Recuerdo aquel cantar que farfullaba mi tío mientras hacía crineja a la luz del candil en el chozo del aprisco. Era una salmodia continua sin tono, a modo de letanía, en la que parecía querer exorcizar a los espíritus del monte para que se conjurasen en defender al rebaño. Allí, en las profundas tinieblas del gélido invierno, aullaba la loba. Mi tío, se juramentaba con su monserga.

«Estando yo en la mi choza / Pintando la mi cayada, / Las cabrillas altas iban / Y la luna rebajada;/ Mal barruntan las ovejas, / No paran en la majada./ Vide venir siete lobos / Por una oscura cañada…»

Entraron en el lugar por las Cuestas Blancas con la pellica al hombro. Llegaron andando desde el Valle por el camino Turleque. Todo el pueblo se arrimó a la vereda para ver de cerca los colmillos de aquella negra cabeza, enorme, que había sido capaz de destrozar con sus fauces el cuello de hierro del Canelo. Aunque siempre habían dicho que era parda, era una pelleja renegrida, negra casi, capaz de espantar de miedo los sueños de los muchachos y de algunos mozos ya criados. Su oscura sombra, tanto tiempo vagabunda por el monte, había ennegrecido su piel y su leyenda.

Contaban y no paraban las abuelas sus desvaríos al calor de la lumbre. Las noches del invierno eran muy largas y daban para largos miedos, leyendas sin verdades y verdades sin nombre que corrieron de boca en boca por los ríos de la memoria. Una de las más espeluznante era aquella de la canastilla de los gemelos que se esfumó entre la niebla de la alborada arrastrada por la nieve tras las huellas de unas enormes zarpas que escribían en su blanco manto el camino de recula. Sangre inocente de infante encarnando blancos pañales y nieve blanca. Nunca jamás se supo nada de los críos y la pólvora de la leyenda, o de la verdad, que nunca es lícito tentar a Fortuna, corrió de boca en boca: su tétrica silueta de licántropos se recortaba en la noche al trasluz del fondo de la luna. También fue sonada la del lobo negro que mamara de los pechos más hermosos de la comarca. Aquella moza lozana, por todos deseada, que durmiera en la era al raso de las estrellas y despertara aterrada con el lobo lamiendo la leche de sus rosadas areolas. La fantasía popular nunca puso límite a sus horizontes.

«…Le tocó a una loba vieja, / Patituerta, cana y parda, / Que tenía los colmillos / Como punta de navaja. Dio tres vueltas al redil / Y no pudo sacar nada; / A la otra vuelta que dio, / Sacó la borrega blanca…»

La majada se encontraba perdida en el Valle, a tiro de jinlandera de la ermita el Santo Cristo. Cuatro chozas bien pertrechadas, de carrizo y cañamera, eran la estancia de pastores y zagales; una lumbre de trébede y caldero era el hogar en el que se cocinaban mojetes, gachas, migas viudas, mistelas de tomatilla y alguna que otra caldereta de cordero en las fiestas de guardar. Las borregas se arracimaban en los apriscos de varas y el trabajo consistía, como buenos pastores que eran, en sacarlas a ramonear el monte y volverlas a encerrar; además de ordeñar, esquilar, asistir a la paridera, hacer el queso, curarlo y llevarlo, con la leche, en la borrica a Tembleque. Los meses eran eternos y los cuatro días al año que se estaba de rodeo se empleaban en apañar el cuerpo a las mozas. Se ajustaba el año por San Pedro –treinta reales y un pan– y el invierno se estiraba como una vara de mimbre.

Y aquel año lo fue más. La gélida ventisca del septentrión azotó páramos, sierras y valles y las nevadas trajeron hambre y desolación. Nada se escapó a sus garras. Arrebujado en el jergón de albardín, mi tío engañaba a la friolera con una manta terillana raída como un papel de fumar. Los peales y las albarcas, tiesas como clavos, ayudaban a templar los pies amoratados. Se rebulló un par de noches por los gruñidos del Canelo. Al tercer día se percató de la falta de algunas borregas. Revisaron cercas y portezuelas y no tardaron en descubrir las gateras con pelos negros por las que se deslizaba el lobo cual culebra. Pistearon rastros y huellas y descubrieron en el sopié las pellejas de las modorras desgarradas y ensangrentadas a zarpazos y dentelladas.

Con los mastines en guardia prepararon las vigilias y se dispusieron a la espera. Camuflados entre las ovejas, amordazando a los mastines para evitar sus ladridos, avizoraban la noche para atisbar a la bestia que, lista como el hambre, merodeó empalizadas sin entrar a la celada.

«–¡Aquí, mis siete cachorros, / Aquí, perra trujillana, / Aquí, perro el de los hierros, / A correr la loba parda! / Si me cobráis la borrega, / Cenaréis leche y hogaza;/ Y si no me la cobráis, / Cenaréis de mi cayada…»

En cuanto relajaron la vigilia se repitieron los zarpazos. Era difícil aguantar el tipo en aquellas madrugadas gélidas que poblaban las oreja de lacerantes sabañones. La siguiente estratagema fue preparar lazos y cepos. Recorrieron pacientes las trochas por las que el buen olfato del Canelo captaba el rastro. Colocaron lazos en los pasos y cepos en la hojarasca. Cebaron las trampas con fresca sangre de cordero… pero nada. Aquel aprendiz de licántropo les restregaba su terrible risa en sus narices y, en cuanto se descuidaban… una borrega menos. Pensaron en convocar a todos los caceros de la zona para preparar una batida de escopetas y lograr así despanzurrarlo de cuatro zurriagazos, pero entre los tres pueblos vecinos, apenas encontraron un par y medio de paralelas y media hocena cartuchos. Poca armada para tanto cortadero.

La noche se fue acortando y las glaciares madrugadas dieron paso a cálidos alboreos. El monte se pobló de cantos de pajarillos y su reseco y duro manto de hielo se tornó mullido y verde. Todos confiaban en que el paso de los rigores del invierno alejarían a aquel monstruo del redil migrando hacia las sierras del norte. Nada más lejos de la realidad. Aquella mala bestia se enceló con el rebaño y poco a poco estaba provocando su ruina.

Una mañana, con la aurora tintando la cuerda de la Atalaya, mi tío, que apenas pegaba ojo, oyó gruñir al Canelo.

«…Siete leguas la corrieron / Por unas sierras muy agrias. / Al subir un cotarrito / La loba ya va cansada: / –Tomad, perros, la borrega, / Sana y buena como estaba. / – No queremos la borrega, / De tu boca alobadada, / Que queremos tu pelleja  / Pa’ el pastor una zamarra…»

Se tiró del catre como un rayo y agarrando la garrota y el horquillodesenganchó al Canelo de la cadena y le azuzó hacia el portachuelo. Arreó el perro como alma que lleva el diablo y en un pispás ladraba como un poseso tras la pista de su enemigo.

 No se arredró con las zarzas, ni se acobardó en los espinos. Entró a saco en las toberas y cortó cualquier sendero que le cortase la huida. Poco a poco, le fue cerrando el escape y cuando le tuvo a mano no dudó en agarrarse a su pescuezo. Los ladridos, mezclados con aullidos estremecedores, guiaron a mi tío hasta aquel infierno de muerte que desbarató el cálido canto mañanero de los mirlos. Un concierto barroco de tétricos rugidos presagiaba sangre y muerte en mitad de la mañana.

Cuando atisbó sus retorcidas figuras en medio de las retamas, el Canelo daba sus última bocanadas. Con el cuello desgarrado y sangrando a borbotones, el perro espiaba su último aliento sin soltar los belfos de aquel monstruo que segaba su vida. A pesar de la profunda pena que le produjo aquel esperpento, mi tío se colocó detrás del lobo y le metió la vuelta de la garrota en el gollete. Cuando intentó revolverse, le cerró la horca con la albarca y apretó con todas su fuerzas tirando hacia atrás del cayado. En un último intento por escapar la fiera se retorció soltando el cuello del perro e intentando morder el pie que lo aprisionaba, pero allí estaba el horquillo. Se hundió en su piel ensangrentada provocando en sus fauces un último y terrible aullido… el aullido de la muerte que le estaba esperando al otro lado de la senda.

Lloró mi tío en un risco la suerte de su Canelo. Lloró con dolor y rabia culpándose por no haber sido lo suficientemente listo como para haber evitado llegar a semejante sacrificio. Pero fue dulce su consuelo contemplando, por primera vez a su lado, el negro cuerpo de aquel lobo que había estado a punto de arruinarle le vida y se llevó la de su amigo.

Años mas tarde, cuando yo entraba en la alcoba de mi abuela, aún me estremecía con un espelitre de pánico contemplando la estera que alfombraba los pies de su cama. Era la piel áspera y negra, con la mirada terrible que producen las cuencas vacías de los ojos, del matador de borregas y verdugo del Canelo.

Antonio Mata

Publicado en la revista Caza y Safaris