Sabuesos y raposos

Azul

 

Suena el despertador, hace frío y un mar blanco se asoma cuando levanto la persiana de mi habitación. Buen día, siempre me han gustado los días claros de helada, los ladridos de los sabuesos se oyen más claros, más fuertes, más lejos.

Me visto, levanto a mi hermano (¡como le gusta la cama a mi hermano!) y me cruzo con papá en la cocina:

—¿Adónde vamos?
—¿Vamos al Monte de Cás?
—Vamos.

Me gusta ese monte, lo conozco muy bien, en él y en el contiguo "As Fontelas" me enseñaron a aprender a cazar con sabuesos desde muy pequeño: a guardar silencio sepulcral, a esconderme entre el verde y pardo del monte, a escuchar y distinguir las distintas modulaciones de la música sabuesa, a estudiar los pasos, las señales del raposo.

Hace ya algunos años que "os vellos" no nos acompañan; han ido muriendo. Recuerdo con tristeza que a Casal no le hemos hecho un agujero en el nicho para que pueda asomar la paralela y tirar a los raposos levantados por los sabuesos detrás del cementerio, tal y como nos había pedido y nosotros habíamos prometido entre sonrisas. Recuerdo también a Fidel, las tardes pasadas en su humilde casa junto a sabuesos y grifones, su inmensa tranquilidad perpetua, su mirada llena de arrugas, su verbo escaso, sus zapatones sobre la tierra mojada. El tabaco se lo llevó.

Desayunamos rápidamente los restos de la cena de ayer y acabamos de vestirnos,

—¿Vamos andando?
—No, a ver si después nos da tiempo de ir a Presedo. Sal y vete enganchando el remolque.

Bajo, me calzo y salgo. La manilla del enganche del remolque quema la mano y mientras lo acerco a la bola oigo el barullo en las perreras. Una sonrisa asoma en mis labios mientras me envuelve la nube de mi aliento.

Los pequeños sabuesos suben como rayos, algunos gruñidos, alguna tarascada mientras cada uno se coloca en su sitio.

Llegamos. Estamos solos. Los pocos conejos que quedan no dan la cara jamás. Mejor para ellos y también mejor para nosotros.

—¿Como siempre?
—Como siempre.

Se abre la portilla y los pequeños diablos azules saltan a la pista de tierra clara y escarchada. Los más de ellos tienen mirada de terrier; sabuesos con mirada de terrier, mis preferidos.

Nos separamos cargando las paralelas antes de llegar a la postura. Papá ya debe de estar llegando a la plantación de pinos, si está el raposo aquí no tardarán mucho en coger rastro. Mientras me acerco pienso dónde exactamente me voy a colocar para que no me vea al salir. Hoy no es más que una "corredoira", pero su nombre evoca otra época en la que fue más importante: es el antiguo "Camiño Real" entre Betanzos y Santiago de Compostela.

Me sitúo en el cruce, ¿dónde si no? Hace frío y el ruido de mis pisadas parece que se multiplica. El graznido de las cornejas suena áspero en el frío de la mañana. Me subo al "valado" y trato de acomodarme entre dos eucaliptos jóvenes verde-plateados, el contacto con el follaje tiñe de blanco mi chaqueta. Enfrente una fraga: pinos, robles, castaños, algún eucalipto... intento captar el olor del monte, pero hace demasiado frío, todo se encoge en invierno, los aromas también.

¡El primer ladrido!, ¡hay rastro! La sonrisa vuelve a mi boca, el frío lo es menos y la paralela ya no pesa ni quema, de todas maneras la voy cambiando de mano, pues no me dará el sol y tengo que conservarlas con algo de color si quiero que me respondan.

Ya empiezan a calentar las voces los sabuesos, a veces intermitentes, tranquilas aunque cada vez menos, están desmadejando el rastro hasta la cama, es claro, el raposo no suele ser mezquino antes de acostarse. Poco a poco el oído me va diciendo que van subiendo hacia el sol, hacia el lugar que acarician los primeros rayos del amanecer. Hoy no podía estar en otro sitio.

Estalla ya en toda su plenitud la música de los azules, ya todos cantan con fuerza, ya trota el raposo a través de la fraga. ¿Hacia dónde se dirige?, cada vez los oigo más débilmente, se van, ¡mierda! Pero no, otra vez los oigo, muy distantes, están en la otra ladera y la música suena, pero llega a mí débilmente. Debo aguantar en la postura, sé que tarde o temprano pasará por aquí si quiere salvarse de los perros. Pasan a mi altura y continúan hacia Beldoña, seguro que ya han despertado al Tío Angelito, ¡ja, ja, ja!

La marea va llena, pero muy abajo, he dejado de oírla de nuevo. Sacudo los pies contra el suelo, hace frío. Ahí sé que tarde o temprano darán la vuelta, no le queda otro remedio al raposo. Pasa el tiempo. No me equivoco, vuelvo a oír la música, ahora redoblada. Lo llevan cerca. Cantan como ángeles y sus cantos se cuelan entre los pinos y robles, me llegan en una sensación inigualable, es como una ola en un gran estadio de fútbol, la ola se va acercando y la sangre va subiendo a las sienes. Sé que puede salirme ahora, saco el seguro a la paralela y me siento preparado.

No, aún no, los perros ya están demasiado cerca, el raposo ha pasado de largo, quizás le salga ahora a Isaac o a papá, a mí por ahora ya no. Efectivamente, ha llegado muy cerca de mí pero los azules siguen hacia arriba. Entreveo a lo lejos a mi hermano con la escopeta preparada. La marea viva de los sabuesos sigue el rastro, no solamente sigue, también acosa. Son pequeños pero ¡cómo lo llevan! velocidad, la justa, más haría huir al raposo por cualquier sitio, menos no lo sacaría del monte.

Llegan otra vez al lugar del encame, miro el reloj, ya ha pasado más de hora y cuarto, abajo dieron muchas vueltas. Arriba vuelve el raposo a hacer lo mismo. El terreno allá se presta. La música de los sabuesos se apaga por momentos, hay pérdidas: dos, breves pero preocupantes. Vueltas y más vueltas: ¿cómo es posible? ¡pero si lo iban apretando muy bien! El raposo no es tonto, hace rastros y contrarrastros, cruza y recruza rastros frescos, confundiendo a los perros, intentando zafarse de ellos sin tener que dar la cara. Los pequeños azules, aunque con dificultades, porfían en el rastro, la tenacidad es una de sus mayores virtudes.

Otra vez redoblan las voces quejumbrosas, aulladoras; han sido ellos los que han hecho arrancar al raposo de forma franca de nuevo. No me moveré de aquí, sé que pasará tarde o temprano, aquí, hoy, no me moveré. Noto que el más viejo se va quedando atrás, los años no perdonan y sus alaridos suenan solitarios y cansinos, ya sólo sigue, no acosa.

Los pequeños asustan al bosque con sus lamentos, lo abandonan las torcaces, los arrendajos gritan molestos, el raposo huye, mis sienes laten de nuevo con fuerza. Huye sin bordear, ciertamente apurado, en línea recta, va directo al corazón de la fraga. La marabunta me va indicando cuál es su camino, otra vez van cerca de la presa, de nuevo redoblan. Quizás ahora sea el momento, vuelvo a agarrar con fuerza la Hércules, mi pulgar derecho se desplaza hacia el seguro, nervioso: bien, los martillos siguen sin obstáculo. Lo están acosando con saña, ahora tiene que salir, no le queda otro remedio. Están enfrente de mí, pero lejos. De pronto, silencio total, absoluto, un silencio de mal agüero. La música se ha apagado, la fuerza de la marea se ha detenido, ¿qué pasa? ¿"entobou"?, ¡no puede ser! O quizás es el momento que espera el raposo, un momento de desconcierto. Si es así es un veterano curtido en varias batallas.

El silencio en esta caza y estas circunstancias fustiga el alma del cazador.

¡SI! ¡SI! Asoma, sale al trote, ya tranquilo sin sabuesos gritándole desde atrás, sale de la fraga hacia su más que probable salvación. Levanto la Hércules, apunto y aprieto el gatillo delantero, el raposo se encoge, sin dilación da la vuelta y entra por donde ha venido, el izquierdo sale pero ya es inútil, se pierde entre los helechos medio secos, bajo la sombra de un castaño.

¡MIERDA!

Por suerte ha vuelto sobre sus pasos. Simultáneamente a los disparos, uno de los valientes y tenaces azules, ha vuelto a dar con el rastro, la triquiñuela no le ha resultado al raposo, la pequeña jauría vuelve a la carga con gran energía, le tienen muchas ganas. Llevan más de dos horas persiguiéndolo sin descanso.

Abandono mi postura, ya no volverá por allí, lo más probable es que se oculte bajo tierra o huya como alma lleva al diablo por la parte contraria adonde ha sufrido el percance.

Ya llegan los perros, cantan con tal fuerza y alegría que me siento culpable por no haber sido capaz de hacerlos vencedores, aún están llenos de fuerza, estamos en plena temporada. Salen al camino como rayos, cantando como locos, sin reparar siquiera en mi presencia. Silencio.

¡¡Quedou, pequenos, quedou!! ¡¡Equí vai!! ¡¡Equí va!!!!!!!!!!!!!!!

Mi brazo, mi mano, mi dedo les señala el punto por el que el raposo desapareció de mi vista, mis pies tocan el suelo al borde de la "boqueira", vienen, galopan, vuelve la música, la persecución continúa, la caza se reanuda.

Me quedo unos instantes embobado, deleitando mis oídos, la marea se aleja de nuevo, los graves y los agudos se entremezclan en un cóctel arrítmico. Llega el anciano, está derrengado, cojea de una pata delantera, le doy cariño y le conmino a que deje la persecución, no quiere, se rebela, desea seguir y lo dejo.

Los perros se entretienen en lo más espeso, empiezan a dar pequeñas vueltas, ¡coño! ¡está tocado! Los ladridos están cada vez más localizados, incluso los del anciano suenan ya a su lado, yo, que he seguido los perros monte a través, ya no puedo entrar en donde están, un tojal espesísimo.

¡Cantan al parado! ¿por qué no acaban con él? Lo han hecho muchas veces. Llega mi padre, nos vemos después de estas horas, estamos contentos, nuestras miradas lo dicen. Los sabuesos están haciendo un buen trabajo, merecen la pieza como sea.

Hablamos. Nos resulta extraño que los perros no lo hayan matado ya.

—Tú le tiraste, a ti te toca "espiñarte".
—¿Cómo entro? No hay manera.
—¿Cómo entró el raposo? Pues tú igual.

Me saco la gorra, los tojos resbalan mejor en el pelo que en ésta. Me pongo a cuatro patas, así no entro, esto no es un jabalí, tengo que arrastrar el pecho para llegar allí. Como puedo recorro los 25 metros que me separan de los perros, levanto la cabeza y me encuentro la cara del raposo a menos de un metro de la mía. Ha buscado un pino grueso y se ha aculado contra él, está exhausto, las orejas hacia atrás y los blanquísimos dientes asoman con inusitada fiereza de su boca. Tiene a todos los perros enfrente, insultándolo, lanzándole toda clase de improperios, lo atacan alternativamente de un lado y del otro, pero el raposo se defiende con una bravura increíble, está fastidiado de atrás, gruñe de rabia. Yo me levanto (debajo del pino los tojos rarean un tanto) y pego un tiro al aire (hoy desde luego no haría tal cosa), oigo: ¡ANIMAL!, es mi padre. Sin embargo el raposo con el tiro ha tenido un momento de despiste, momento aprovechado por uno de los diablos azules para romperle el cuello y matarlo instantáneamente. A mi alrededor ya todo es un revoltijo azul, negro, marrón y blanco.

Se acabó y sin embargo, como siempre, mi conciencia desearía en ese mismo momento devolver la vida al zorro que ha muerto. Es la ley de la selva, los sabuesos no perdonan. Cazan para sí, son depredadores, si tú quieres seguirlos bienvenido seas, pero has de saber que sin ellos no serías nada. Por supuesto la pieza no es mía, es suya. No soy más que un mero comparsa en su juego de vida y muerte.


De esto hace más de diez años ya, muchos raposos muertos allí antes y después de éste, algunos lances bastante más bonitos, pero no sé el porqué, éste es el que mejor ha retenido mi memoria.

En "As Fontelas" no existe ya ningún monte. Una autovía pasa por allí ahora. El "Monte de Cás" va a ser un polígono industrial y la sarna acabó con nuestras correrías por allí ya hace algún tiempo, pero yo siempre recordaré aquello tal como era hace 10 años, tal como era hace 15-20, cuando mi padre me enseñó a aprender a cazar con sabuesos.


Azul.