Aguardos en la dehesilla

Felix

 

Alameda de Riansares, 30 de Agosto de 2001

PUESTO DE LA COVACHA. EN EL PICO DEL HUERTO.

Hay ciertos tópicos que los cazadores tenemos sobre como se tiene que desarrollar una modalidad de caza que no se nos van de la cabeza. Y así, todos tenemos claro como un perro debe mostrar y cobrar, cómo debe ir una mano de cinco o seis escopetas, etc. La idea que yo tengo sobre las esperas nocturnas del jabalí pasan por colocarse entre el monte y una siembra. Y hacer el puesto en la siembra, claro está. Si hacemos la espera en el otoño, el jabalí baja buscando bellotas o los frutos típicos de esta estación. Y como lo vi de pequeño: Ese bulto negro moviéndose parsimonioso entre la blancura oscura del rastrojo, se me viene a la memoria una y otra vez.

Pero está claro que hay fincas sin raña, sin llanos ni siembras, donde los jabalíes buscan su condumio diario, y donde nos pueden proporcionar un bonito lance. Todo esto viene a cuento de ciertos puestos de esta preciosa finca. Que los tiene en llano y con siembra. Pero sin duda los comederos mas querenciosos los tiene Vicente entre el monte. Y también es más difícil matar un guarro en lo sucio, por muy parado que esté y haya mucha luna.

El relato que sigue se desarrolla en un puesto precioso: Bajo la umbría de la Colada, al resguardo de un regajo, y en un pequeño huerto que el pastor atenderá de tarde en tarde. Vicente me explica que debemos colocarnos en el pico del huerto. El comedero está a unos treinta metros, debajo de una gran encina, y bastante más alto que nosotros. Pero no sólo fue la configuración del terreno lo que hizo de esta espera algo distinto: el viento venía perfecto, a la luna le faltaban dos o tres días para llenarse, la temperatura era ideal y la compañía, la de mi padre, que andaba un poco picado por mis resultados de hace dos días, y estaba empeñado en tirar él. Sí. Y es que hace dos días, en un puesto al lado del que ocupábamos esta noche, revolqué un cochinete muy bonito, sanote y con unos colmilletes dignos de una tabla.

A la tarde, en el quiosco del río, el guarda me explicó donde estaba el puesto. Y como digo, para que le convenciera a mi padre, algo tenía que tener para catalogarle como perfecto. Y es que los cazadores mayores tienen algo que no tenemos los noveles, y es intuición para la caza, y enseguida ven el puesto ideal para un ganchete de conejos, una tirada de palomas o una espera, como la que nos ocupaba aquella noche de últimos de Agosto.

- Sí. Das la vuelta con el coche en una encina gorda que hay donde acaba el camino y lo bajas el coche para que no le cojan el aire. Y te poner en el pico del huerto.

Estas fueron las instrucciones del guarda, y aunque nunca me había adentrado por el camino que me indicó, me aclaré bastante bien.

Enseguida estábamos con los achiperres dispuestos y sentados. Yo iba de secretario, con lo que hasta las botas se me olvidaron. Y cosa que pocas veces hago, comer en el puesto. Siempre que viene mi padre no se le olvida la merienda, y su bolsa nevera con la cerveza.

La tarde todavía daba para contemplar el geométrico huertecillo, y el hilillo de agua que todavía se deslizaba por el regato. Justo donde nos encontrábamos había una higuera. Si se respiraba fuerte se podía percibir su olor, aunque todos los olores de finales del verano estaban tamizados por la sensación de humedad y frescor.

Caía la tarde a pasos agigantados. Y todavía nos andábamos a la mitad del bocadillo. A estas horas, cualquier ruido suena como un estallido en el campo. Así que nuestros movimientos empezaron a hacerse más cuidadosos, más lentos.

Mi padre había comprado unas balas nuevas. Me contó, entre susurros que le había dicho el armero que era lo último. Eran blandas, ideales para bichos grandes. Y es que un 270, con balas regulares, para una espera, quizás se quede un poco corto. A mi, de todas formas, esas balas nuevas me parecieron demasiado caras...

Ya era de noche. Una noche clara, con la luna todavía baja y con un campo muy silencioso. - Demasiado tranquilo. Llegué a repetirme más de una vez.

También entre susurros le indiqué a mi padre que era mejor tirar apoyado, y le indiqué que colocara la horquilla. Pero la única respuesta que obtuve fue una mirada de reojo, como diciéndome que se dudaba de su puntería. Yo le insistí, pero no sirvió de nada.

Eran ya la diez y media. Me pareció oir un ruido más arriba, a mi derecha. El comedero se encontraba a los pies de una laderita, que nacía a nuestra derecha. Por debajo había un llanete que bien podría ser una baña, porque el arroyuelo viene a unos dos o tres metros más abajo. Justo por debajo de donde creo está la baña, empieza el huerto. Al otro lado del agua hay unos olmos que cuando sopla un poco el viento hacen demasiado ruido.

Yo seguía oyendo algo. Dio la sensación como que el ruido pasaba por arriba del comedero, hasta que lo oí cerca de los olmos. El ruido era demasiado débil para que lo provocara un jabalí, por lo que pensé pudiera ser un zorro o un corzo.

Ya eran casi las once y el ruido continuaba ahí, pero nuestra atención hacia ese punto se estaba diluyendo. A los cinco o diez minutos, una piedra rodó a unos veinte o treinta metros a la derecha del comedero. Después del rodar de la piedra se oyó un ruido de ramas tronchadas y la certeza de que algo nos estaba entrando se acrecentaba.

Ahora la luna estaba más alta. No me dirigía a mi padre porque su atención estaba en el mismo punto que la mía. Cogí los prismáticos, intentando hacer el menor ruido posible, y busqué desesperadamente al guarro entre las jaras. El cochino debía estar a unos cinco metros del comedero. Se paraba y escuchaba, le sentíamos cada vez más cerca. Pero se conoce que tenía bastante hambre porque le llegué a ver la jeta asomar entre una mata de jara. Venía solo y enseguida empezamos a oír como crujía el maíz entre sus dientes. Ya estaba en el comedero. Con los prismáticos le veía perfectamente, esperando a que me padre le tirase para comprobar el tiro. De reojo, veo a mi padre encararse el rifle y ahora el cochino está totalmente atravesado.

Abrí la boca, por aliviar a los oídos del tiro, y me dispuse a ver la reacción del cochino. Pero de repente, mi padre se giró hacia mi lado y me dio el rifle.

- ¡Pero tírale! Le dije enfadado.
- ¡Qué no! ¡Tírale tú!

Sin pensármelo dos veces me eché el rifle a la cara y le vi centrado en la cruz. El guarro se me hizo enorme, así que le tiré con bastante confianza.

Antes de sentir el culatazo en el hombro le vi derrumbarse. No se había movido. El tiro lo tenía en el codillo, un poco alto, quizás. La bala le había destrozado el corazón y los pulmones.

El cochino era inmenso. Le calculamos unos ochenta kilos. Era un cochino joven, pero muy gordo. De boca, nada de nada. Unos colmilletes delgados y uno roto.

-¡Qué lástima! Con el cuerpo que tiene.

Mi padre estaba contentísimo. No le había matado él, pero como si lo hubiese hecho. Cuando le arrastrábamos hacia el camino me comentó que le dio miedo fallarlo, y no hacía nada más que repetir el poderío de las balas que me había comprado. El destrozo al cochino fue importante. Cuando abrimos al guarro pude darme cuenta. El tiro se había bifurcado en dos, y dos salidas tenía.

Cuando miré al reloj vi que eran las once y media. No nos había dado tiempo a aburrirnos en el puesto. Con el cochino en el maletero fuimos al pueblo. Nos tomamos una cerveza en la terreza de un bar, sin mucho de que hablar, sólo de lo buena que estaba la noche...