Aquella mañana, los azulones revoloteaban cansinos, con cierta melancolía y pocas ganas de guerra. Al trasluz de la amanecida, Rodrigo enfiló el alza con la mira de su mosquete y apuntó hacia el macho que, al final de la bandada, se regodeaba haciendo el roete a la pata más salada de la laguna. Cuando su dedo rozaba el gatillo para liberar al perrillo con el pedernal... dudó y desamartilló.

Se despertó cuando apenas un hilo de luz marcaba el inicio de la alborada en el techo de la celda. Por una rendija del ventanuco se colaba, junto con el aroma de la madrugada, los olores del masiego y los juncales, una humedad pastosa que se agarraba a los huesos y espesaba el aliento junto a los labios. Se arrebujó en el camastro y azuzó el oído en busca de alguna señal de vida. Nada. Tan solo el tibio rozar de las hojas de los juntos rompía un denso silencio que anunciaba el retraso del tañido de la campana para maitines. De un brinco respingón se tiró del incómodo catre y tras sentir en las plantas el frío lacerante de las losas de la celda, se calzó el raído hábito de arpillera e, intentando que no rezongaran los goznes del postigo, para que nadie advirtiera su madrugón, se encaminó hacia el patio en busca de la palangana. En el agua de la pila, dura, de hielo, como una piedra, aún se reflejaba el profundo cielo con sus inmensas estrellas que se negaban a batirse en retirada ante la proximidad del día. Rompió la cristalina capa con una piedra y se echó el agua sobre la cara que, a pesar de cortarle la piel con sus gélidas aristas como navajas, agradeció la bofetada y disipó, a bocajarro, los últimos resquicios del ya olvidado descanso nocturno.

Se postró, en la desnuda capilla de blancas paredes enjalbegadas, a los pies de la única imagen a la que dirigir sus plegarias, la Virgen de las Nieves, patrona de Quero, curiosa advocación para una tierra que, si bien recibía el duro castigo de los crudos hielos invernales, la nieve aparecía más pa cuando que pallá. Rememoraba en sus rezos otras oraciones y otros mejores tiempos, allá, en su casa matriz, junto a sus hermanos dominicos del Monasterio de Silos, cuando al alba cantaban aquella hermosa salmodia pentatónica, los gregorianos maitines de loa y alabanza por la llegada del sol: «Te Deum laudamus: te Dominum confitemur. Te aeternum patrem, omnis terra veneratur...».

Cuando recibió la orden de traslado por parte del prior, para que se asentase en aquel ignoto rincón de la desolada llanura manchega, Rodrigo no pudo reprimir sus ansias y desasosiegos. Las pocas noticias que tenía de aquel remoto lugar, le hablaban de helados y secos páramos en los que había que arañar el terruño para sacarle sustento. Camino de su exilio pasó por la casa de sus padres en Madrid y recibió, de manos de su hermano, soldado en todas las guerras contra los rifeños marroquíes,  aquel viejo mosquete, con sangre de moro ungido, para que pudiese disfrutar de la caza entre las inmensas bandadas de patos de todo tipo que poblaban las riberas de la laguna que rodeaba al cenobio. Aquella noticia serenó su espíritu. Cuando coronó la suave cuerda del Hito de la Costera y descubrió ante sus ojos aquel acuífero vergel rodeado de tarajales, pintado de lirios de agua y moradas e inhiestas tobas entre las tostadas cañas y verdes juntos con una alfombra de salicores, alzó los ojos al cielo y, agradecido, elevó preces al Padre por tornar sus cuitas en dichas. Las bandadas, enormes, de ánades reales, ánsares, coloraos, porrones, cercetas, pagazas, fochas y rosados flamencos le dieron la bienvenida  revoloteando, curiosos, sobre él y el pequeño jumento que portaba sus humildes pertrechos. La paleta de colores que abarcaba su vista le hizo creer en el tan soñado paraíso de sus oraciones.

La vida del pequeño cenobio transcurría lenta y apacible entre rezos y meditaciones. La huerta, alimentada por la humedad de la laguna, producía con voracidad todo lo necesario para el sustento de los cinco monjes, y las cuatro gallinas, dos cabras y dos ovejas, que aportaban huevos, leche y queso, pacían silvestres entre los patos con los hacían unas migas excelentes. La carne la suministraba Rodrigo. Cada amanecer, tras los rezos de maitines, se terciaba el mosquete y, entre dos luces, se deslizaba sigiloso en su almadía de cañas hasta los puestos que tenía preparados en los islotes de la laguna. Allí esperaba paciente el amerizaje de los azulones para soltarles un tarascazo y arrear con alguno para la cazuela. Las dificultades del tiro con el mosquete le obligaban a realizar con precisión toda la parafernalia del lance. Arrebujado en la cama de juncos del puesto, completamente oculto para evitar ser avistado desde el cielo, ataconaba pólvora, plomo y papel con la baqueta, cebaba la cazoleta y amartillaba la llave de pie de gato, el perrillo, con el pedernal bien afilado para evitar una pifia. Tras levantar alza y mira, esperaba, con infinita paciencia, el frufrú del rozar las alas de las aves en el espejuelo de plata de la laguna; giraba entonces todo su cuerpo, hasta asomar la boca del arma por la pequeña gatera entre los juncos, y buscaba un lustroso azulón, a una distancia tirable, para enfilarlo y, con la legendaria precisión atribuida a nuestros míticos arcabuceros de los Tercios de Flandes, soltarle un plomazo que lo dejaba patitieso. El estruendo del arma se repetía por todos los rincones de la laguna espantando a las bandadas, que formaban un auténtico guirigay de volandas y graznidos. Pero como el proceso de recarga era tan preciso como lento, para cuando el arma estaba lista los olvidadizos patos ya no recordaban la batalla y volvían a las andadas.

De esta forma, Rodrigo lograba una percha con tres o cuatro trofeos que, una vez cobrados con la almadía, se apresuraba a desplumar y destripar dejándolos listos para el sabroso guisote de la hora sexta. Como solía sobrar carne en abundancia, Rodrigo ejercía la caridad entre los humildes y pobre pastores de las majadas cercanas a los que solía regalar las piezas que no eran necesarias para la menguada audiencia de su capítulo. Y recibía de ellos, de los pastores, la misma generosidad, y amistad, que con ellos ejercía noblemente. También cazaba, con la misma destreza y técnica, liebres, conejos y perdices que, en abundancia, rondaban los secarrales cercanos de las Casas Romanas o el carril de los Torteros. Con las patirrojas tenía que afinar ingenio y puntería por la bravura de sus volandas y sus incansables carreras a peón. Pero su astucia y habilidad en el manejo del mosquete le reportaban ventaja hasta para enfrentarse con aquellos tremendos guarros que bajaban, desde la vecina laguna de la Peñahueca, por la senda del Guijo o el Camino Real de Tinajeros, a destrozar los nidos de todo bicho viviente.

En el año del Señor de 1836, el Gobierno de Su Majestad la reina regente María Cristina de Borbón —cuarta esposa del, primero, Deseado y, después, odiado Fernando VII, y madre de la futura reina Isabel II— y en su nombre su primer ministro Juan Álvarez de Mendizábal, promulgaron una de las muchas desamortizaciones que, a lo largo del siglo XIX, pretendían, mediante subasta pública, poner en el mercado las tierras y bienes improductivos en poder de las llamadas manos muertas, normalmente la Iglesia católica y las órdenes religiosas. La idea de acrecentar con su venta la riqueza nacional e incrementar la producción a través de una burguesía rural, fue infructuosa y no dio ningún resultado debido, principalmente, a la manipulación de los lotes a subastar, en manos de las juntas municipales, que beneficiaron a los grandes terratenientes de la nobleza, al no poder ser pagados, debido a su desorbitado precio, por la citada burguesía rural.

Desde su puesto en la isleta Rodrigo escuchó el repiqueteo de los cascos del caballo. Aunque aquella mañana aún no había logrado hacerse con ninguna astuta volátil, se incorporó de inmediato, espantando a las bandadas, y sobre el cielo dorado de la aurora bostezando descubrió la silueta de jinete y caballo acercándose al patio del monasterio a galope tendido. Sin dudarlo, y barruntando malos presagios, se abalanzó sobre su rudimentaria barca remando con toda la fuerza de sus manos y olvidando en el puesto mosquete y archiperres. Los presagios de malas noticias, muerte da algún familiar o cualquier otra desgracia, se tornaron nefastos ante la carta, cédula real, que portaba aquel mensajero de un gobierno y un ministro del que no conocían ni su existencia. Por orden de Su Majestad la Reina Regente, se les conminaba, en el plazo máximo de treinta días, a abandonar su pequeño convento, junto con sus tierras y aguas, que, por el real decreto de desamortización del tal ministro, pasaba a engrosar las arcas del Estado para su posterior venta en subasta a beneficio de la Hacienda Real y en pro de realizar en sus labrantíos actividades más productivas que el rezo y la meditación. La primera reacción de Rodrigo fue la de echar mano a su mosquete y despachar a aquel usurpador y su cédula real de desamortización. La mirada de sus hermanos le hicieron comprender que todo, como así lo fue, sería inútil.

Aquella última amanecidano fue capaz de abatir al azulón que roneaba a la pata más salada de la laguna. Por primera vez su dedo tembló en el gatillo y un par de perdidas lágrimas rodaron por sus mejillas. En un ataque de ira pecaminosa desbarató el puesto y azuzó y conminó a los patos a que abandonaran el vergel de El Taray. ¡Si la Reina o sus ministros querían un paraíso, que se lo robaran a los nobles potentados no a unos miserables dominicos! Cuando aquel golilla fanfarrón, al mando de un piquete de cinco soldados descalzos y desarrapados les ordenó sacar sus pertenencias y abandonar el cenobio, todavía tuvo Rodrigo intenciones de amartillar el mosquete. Por el Camino Tinajeros, enfrente a la Peñahueca, los pastores aparecieron con sus presentes para el camino. Las mujeres lloraban, y en las caras, curtidas y arrugadas por el sol y los hielos, de los rabadanes, un rictus de rabia, venganza y vergüenza ceñía sus miradas.

Antonio Mata

Publicado en la revista Caza y Safaris