Las perdices, los jabalines y Duc

Troll6696

 

Era un sábado del mes de noviembre, y habíamos ido a echar un resaque por la mañana, sin mucho resultado. Por la tarde, y viendo el panorama, decidí coger a Duc, cachorro de sabueso español, de ocho meses por aquel entonces, y probar qué tal se le daban las liebres. La verdad es que lo único que había hecho es encorrer algún conejo, pero le faltaba mucho todavía. Me lo había regalado Quim, buen amigo y criador de sabuesos y que tenía por entonces casi cuarenta perros. Yo alucinaba cuando iba a su perrera, esas estampas, esas voces. Ahora ya no veo tanto a Quím, y según creo, sólo tiene cinco o seis sabuesos y algún que otro perro para el conejo. La espalda siempre le jugó malas pasadas, y tanto perro es mucha faena.

Cogí la automática de mi padre, al perro, y unos cuantos cartuchos del siete que había encontrado en el armario. Salí del pueblo por el camino de San Miguel, en dirección a los campos de Chartico, que siempre hay alguna liebre por allí, y alguna perdiz también, aunque no me llamaban tanto. Me salgo del camino, cruzo el primer sembrado hacia arriba, hacia los campos abandonados llenos de aliagas donde siempre hay algo, y sólo llegar, se levanta un bando de perdices. Apunto, pero esto de tirar no es lo mío. Lo único que hago es mirar cómo se van levantando, ahora una, ahora otra, y a la que me decido por una, se van sin que les tire. Las sigo con la mirada, y veo que cruzan un par de campos y van a parar un par de barrancos más allá. Me decido a seguirlas, porque lo veo muy claro, hace calor y empiezo a perder el aliento, pero sigo, que aún me queda cuerda. Llego al lugar donde creo que han parado, y aminoro el paso, con el arma en posición, y atento, no me pase lo de la primera vez. Se levanta una, la sigo, se levanta otra, me distrae, y otra, y otra, al final tiro, y nada, y cuando voy a repetir, ya están muy lejos, otra vez me ha pasado lo mismo, seré malo. Las sigo otra vez, y veo que se dirigen a Rescasa,. Si pasan el barranco y llegan al bosque, las pueden dar pol saco. Qué estoy haciendo yo detrás de las perdices, si a mí me van los jabalines. Veo que no cruzan el barranco, se quedan en la ladera sin llegar al otro lado. Esta es la mía, pienso, y otra vez a correr. Llego diez minutos después, y les entro por debajo, para empujarlas y que crucen por delante mía, pues según creo, no suelen volar hacia arriba.

Empiezan a levantarse, apunto a una, tiro y cae. Me fijo en el sitio, vaya pelotazo. En esto, las otras ya están lejos. Espero a la tonta, la que salta la última, y no falla. Se levanta igual que las otras, apunto, tiro, ¡y cae!. Cae detrás de un pequeño barranco que se esconde a mi vista. Noto algo raro en mi mano izquierda, en el guardamanos. Miro, y me quedo con él en la mano, partido por la mitad a lo largo, y el cartucho en la ventana de la recámara a medio salir. Por poco no pasa una desgracia. Guardo los restos de la escopeta y busco a la primera, pero no la veo donde ha caído. ¿Dónde está? Cruzo otro barranco, vaya territorio éste. Si bajar tiene miga, no hay caminos ni nada parecido, más que andar hay que escalar por aquí, subir también se las trae. Piedras sueltas, chargueras, aliagas, antiguas paredes justo donde lo limpio te dejaba pasar. Un paso pa'rriba y dos pa'abajo. Un terreno duro, duro. Arriba debería estar la perdiz. Por fin llego, con las chargueras arañándome por todas partes y las aliagas haciéndome jurar a cada paso, y, joder, que la perdiz no está. Rodeo una mata de boj que hay al lado, me meto dentro de ella, la atravieso, parezco un sabueso. ¡Ostia, un sabueso! Duuc, Duuc, donde estará este perro. Lo había dejado atrás, y es que como comprobé después, las aliagas no le gustaban nada. Le costó siempre dios y ayuda cruzar cualquier mata sucia, siempre y cuando no fuera con caza. Y aún a veces. Lo vi con mis ojos seguir un conejo a toda leche, llegar a la zarza donde el conejo se había metido, meter la nariz en el agujero, cantar, volver a salir, rodear la zarza, y coger el rastro del conejo al otro lado. Juro que aluciné.

Tarda yo que sé el tiempo en aparecer. Viene despacio, cuidando de no pincharse, y me desespera. Qué diferencia con algunos perros que he conocido, valientes para todo y al que nada detiene. Pero hay que conformarse. Algo bueno tendrá el perrillo. Por fin llega, le doy el rastro donde cayó y, para mi sorpresa, empieza a menear el rabo, a dar vueltas, quiere soltar la voz pero no llega a hacerlo. Le vigilo, pero el perro parece despistado, no sabe por dónde se fue y no consigue cogerle la pasada. Coge un caminillo, pero sin demasiado entusiasmo. Me olvido del perro y vuelvo a hacer de perro yo. Me meto en todas las matas, todos los rincones y nada. Al rato, busco al perro y no le veo. Sigo el mismo camino, miro para todos lados y no veo nada. De repente detrás de un desnivel del terreno veo una perdiz que sube, que baja, sube otra vez. ¿Qué pasa? Llego al sitio y veo al perro, con la perdiz en la boca, y la tira para arriba otra vez.

Está más contento que unas pascuas, cuando me ve coge la perdiz en la boca y menea el rabo. Parece que me dice: "Mira qué he encontrado ¿Tú sabes de que va esto?". Le felicito y ahora a por la otra. A cinco metros de donde estaba el perro con la perdiz hay una salto del lecho del barranco de tres o cuatro metros, me asomo, y la otra perdiz está abajo. Busco un sitio para bajar, pero el tema tiene guasa. La mejor opción que veo es dejar los trastos arriba y bajar por la pared, que de algo me tenían que servir mis pinitos con la escalada. Me pongo de espaldas al barranco con mucho cuidado, y para abajo. Los tengo por corbata, pero con un poco de concentración no tiene que pasar nada, digo yo. Un pie aquí, otro allí, esto va de coña. Cuando llego a la mitad, o casi, un pie que se va, las manos detrás, y yo que voy al suelo.

Redios, lo duras que están las piedras. Por poco no achafo la perdiz. Me levanto, hago recuento de mis huesos, y no tengo nada roto, aunque estoy bastante dolorido. Cojo la perdiz, la miro un rato, la perdiz es un pájaro precioso, y es que he visto muy pocas tan de cerca, y me pregunto qué hago ahora. Los trastos los tengo arriba, la escopeta también, el perro y la otra perdiz. Pero ya me he caído una vez. Al final, soy de cabeza dura, tiro la perdiz con los trastos, Duc menea el rabo, tiene otro juguete, y poco a poco, ale, para arriba. Consigo llegar de milagro. Estoy hecho polvo, cansado, arañado por todas partes, magullado y lleno de moratones, muerto de sed, que no traje agua, y con la escopeta hecha polvo, pero contento porque tengo las dos piezas en la mano. No me lo puedo creer. La primera vez que tiro a las perdices y bajo dos.

Cuando llegue a casa no se lo van a creer, con lo mal que he tirado yo siempre (y tiro aún). Pero a ver cómo le explico a mi padre que le he jodido la escoba. Aún estoy más contento por lo del perro, como la encontró y lo contento que se puso, y lo contento que me puso a mí. Yo no he vuelto a matar una perdiz, y ahora que lo pienso, y han pasado nueve años, tampoco les he tirado. Duc siguió demostrando que tenía una nariz bien fina, le dio a todo y bien. Liebres, jabalines, corzos y todo lo que se le pusiera delante la nariz lo tenía crudo. Cuando llevaba caza, era un placer oírlo, y aunque no aullara a la manera típica sabuesa, sino que ladraba con una voz ronca, como cazallosa, le daba tanta caña que se me ponían los pelos de punta cada vez que le oía.

Había veces, cuando llevaba la pieza cerca, que parecía que no respiraba de lo que ladraba. Y se quedaba siempre tan absorto en el rastro, que a veces llegaba al jabalí encamado sin ni siquiera darse cuenta. Varias veces volvió "abierto" por ello, y siempre de la parte trasera. El perro llegaría confiado, se daría cuenta demasiado tarde, giraría en redondo, y el jabalí le mandaba un recadito. Quim vió esto mismo estando en el punto. Un jabalí salió del Cajícar, cruzando Palomo en dirección a su puesto. Antes de llegar al barranco, el jabalí entró dentro de una mata y allí se quedó. Quim aguardó a que llegara algún perro para que lo sacara y poder tirar, y el primero que lo traía era Duc. Nariz en suelo, con esa voz suya, se metió decidido en la mata, y volvió a salir, pero sin tocar con los pies en el suelo. Cuando el perro tenía cinco o seis años, a José se le murió el perro, y como a su hijo Adrián le gustaban tanto los orejones, le dije que si quería a Duc, que al perro le iría bien estar todo el año allí, y como todos cazábamos juntos, que más daba quien lo tuviera. Adrián sacaba los perros a diario al salir del cole, el perro cazaba todos los domingos, sábados y festivos, que conmigo no podía, pues vivo en Barcelona, y todos contentos. Duc, Jordi lo llamaba él por ser catalán el perro, siguió cazando y mejor que antes aún, pero un día me llama José, que al Duc lo ha atropellado un coche en la carretera. El sábado lo habían llevado a cazar y se había quedado en el monte cazando, y el domingo, lo encontraron al otro lado del río, en la carretera. Y es que tenía la put. manía de, cuando se perdía y estaba cansado, quedarse enroscado en la cuneta esperando a que lo fuéramos a buscar y no bajaba al pueblo. Aquel día no dio tiempo a recogerlo, y un coche le pasó por encima.

Duc fue mi primer perro, seguramente no el mejor que tendré, ni el más valiente, pero siempre lo recordaré con cariño, y sé que algún día, volveré a cazar con sabuesos como él, porque dejó en mi recuerdo el pabellón sabuesil bien alto.

Trol