Una de pumas… pero de verdad

Ale

 

Ocurrió hace algunos años ...

Pero su recuerdo regresa insistentemente a mi memoria, especialmente cuando contemplo su figura embalsamada que no presenta, por cierto, la estampa ni el andar armonioso, de silencioso desplazamiento, con que sorprendía a sus víctimas.
Ni su cola, hoy ridículamente asentada en la tabla, la elasticidad de cuando se acechaba o la rigidez que exhibía cuando emprendía su impresionante corrida.
¡León del Colorado!...¡Gigante de tu raza!...
Alguien, sin conocerte, te llamo “cobarde”, porque siempre huías, sin saber que, bravamente, a pura garra, defendiste hasta el último instante tu vida. Los que anduvimos tras tus huellas, supimos de tu valor intrépido del que nos diste muchas pruebas a través de tantas leguas recorridas.
En esta narración, que yo te ofrendo, como un postrer homenaje a tu valor, pretenderé pintar con toda lealtad de tu cacería. La escribo en honor a tu raza y a la de aquellos “leoneros” que te persiguieron tantas veces en vano, demostrando que para hallarte era necesario mucho andar y sobre todo, mucho saber de ciencia venatoria.
Fuiste dueño del monte y sabías mejor que nadie la conveniencia de la disparada silenciosa, transformada en burla a tu perseguidor que, la mayor parte de las veces, logró hallarse por obra exclusiva de la casualidad...
¡León del Colorado!...No te conoció, sin duda, quien te llamó “cobarde”, pues nunca logró enfrentarte lealmente. Cuando lo hizo, fue para balearte a la orilla de la aguada, donde acudiste premioso de sed.
No se mancha por ello tu estirpe, pues quien pretendiera cazare lealmente, mucho hubo de andar.
Quien en franca lid, lograrte quiso, debió regar la tierra con sudores, padeciendo sacrificios, cansancios y desconsuelos que dieron, en definitiva, la verdadera magnitud de tu figura...

( El autor )

LOS PERROS “LEONEROS”

Llegamos al campo, atraídos por los comentarios de la gente que hablaban de la gran cantidad de “leones” que hubo por allí en otras épocas.
Hoy, aquella tierra, es de jabalíes.
Una secreta esperanza de encontrar el rastro fresco nos animó a considerar la posibilidad de capturar alguno...
Desgraciadamente, no teníamos perros “leoneros” y este simple detalle, tan escueto, puede dar razón del éxito o fracaso de una cacería.
El perro “leonero” no tiene raza definida. En todos los casos procede de una cruza de perdicero con otra, resultando de tremenda influencia, el adiestramiento que sus dueños le brindan, a tal punto o “leones”, como se les conoce por estas tierras.
Los resultados de enseñanza son tan positivos que es inútil pretender lograr una fiera sin su concurso.
El “tremendo” precio a que se cotizan estos perros “leoneros” dejarían asombrados a expositores de primeros premios. Para quien no está al tanto de su valía, se torna incomprensible ese precio, máxime cuando las más impresionantes ofertas son rechazadas de plano pro sus dueños.
La explicación es sencilla...
Salvo casos excepcionales, el amo de esos perros se dedica, casi exclusivamente, a cazar pumas, alentando por las primas que abonan las Comisiones de lucha contra las plagas o los ganaderos afectados por los daños que provoca el felino.
Las Comisiones estatales pagan por cada cuero, cuatro mil pesos, mientras que los ganaderos acuerdan “premios” que, en ningún caso dejan de triplicar esa suma...
¡Quién se anima a vender un perro que posibilita el cobro de tales honorarios!...

EL LEÓN

Un amigo mío, en una semana “de suerte” capturó siete pumas, sin considerar su promedio anual de más de cincuenta ejemplares.
Conste que esas cifras son logradas sin ocuparse plenamente en la tarea...
Multiplicando, se orienta el lector respecto de cuáles pueden ser las sumas a obtenerse.
Toda esa caza tiene como principal “accionista” y fundamental elemento para lograrla, al perro “leonero” que, puesto sobre el rastro, sigue y empaca la presa.
De allí que resulte tan difícil “armarse” de un perro de esos. Menos aún que le enseñen a uno nuevo. Esta gente no desea perros cerca de los suyos “para que no aprendan” y no entran en ninguna clase de negocios para enseñar a otros.
Defienden así sus derechos y se libran de competencias que mermarían sus posibilidades. Demás está decir que si un perro rinde cincuenta “leones” al año (que es una cifra baja), con un total de doscientos mil pesos en primas, solamente de comisiones y sin contar las de los ganaderos, más altas aún, se hace difícil comprarlo.

PRECIOS PROHIBITIVOS

De acuerdo a ese rendimiento, los precios son prohibitivos para el deportista, aunque no para otro “leonero” que finca todas sus posibilidades de ingresos en el perro. Tampoco para el ganadero, deseoso de su concurso. Me consta que algunos han pagado precios tan exorbitantes que ni los fijados para un automóvil común, los alcanza.
El problema está en convencer al propietario para que lo venda. Ese es el “trámite” más difícil...
Gracias a Dios, como no soy competidor de nadie, los “leoneros” de por aquí nunca me “esquivaron el bulto”. Al contrario, me acompañan gustosos, deseosos de ver mis dogos, mano a mano con el puma, admirándolos a través de su labor en el campo.
Demás está decir que algunos de ellos ya tienen su pareja de dogos de los cuales uno –según compromiso establecido- regresará a mí adiestrado, con esa maravillosa “gimnasia de puma” que los “leoneros” brindan a sus perros.
La mayor prueba de afecto que pude recibir de esta gente, tan buena y tan leal, está representada, en todos los casos, por sus deseos de “prestarme” los perros “leoneros” que poseen, cuando yo lo solicite.
Entre “perreros”, como nosotros, sabemos lo que eso significa y que no existe en el mundo prueba más concluyente de amistad sincera.
La labor que yo realizo con los dogos argentinos, me pone en situación de aceptar.
O cazan mis dogos o no se caza nada...
A fuerza de fracasos, se obtendrán utilidades...
Ello, me procura aún más aprecio de los “leoneros”, a quienes respeto por tratarse de gente simple, de campo, con tanta experiencia de caza “en sus bolsillos” que yo me admiro de ello cada vez que entablamos la charla. Realmente, me siento como saliendo del cascarón...
Ilustrado el lector de lo que es un perro “leonero” y de su inapreciable valor, tanto material como espiritual, volveremos a nuestra narración regresando para ello al campo Colorado.

LA LLEGADA

Llegamos allí al atardecer de un día gris, nublado, con presagio de lluvia larga, de esa persistente y fina que sabe descargarse por estas zonas y que dura semanas y semanas.
Los amigos de correrías, nos recibieron con la hospitalidad que es común por estos lares. Abrazos y saludos se unieron, estrechando una amistad que viene desde lejos. Mateamos largo, acomodamos los dogos y después de higienizarnos, nos dispusimos a cenar. En la charla que matizó la comida, surgió el nombre del “León del Colorado”...
Hacía unos días que había bajado al campo. Su rastro, indicaba que cruzó tranquilo los arenoso cañadones, despreciando los angostos con olímpicos saltos.
Dos ovejas habían pagado ya tributo a su estada. Las intenciones de quedarse se reflejaban en su tranquila huella, de andar pausado, recorriendo por la noche los bajos, en busca del río, afilando sus garras en los sauces, después de aplacada la sed.
En la mesa se hicieron distintos comentarios respecto de su tamaño. Todo indicaba que era grande y esa característica, propia de animal “viejo”, llevaba aparejada su condición de “ladino”, por experiencia...
Muy difícil iba a resultar su caza. Por lo menos para mí que, en esos instantes, contrapesaba las posibilidades de mis dogos.
Si la suerte ayudaba un poco, “la cosa iba a ser linda”..., como dicen los criollos.
Nos fuimos a dormir, rogando llovizna o “una garuíta” para la madrugada, que nos ayudara en el rastreo.
Sabía que en ese preciso momento, el puma habría comenzado su paseo dentro de aquel campo de cuatro mil ovejas y seis leguas de extensión por lado.
¡Vaya a saber que cuadro de legua elegiría para la ronda!...
¡Quién sabe en que monte dormiría luego su hartazgo de comida!...
Y pensar que los buenos amigos que nos hospedaban, nos creían prácticos en caza de pumas, porque en aquellos años, una docena de ellos figuraban ya nuestro haber...!
Sabíamos muy bien que no era así. No éramos, decididamente, “leoneros”. Un poco de suerte y dedicación, nos dieron esas “buenas”, aunque también tuvimos muchas “malas, que ojalá no se repitieran aquí... de que la suerte estuviera de nuestra parte, nos encontró el sueño, acunado por los rezongos de los perros, nervioso, que demoraban en descansar.

EN BUSCA DEL “LEÓN”

El ruido de una plancha de cocina, donde se doraba la carne para la clásica “churrasqueada” matinal nos despertó.
Roberto prefirió unos minutos más de cama, pero para mí, el ruido aquel, me llegaba al estómago...
Con la secreta esperanza.
Salté del lecho, me vestí y luego de lavarme me dirigí a la cocina ansiando oír el clásico: ...Métale nomás, sírvase!...
Aún no había aclarado. A la luz del “sol de noche” y usando los afilados cuchillos de que disponíamos, fuimos cumpliendo con el estómago.
Afuera, los dogos, sintiendo el tentador aroma del asado, nos recordaban su presencia con algún ladrido.
Desgraciadamente, debían estar “livianos”, para aguantar la primer jornada, por lo que sólo con perfumes “carniceros” debieron conformarse.
Cumplida la faz alimenticia y con la luz queriéndose hacer sobre los campos, donde el zorro ya se había llamado a silencio, salimos buscando el corral de los caballos, portando los frenos, listos para ensillar.
Seleccionados los “pingos”, ya en el palenque, comenzamos con el equipo de viandas para el día. Terminado todo, montamos y a paso prudente salimos en busca de los montes a los que ya los dogos, eufóricos de libertad, arrollaban con todo entusiasmo.
El grupo de cazadores estaba compuesto por cuatro jinetes.
Mi compañero Roberto García, el Administrador del campo, D. Segundo López, su peón, Julio Sepúlveda y yo.
Cuatro dogos, juntos a los tres perros del campo, formaban la jauría.
Considerando la gran extensión a recorrer, entendí prudente que Sepúlveda buscara “cortar rastro”, en dirección opuesta a la nuestra, quedando establecido el sistema de señales para comunicarnos. Dos humos significarían haber hallado rastro. Señales intermitentes, fijadas de tanto en tanto, marcarían la dirección en que se encaminaba el rastreo.
Separados, con solo los dogos junto a mi galgo “ladrador”, comenzamos despacio la tarea.
No orillamos el río. Los pastos que cubrían sus costas, hacían poco menos que imposible comprobar el paso de la fiera, que sabíamos caminaba con suma delicadeza.
En busca de posibilidades, tratamos de buscar el límite, donde se confunde el monte xerófilo con los pastos costeros.
Este tipo de monte va dejando, entre la maleza, grandes claros de tierra, muchas veces arenosos, en los que el paso del puma se delata más fácilmente.
Como la formación geográfica le da declive hacia el río y los aluviones de las lluvias lo aprovechan, se forman largos cañadones, en los cuales se sedimentan grandes capas de arena fina, arrastradas por las aguas.
Queda así una superficie lisa, muy “sensible” para marcar rastros, pro muy suaves que éstos sean.
Los animales salvajes, especialmente el puma, tienen predisposición para utilizar ese camino cuando bajan al río. Si no lo hacen, deben proceder a atravesarlo, de manera tal que en ese corto trecho, muestran al cazador su dirección de marcha.
Si al salir del cañadón, el suelo es duro, se pone dificilísimo el rastreo, pero ya sabiendo la dirección del paso del felino, se corta rastro más adelante, de tal manera que con paciencia, se puede lograr en insignificantes detalles, su rastreo hasta zonas blandas.
El hombre de campo es amigo de rastrear por el “centro”. Se trata de zonas de vegetación xerófila, rala, donde existen grandes posibilidades de “detentar” pasos, máxime cuando los suelos se hallan húmedos.
Los caminos de costa no ofrecen estas ventajas ya que se hallan cubiertos por eternas pasturas. Muy a las perdidas ofrecen “limpios” y cuando aparecen, son remotas las posibilidades de cruces.
En ciertos casos no queda más remedio que buscar bosques de “encame” del puma y rodearlos a pie, tratando de rastrear “entradas”. La labor es notable si se piensa en la diversidad de bosques que ofrecen a la vista del rastreador. La caza se convierte, entonces en mucho de “corazonada”, resultando monótona y pesada.
De todos modos, lo que realmente nos interesaba era saber si nuestro “león” había bajado al río o, en su defecto, si había salido de él, para ubicar su “encame” en campos del “centro”, cosa muy posible, por costumbre.
Y por allí íbamos, al paso lento de los caballos, ampliamente separados los jinetes entre sí, agudizando la vista contra el suelo, tratando de ubicarnos de vez en cuando. En la labor, se apasiona tanto el cazador, que pierde contacto con quienes le acompañan, en cualquier momento.
Cruzamos varios cañadones al galope recorriéndolos prudentemente en direcciones opuestas, buscando el rastro del felino, que aún no aparecía.
Volvimos muchas veces la vista atrás, con la esperanza puesta en Sepúlveda, pero solo alcanzamos a divisar “los humos”, separados muy lejos entre sí. Ellos nos marcaban la dirección de su marcha, al igual que la nuestra quedaba fijada por las pequeñas fogatas que encendíamos de tanto en tanto.



APARECE LA HUELLA!!

Ya sobre el medio día, con cielo gris plomizo que parecía pesar sobre nosotros pensamos prudente almorzar algo.
Aquietamos los caballos en un buen chañaral, desensillando y dividiendo labores, comenzamos la tarea.
Me tocó a mí la preparación del asador. Con mi cuchillo corté una larga vara de jarilla, de buen grosor y pelándola, atravesé en ella la carne salada, afirmando la vara contra el suelo.
Roberto, en tanto, acomodando dogos y virtuallas, preparó comodidad, mientras el amigo López, juntó leña, arrimándola al fuego, donde pronto se transformó en brasas.
Sentados y en silencio, mirábamos asarse la carne...
Llevábamos dos leguas de búsqueda, sin resultado positivo. Allá a lo lejos, con monotonía, continuaba levantándose el solitario humo de Sepúlveda, cada vez más azul, cada vez más lejano...
Dónde andaría el “León”?
Más al centro?...
Dentro de la costa”...
Indudablemente tenía que haber carneado esa noche, pero para nuestra desgracia, todos los cuadros tenían hacienda, así que podía haber elegido a gusto.
Diferente sería si la hacienda hubiese estado en un solo cuadro. Recorriendo el alambrado de costado, sabríamos a esa altura dónde estaba el puma, controlando su paso de ida y vuelta.
El almuerzo transcurrió en silencio, como si nos molestara hacerlo por lo que representaba de pérdida de tiempo.
Junto a los perros, que nos solicitaban con ojos suplicantes su parte de alimento, pensábamos en la impotencia del hombre, frente a las fuerzas de la naturaleza.
Finalizada la comida, regimos las pertenencias y cada cual se ocupó de su monta, acomodando cinchas y arreglando al apero.
Subimos a caballo, quizá con más pausa por la pesadez de los estómagos y reanudamos la labor de rastreo, cada cual con sus suposiciones respecto de la fiera.
Me tocó en suerte encontrar el rastro, allá por las cuatro de la tarde, en un cañadón húmedo que nuestro “león” había remontado, estampando su generosa pata con la delicadeza propia de su elástico paso.
Desde el borde del cañadón, que tenía casi más de tres metros de profundidad, cortado a pique, se notaba con precisión el paso del felino.
Esperé a más acompañantes, llamándolos a mi lado con varios silbidos.
Pronto estuvieron junto a mí...
Es puma venía desde mucho más abajo. Era imposible franquear ese cañadón, por lo menos a caballo, entre ese punto y casi media legua más al frente, remontándolo.
El puma tampoco lo subiría. Caminaba tranquilo según el rastro, esperando salir del cañadón apenas este lo permitiera.
Tras la huella fuimos nosotros, siguiéndolas desde el borde y comprobando, cada vez que debíamos separarnos para franquear algún afluente, que nuestro perseguido había seguido la marcha.
No le hicimos “humo” al bueno de Sepúlveda. Muchas leguas nos separaban de él y tardaría en llegar. No le alcanzaba para hacerlo. Por otra parte, era posible que ya estuviera regresando hacia “las casas”.
Cumplida la media legua, larga, hallamos que los bordes del cañadón se ensanchaban, formando algunas “bajadas” utilizadas por los animales.
Por una de ellas salió el puma en dirección opuesta a la nuestra, sobre la planicie de la loma, casi, en un suelo de duro pedregal.
Buscamos pasar como pudimos, desmontando y llevando a nuestros caballos por la brida.
El sol bajaba ya rápidamente por el horizonte...
“Las casas” quedaban lejos. Quizá a más de dos horas de duro galope...
Sin bien hombres y caballos resistirían el esfuerzo no podíamos olvidarnos de los perros que ya llevaban sobre sus patas, varias leguas de camino.
El desaliento nos ganó poco a poco y ya sin mayor entusiasmo, seguimos “desentrañando” el rastro, dificilísimo entre el pedregal.
Así nos alcanzó el atardecer y las primeras gotas de una llovizna fina...
Era el límite para ese día.

EL REGRESO

El regreso se armó rápidamente, cortando campo y a buen paso, ya al galope o al tranco, dando tiempo a los canes para que nos alcanzaran.
Pensábamos...
Quizá el “león” quedó por allí nomás, a cien metros, echado en alguna mata, pero también podría estar a más de una legua.
El rastro era de la mañana y nuestro perseguido iba tranquilo, dispuesto a detenerse.
Pudiera haberlo hecho o bien disponerse a caminar unas legüitas más.
Que le hace esto a él, que es tan buen andarín...!
Llegamos con lluvia. Muy buena para el rastreo pero sin “león”...
La noche era negra, como el resultado obtenido...
Pero que íbamos a penar... Son cosas de “leoneros”, a los que, siempre, por un pelo, se le escapa la presa...
“Pelo” para el “leonero”... y “tronco” para el “león”, si éste pudiera hablar...
Llegados a la casa, alimentados y acomodados los perros, ganamos la cocina, donde hallamos a Sepúlveda atendiendo el churrasco y sirviendo mate.
Apenas nos vio llegar, nos contó lo que vio...
Oh sorpresa...! El “león” había andado el día anterior por el último cuadro, recorrido por él, donde carneó un hermoso carnero, según lo indicaba el rastro encontrado...
Casi se me atraganta el mate...!
Justamente a ese león, no a otro cualquiera, se me había ocurrido cazar...!
Comencé a inquietarme, pensando si no era más conveniente “mandarme a mudar”, sin más trámite.
Si el “león” recorría esa friolera de leguas en una noche, nosotros tendríamos que salir con linternas, a la madrugada, para alcanzarlo.
Flor de caminante me había tocado...! Vaya con el leoncito...!
Nos “relojeamos” con nuestro compañero, diciéndonos con la mirada todas estas cosas.
Mientras saboreábamos el asado, pensaba que con dos días más, igual al que terminaba, me quedaba sin perros...
A no ser que los llevara montados conmigo en el caballo...!
Me fui a la cama, buscando olvido...
Ni fuerza para sacarme las botas húmedas me quedaban. Tenía los huesos sencillamente “molidos”. Mi amigo Roberto, me hacía más negra la noche con su acostumbrado pesimismo, obra del desaliento ante una jornada desafortunada...
Cuando llegó la mañana, silenciosa, me pareció que era muy tarde y sobresaltado, pensé que habíamos dispuesto la partida bien temprano.
Qué había pasado...?
Abrí el postigo de la ventana y tuve la respuesta...
La llovizna había continuado toda la noche y seguía intermitentemente.
No había, aparentemente, posibilidad alguna de que las condiciones mejoraran.
Me expliqué el por qué del silencio de la casa y la razón por la cual no me habían despertado a la hora convenida.
Volvía a la cama, sin poder sacarme el bendito “león” de la cabeza.
Rogué por mucha lluvia y mejor suerte, prometiéndome que de allí no me iba sin tener el gusto de toparme con él...



II PARTE

LA HUELLA

Llovió en forma continuada... Agua fina, persistente, de esa que tanto bien hace a los campos.
La excusa de que se había acabado la carne para mis perros, me permitió al segundo día, abandonar el “cautiverio” de la estancia, saliendo de caza acompañado por un dogo y un galgo, buscando las planicies de los cerros cercanos.
Afuera el agua son intermitencias, ablandando los cueros de mi montura, suavizando las riendas en mis manos, goteándome despaciosamente desde la punta de la nariz.
Tras de mí gimoteaban los perros, ubicados en las “divisiones” de mi acopladito. Comprendían que salía a cazar y demostraban su pesar por no acompañarme.
No podía llevarlos. Me sobraba con un dogo para sujetar un guanaco herido por mi fusil o alcanzado por el galgo. En mi ínterin sabía que su compañía era, también una razón de precaución. En cualquier parte, podía aparecer un jabalí o un puma...
A paso lerdo, fui buscando las lomas, apartándome del río, en procura de los campos donde sabía existían guanacos.
Había muchos por aquella zona. Tropillas de cientos de curiosos ejemplares, de pelo color ladrillo y tiesas orejas, con enormes ojos de mirar siempre asombrado.
Conocía, por experiencia, el dolor de su muerte, que llega con tristes gemidos de su boca desdentada. Un morir pausado, símbolo de una raza que se aferra desesperadamente a la vida...
Estaba obligado a repetir la escena. Lo pensaba con un poco de dolor, mientras reflexionaba que ya habían transcurrido veinte años desde el momento aquel en que maté mi primer guanaco.
Veinte años que no habían alcanzado a borrar, aún, el sentimiento de pena que me embargó en ese instante.
Iba pensando en ello mientras, por propia disciplina, observaba las huellas que marcaba el suelo blando. Habían andado zorros, tal vez en busca de alimentos y hasta un avestruz marcó su paso rápido, como huyendo de algún peligro que yo no podía precisar en ese instante...
Observaba el suelo, buscando la huella de los guanacos que me llevara a alguno de sus “bosteaderos”. Sabía que la vida de la tropilla se desenvuelve siempre en torno a ese sitio, aunque a veces la distancia se alarga, como si fuera de goma...
Andaba despacio, pasándome de vez en cuando la mano sobre la cara para secarme la lluvia que caía intermitentemente.
Crucé de pronto, un rastro de jabalí.
Si fácil era verlo, más fácil resultaba diagnosticar el tiempo que había transcurrido desde su paso. Evidentemente, no debía haber pasado ni siquiera una hora desde entonces.
Ni pensar en los perros, con semejante humedad. Solo olfatearían la presa si se la llevaban por delante.
Por otra parte, eso de andar de “corrida” con piso mojado, equivalía a jugar a quien se quebrara primero el pescuezo en una rodada.
Decidí que doña jabalina –de una hembra se trataba- quedara tranquila, anduviera por donde anduviera...
Sin embargo, por gusto, seguí su rastro, esperando hallar en cualquier momento el cruce de algún guanaco.
No me apartaba gran cosa del camino elegido y como el asunto era encontrar carne fresca, tanto daba seguir para uno u otro lado...
Los pequeños habitantes de la planicie brillaban por su ausencia, sin duda corridos por el agua. A las perdidas, alcanzaba a divisar algún paso de copetonas que andarían buscando comida bajo las aguas.
El caballo, con paso regular, me fue alejando mucho de “las casas”. Ya hacía una hora larga que andaba y la lluvia no mermaba.
Miraba, de vez en cuando, hacia los montes, buscando descubrir el pescuezo quieto de algún guanaco, en su postura clásica de curioso observador.
Sin embargo, esta vez, el destino me deparaba una distinta forma de encuentro...

EL GUANACO HERIDO

El guanaco apareció... pero corriendo a buen galope, como a trescientos metros míos...
Con la prudencia del caso, llamé a los perros que regresaron al lado del caballo, con su húmeda cola entre las patas.
Desmonté, saqué la carabina y con un nudo rápido até el caballo a una de las tantas jarillas que me rodeaban.
Me aparté un poco de su lado, para que el disparo no lo espantara y echándome el “cubrecabeza” hacia atrás, pulsé fuerte el arma, tratando de ubicar a mi galopante presa.
Ya venía. Se sentía resonar en el monte su paso en carrera...
Disparé, haciendo equilibrio sobre una pequeña mata.
Al instante, tuve el convencimiento de haberle errado, ya que el guanaco no agachó su cabeza al escuchar el bárbaro estampido, ni hizo la acostumbrada pirueta que confunde siempre a los cazadores.
Siguió como venía, perdiéndose tras los montes.
No quise que los perros persiguieran a la presa. Su ligereza por un lado y el piso por otro, atentarían contra el buen resultado de la prueba.
Me fui más adelante, tratando de cortarle el paso y constatar si perdía sangre. Si lo había herido algún rastro debía haber de ella.
Sujetando los perros a silbidos, gané la monta y me dirigí al cruce del rastro.
Lo hallé pero cincuenta metros antes del sitio donde calculaba había dado el disparo.
Me detuve sorprendido. ¡Había rastros de sangre, antes de mi disparo!...
Un torbellino de ideas me cruzaron la mente. Tratando de ordenarlas seguí, a buen paso, la dirección del animal.
Observaba los resbalones producidos por el piso húmedo y las matas manchadas de sangre que demostraban su falta de perfecto equilibrio.
¿Quién le había disparado al guanaco antes que yo?...
¿Sería Roberto, capaz de haber salido con mí mismo fin?...
Casi me afirmé en esa idea. Como a quinientos metros, el galope del guanaco se había transformado en un trote largo...
Comencé a mirar de vez en cuando la lejanía, esperando descubrirlo en cualquier momento.
Enredado en una jarilla noté un pedazo de intestino de casi treinta centímetros, mientras en el suelo comenzaron a aparecer manchas de pasto semidigeridos, de fétido olor, que alarmó a los perros, poniéndolos inquietos.
Los calmé con firmeza. No había llegado aún el momento de largarlos a la carrera.
Casi no me cabían dudas. Se trataba de un tremendo tiro de vientre, cuyos resultados estaban a la vista. El animal no tardaría en echarse, ocupado tan solo de su propio dolor.
Ciento cincuenta metros más adelante alcancé a verlo, llegando a un bajo. Caminaba despacio, parándose a cada trecho.
Bajaba la cabeza hasta cerca del suelo, abriendo su boca para emitir un gemido tan doloroso como triste.
Lo rodeé prudentemente, aunque sabía que el animal, en ese estado, no podría escaparse. Gané su frente y desmonté.
Até los perros con las clásicas “piolitas” que adornan mi montura y me adelanté, carabina en mano.
A menos de cincuenta metros venía la pobre bestia. Oía sus gemidos a cada parada suya, agachando la cabeza.
Busqué el tiro más fácil que suprimiera, para siempre, su inútil sufrimiento.
Resonó seco el estampido, buscando el proyectil la base del cuello del guanaco.
Cayó allí mismo, donde estaba, estirando sus patas y doblando el largo cogote hasta casi tocar sus ancas.
Caminé hacia el sitio acompañado del ladrido de los perros. Saqué mi cuchillo para degüello, procurando una muerte rápida del pobre animal. Por otro lado, el desangre resultaba beneficioso para la carne.
Llegué. El guanaco había entrado en los campos del “más allá”. Su rigidez lo certificaba.

LA PRESA DEL “LEÓN”

Cuando observé su vientre y sus cuartos, me llevé la sorpresa de mi vida...
¡Le habían sacado la presa al león del Colorado!...
¡Era increíble!...
si hubiera pensado menos en el guanaco y más en el “león”, lo habría comprendido a su debido tiempo...
El felino lo habría acechado, fallando en su salto dado el pésimo estado del piso. Sus zarpas solas alcanzaron los costados del vientre, mientras su boca mordió la lana existente en uno de ellos.
La “arrancada” del guanaco atentó, por esta vez, contra la efectividad de tan eximio cazador que debió sentir irse a la presa bajo las zarpas.
Recuperarse y perseguirla habría sido todo uno, pero “algo” lo detuvo...
No precisaba que nadie me lo explicara. Ese “algo” había sido yo...
Las “cuchillas” de sus zarpas abrieron profundos surcos en los flancos del guanaco, tanto que por ellos se produjo el desprendimiento de sus intestinos, además de un pedazo de sus cuartos que quedó solo sostenido por un pequeño trozo de piel.
Me quedé maldiciendo mi mala suerte, cuando apareció el bueno de Sepúlveda que, igual que yo, cansado del encierro de “las casas”, había salido a “darme una manito”, según dijo...
Allí mismo le confié lo ocurrido, cambiando rápidas impresiones.
Volvimos luego sobre el guanaco a fin de proceder a su despedazamiento. Los perros, constatada la muerte del animal, se habían tranquilizado, entreteniéndose con las vísceras que le arrojábamos despreocupadamente.
Finalizada la labor, acomodamos sobre las monturas los restos del guanaco, perfectamente desmenuzados y montando, volvimos sobre su rastro, en busca de las evidencias que yo, especialmente, necesitaba.
Siguiendo tras la huella fuimos encontrando restos de intestinos del pobre “bicho” y regueros de sangre que certificaban su trágico camino.
Llegamos hasta el sitio donde mi caballo se había cruzado con su paso y desde ese sitio, medí mentalmente la distancia que me separaba del lugar de donde lo vi venir corriendo. Hacia allí fuimos y nos encontramos con el escenario donde se había desarrollado el primer acto de esta obra de la naturaleza.
El puma había descubierto la tropilla de guanacos y elegido en ella a su víctima, sobre la que saltó en su clásica forma.
Imaginé el terrible “desparramo” de animales que su presencia habría provocado. El suelo aparecía marcado por el nervioso hundirse de las pezuñas y por la disparada veloz de los guanacos.
También aparecían trozos de lana del animal que tuvo la desgracia de sentir caer sobre él la mole avasallante del puma. La resbalada de la fiera, debida al piso húmedo, impidió que el guanaco recibiera en ese instante su golpe de muerte. Salvó la vida, sólo por algunos instantes más.
La disparada obligó al puma a la persecución. El rastro lo denotaba perfectamente. Pero esa persecución, cesó de golpe, sin dada ante el presentimiento de mi presencia. El impacto del disparo sobre el guanaco, debió hacerle salir como alma que lleva el diablo, en dirección opuesta a la que traía.

CASI... CASI...

La escena estaba clara, aunque los actores ya se hallaban muy lejos del lugar.
La humedad y la llovizna, que hacían casi inútiles los sentidos del olfato, casi habían provocado mi encuentro, frente a frente, con el “León del Colorado”. No podía dejar de lamentarme. Mientras reconstruía lo ocurrido, sentía una enorme desazón...
Casi, casi... había tenido al puma en la mira de mi carabina...
No me perdonaba el no haberme dado cuenta de la situación, en el momento preciso, indagando porque disparaba el guanaco antes de efectuar el tiro...
El puma, en ese sentido, había demostrado mayor pericia cazadora que la mía. Supo eludir el peligro, intuyéndolo...
Sepúlveda me consolaba mientras encaminábamos los caballos hacia la estancia.
Cuando llegamos, Roberto ayudó a bajar la carne, la que repartió entre los perros, ansiosos de liberarse al escuchar los silbidos de mi regreso. Acomodamos luego los caballos, liberándonos trabajosamente de las pesadas monturas, empapadas por la lluvia.
Me cambié de ropa, rumiando mi tristeza de cazador burlado y me acerqué al fuego amigo, a gustar los reconfortantes mates de Sepúlveda, quien acomodaba sobre las brazas algunos trozos de carne, de delicioso aroma para mis ateridos sentidos...
Con la gente de la estancia que se fue arrimando despaciosamente a formarle rueda al fuego, charlamos luego sobre lo ocurrido. Todos estuvieron de acuerdo en que el proceder del puma había sido lógico, aunque yo hubiera deseado que fuera de otra manera.
Roberto se lamentó por no haberme acompañado. Yo guardé silencio pensando que tal vez su presencia no hubiese cambiado las cosas. La caza del puma es así, siempre resulta una incógnita.
Ya tendría mi amigo ocasión de comprobarlo...
Pero eso sería nuevo tema para esta historia...
Pensaba en el “león”, mientras observaba, en el cielo se oscurecía las pesadas nubes...
-Tiene ganas de seguir lloviendo!...— dije distraídamente y a paso cansino me dirigí a mi cuarto...



CAPÍTULO III

AL CESAR LA LLUVIA...

Había dejado de llover. Sólo algunas “chispitas” de agua insistían en seguir cayendo, aunque cada vez más espaciadamente...
Dos días habían transcurrido desde mi encuentro con el guanaco. Dos días que pasé mascullando mi mala suerte, caminado de una habitación a otra de la estancia, sin encontrar sosiego. El encierro “hogareño” resulta abrumador...
Estábamos dispuesto a una salida “en pleno”... hombres y perros. Muy de madrugada preparamos la churrasqueada, de la que dimos buena cuenta, aprovisionando el resto para llevar como fiambre, junto al pan y al vino.
Cargamos, también, un poco de chocolate y bebidas fuertes. Las horas para cabalgar eran largas, ya que pensábamos recorrer todo el terreno que pudiéramos.
Mi montura todavía húmeda, facilitó la labor de ensillado, con su cuero suave y sensible.
Íbamos a probar suerte, esta vez con ventaja de nuestro lado, representada por el piso blando, ideal para el rastreo, aunque peligroso para la corrida y decididamente para el olfato.
Pero como lo que verdaderamente importaba era el rastreo, las cosas parecían estar al favor nuestro.
No tendríamos que andar por cañadones, ni buscar el suelo blando que caminara por donde quisiera el felino que si la suerte ayudaba un poco, permitiéndonos cortarle el paso temprano, esta vez no la sacaría muy barata!...
Y nos fuimos nomás para los “centros”, a un buen paso, repleto de optimismo, llevando frente a mí el galgo ladrador y a los cuatro “Ángeles de la Muerte” como bautizó a mis dogos un cazador americano...
Sepúlveda, López y Roberto eran acompañados por tres perros “cruzas” de la Estancia.
Contentos los animales después del obligado encierro, retozaban a sus anchas por el campo.
Buscamos la parte media, con la esperanza de cortar el rastro y ponerlo tras él hasta la noche, si era necesario...
Cortamos varios de días anteriores. Más de uno nos pareció fresco, dándonos un vuelco el corazón... pero todas resultaron esperanzas fallidas...
Subiendo la planicie, pasamos bastante cerca del lugar donde cobré el guanaco y la suerte me fue esquiva con el león...
Por puro pálpito aconsejé rastrear el cuadro hacia donde el felino dirigiera sus pasos ese día.
Anduvimos incansablemente hasta casi llegado el mediodía, en que alcanzamos el alambre lindero.
Decididos a comer algo, bajamos de los caballos comenzando a gustar el asado frío, la galleta campera y el buen vino de mi verde valle...
Para no rodear en busca de la tranquera, mientras comíamos, estudiábamos el alambre para “pisarlo”.
La jornada prometida. El tren de marcha era muy bueno, los perros estaban frescos, y la humedad del piso nos ayudaba mucho en el rastreo.
Terminado el frugal almuerzo, montamos nuevamente y al paso, costeamos el alambrado, buscando “pisarlo”, pues en las cercanías no contábamos con esa posibilidad, sin riesgo de arruinarlo.
Doscientos metros más adelante un poste quebrado en su base, nos brindó lo que buscábamos...
Bajamos tres de las montas y comenzamos a tantear el “volteo” del alambrado. Con cierta resistencia, se cumplió la operación, hasta casi quedar tocando el suelo.
Los caballos camperos (¡cuántas cosas saben y a cuántas otras se acostumbran!...) pusieron despacio sus patas entre los hilos y sin mirarlos, fraquearon el paso con seguridad.
Levantamos, acomodamos el alambre nuevamente, sin que se notara la “pisada” y montando, reanudamos la marcha.
El monte se espesaba cada vez más. Ya no eran tantas las jarrillas, recrudeciendo el chañar con su figura copuda y espinosa.
Detrás de un monte boscoso se adivinó la corrida de varias avestruces.
Alargando su cuerpo emplumado, en continuos esquives, pasaron repetidas veces entre los claros.
Algunas plumas regaron la disparada, marcando firmemente el rastro que la pobre “corredora” no puede disimular, ni aún en pisos duros...
Y se fueron lejos... defendiéndose con lo único que la naturaleza les dio para hacerlo. Su carrera.
Sepúlveda apuntó que parecían “gordas” y que no habría estado mal voltear alguna.
Sería en otra salida...
No en esa, en que rastreábamos al león...
Nadie, ni Sepúlveda mismo, deseaba “alborotar el campo”. El puma tiene oído fino y conocida prudencia.

EL RASTRO

Continuamos en silencio, quebrado de tanto en tanto por alguna voz suave y aquietada. Se utilizaban más los gestos que las palabras, señalando para ser entendido y mirando para entender.
En realidad ni se había hablado. Poco en el almuerzo, algo ante la vista de la avestruzada y nada, absolutamente nada, al cruzar el alambrado.
Costumbre de cazadores... especialmente de los “leoneros”...
Seguimos mirando el suelo, enfrascados cada cual en sus pensamientos.
Transcurrió media hora larga. Los montes lejanos que hacía rato se oteban en el horizonte ya tendían, a nuestro alrededor, sus formas clásicas.
Las patas de los buenos caballos seguían su tranco firme y pausado, deteniéndose con cuidado cuando su jinete elegía algún alpataco para el paso, continuando, luego de haber eludido sus largas y crueles espinas...
En ellas algunos mechones de lana denotaban el paso de las ovejas.
Las habíamos visto en abundancia, mirándonos silenciosas a lo lejos, listas para disparar ante nuestro menor intento de aproximación.
Pareciera que en el monte, toda la vida se redujera a disparar...
Iba pensando en ello, cuando hallamos una oveja muerta sobre una mata.
A esta no le había alcanzado la disparada... Aparecía limpiamente degollada...
Los perros la olfatearon con curiosidad, mientras nosotros desmontábamos, a una señal de López.
Sabíamos quien había sido el autor de la muerte. El golpe preciso de la “uña cazadora” mostraba una limpieza digna del mejor “cuchillero” de la zona. El “señor” puma había matado para beber la sangre de su víctima...
Pero allí no terminaría la cosa. Estábamos seguro de ello.
Lo confirmamos metros más adelante, por intermedio de otra oveja muerta media comida y tapada.
Sin decir palabra, entendiéndonos a señas, comenzamos el rastreo. Habíamos dado con el cuadro en que andaba la fiera. Estábamos de buena...
El rastro no se podía perder. Se notaba claro y parejo. Separamos los perros y dejando a López rastreando al centro, nos desplazamos para tener más chance en una corrida.
Iba a ser brava por las condiciones en que se hallaba el piso. Un resbalón podía sobrevenir en cualquier momento y detrás de él la rodada...
Ni que hablar de esquivar monte al galope. En el menor descuido podían salir dando vueltas jinetes y caballos, en confuso “revoltijo”. Por allí no se puede correr derecho todavía... a no ser que fuera por una “picada” entre el monte.
Seguimos avanzando tras el rastro, alertando a los perros con suaves silbidos, pretendiendo escudriñar tras el monte y agudizando a fondo el oído.
Los perros iban tranquilos, cruzando matas, pero alertas con sus orejas tensas y la vista al frente.
El tiempo transcurría vertiginosamente, mientras pasaban los montes. La acción se presagiaba a cada instante.
El silencio se hizo tenso, haciendo que, nerviosos, pulseáramos las riendas de los caballos y nos acomodáramos en los estribos, tanteando las cinchas.
Los perros se iban cada vez más lejos nuestros, con creciente agilidad en su silencioso trote. Nosotros esperábamos el ladrido anunciante del encuentro.



EL PUMITA

De pronto ladró un perro. Enseguida lo hizo otro y luego alguno más, siempre alejándose. Quedamos clavados, expectantes, ubicando el lugar de donde provenían. Los perros había desaparecido.
Arrancamos a velocidad.
-¡Allá van... Por aquí!...
-¡Cheló... cheló... cheló!... – resonaba el grito en el monte, animando a la jauría.
Un resbalón de López, otro de Sepúlveda, Roberto queda atrás, con inconvenientes en su marcha, yo casi fui despedido de mi cabalgadura...
Nos llamamos a prudencia para evitar la rodada, mientras maldecíamos al piso...
Mi nerviosismo crecía cada vez más. No podíamos abrirnos, tratando de bloquear la presa, pues no nos era posible el galope necesario. Tampoco notaba que el ladrido cambiara. Se notaba que los perros aún iban en carrera, sin haber “prendido”.
Los imaginaba corriendo desesperados, buscando la mordida. Esa mordida de tenaza que es como un tremendo lazo, capaz de sujetar con más seguridad que un tiento de cogote de guanaco.
En esa mordida estribaban todas mis esperanzas. Allá corrían, sorteando monte, mis perros, siguiendo las vueltas de la presa, mientras nosotros al trote y protestando, nos acercábamos, sujetando las riendas y cuerpeando los resbalones de las montas.
El terreno había comenzado ha declinar, formando un gran bajío en el que el salitre, apagado por la lluvia, anunciaba su presencia en los raleos del monte.
Se oyeron nítidos los ladridos y ello dio nuevas fuerzas a los gritos de aliento.
Sobre el centro del bajo, en un matorral grande, parecía desarrollarse toda la acción.
Detrás de él, la pendiente subía nuevamente, de manera más pronunciada, brindándonos excelente visión. Oímos algún ladrido más del galgo, seguramente convertido en espectador.
El bosque estaba formado por una reunión de tamariscos, en apretada formación, que se confundía con el monte xerófilo, ubicado a pocos metros.
La explicación era sencilla, aunque poco usual. El bajo se comunicaba con el río por algún hilo de agua, ahora invisible.
Rebrotes pequeños de tamariscos marcaban su dirección y la siembra de semillas que en sus crecidas realizaba, trayéndolas quien sabe de donde.
Se anotaba que hacía tiempo que no se producían crecientes. El suelo quebrado, no daba más muestras de humedad.
Nos acercamos al bosque. Ante de llegar, un coro de ladridos nos indicó que la totalidad de la jauría se hallaba dedicada a esa sonora tarea.
Con experiencia de campo, dos jinetes fueron derecho al lugar de la acción, mientras que el resto, formado por Sepúlveda y yo, rodeamos el monte buscando su parte trasera, por las dudas...
Estábamos algo desorientados. Que ladraran los ovejeros o el galgo, está bien, pero que lo hicieran los dogos era muy raro. Cabía solo una explicación. El puma estaba “entamariscado” (subido a un tamarisco)...
Con esa idea, esquivando montes y espinas, animando permanentemente a los perros, nos fuimos acercando al lugar.
Ya llegábamos con Sepúlveda al sitio, nos separaban de él solo cincuenta metros, cuando mi compañero pegó el grito:
-¡Guarda... el puma!...
Yo tenía mi vista sobre él.
Salió como volado del tamariscal, tocando como un resorte la tierra y elevándose nuevamente en cada salto. Buscando la huída salvadora.
Su cola, rígida, apuntaba al cielo, mientras su cuerpo de atleta, cubría enorme distancia en cada brinco.
Tentamos, desesperados, la corrida, llamando a mis dogos, superando con esfuerzo dos o tres resbalones sobre el piso en pendiente.
Pero el puma ya amenazaba desaparecer.
Cuando llegamos a la cima sujeté el caballo, mirando para comprobar si los perros lo seguían. Pero nada de eso ocurría.
Alcancé a divisar aún una vez más, la cola del puma en el sube y baja de sus saltos, antes de que el monte se tragara su figura, volviendo a la monotonía de siempre...
-¿Y los perros?...
La sangre me subió a la cabeza, con rabia homicida, hacia la jauría que brillaba por su ausencia. El desconsuelo me ganó el corazón y sin poder atinar a nada me quedé mirando el monte que, una vez, me “rodaba” el león.
Sentí nuevos ladridos y en tren de averiguaciones regresamos al lugar con Sepúlveda.
En el bosque aún estaba la cosa.
Quizá algún gato montés nos estaba gastando una cruel broma...
Atamos los caballos y a buen paso buscamos aproximarnos, mientras entre gritos, sentíamos también carcajadas y francas chanzas entre los hombres...
Llegamos y vimos un “desbarajuste” de perros, esforzándose por alcanzar algo encaramado en un árbol del bosque. Se molestaban subiéndose unos sobre otros, formando un enredo bastante gracioso para los que observaban.
Acercándonos más, observamos que enhorquetado en las ramas superiores del árbol y mostrando sus colmillos, un pumita vivía la desesperación de saberse cercado. Pobre de él si caía entre la jauría...
Se me fue algo la pena. Allí había, al menos, un “leoncito” que si teníamos suerte, podíamos capturar vivos...
Nos organizamos para ese fin. Sacamos a los perros y los atamos, dejando tan sólo al galgo por lo que pudiera ocurrir y sobre todo para que la fierita estuviera pendiente de él.
Luego con lazos, varillas y cojinillos le fuimos dando vuelta al asunto hasta que pudimos prenderlo. Más de un susto nos dio el pumita, rápido en sus “manoteadas” y con “vista en la nuca” como decía Sepúlveda...
Se entremezclaron nuestros gritos:
-¡Por aquí!...
-Déjenme a mí...
-Espere...
-¡Ya está!...
-¡Guarda!...
-Epa compañero...

VOLVEREMOS!!

Al fin nuestro pumita lucía como aquellos bebés de antaño, envuelto en una manta y fajado como chorizo, con la diferencia de que aquí habíamos utilizado sogas.
Terminaba la faena que duró un buen rato, comenzaron los comentarios.
Nuestros compañeros no se habían enterado de la escapada del león al que ni alcanzaron a ver.
Ellos habían ido derecho a los ladridos y con el pumita y el lío de perros que allí se armó, no sintieron ni vieron otra cosa...
Y allí estábamos, buscándole explicaciones al asunto.
El rastreo nos dio algo. El pumita, desde la mañana que merodeaba el bosque. Si se conocía o no con su “papá” no lo supimos nunca, pero que le salvó la vida, era bien cierto.
El león grande, zorro viejo, quedó echado y jugó su carta, inmóvil contra la tierra, en un hueco del monte que, así como fue bueno para esconderse le hubiera resultado fatal si la encuentran los dogos.
La inexperiencia del pumita le hizo poner “pies en polvorosa” al sentir el ladrido de los perros dentro del bosque, delatándose frente a la jauría y salvando su vida por la providencial presencia del árbol al que subió.
A sus pies se reunió la perrada, disputándose entre inútiles saltos a la presa, en cómicos movimientos que provocaba la risa de nuestros amigos.
El león, viendo que pasaba desapercibido, a treinta metros del lugar, se retiró “n puntas de pie” hacia el borde del bosque donde se encontró con nosotros. Ahí apretó su marcha, como solo él sabe hacerlo...
¡No por nada era viejo!...
Claro que de no estar el pumita, allí mismo terminaba su sabiduría...
Cargamos con mil cuidados a nuestro prisionero que, cansado de luchar se reducía a lanzar amenazadores “Aaafff...” a cada instante.
Volvimos a la estancia con el trofeo, yo sobre el límite del día...
Sería contraproducente volver a salir por un tiempo. Nuestro “amigo” habría entendido ya que la cosa era contra él y “ahuecaría el ala” de sus comederos habituales.
Lo ideal era darle algo de tranquilidad y reiniciar las acciones más adelante. Le habíamos dado mucha “bulla” al campo y algo más que un flor de susto. Personalmente, no tenía interés en otro fracaso. Entendía que debíamos prepararnos mejor la próxima vez.
En la cocina, los mates nos dieron ánimo, luego de acomodar los perros y el pumita convenientemente.
Antes de irnos del campo, dejamos establecido el regreso para muy pronto, ni bien volviese a las andadas el león del Colorado...
-Casi cae el ladino... –dijo alguien.
-De no ser por el pumita... -le contestaron.
Claro, allí estuvo la cosa. Se salvó por él... pero, yo me pregunto: ¡Cómo es que siendo tan grande el campo fue a elegir justamente ese lugar del “pumita”?...
¡Fue o no casualidad?...
Para mí, el león del Colorado sabía del asunto y estaría relamiéndose de gusto por el chasco que nos brindó...
Mientras preparaba el retorno, pensaba que le sobraban mañas...
¡Bicho del demonio!...



CAPÍTULO IV

LA ESPERA

El poncho del tiempo se fue extendido sobre los campos del León del Colorado, tiñendo de distintas totalidades el paisaje.
A las lluvias siguieron las heladas, con sus escarchas blancas de caprichosas formas, que se rompían al paso de nuestras cabalgaduras.
Y al frío invernal, le sucedió el albor de una nueva primavera, con ese renacer de vida campera que pone alegría en los corazones y nos infunde anhelos de vida.
No habíamos recibido noticias del “león”.
Sabiéndose perseguido, había “ahuecado el ala”, buscando el monte quieto donde fuera posible guardar distancia con los cazadores, en salvaguarda de su propia vida.
Dejó los campos de majada, de fácil comida y se fue hacia otros, despoblados de hacienda, donde cazar para subsistir debía obligarle a permanente esfuerzo.
Pero no tardaría en volver, lo sabíamos.
Y en nuestro hogar, rumiábamos la esperanza del reencuentro, esperando, esperando siempre...
Por fin, dio señales de vida, y de inmediato nos llegaron los detalles.
Había penetrado en un campo con hacienda vacuna dejando impresas en dos terneros las huellas de un regreso teñido de sangre, presagiador de muerte.
Aún no se había decidido su cacería, pero un hecho nuevo obligó a adoptar rápidas medidas.
Una yegua de carrera, con su cría, orgullo de su propietario, resultaron las nuevas víctimas. Sus pescuezos fueron quebrados como leña seca por la tremenda garra del león.
Y luego arrastró el potrillo muerto hasta cerca de un monte donde trató de taparlo con ramas, en un vano intento de esconder su comida de los jotes que con sus negras siluetas aladas, espían, desde el cielo, todos los movimientos del campo.
Ahogado en rabia, el propietario de la yegua, buscó una venganza desesperada, haciendo poner estricnina en los restos, con la esperanza de que el león volviera por su comida.
Pero la trampa no dio resultado. La fiera demostró ser ladina y capaz de “cuerpear” estos cebos.
Anduvo dando vueltas hasta cansarse, desconfiando, tal vez, de los rastros que marcaba el piso y luego de olfatear la carne varias veces, se fue silenciosamente como vino.
Y en un bajo, donde una tropilla pasaba la noche, hizo su acopio de comida, dejando tendido en el campo, el cuerpo despedazado de una hermosa potranca.
Se rastrilló el campo, ese día y el otro. Se usaron muchos perros que siguieron incansables el rastro y lo único que se logró fue el despanzurramiento de un galgo que se acercó demasiado a la fiera...
Hasta allí las noticias...
Nuestra ansiedad había llegado al extremo, y aunque sabíamos que el león desaparecería ahora del escenario de sus crímenes, decidimos volver a los campos de donde habíamos partido hacia meses con la desazón de una derrota...
Y en una mañana diáfana, repleta de luces y perfumes, emprendimos de nuevo el camino que nos llevaría a la Estancia.

OTRA VEZ EN LA HUELLA

Llegamos y hallamos la cordialidad de siempre, aunque unida ahora a la preocupación de la presencia del león.
Había andado por el campo, dejando constancia de su paso en las majadas. El ladino se consideraba inexpugnable y hacia demostración de audacia.
Decidimos la salida para la mañana siguiente. No era cosa de esperar ni un minuto más.
No lo hicimos muy temprano, dejando que el calor del sol “aplastara” los campos. Considerábamos esa circunstancia como una chance favorable pues sabíamos, que el calor agitaba a la fiera, cansándola. Al contrario del frío que la pone muy resistente y capaz de interminable corrida.
Corríamos un riesgo, especialmente con la “perrada” ya que el sol también provoca sobre ellos efectos muy notables, disminuyendo su capacidad de marcha.
A paso lerdo, el único posible, fuimos ganando los montes, en busca del rastro fresco.
Los perros, silencioso, caminaban al trote, buscando adelante, olfateando cuidadosamente.
Sería bueno que ningún zorro asomara a nuestro frente, pues provocaría la distracción dela jauría y su inútil cansancio, tras su búsqueda.
Ese es otro secreto del “leonero”. Saber preparar sus perros para que siga sólo los rastros del puma permaneciendo indiferente a cualquier otra contingencia que presente la cacería.
Las horas pasaban lentas, manteniéndose los cazadores callados y reconcentrados en nosotros mismos, aunque ávidos de rastros, mientras cruzábamos montes, claros y cañadones.
Una legua larga quedó tras la grupa de los equinos.
La perrada daba ya síntomas de sentir el calor, buscando los pocos sombreados que el camino ofrecía, para su paso.
El cielo se presentaba de un azul purísimo, sin una sola nube, aunque de pronto, allá a lo lejos comenzó a marcarse con la presencia de los jotes que, sin duda, alarmados ante nuestra llegada, hacían abandono de la carroña que les estaba sirviendo de alimentos.
Tal vez esa carroña podría darnos la primer pista que buscábamos.
Dirigimos hacia allí nuestros caballos, siempre al paso, buscando el sitio preciso de la macabra reunión alada.
No demoramos en llegar. Bajo la mirada expectante de los últimos “convidados” al festín, ubicados en los montes cercanos, comprobamos el motivo del banquete. En un espacio inferior a veinte metros, aparecían los restos que quedaban de dos ovejas.
No bastó un vistazo para comprobar que allí había estado el león del Colorado.
Debía andar tranquilo, por lo que veíamos. No arrastró a ninguna de sus víctimas, ni procuró taparlas con rama, señal inequívoca de que conocía la zona, sabiendo de la abundancia de majadas que en ella había.
Los jotes no habían bajado temprano al banquete, seguramente porque nuestro león no abandonó la comida hasta bien entrado el sol.
Estas suposiciones se fueron confirmando a nuestro paso.
El león carneó con su manera clásica y fulminante, con su uña cazadora que –según lo veíamos- debía de ser de tremendo tamaño, pues dejaba en las gargantas de sus víctimas la perfección de corte de una puñalada.
Bebió sangre en abundancia, comiendo luego con olímpico desprecio de cuanto lo rodeaba, “achatado” contra el suelo.
La carne de la segunda oveja fue dejada, en su totalidad, para los negros jotes que continuaban rondando por la altura, temeroso de nuestra presencia en el lugar.
Ahíto de comida, el león se había levantado y marcando en su tremendo rastro la pesadez del cuerpo, comenzó a andar, sin duda en busca de un “encame”.
Había llegado el momento de empezar la cacería.
Desmontamos, dejamos en mano de un solo jinete las riendas de las cabalgaduras y llevando a los perros fuera del rastro posible para que no lo encimaran con el suyo, comenzamos a caminar lenta y silenciosamente, con la vista clavada en el duro suelo, buscando la dirección de marcha del león.

¡DIOS BENDITO!

La fiera se había “levantado” tarde, con el sol alto sobre el horizonte. No tendría mucho interés en caminar bajo sus rayos durante mucho tiempo.
Con ese convencimiento, continuamos venciendo de mil formas los inconvenientes del rastro, tenue y difícil sobre el duro y caliente piso, sólo los arenales nos ofrecían un alivio.
El león iba muy pesado. Sin ganas de practicar saltos, aunque ellos fueran motivados por una simple zanja. Rodeaba el obstáculo, buscando el menor esfuerzo, pareciendo que ahorrara energías.
El calor apretaba. Las prendas de abrigo iban sendo dejadas de lado a cada trecho. Yo sufría por los perros, imposibilitados de lograr ese alivio.
Propuse detenernos un rato. Lo hicimos en silencio, dando descanso a la jauría en cuyo favor sacrificamos las últimas gotas de agua de nuestras cantimploras.
Observé a mi buen “Day” mientras bebía y luego lo levanté y lo coloqué sobre mi regazo. Con suaves masajes sobre su cuerpo busqué que dormitara un poco, recuperando energías que iban a resultarle muy necesarias cuando comenzara la “corrida” que presentía.
La escena continuó durante largos minutos, ante la mirada extrañada de mis compañeros, que no entendían los “mimos”.
“Day” dormitaba, recibiendo con placer mis masajes, mientras que el resto de los dogos, acostados a mi lado, apoyaban sus cabezas en mis piernas, clavando sus ojos en los míos...
Poco a poco se aquietó la respiración de “Day” y pronto lo vi recuperado. Nos levantamos, acomodé a mi perro delante de mí en la montura y partimos de nuevo.
Sabía porque hacia todo esto. El “Day” me era indispensable para la caza del “león”. Debía cuidar su estado en toda forma.
El noble can permanecía expectante sobre la monta, taladrando con su vista el monte, sus orejas rígidas, sus fosas nasales abiertas, yenteando el aire.
El “león” no podía estar lejos. En cualquier bajo o cañadón hallaríamos su “encame”. El rastro cada vez más pausado, nos estaba “cantando” que se avecinaba la acción tanto tiempo esperada.
De pronto, Dios bendito, ella llegó...
El corazón pareció dejar de latirme...
Los dogos salieron corriendo... Aquieté al “Day” en mi montura con un suave silbido en su oído. Anhelante quería acompañar a los otros perros...
Estos llegaron a un chañar pequeño, pero muy tupido, ubicado a treinta metros de nosotros. Entrar los perros y salir el puma pareció un movimiento realizado al unísono.
Todos vimos al león, deteniéndonos sobrecogidos por la limpieza del salto de la fiera.
Su figura, tremenda, reflejada contra el cielo, pareció una alegoría de la vida salvaje del monte. Su cola larga, erecta, su cuerpo flexionado como por potentes resortes, era un canto a la gimnasia natural que brinda la práctica continuada del esfuerzo.
“Day” también vio a la fiera y a mi grito se largó como un rayo del caballo, saliendo en su seguimiento.
El león llevaba más de cien metros de ventaja, pero aún no salía del chañar.
“Day” tenía a su favor una mejor visión y su cuerpo descansado que en pocos segundos le permitió estar sobre la fiera.
A lo indio, salimos galopando furiosamente en los caballos...
Mis compañeros se abrieron en abanico largo, procurando cercar al león, para imposibilitar su huida por los costados.
Furiosamente, lanzando tremendos gritos con mi seca garganta, clavé la vista en mi presa, que se elevaba elásticamente a cada salto que daba entre los montes.
Matas y espinas rasgaron las carnes de los caballos y los hombres, destrozaron nuestra ropa, humedecieron con sangre nuestros rostros.
El resoplar de los caballos, indicaba a cada instante la rodada que sobrecogía el corazón. Sin embargo, la emoción de la cacería ganó las almas y avasalló la vida, despreciando la muerte.
El león del Colorado seguía con su salto largo, cada vez más lento, con el “Day” en su firme seguimiento, acortando a ojos vistas las distancias.

EL CAÑADÓN

La fiera y el perro llegaron a un cañadón que saltaron limpiamente.
La nívea figura del “Day” no desmereció en nada la del puma. Su salto fue impecable, cual el de un verdadero atleta.
Mi caballo se acercaba al obstáculo y yo pensé en el riesgo que corría. Saltó a último momento, dando con mi cuerpo, cruelmente, en tierra, sobre el lado opuesto, y quedando tendido, resoplando de dolor ante lo brutal del golpe.
Al instante sentí el golpe del caballo de Roberto que también rodó y su grito angustiado:
-Siga... siga... No deje al “Day”... Ayúdele... Déjeme...
quise incorporarme y noté que mi brazo pendía como un palo desde mi hombro, mi pierna sangraba copiosamente, pero sacando fuerzas no sé de donde llegué al lugar de la acción.
El león del Colorado llevaba la mejor parte de la pelea, que se desarrollaba en un alpataco, tan cruel como sus garras.
“Day” prendido, como su fuera parte de su misma figura, le sujetaba el pecho. Sus paletas, y espaldas presentaban largos surcos sangrientos de los que manaba abundante sangre...
Dos gigantes del monte... dos campeones de sus razas, jugándose la vida en la hora de la verdad...
No tenía yo agilidad para seguir esa lucha. Mi cuchillo largo, me pesaba en la mano y con esfuerzo torpe busque la puñalada definitoria.
Haciendo un tremendo esfuerzo, me dejé caer, gimiendo de dolor entre las espinas del alpataco, con la mirada fija en los grandes y hermosos ojos del león del Colorado, quien, gacha la cabeza, trataba de morder la nuca del “Day”, sujetándole la cabeza con sus enormes zarpas...
Las mismas que apoyó en mi mano izquierda cuando mi cuchillo buscó, cerca de la boca del “Day”, el camino de su corazón...



CONCLUSIÓN

Allí quedamos, quietos, sobrecogidos de emoción, mi buen “Day” y yo junto al cuerpo inerte del león del Colorado...
Llegaron los hombres y los otros y los otros peros y por último Roberto, con una pierna a la rastra, cubierta de sangre.
Liberaron mi ensangrentada mano de las zarpas del león y me ayudaron a ponerme de pie, en medio de dolores horribles.
Enseguida se dedicó a atender al “Day” al que costuró sus heridas con mi equipo de sutura que trajo el otro hombre de mi monta.
Luego procedió a realizar el mismo trabajo con mis heridas.
A pocos pasos descansaba la figura del León del Colorado, con su boca abierta en el último estertor, sus enormes zarpas abrazando las espinas del alpataco destrozado por nuestra lucha a muerte.
En medio de enormes dolores volvimos al cañadón, en cuyo fondo, dos caballos quebrados resoplaban sin cesar sus sufrimientos.
El campero que nos acompañaba había alcanzado a sofrenar el suyo, parándose en el borde opuesto.
No quise mirar el sacrificio de los nobles brutos. Con la ayuda de Roberto me alejé del lugar, para ahogar en la distancia el ruido de los disparos que resonaron estruendosamente en el cañadón.
Humos, largos humos se elevaban en el cielo, bajo el sol quemante, comunicando a lo lejos el éxito de nuestra cacería y el pedido de ayuda urgente.
Como mejor podía, aguantaba, junto a “Day” mis tremendos dolores, bajo la sombra de los montes...
Pasaron largas horas que se hicieron más prolongadas por la falta de agua, hasta que por fin, cuando ya desesperaba, llegó la ayuda en forma de mucha gente que nos miraba con asombro...
A tranco de caballo, nos fueron acercando al camino...
¡Qué marcha!... ¡Dios mío!... Desmayos, vómitos y dolores que sólo se mitigaban contemplando la figura del gigante vencido que marchaba tras el anca de otro equino.
Por fin, el camino y en él la camioneta anhelada. A ruda marcha fuimos llevados al Sanatorio. Todo había acabado...
Tiempo después recordábamos los hechos, reunidos frente al crepitante fuego del hogar...
El León del Colorado había caído, pero cuan cara había vendido su derrota!...
Con sus uñas que tan cruelmente desgarraron las carnes de mi mano, para siempre marcada, hice hacer un engarze de plata que siempre llevo conmigo desde entonces.
Cuando alguien me preguntaba la procedencia del extraño trofeo, contesto que se trata de las uñas de un gran puma que se llamó EL LEÓN DEL COLORADO...
Y a veces nos miramos con Roberto... No podemos contar todos los detalles... deseamos que otro lo haga...
Esas garras significan tanto para nosotros!...
Fueron vida y mil veces dieron muerte!...
Por ellas dos hombres y un perro arriesgaron su vida...



De mi padre.....ale