La primera vez

El Tati

 

Bien dicen los que peinan canas, que “toda” primera vez no se olvida, o no?, bueno pues aquí trataré de narrarles la primera experiencia cinegética de este humilde cazador.

Tenía yo si mal no recuerdo entre 10 u 11 años, y a esta altura de mi corta vida, cansado de entrarles a “hondazos” (gomera se dice por estos lugares) a más que una tórtola o gorriones que abundaban por mi barrio, cuando por casualidad me entero que mi tío “Marobio”, (no está mal escrito el nombre, se llama así nomás)*, comentaba con mi padre que estaría bueno el domingo después de la salida sabatina que tenía con sus mujeres (mi tía y mi “vieja”), organizar una cacería de patos en la zona de “Santa Rosa” la cual le habían llegado comentarios que los patos venían de a miles en una arrocera recién cosechada, a la cual los dueños dejaban entrarle, con el solo requisito de pedirles el permiso pertinente. Mi padre, que de cacerías no era de los mejores, pero con el solo hecho de no dejar solo a mi tío, le dijo que no habría problemas, y que si le parecía bien, estaría bueno llevarlo al “tati”, previo permiso de la madre por supuesto (he de confesar el “bolonqui” que se armó cuando se enteró mi vieja), pero pese a todas las recomendaciones tuve la dicha de ser uno más de la partida.

Se podrán imaginar que las horas no pasaban nunca, no me importaba que nunca había tirado con ninguna escopeta, pero solo con imaginarme como serían los patos en su estado natural y llenos de vida (pues los únicos que había visto eran los que Marobio me invitaba a desplumar cuando él los traía), llenaban de gozo esa espera interminable.

Debo confesar que me quedé dormido pensando que tarea me encomendarían, lo único que quería era que me permitieran estar al lado de Marobio, pues como ya me lo imaginaba la cuota estaría asegurada.

El Domingo, tipo 3:30 hs, me despertó un “ehh, loquito, levántate que nos vamos”, era mi viejo que en silencio me llamaba para no despertar a los demás.

En vano trataron de hacerme desayunar, pues mi estómago estaba cerrado de tanta ansiedad. Al subir los pertrechos al auto, vi con gran asombro que “el negro” ese pointer viejo en canas no participaba de la cacería. Pero no me preocupé, pensando que era solo por la falta de lugar.

Pasamos a buscar a un amigo de Marobio y los 5 partimos hacia Santa Rosa (localidad cercana a la capital de la Pcia. De Santa Fe). Llegamos tipo 5:30 hs, muy oscuro todavía, dado que se imaginarán , por estos lados y en Invierno, el sol comienza a asomar a las 07:30 hs.

Llegamos a la estancia, nos atendió el encargado, el cual ya estaba ordeñando, el cual nos indicó el camino a tomar para llegar hasta el costado de la arrocera recién cosechada. A todo esto mi intriga de que iba a hacer el “tati” dentro del grupo, llegaba a límites insospechados de ansiedad.

Ya en el lugar, comenzaron a bajar, que los señuelos, que las escopetas, que las botas y a repartirse los lugares para la espera de los alánidos, a todo esto nadie había reparado en el “tati” que pacientemente esperaba la ordenes precisas. Como nadie me decía nada, tomé coraje y pregunté “Papi, que hago yo?”, ahí se rompió el silencio, y antes que mi viejo me contestara, Marobio respondió... te diste cuenta que no trajimos al “negro”?, bueno te venís conmigo que este es tu bautismo de fuego (más bien de agua y bien fría diría yo).

Asintiendo cargué la mochila y comenzamos a caminar por los pequeños canales de la arrocera, que no eran mas hondos que 70 cm, pero el agua estaba tan fría que si hubieran sido de 10 cm, era lo mismo.

Lo ayudé a Marobio a improvisar el pequeño escondite y comenzó la espera, debo aseverar que perdí la noción del tiempo por que era tal la cantidad de patos que arribaban y entre la emoción de los disparos y las palabras (dale tati corra y traiga) de Marobio, el mismo pasó rápidamente.

Conté como mínimo 5 crestones abatidos “de ala” que dieron rienda suelta a mis pequeños dotes de perro de cobro, los cuales eran celebrados con algún alarido por mi maestro de cacería.

Cada cobro seguía de un continuo “tintineo” de mis dientes, los cuales pretendían ser acallados por la voz gruesa de mi acompañante de escondite.

Como les relaté cuando me di cuenta, Marobio que me dice, que juntemos los señuelos por que ya teníamos el cupo por hoy, así que emprendimos la retirada.

Al llegar al auto, comenzaron las felicitaciones por los patos obtenidos, pero más aún por la tarea que había desempañado “el tati” como perro de caza.

Los 50 km, que recorrimos de vuelta los realicé dormido, por el cansancio creo y rascándome la cabeza, tratando en vano de agarrar algunos de esos malditos pulgones de estas aves.

Ni quieran imaginar la cara de “mi vieja” al verme todo mojado, y lleno de pulgones, creo hasta el día de hoy que el solo recordárselo se lo recrimina a mi viejo. Lo que ella no sabe es que para mi ese fue sin dudas el principio y no del fin precisamente, de esta pasión por la caza, que a ser sincero trataré de inculcar a mi descendiente (Ramiro, juro no meterlo al agua tan fría).

Ahh!! Les comento que los muy “guarros” ahora que lo pienso bien, ni un solo tiro de escopeta me permitieron, pero bueno eso llegaría con el tiempo, es otra historia…

Saludos a todos, y como les dije en el relato anterior, los espero cuando quieran, desde este otro lado del charco…

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* Alguien sabe el origen del nombre “Marobio”, pues yo no lo pude encontrar.