Casi un milagro

Troll6696

 

2 de enero. Ese fin de semana nos tocaba reserva a los de Embún. El resaque está justo encima del camping de Oza, en pleno Pirineo Aragonés. Un sitio espectacular por lo bonito y por la cantidad de jabalíes que salen a veces. Yo tuve que quedarme en Barcelona, pero le dije a mi padre que se llevara a Trol, que ya era veterano, y seguro que no se perdería. También se llevo a Telele, su grifón "del país", y al Chirri, hijo suyo, que aunque era cachorro, no tenía un pelo de tonto.

El sábado me llama al acabar la cacería, como es costumbre.

-¿Qué, ha ido bien?

-Faltan el Trol y el Chirri.

Si falta algún perro, nunca puede ir bien la cosa.

-Faltan ellos dos, y cuatro o cinco del pueblo. Seguramente bajarán todos juntos.

El domingo estaban los perros de la gente del pueblo, pero no los
nuestros. Mala cosa. Lunes, nada. Martes, nada. Miércoles, lo mismo. Empezaba a oler mal el tema, y encima con el frío que estaba haciendo. Por lo menos, no nevaba.

El jueves empezó a nevar, y los compañeros del pueblo que habían subido a buscarlos no habían visto ni oído nada. Por la noche, la temperatura bajaba hasta los diez grados bajo cero. Mal panorama.

El viernes ya quedaban pocas esperanzas, eran demasiados días para que un perro veterano no hubiera vuelto, y dudaba si subir o no. Era muy raro que hubiera pasado tanto tiempo sin saber nada de ellos. Casi daba por seguro que los hubieran robado, aunque era extraño, o que les hubiera ocurrido algo. De lo contrario, tenían que haber aparecido.

El sábado mi padre dice de subir, que no puede estar en casa sin hacer nada, que se lo comen los nervios. Le decimos que no vale la pena, que ya han subido todos, que son muchos días. Pero no atiende a razones, y se va. Yo me quedo, pensando que es una pérdida de tiempo y que ya no hay nada que hacer.

Me llama el mismo sábado, que han subido a la reserva con mi madre, y han estado llamando hasta bien entrada la noche y no hay ni rastro. Mi madre se sorprende de la cantidad de gente que circula de noche por aquellos lugares los fines de semana. Dice que volverá al día siguiente.

Llega el domingo, pensando que soy yo el que debería estar allí, y más preocupado por mi padre que otra cosa. Subirá solo, y se que no pedirá a nadie que le acompañe. Es demasiado orgulloso.

Sobre las doce del mediodía, suena el móvil. Prefijo de Aragón. Contesto sin ninguna gana, y suena un ¡BINGO! y luego otro, y otro aún. No se si es mi padre o que hay fiestas en el pueblo. Al cabo del rato, consigue decirme que los ha encontrado, que sabe donde están. Que ha vuelto a subir, esta vez más arriba que ayer, que se ha pasado media hora tocando la trompeta, y al final ha oído a lo lejos un aullido de respuesta. En ese momento, si me pinchan no me sacan sangre. Yo, que lo daba todo por perdido, y resulta que han aparecido. Que huev... mi padre.

Por las indicaciones que me da, los perros están justo debajo del Castillo de Acher, impresionante mola de piedra a la entrada de la Selva de Oza, casi 3000 sobre el nivel del mar. Me dice que hay mucha nieve y rocas, y bosque cerrado, y que él solo no puede llegar a ellos. Trol no para de contestar cada vez que suena la trompeta, pero parece que no puede bajar. Puede estar herido. Al Chirri no se le oye. O no está o está muerto. Le digo que vale, que cuelgo el teléfono y ahora subo. Lleno el depósito, recojo a Carmen, mi mujer, y a mi hermano Toni, y hale!, 400 km.

Llegamos sobre las tres y media de la tarde, y ya vemos a mi padre, más hinchado que un globo, y con una sonrisa de satisfacción de oreja a oreja, en mitad de la plaza. Me dice que los perros ya están en casa, que después de comer subió otra vez, y los dos estaban sobre el jersey que había dejado por si acaso. Que se habían comido el pan, el fuet, y la fruta que les había dejado. Como para no tener hambre. Que el Chirri no le reconoció, y que Trol se le había echado encima, ladrando, aullando y saltándole encima, casi sin dejarle andar durante más de cincuenta metros, dándole lametones, y que no hacía falta que hablara para saber lo que estaba diciendo. Le estaba dando las gracias, pero a la manera perruna. Joder! cómo se emocionaba explicándonoslo. Aún es hoy, cuando lo recordamos, que le brillan los ojos cuando lo cuenta.

Habían pasado ocho días metidos en la nieve, aguantando el hambre, la sed, y el frío, y cuando ya todos los dábamos por perdidos, gracias a mi padre aparecieron. Estaban hechos polvo, sobre todo el Chirri, con el lomo como una caña, los ojos hundidos, sin brillo, un puro esqueleto sin fuerzas ni para levantarse, y es que sólo tenía diez meses. No creo que hubiera aguantado mucho más. El Trol estaba algo mejor, porque estaba más fuerte antes de perderse. A partir de ahora, me lo pensaré dos veces antes de perder la esperanza.

Al cabo de dos semanas, volví a cazar con Trol. El y el Brams, nos sacaron un buen jabalí en Las Comparceras, que falló José María, y ya tenemos al Trol otra vez de jarana. ¿Cuánto tardará esta vez? Pero esa es otra historia.


MIQUEL SALAS. TROLL6696