Que era gallardo y perturbador, con altanería y donaire, lo refleja el apodo con que el que la sabiduría del pueblo y las crónicas lo anclaron a los anales de nuestra Historia. Que además era mozo magníficamente dotado y un espléndido amador, se evidencia por la exuberancia de su prole –¡seis hijos le hizo a la Reina en su corta, pero intensa, vida!– y por el frufrú de la seda de las sayas al levantarse por todos los rincones de palacio.

Flamencas y castellanas, moras y cristianas, sufrieron y gozaron sus requiebros y placenteros embates bajo doseles o jergones de taberna, que a nada le hacía ascos este flamenco, que, a su trágico y misterioso óbito, a la temprana edad de veintiocho años, ostentaba más títulos que cualquier mortal del orbe, incluido el de Rey de las Españas bajo el ordinal primero de los Felipes.

Introductor en Castilla de la dinastía de los Habsburgo, o los Austrias, –gracias a los encajes de bolillos que hiciera nuestra Católica majestad, la reina Isabel I, de Castilla y Trastámara, para acabar con la hegemonía que ejercían nuestros gabachos vecinos del norte en el continente–, Felipe I de Castilla y IV de Borgoña –nieto del emperador Maximiliano I de Austria, y heredero del Sacro Imperio Romano Germánico– recibió el alias de El Hermoso, con el que ha ocupado hueco en los anales de la fama histórica, de labios del rey Luis XII de Francia cuando lo acogió en su corte de Blois –de camino a las Españas para ser coronado rey consorte– y quedó obnubilado por el porte y las dotes del flamenco exclamando ante sus súbditos: «¡He aquí un hermoso príncipe!». Y le colocó el dichoso mote per saecula saecolorum. Amen.

Pero fue la reina, Juana I de Castilla, Trastámara como su madre, la que más sufrió los desmanes amatorios de este sátiro casanavona de los inicios del XVI, del que, aunque cuentan las crónicas que cumplía en el lecho conyugal, de ahí la noble prole que le hizo a la Reina –que llegó a reinar, la prole, en todos los reinos de Europa–, lo cierto y verdad es que él fue el auténtico causante de que una de las más queridas reinas de Castilla, que le amaba hasta, como pasó, perder la cordura por semejante picha loca, acabara agregando a su ordinal el significativo remoquete, o mote, de La Loca, y pasara la friolera de 46, de sus 75, años encerrada en la casa-palacio-cárcel de Tordesillas en unas condiciones que bien podíamos calificar de aberrantes. Si bien toda la culpa de estos terribles años de sufrimiento no hay que adjudicársela todos a su Hermoso Felipe –ni a su padre, el Católico Fernando V de Aragón, que también tuvo algo que ver– sino al cabroncete de su hijo, otro flamenco, emperador él, más conocido como Carlos I de España y V de Alemania, que la dejó enterrada en vida por el apoyo que, como reina legítima, Juana ofreciera –al parecer sin tener ni idea de lo que hacía– a la causa comunera.

Sin embargo, y aunque parezca incongruencia tras aquesto relatado, no es por sus devaneos amorosos por lo que El Hermoso se convierte en protagonista de ésta nuestra exigua y novelesca historia. Si se merece un hueco en otra historia distinta, que no sea la del adultero fornicio –aparte, por supuesto, de sus capacidades como gobernante que, annales dicunt, al menos en Flandes parece ser que fueron muchas y buenas–, no puede ser en otra que no sea la del venare y el occidere que también fue en dichas artes refinado y mañoso maestro, además de furibundo practicante, como así lo corroboran los escritos que allá por los casi principios de nuestro Siglo de Oro de las letras, recogiera el erudito soldado Gonzalo Argote de Molina.
 
Fue la llegada de los flamencos a la corte castellana –acompañando a su, todavía, príncipe hermoso (y su séquito de doncellas) cuando, por carambolas del destino, la muerte de tres de los legítimos herederos de sus Católicas Majestades, la princesa Juana se amaneció reina de Castilla de la noche a la mañana– la que revolucionó las técnicas cinegéticas que desde el siglo XI venían poniendo en práctica los Monteros de Espinosa o de Castilla, que por ambos nombres eran conocidos. Nuestra ancestral práctica montera, que basaba el éxito de sus, casi siempre, reales lances en la especialización de monteros y perros –sotamontero, de traílla, de lebrel o ventores entre otros–, se vio relegada al ámbito del olvido por una remozada técnica invasora más conocida como montería en tela cerrada.

Destacó, sobre todo –por su arriesgada puesta en escena, y por que más de un soberano se llevó un buen chirlazo en las canillas–, la llamada montería de jabalíes en la citada modalidad, tela cerrada, aquella en la que cobraba especial relevancia el recinto en el que se debía desarrollar la cacería, preparado de forma arto meticulosa por los castellanos monteros y su tropel de ayudantes.

Una vez localizadas las piezas en el monte, monteros y perros las recogían y juntaban en apartado lugar, buscando la mayor maleza posible para dar emoción a los lances. Por medio de carros se acercaban las telas de cáñamo y se colocaban mediante lanzas, clavadas en tierra a modo de mástiles, formando una muralla de tres varas castellanas de alto, quedando cercado el lugar en el que se encontraba la caza. Una vez realizado el primer vallado, se realizaba un segundo, llamado contratela, más estrecho aún, en el que se introducían los monteros con los perros para, tras una ardua labor, separar los jabalíes del resto de las piezas y dirigir a éstas, por el pasillo formado entre ambas, fuera del cercado, dejando solos a los principales protagonistas del lance: los guarros.

Y llegaba lo mejor –para que luego digan algunos que así se las ponían al segundo de los Felipes, nieto de nuestro Hermoso–. El rey entraba a caballo en el recinto, acompañado de algunos monteros con varios sabuesos, armado sólo con un estoque con el que pelear en singular batalla y buena lid con los jabalíes en medio de la frondosa maleza. Cuando la cosa se complicaba, que era las más de las veces, ordenaba la suelta de los sabuesos para que realizaran agarres y evitar que la cosa pasase a mayores.

Y en esto era un experto, como lo fuera en ‘coronar’ la cabeza de la reina Juana, el flamenco Rey, nuestro Señor, porque lo fue, alias El Bonico, como, casi seguro, le hubieran enmotado por mi tierra.

Encontrábase nuestro adonis de cacería, practicando la tela cerrada en los bosques del duque del Infantazgo, en el monte conocido como Eras (posiblemente Heras de Ayuso), cerca del Monasterio de Nuestra Señora de Sopetrán por la villa alcarreña de Hita. Junto con su ballestero Juan Ramos y siendo sotamontero real Antonio Sendín, acometieron, «[...] en tela cerrada a un bravísimo jabalí y habiéndole herido desde el caballo con el estoque, el jabalí, embravecido con el dolor de la herida, se empinó contra él y le hirió el caballo por la ijada [...]». El jabalí, con la ayuda del ballestero, quedó muerto a los pies del caballo.

De esta guisa nos relata hazañas y placeres de Felipe el mentado Gonzalo Argote de Molina, en su obra Discurso sobre la montería, apendice incluido en el Libro de la montería, del rey Alfonso Onceno, que es considerado –sobre todo por su editor José Gutiérrez de la Vega, que lo incluyó en su Biblioteca venatoria y fue editado en Madrid, en 1882– un tratado independiente de 47 capítulos en el que se abunda sobre «...datos históricos sobre monterías, monteros de la época y grandes monterías que se celebraron en los dos primeros tercios del siglo XVI».

De semejante similitud son otros lances relatados en los que, por habitual precepto, destaca el tamaño, muy considerable, la mala leche y el ensañamiento de los guarros que, acoquinando y amilanando a la población rural y a los desvalidos campesinos, se trocan en estampa del maligno de la que viene a redimirles la magnificencia y valentía real, llevándose, eso sí, algún chirlo en sus reales perniles de recuerdo.

Le ocurrió, este nuevo lance, en Fuencorral, en la dehesa de Valdelatas (muy cerquita de estos madrileños lares). Otro enorme jabalí, según el propio texto escrito, y no menos feroz que el del lance anterior, fue estoqueado y herido por don Felipe, ya rey, parece ser por las fechas. Pero antes de poder rematarlo, agarrado por los sabuesos, el jabalí se defendió, cual diabólica fiera corrupia «...empinándose contra él...» y, tras romperle bota y polainas de un tremendo navajazo, arremetió contra un labrador, que debía pasar por allí, hiriéndole de gravedad.

De cerca de Aranjuez, en el paraje más conocido por Picotajo, porque allí Tajo y Jarama casan sus aguas, se tienen noticias de un guarraco tan enorme y tremendamente bravo que «...corría a los hortelanos y labradores de aquella tierra...» imponiéndoles tanto temor que abandonaron sus labores y haciendas ante sus desmanes. Llegado el rumor a la corte, el Hermoso... cazador, enfiló grupas y séquito hacia estos parajes para, en tela cerrada, proceder a su acoso y derribo. Preparadas las cercas de tela y habiendo entrado el rey, al parece, prudente él, esta vez en coche de caballos ante el temor que imponía la fiera, arremetió está contra carruaje y séquito desgarrando el caballo de Cristóbal de Mora, caballerizo mayor, levantando por los aires el caballo de Juan Sendín de Peromato, alguacil de la montería –que, según las malas lenguas, era de un grosor y peso desmesurados y voló por los aires junto con su cabalgadura– arrinconando contra los espinos a un tercer jinete, Antonio de Toledo, prior de la Orden de San Juan, quien, de no haber sido auxiliado, hubiese corrido la misma suerte que los anteriores. También corrió, dentro del vallado, a todos los monteros y tuvo que ser una jauría de lebreles, después de sufrir sus correspondientes bajas, la que ¡por fin! dio muerte a tan espeluznante y famosa criatura, uno de cuyos descendientes, aunque esto sea más de la leyenda que de la historia, también le ajustó las cuentas al mismísimo Carlos V por los mismos andurriales.

Y así se formó la historia, fábula o leyenda, que en hablando de cuernos y de colmillos nunca será ciencia cierta, de nuestro Hermoso y apuesto rey flamenco que, hasta en su óbito o deceso, dejó un rastro de misterio digno de ser husmeado por los ventores.

 Antonio Mata

Publicado en la revista Caza y Safaris