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Hacía tiempo que ansiaba salir fuera de la Península a otra actividad que no fuera meramente laboral. El destino a elegir, la verdad, me daba un poco lo mismo, pero lo que nunca pude llegar a imaginar es que acabaría en Bulgaria en pleno mes de diciembre a catorce grados bajo cero.


A las torretas se accedía a pie, caminando sobre la nieve, por lo que un buen calzado es fundamental en este tipo de esperas.

El viaje se gestó una semana antes en Madrid. Recibí una llamada de José Manuel, el cual andaba inquieto y meneaba la higuera cada vez que podía, intentando liarme en alguna aventura cinégetica, y, como no iba a ser menos, lo consiguió. Descolgué y lo primero que escuché fue: «¡Nos vamos a Bulgaria a matar un guarrazo!». Para qué le iba a decir que no, pudiendo decir que sí… Miré la agenda y las fechas eran de lo más propicias: de miércoles a domingo, tres días de caza, y sólo pagaríamos lo que quisiésemos tirar.

Empezó el baile de los preparativos: que si este calibre, que si el otro, este visor… En fin, el pan nuestro de cada día entre los que nos gusta este vicio denominado caza. Para empezar a calentar el viaje, todos mis amigos me decían que estaba un poco loco llevándome el .270 para tan grandes guarros, y aunque yo les respondía que no, he de reconocer que algo acongojado sí que fui. Se iba acercando la fecha y la suerte estaba echada: partiríamos desde Madrid vía Frankfurt, con destino final en Sofía.

El vuelo se hizo un poco pesado debido a la escala, pero a las cinco de la tarde aterrizamos en suelo búlgaro. La primera impresión del aeropuerto no fue tan mala como esperaba, algo deslavazado, pero coqueto. Nos recogieron en las escalerillas y nos invitaron a una cerveza local (muy rica por cierto) mientras la organización se encargaba de realizar los trámites con las armas.


Panorámica del cazadero totalmente cubierto de una gruesa capa de nieve.

Una vez cumplimentados los papeleos pertinentes, partimos hacia la finca; el trayecto nos demoraría dos horas más, y no penséis que estábamos a doscientos kilómetros, eran sólo ciento veinte, pero las carreteras búlgaras son lo más parecido a una calzada romana en ruinas que he visto en mi vida; me ahorraré los detalles de la conducción del respetable búlgaro, pero, como decía aquél, «¡im-presionante!».

Íbamos ganándole kilómetros a la carretera admirando la belleza del paisaje, adornado de una espesa capa de nieve que hacía aún más idílico el paseo. Tras dos horas de peregrinación por las autopistas búlgaras llegamos a las puertas de la finca donde nos esperaban dos guardas y el director de la reserva. El cazadero en cuestión era una concesión del gobierno de 14.000 hectáreas divididas en varios cuarteles; nuestro radio de acción se concentraría en la zona más alta de la finca y nuestra suerte se repartiría en diez torretas.

A la llegada a la casa descargamos todos nuestros bártulos y nos sirvieron una estupenda cena, en la que dialogamos con los guardas sobre la estrategia a seguir para los días siguientes. En un principio, José Manuel se quedaría en las torretas donde se vieran las mejores huellas y yo en cualquiera de las otras donde entrara algún macho tirable, ya que no puse trabas en tirar navajeros. Nos explicaron también que podían entrar venados a los comederos, pero después de ver los precios de los mismos decidimos cerrar los ojos si esto llegara a suceder.

 

¡A por el guarro!

Nos levantamos sobre las ocho de la mañana y, tras un copioso desayuno, salimos a ver las huellas que habían dejado los jabalíes en los distintos comederos que íbamos a cazar. La verdad es que en todas las torretas habían entrado guarros distintos y el zapato de alguno de ellos era realmente imponente.


Los guarros en los cuarteles de caza se abaten desde torretas para lograr una óptima visualización del animal y ¡no congelarse!

Tras el almuerzo, comprobé el rifle y partí con el guarda que cazaría conmigo; se llamaba Pasko y os podéis imaginar cómo le bauticé. Pasko, o Paquito, era un tío muy salado, y nos entendíamos por señas ya que ni yo hablaba búlgaro, ni él, español. Llegamos a la torreta —estaban situadas a unos siete metros de altura y son de madera, sorprendiéndome la amplitud y comodidad de la misma: se estaba a gusto allí dentro—. Durante las dos primeras horas no dejaron de entrar corzos que comían confiados mientras yo les tiraba fotos. Ya a punto de cerrarse la noche, unos ruidos en el monte hicieron a Pasko fruncir el ceño y señalarme el lado izquierdo del bosque. Alcé la vista y vi cómo entraba una piara de cinco guarros: la cochina era sencillamente impresionante, debía sobrepasar los 150 kilos y los guarrillos andarían ya por los 60; enseguida cogí el rifle para ver si había suficiente luz para tirar sin foco, y, efectivamente, la nitidez de la lente, ayudada por el color blanco de la nieve, me hacía tirar muy seguro sin foco, en el caso de que entrara algún macho bueno. Estuvieron comiendo confiados durante algunos minutos; súbitamente, la cochina levantó el hocico, se apartó del comedero y de la espesura del monte apareció un macho enorme, que se puso a comer mientras la piara esperaba su turno a una distancia prudencial. Pasko me indicó que podía tirar, quité el seguro y cambié los aumentos de seis a diez. Tenía al guarro en la cruz cuando Pasko me sujetó el brazo y me señaló el comedero: ¡no podía ser, estaba entrando otro cochino aún más grande que el primero! ¡Era enorme, parecía un oso! Esperé a que empezara a comer para tirarle más tranquilo, pero esta vez la piara se había movido y la cochina se interponía entre la bala y el macho… Fueron momentos tensos, estaba como un flan, me debían temblar hasta las cejas, ¡vaya guarro! En un momento, la jabalina se apartó y el macho me dio la cara: estaba de frente a mí y debía tirarle entre los ojos. Cuando lo metí en la cruz, le vi las amoladeras, ¡bufff!, ¡qué momento en la vida de un cazador! No podía fallarlo, pero ¿y si le estropeaba la boca del tiro? Decidí esperar a que se cruzara aun a riesgo de que se fuera.


Segundo jabalí abatido por el autor en plena noche, mientras daba buena cuenta del maíz del comedero.

Habían pasado unos cinco minutos y la piara comía ya junto a los dos guarros. El macho grande se apartó un poco y eso fue su perdición: le puse la cruz en la paleta, siempre un poco hacia delante, y recé para que la round nose de 150 grains hiciera bien su trabajo. En esos instantes, se me vinieron a la mente todas las veces que me habían dicho mis amigos que me llevara el .338 en lugar del .270. Rocé suavemente el gatillo y vi rodar al animal por el visor, cargué rápido por si le tenía que doblar el tiro, pero no hizo falta: un leve pataleo en la nieve y… el silencio.

Yo no hacía otra cosa más que hacerle señas a Pasko para que me dejara bajar a ver el guarro. Me dijo que esperara un poco, para ver cómo reaccionaba, ya que con bichos de tal calibre, todas las precauciones eran pocas. A los cinco minutos bajamos, y, conforme nos íbamos acercando al jabalí, me parecía más grande, y al llegar allí no creía que aquello fuera verdad: ¡vaya pedazo de guarro!, ¡y vaya boca! Felicitaciones, abrazos y fotos antecedieron a la penosa labor de arrastrar un animal de 200 kilos de noche y con nieve. Lo cargamos y lo llevamos a la casa. José Manuel aún no había llegado, debía estar puesto todavía. Llamadas a España, sobeteo de rigor al guarro, exploración visual del tiro —que, por cierto no había hecho nada de sangre, pero fue fulminante—, precedieron a la llegada de mi compañero que había cobrado otro estupendo jabalí, no tan grande, pero con buena boca. Y así despedimos el primer día de caza, con una estupenda cena y uno o... seis cubatitas a la vera de la chimenea.

 

De vuelta al cazadero

La mecánica fue idéntica a la del día anterior: repasamos todos los comederos viendo las huellas que habían dejado los cochinos la noche anterior, para después decidir dónde nos colocaríamos por la noche.


El certero tiro: sin sangre, pero fulminante.

Fuimos ganándole horas al día paseando por la finca, ya que hacía un día precioso, y, casi sin darnos cuenta, llegó la hora de partir hacia las torretas: eran ya las cuatro de la tarde y el frío comenzaba a notarse. Esta vez nos situamos en una torre que estaba a menor altura que la del día anterior, y nada más llegar vimos dos corzos comiendo que ni se inmutaron mientras subíamos por la escalera, estando unas dos horas allí delante, junto con otros seis ejemplares que fueron llegando en procesión, ¡qué pena no haber estado dos meses antes¡, ¡menudos aparatos debe haber por estos lares!

Pasaban ya cuatro horas desde que habíamos llegado, la noche era cerrada y no habíamos tenido ninguna visita en el comedero. Pasko me hizo señas mirando el reloj y creí entender que si a las once no había entrado nada, abandonaríamos. Las agujas marcaban ya las diez y media y me dormía por momentos, ya que llevábamos más de seis horas puestos. De repente, vimos un bulto negro bajar por el testero que teníamos en frente que venía derechito al comedero. Preparé el rifle y agarré también el pulsador del foco por si me hiciera falta, ya que no había nada de luz. El guarro comenzó a devorar mazorcas de maíz a unos sesenta metros de la torreta, lo metí en el visor y no veía lo suficientemente claro como para tirar, por lo que probé de nuevo a cambiar los aumentos de seis a diez, y se hizo la luz: distinguía perfectamente la silueta del jabalí entre la nieve.


Oliver y su compañero de caza, José Manuel, con el doblete logrado por el primero.

Cuando se giró y me dio el lado bueno, acaricié el gatillo suavemente y disparé: ¡no podía ser!, ¡el guarro ni se había inmutado! Cargué de nuevo y encendí el foco: allí estaba, muerto, de pie, sujeto por la pared de nieve que tenía detrás. Respiré y de nuevo felicitaciones y prisas por ir a ver el jabalí. Era más pequeño que el del día anterior, unos 120 kilos, con una boca preciosa, y el tiro, casualidades de la vida, en el mismo sitio que el otro, pero éste ni siquiera pataleó. (Conclusión: no dudéis en llevaros un rifle de calibre medio del 6,5 al .270, ya que si les pegas bien, caen ranos en el sitio).

Al llegar a la casa me esperaba José Manuel: no había tenido suerte ya que el guarro les cortó el rastro; llegó hasta los pies de la torreta, pero en ningún momento le pudieron tirar ya que iba tapado. Así que, el tercer día decidí acompañar a José Manuel, ya que mi presupuesto había quedado completado con los dos guarros.

Y, para finalizar, no quiero dejar de comentar que Bulgaria es un destino perfecto para el esperista español: los jabalíes son impresionantes y sólo pagas lo que abates.

Oliver Prieto

 

 

 

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