otra parte decía que estaban los organizadores de cacerías, a los que si le preguntaban, seguro que contestarían diciendo que ellos, aunque los cazadores dijeran lo contrario, mayoritariamente la demanda que recibían era la de puestos de montería donde se pudieran abatir muchos y grandes trofeos sin importar para nada la forma o el lugar en que pudieran conseguirlos, y de cacerías donde se pudiesen abatir grandes perchas de especies menores sin importarles tampoco para nada su pureza o bravura.

Y ya por último, el buen hombre decía que estaban los propietarios de fincas, que posiblemente fuesen los que mejor coartada tenían, pues si les preguntaban, seguro que contestarían que ellos por pura lógica tenían que hacer lo que en comercio hacen los comerciantes en sus tiendas, tener lo que sus clientes les demandan y compran, ya que tener algo distinto sería una tontada.

Pues bien, después de la obligada reflexión de todo lo anterior, Manuel decía que tenía muy claro que la culpa era de todas las partes: de muchos de los organizadores de monterías y de muchos propietarios de fincas porque solo veían la caza como si fuese un limón al que tuvieran que exprimir hasta sacarle su última gota convertida en peseta. Aunque también decía ver como lógica esa forma de proceder en ellos, al ser como anteriormente decían su negocio y forma de vida. Pero los verdaderos y mayores culpables decía que éramos nosotros, los cazadores, por lo menos una parte bastante amplia del colectivo, ya que lo que alegábamos como coartada le daba la sensación que solo eran palabras como las de aquel que decía: “hacer lo que yo digo pero no lo que yo hago”, o como las del padre que dice que las "máquinas de los marcianitos" son un "come cocos" para los niños, que no deberían existir, y luego se las regala a sus propios hijos.

Manuel decía haber llegado a esa conclusión, en primer lugar, porque lo que sí tenía muy claro es que los cazadores no éramos tan tontos como para pensar que esos puestos de montería que al parecer demandábamos y pagábamos con cifras millonarias a cambio de la garantía de poder cobrar en ellos un montón de buenos trofeos, incluso con cupos y mínimos asegurados (cupos y mínimos que según él rompían lo mas bello que tiene la caza, la incertidumbre y emoción que proporciona lo que se espera sin saber si va a llegar) podían estar en fincas abiertas o donde no se manipulasen y criasen las reses totalmente controladas como si fueran animales domésticos. A no ser que el ansia de pegar muchos tiros y la “trofeitis” que muchos estábamos empezando a padecer nos hiciese ser más tontísimos que tontos.

Y, en segundo lugar, porque pensaba que los únicos que realmente podíamos exigir un determinado tipo de caza éramos nosotros, los cazadores, que para eso la pagábamos. Y que si la desnaturalizada, adulterada y poco ética no la demandáramos ni compráramos, difícilmente iban a venderla los intermediarios o dueños de fincas por más que la ofertaran, y entonces si que les ocurriría lo que les ocurría a los comerciantes con los malos artículos, que por más que los exponían en los escaparates de sus tiendas no los vendían, y al final tenían que cambiarlos por los que realmente demandaban y compraban sus clientes, pues de lo contrario acabarían teniendo que cerrar las tiendas.

Ya para terminar, Manuel decía, que lo que si quería era tener el atrevimiento (aunque no era nadie para hacerlo) de aconsejarles a los que les gustaba tomar parte en las monterías de “cercón” o en las que se notaba claramente la manipulación y mansedumbre de las reses, o en cacerías de perdices donde el tiro les hiciese vomitar el pienso compuesto comido el día anterior en la granja de la que llegaron, es que lo hiciesen, que tomaran parte en ellas, pero abiertamente, pues gustos ya sabía que hay para todo y para todos, y por supuesto que para él serían siempre muy respetables, igual que esas monterías, ¿por qué no iban a serlo?, si se daban dentro de la legalidad. Lo malo decía que no era eso, sino mentir descaradamente tratando de engañar para ocultarlo y así seguir con la máscara puesta demandando, pagando y practicando este tipo de caza que luego dándoselas de ser los más “puristas” y tradicionales criticaban hasta la saciedad en sus tertulias caceras, incluso poniendo verde al que la practicaba igual que ellos y diciendo que no podían entender esos gustos caceros tan adulterados, artificiales y poco éticos que hoy día practicaban los que jamás debían ni podían llamarse cazadores.

De todas formas, antes de terminar quiero decir algo que Manuel también dijo, no por nada, simplemente por si algún anti-caza de los muchos que hay por ahí está disfrutando de lo que hasta aquí ha leído.

Lo mejor que Manuel y el viejo guarda decían haber sacado en conclusión (cómo humanos, no cómo cazadores) de todo lo anterior, era que como consecuencia de los grandes intereses económicos que había despertado la caza en los últimos años en las fincas privadas, los venados y, en general, todas las especies que estaban autorizadas cómo piezas de caza jamás se iban a extinguir, ya que cada vez había una mejor gestión y planificación sobre ellos por parte de los particulares en sus fincas, encaminada a lo que ya era una realidad, a una mayor proliferación de los mismos, algo que no estaba ocurriendo con los animales cuya caza estaba prohibida, pues cada vez eran más escasos.

No es que ellos quisieran decir con lo anterior que los linces, las águilas imperiales y otros animales de los que se encontraban en peligro de extinción hubiese que incluirlos en la lista de animales cazables, no, ni mucho menos, pero si que pidiesen consejo los que tenían especialmente asignada su custodia a los que gestionaban y cuidaban a los que se consideraban cazables, pues quien sabe si no serían capaces de darles grandes soluciones que al parecer no han sabido darles los que incluso se habían llegado a declarar y proclamar ellos solos anti-caza y “salva-mundos”. Aunque Manuel decía que él todavía no los había visto salvar nada, y que conste que no se consideraba corto de vista, lo que decía que realmente ocurría (al menos eso es lo que a él le parecía y pensaba) es que jamás habían salvado nada y sí criticado todo lo habido y por haber

Un saludo a todos.
Rayón.