El perro tuerto

R. Barrachina

 

Habían transcurrido bastantes años en los que no hacía más caza menor que algún paso de palomas y una o dos perdices a mano a principio de la temporada, y más por acompañar a los amigos que por que me produjese placer tirarles. Realmente disfrutaba más viendo cazar a los perros que disparando. Otra cosa bien distinta me ocurría con la caza mayor.

De todos modos, estaba “puesto en tiro” con escopeta, ya que disparaba con frecuencia en la modalidad de recorridos de caza, y ello con la escopeta del 12 que tengo para tal fin, y también con mi entrañable superpuesta del 20/76 que utilizo habitualmente para cazar los pocos días que llevo escopeta al monte.

Para la mayoría de cazadores con poca formación en el tema, una escopeta del 20 es algo así como una escopetilla para los chavales que comienzan, pues lo “normal” es una semiautomática del 12/70. Llevar una de dos cañones lo interpretan como perder posibilidades, y, si es de las llamadas paralelas, es pasear una reliquia de la que no aprecian ni la belleza.

La realidad es muy contraria. Con una escopeta del 20 se puede hacer todo lo que se hace con una del 12, con algunas matizaciones, pero si hablamos de cartuchos del 12/70, que son los usuales, y una escopeta del 20/76, al menos yo lo tengo claro.

Por la experiencia con la escopeta del 20/76 en tiro y en caza, he aprendido a combinar los cartuchos del 20/70 con plomos del 9, del 8 y del 7 con 25/28 grs., con los del 20/76 y plomos del 7 y del 6 con 35 grs., y, haciendo pruebas sobre la plancha, también he visto el diferente plomeo de unos y de otros, aspecto que he verificado cortando algunos cartuchos y observando sus componentes.

Por convencimiento total como consecuencia de estos análisis, he seleccionado una marca y modelo de cartucho 20/70 que plomea magníficamente en mi AYA de acuerdo con el choke de cada cañón, y que, además, es muy rápido. Normalmente es el que suelo emplear en el cañón inferior para todo, igual para caza en mano que para tiro al plato.

De cartuchos del 20/76, he seleccionado dos marcas. De una utilizo la carga del 7 con 35 grs., que tiene un buen plomeo y un taco contenedor definible como apto para distancias medias y largas, y otra marca, con un contenedor que se separa más lejos de la boca de fuego, que utilizo exclusivamente con plomos del 6, y que me resulta sensacional para tiros muy largos.

Recuerdo un día en el que, comentando este aspecto en el campo de tiro, había un señor, excelente tirador, que llevaba una superpuesta Gamba con ***/*, y que asombraba a todos con algunos tiros larguísimos, y del que podemos decir que, confiado en su maestría, abusaba de ellos entre la admiración de algunos tiradores. Para dejar claro el tema, le propuse situar un blanco a buena distancia, y dispararle ambos con el mismo plomo, lo que aceptó convencido de la innegable bondad de su cañón superior.

Entonces tomé dos botes de refresco vacíos y comencé a alejarme del puesto de tiro hasta que dijo que ya estaba bien, pero seguí andando y todavía me alejé unos diez o doce metros más y los dejé en el suelo. Cuando regresaba, observé la expectación que había en la cancha y la verdad es que gocé imaginando lo que iba a suceder.

Con plomo del 6 y 36 grs. hizo este señor su disparo, que apenas movió el bote. Yo disparé al mío seguidamente con plomo del 6 y 35 grs. y dio un salto. Cuando volví con los botes a la cancha, el suyo había sido tocado por dos plomos y agujereado solo por uno de ellos. El mío llevaba seis agujeros de entrada y cuatro de salida. La prueba se repitió un par de veces más con resultados similares, y el asombro fue mayor cuando mostré que mi cañón superior era ** y no * como el suyo.

Por lo tanto, la versatilidad que se tiene con una escopeta del 20/76 es sensacional si se utilizan los cartuchos adecuados.

Pues bien. Un sábado por la tarde me llamó un buen amigo, pidiéndole que lo acompañase el día siguiente a cazar en La Mancha, con otros amigos suyos a los que yo no conocía, en una finca de esas en las que siembran perdices y faisanes. De nada sirvieron las negativas ni las múltiples excusas que le puse. Realmente necesitaba acudir con un cazador que además tuviese vehículo para llegar allí, ya que su vehículo estaba averiado, y se había comprometido a ir con otro amigo que le había fallado.

El domingo emprendimos el corto viaje, y después de reunirnos a desayunar con el resto en la cafetería de una gasolinera, llegamos juntos a la finca. Éramos doce con tan solo siete perros, de los cuales ninguno era de José Luis ni mío.

Mientras liberaban de sus jaulas a aquellos pobres animalitos de granja, fuimos sacando las escopetas y colocándonos chalecos, cananas y colgadores. Alguno mostraba su nueva súper-repetidora último modelo y otros sus cartuchos mágnum de 50 grs., hasta que alguien se fijó en mi ligera escopeta del 20, preguntándome qué pensaba hacer con esa “cañita de pescar”. Mi amigo salió al “quite” diciendo que, por las prisas, no había podido ir a por la mía y había cogido la de mi hijo. Después de reír los comentarios de algunos, me desearon mucha suerte, y nos pusimos en marcha formando ala.

Yo iba a la derecha ocupando el penúltimo lugar, y mi amigo el último. Conforme íbamos avanzando, comenzó una traca de disparos por la izquierda que fue acercándose a la misma velocidad con la que una faisana volaba con el turbo puesto, paralela a la línea de tiro y a unos escasos 18 ó 20 mts.. Al cumplir a mi altura, disparé y cayó, antes que sus plumas, delante de mi amigo y destrozada por mi cartucho 20/76 de plomo del 6 y cañón **. Reconozco que en cualquier otra circunstancia le hubiese disparado con 28 grs. de plomos del 7 y con el cañón de ****, pero me sentí presionado por los comentarios anteriores y quise asegurar el tiro, con el resultado de destrozar la pieza.

Seguimos andando y fueron saliendo las perdices y los faisanes, a los que se les tiraba con mayor o menor acierto, y llegó un momento en el que los puestos se variaron y me vi entre dos cazadores, cada uno con su perro. Uno era un setter que no valía lo que se comía, y el otro un chucho negro, mestizo de mil cruces mestizos, con un lunar blanco en la cabeza y tuerto de un ojo, pero con una afición y unos vientos que si los hubiera repartido con el setter habíamos llevado dos perros de caza.

A este chucho negro, le vi unas muestras preciosas, perfectamente resueltas por su dueño, que, según supe después, fue el que lo dejó tuerto de un disparo hacía unos años.
Le vi cobrar un faisán, y, al llevárselo al dueño, volver a quedarse de muestra a otro sin haber entregado el que portaba en la boca, y, dejándolo en el suelo, aguantar la muestra hasta que recibió la orden del cazador para sacar el segundo.

Conforme íbamos andando, me introduje en lo que alguna vez debió ser un cauce, que no llevaba agua pero que tenía mucho monte bajo, flanqueado por los dos cazadores con sus perros, que iban a ambos lados del cauce y, por lo tanto, a mayor elevación. El cazador que iba por mi izquierda, o su setter, debió espantar a una perdiz que trató de cruzar por delante de mí a seis u ocho metros, y le disparó abatiéndola delante de donde yo estaba. El setter bajó a cobrarla, y no había manera de que diese con ella aunque estaba muy visible. El chucho negro, que observaba la torpeza de su compañero, bajó, la cobró, y se la dejó al setter delante de las manos, y entonces, la tomó y la llevó a su cazador y dueño. Pero, el perro tuerto, por cualquier oculta razón, ya no volvió a subir a mi derecha, sino que comenzó a cazar delante de mí. A escasos metros de donde había caído la perdiz, se quedó de muestra y sacó otra que voló hacia delante. La dejé ir un poco, y la abatí con el cañón inferior, abriendo la escopeta para recargar mientras el chucho iba a cobrarla, pero, apenas fue hacia ella, y antes de llegar, repitió muestra y, rápidamente, salió un faisán hacia delante, que solo me permitió cerrar la escopeta sin llegar a recargar, y dispararle con el superior. Se hizo “una pelota” y cayó rebotando contra el suelo, pero, de donde cayó, saltó la faisana también hacia delante. Solo me dio tiempo a recargar el cañón superior con un cartucho del 20/76 y plomo del 6, igual al que había disparado antes, y largarle el tiro que dio con ella en el suelo a 62 pasos de donde me encontraba. Tomé una bocanada de aire, y sentí el corazón a un ritmo frenético, como si quisiera salirse del pecho. Las piernas no me obedecían y era incapaz de moverme. No podía apartar la vista del lugar donde cayó la faisana, hasta que las voces de los compañeros me hicieron reaccionar.

Lo que he narrado es absolutamente cierto, y, además de Dios y de este creyente, había dos testigos igualmente asombrados.

Como quiera que ya llevaba mucho peso acumulado, me separé de ellos y volví nuevamente a la casa para descargar, para tomar una cerveza helada, y para revivir en soledad lo que terminaba de sucederme. Es la primera y única vez en mi vida que hago tres disparos certeros tan seguidos, abriendo dos veces la escopeta, y metiendo solo un cartucho.

Cuando regresaron los demás a comer, saltó el comentario por parte de los que vieron lo sucedido, con los adornos que le añadieron en cuanto a la velocidad y contundencia de los disparos así como a los metros a los que cayó la faisana, que cada vez eran más.

No he vuelto a cazar con ellos porque, como he dicho, no me produce placer esa caza, aunque no puedo ni debo negar que esos tres tiros los recuerdo como uno de los lances más emocionantes y sorprendentes que he tenido con escopeta y hasta con rifle.

De lo que no me cabe duda, es de que alguno de los que vieron o escucharon el relato de los hechos se habrá comprado una escopeta del 20/76, por supuesto que repetidora, y que habrá terminado arrinconándola o malvendiéndola.

Por otra parte, quede constancia de que la raza cazadora de un perro no es garantía sobre su comportamiento. Puede ayudar, pero necesita enseñanza, entrenamiento y dirección, por parte de un cazador que, además de saber hacerlo con paciencia y serenidad, tenga claro que el perro recibe gran influencia del carácter y comportamiento del dueño, por lo que, quien sea irritable, o nervioso, o tenga un comportamiento inestable o inseguro, o tenga un perro no adecuado a sus hábitos y prácticas de caza, jamás tendrá un perro cazador que rinda lo que se podría esperar de su raza y de sus antecesores.

De otro lado. Un chucho de raza indefinida, ni tan siquiera dudosa, si tiene afición y vientos y está acoplado con su dueño, posiblemente, por la falta de genes que definan su instinto y sus ansias, puede ser más fácil de enseñar por alguien menos experto, y, cuando sepa lo que se espera de el, convertirse en un buen colaborador para cazar. Puede que no sea un cazador extraordinario, tal como se entiende en los concursos, pero seguramente le dará muchas satisfacciones a su dueño.