Al Avelino, la niña chica se le puso mala. Andaba la cría con calenturas desde el día de San Ambrosio. Las güeras de la Inmaculada la tuvieron hasta tarde por los cerros, rebuscando sarmientos para la Virgen, y pescó una friolera. La culpa la tuvo el Resti, el tío de la chiquilla que, porfiando con su hermano, la bajó de la majada. La noche de la novena se montaba un buen jolgorio. Mientras el párroco salmodiaba a la Purísima, los zagales afanaban gavillas de las sarmenteras para liar una buena lumbre en homenaje a la patrona. Los tenderetes de torraos y titos fritos, instalados en el prao, hacían su agosto en diciembre vendiendo el puñao a real y medio. También vendían las bellotas, dulces y amargas, que a ninguna se hacía ascos, para tostarlas en la fogata; tenían un buen bocao. Los bailoteos de corro y las jotillas picaronas y el galanteo se prolongaban hasta el alboreo pese a la gélida pelona que se pegaba a la riñonera, aliviada, por las mocitas más desvergonzadas, con la calluda mano de los casi imberbes mozuelos que sobaban sus panderos, ocultos bajo la toquilla, e intentaban el acceso a rincones más prohibidos y más calientes. Más de una se escabullía por la negrura buscando el amago de una tupida cambronera y la mullidez del albardín, para aflojarse refajos, levantarse sayas y que alguno las restregase y calmase sus recientes y reprimidos ardores de mocedad. Eso sí, con el riesgo de ser descubiertos por la sigilosa muchachería, que espiaba en sagaces y silenciosas razias, y recibir un petardazo que colgase calzones y culeros en las ramas del espinoso camastro.

El Resti se encargaba de acarrear el suministro para que el Nino pudiese mantener a duras penas a la nena. La pobre estaba tan escacía como la borrica con la que le costaba trabajo llegar a los sopiés de la Sierra del Coscojo, para llevarle en los aguarones cuatro medidas de harina, un cachejo de queso y otro de tasajo, unas pocas patatas, media alcuza de aceite, un cuartillo de vino rancio, que le duraba al Nino el tiempo que tardaba la burra en desaparecer por la primer trocha, y picadura de caldo y papelillos para liar la petaca. Con eso, con la leche que arañaba de las cuatro cabras y los dos o tres huevos que sacaba de las gallinas, cuando no se los comían la raposa o los gavilanes, mantenía a la criatura que, enfermiza desde que nació, siempre andaba hasta las cencerretas, mugrienta, haraposa, moquisuelta y con mohína. Con sus siete años recién cumplidos pesaba menos que un pedito de lobo y había que andar listo para que los días de ventisca no volase por encima de la cuerda. Desde que se largó la Blasa con las dos hijas mayores, a colocarlas en las esquinas de la Villa y Corte, la pobre Jarilla, que así la llamaban por sus mechones rubiales, amargos causantes de que el Avelino siempre dudase de su autoría, no hubo día que no se refugiase bajo un chaparro y, con la mirada perdida por el sendero de las Recovas no lagrimase la ausencia del cariño materno, esperando verla cruzar por lo limpio. Aunque en principio casi se alegró de su marcha, así se libraba de los pescozones que le arreaba, con el tiempo, cuando se cercioró de que la ausencia iba a ser definitiva, no pudo y no quiso desterrar la tristeza de su minúsculo corazón. El Nino, más simple que el rabillo de una boina, cermeño y parco en palabras, hizo lo posible por suplirle las carencias, pero, con el tiempo y las dudas, la desidia y los mocos fueron la realidad cotidiana de la niña. Cuando el Resti se empeñó en bajársela al lugar por las fiestas de la Virgen, Avelino se negó. No quería dudas sobre la limpieza de su testuz cuando los paisanos descubrieran su pelaje. Pero en un alarde de hombría, su hermano se le cuadró y, tras lavarla en la pila de las cabras, acicalarle el pelo con saliva y recolocarle los harapos, la montó en la burra y arreó para el pueblo antes de que aquel tarado de su propia sangre le diese por descolgar a la Pena negra, que, aún sin cartuchos, bien que sabía el muy cabrón recargarla con pelotazos de sal.

La Pena negra era una paralela, eibarresa, del 12. En sus buenos tiempos de gloria, allá por pretéritos tiempos prerrepublicanos, fue la reina de la comarca. Nadie tuvo nunca por aquellos andurriales escopeta tan hermosa. De haber tenido la facultad de poder narrar sus historias, sus furtivos lances con republicanos brigadistas, falangistas o maquis, hubieran dado para unas cuantas lecciones de la aún no olvidada, trágica y todavía reciente historia. De ahí, según los más viejos del lugar, le venía su nombre, de las penas que dejó desparramadas. Cuando el Nino la heredó de su padre, aún conservaba su negro pavón y sus finos grabados de aguerridos lances monteros, ahora apenas visibles por el desgaste de las nieblas del tiempo. Nadie, de los muchos que la conocieron, la vio nunca fallar un peludo caramono ni una sola rabona. Patirrojas también se bajó unas cuantas, aunque… eso era otra historia, porque tirarles, lo que se dice tirarles a las claras, estaba poco menos que vedado per saecula saecolorum. El único con derechos adquiridos para abatirlas, como le diese la gana, eran don Enrique y su retoño, dueños absolutos del monte y de todo lo que en él se cocía, se guisaba o se asaba, y, si te pillaban tirándole a alguna, aunque fuese una pedrada, se te podían caer los palos del sombrajo… y encomendarte a la Rita, la santa bogada de los imposibles.

El Avelino nunca había sido tardo. En sus tiempos de mozo no había galán como él en todo el terruño. Las mozas se lo rifaban y a más de dos y a más de siete les arrimó la cebolleta. Todavía conservaba incrustados en el culo perdigones de cuando saltaba las tapias de los corrales con la pana en los tobillos, huyendo de padres ultrajados o maridos coronados con astas en sus testuces. De su padre heredó porte, sinvergonzonería y derechos de trabajo en el monte de don Enrique. Además de a la Pena negra que, aunque era para su hermano, no tardó en apiolarla. Eran otros tiempos. Mandamás en la alquería, ejerció todos los cargos desde los que campar por sus respetos en los dominios de su amo. Desde mayoral de los aparceros, hasta jefe de guías, perreros y ojeadores, pasando por guardacampo e, incluso, mamporrero en la yeguada; nada se escapa a su control y de todo rendía cuentas… las que le venían en ganas. Ganaba sus muchos duros y explotaba, sin recato, sus derechos de autoridad arramblando con todo lo que se ponía al alcance de sus garras. Hasta incierto derecho medieval, en teoría extinguido, reclamó el so cabronazo y, si no llega a ser porque una noche le agarró el novio del gaznate en una esquina sin luz, hubiera llegado a consumarlo. Porque también era putero. Y un cobarde, cuando no estaba bajo el ala de don Enrique. Nadie, suyo y ajeno, gastó nunca tanto en la taberna ni en el puticlú que, desde que al hijo del cacique le dio por diversificar negocio, se había instalado en aquel chamizo de las afueras. Cruces se hacían las pías y añosas mujeres del pueblo, caladas con sus pañuelos negros, arrebujadas en sus negras batas de negro paño, con sus negruzcos mandiles y sus renegridas alpargatas, en el portalillo de la iglesia, ante don Quirino, cura párroco y buen inquisidor para lo ajeno, que, después de misa y a hurtadillas, visitaba el lupanar. Al principio costó que aquellos cejijuntos padres de familia cruzaran el cenagal que había que atravesar para llegar hasta aquel paraíso de miseria con sus cuatro meretrices sebosas despatarringás en sus divanes de oropel que el señorcito comprara derredor de la plaza de Cascorro, en la Capital. Pero, tras la velada orden de usar sus servicios, por parte del Nino a expensas de la voz de su amo, no tardaron en ceporrear en el lúgubre postigo y aparecer por sus lares con los bajos de la pana empringados de cieno y manchones en la bragueta. Con el tiempo fue el negocio mejor diversificado de la zona. Y allí fue donde Avelino encontró su perdición. Su cerrinegro entrecejo recorrió, arto de vino agrio, todas las pelambreras, algunas habitadas por aquellos bichitos asquerosos que picaban como demonios, de todas las putas que ejercieron su oficio en el antro. Se fundió, sin trampa ni cartón, los cuatro cuartos que tenía y, ya emparentado con la Blasa, pilló todos los males y calenturas, conocidas y desconocidas, que circularon por las entrepiernas de sus adoradas y desdentadas pelanduscas. Y se los endilgó a la Blasa. Ese fue el arranque de sus calamidades y, poco a poco, se fue quedando un poco atolondrado.

Una noche, esbaratao de vino hasta las trancas y hecho un adefesio por cruzar a gatas la cenaguera, se presento en la casa y echó mano a la Pena negra. La Blasa, escandalizá, se le agarró de los pelos. Se la quitó de encima a hostias y arreó con una mula hacia el cerro los Conejos. Sus intenciones no eran otras que cepillarse media hocena de caramonos para hartar a sus putas que pasaban más hambre que el perro tarra. Clareaba cuando descolló por la cuerda de levante de la Monjería. Entonces los vio. En esa solana, los chafardales eran espesos y las hojarascas estaban siempre atiborrás de bellotas. Los marranos metidos en arrobas y los venaos palmeros y de cuernas recias campaban a sus anchas. La veda solo se levantaba cuando aparecían algunos principales y se organizaba un ganchito de increíbles resultados. Algunos de los mejores trofeos que adornaban las cabeceras de algunos de los ministros los habían parío la montanera de la Manjería.

Cuatro lobos se cebaban con un venao de impresionante arboladura, menguado por los ardores de la berra, intentando zamarrearle. La caballería, respingando por sus espumosos ijares, se detuvo en seco y casi lo lanza por encima de la collera. Los vapores del vino se le esfumaron y, retembloso, se agarró a la Pena negra para esparcir sus temores. Metió las postas en los canutos, amartilló los perrillos y encaró a la lobería. Con el dedo en el gatillo y el ojo enfilado, entendió que si atizaba a los lobos podía desbaratar la cuerna. Arreó dos zurriagazos al viento para que salieran en estampida mancha abajo para perderse. El venao le miró con ojos de sufrimiento. Sangraba por el cuello, desgarrado, e intentaba lavantarse para perderse por la espesa mancha. No podía rematarlo. Si encontraban las postas en aquel animal, a pesar de los sajados de los lobos, lo más probable es que le acusaran de furtiveo. El amo no atendía a razones contrarias a su cicatería. Y en la Manjería, era muy cicatero. El venao le seguía mirando. Por un momento se le cruzó la vena en la frente y descargó toda su saña en aquella res que reclamaba piedad.

Y en esas, se disipó su ventura. «¡Maldita sea mi estampa… !», cavilaba atalajando el carro de calces para cargar los cuatro chismes de la mudanza. Una trébede y un fuelle, una tranca, las estenazas y la badila; un dornillo y un caldero, cuatro cacerolas, un par de pucheros, unos cuencos, una jarra, un mortero y un par de alcucillas; dos sillas de enea; la banca, los jergones de albardín, una mantas terillanas y… pare usted de contar. Ese era su capital después de toda una vida. Don Enrique no solo no atendió razones, mostró menos clemencia, y más mala leche, que el que ajustició a la gata por maullar. Lo desterró, sin más contemplaciones, a la majada a cuidar las putas cabras que brincaban por los farallones. ¡Y ojo con que se escapase alguna, que estaban muy requetecontadas! Con la Blasa refunfuñando, las dos chicas rabiosas y la Pena negra camuflada en los varales, el Avelino emprendió el camino hacia ostracismo y el olvido. Ése era el destino de los titopan, aquellos que, para el resto de sus días, estaban marcados por el estigma del mendrugo.

La majada era poco menos que un corral derruido. A base de echarle redaños, que de esos no andaba mal, logró cubrir aguas con retamas, broza y sarmientos, y aplanó el barrizal del suelo, al lado del fogón y los poyos que, como camastros, habrían de aliviar sus huesos. El invierno iba a ser duro, aunque leña no faltaba. La carne, poco abundante, tampoco. Mientras la Blasa ordeñaba la escasa leche de las cabras, cuando podía atraparlas, él se dedicó a cepear para no desperdiciar los cuatro cartuchos que le quedaban. Conejo, liebre, zorro y toda una sarta de pajarillos, alguna perdiz incluida, fueron la base de su sustento diario durante años. El pan ni olerlo y la fruta… las bellotas y algún que otro madroño. Y así, con la mierda como alfombra, ejecutó el tiempo su venganza, que, como en tantas ocasiones, no se detuvo con cualquier cosa. Fue a más.

Olvidados hasta en el infierno, solo el Resti se acercaba, más tarde que nunca, para acarrearles su rapiña, se amarraron a la vida y bregaron con ella en un vano intento por sobrevivirla. En la última batida en la que el patrón le permitió actuar como perrero, sufrió la cascaera de sus antiguos peones echándole la ojeriza. Andaba, sin poder enmendarlo, de boca en boca, tragando sapos y con la mueca terciá.

Cuando los perros recuperaban el resuello en las perreras y se dirigía a comer las sobras de las migas matutinas, se le acercó un maromo con pinta de fulero que no la había perdido ripio en toda la montería. Asobinado en el brocal del pozo y con mal fingimiento le propuso en medias palabras ganarse cuatro reales. Asintió con la cabeza y siguió al disimulado hasta la cuadra las mulas. Se trataba de un asunto simple: guiar, con la mui achantada, a ciertos personajes por las manchas de la Manjería. El recuerdo del destierro le revolvió los mondongos y sin dudarlo dos veces sentenció el negocio a la espera de órdenes; eso sí, demandando contrapartida en especies: algunos cartuchos, una arroba de vino y otra de aceite y unos pocos enseres, además de un buen cuchillo de remate.

Unas jornadas más tarde apareció el Herminio, que así se llamaba el andoba, arreando una mula torda con una burra en reata. El alborozo de la Blasa al descargar los pertrechos aventó a los abejarucos. Disfrutaron de unos buenos galianos y con el lubricán se metieron en la tupida mancha. Sigilosos como felinos entre jaras y lentiscos, rececharon a un tremendo pavo que se levantaba de su encame; le pillaron el aire y le atajaron la senda; se ataconaron en una apretada hojarasca y, con la raya de las tinieblas acechando, divisaron sus candiles. Entre dos luces, el Nino le enfiló la Pena negra, y antes de lo que acaba en persignarse un cura loco le espetó un zurriagazo que lo dejó patas arriba. No hizo falta remate. Con la plata de la luna le aviaron la cabeza, le tajaron jamones y lomos y esparramaron sus despojos para las alimañas. Con el fresco de la aurora arreaba el Herminio con su trofeo por la senda de las Recovas. Fue el sol, por la cuerda de levante, el que avivó el instinto de los buitres para que delataran el desaguisado. Aunque cuando llegaron los guardas no quedaban muchos despojos, no hacia falta ser muy lerdo para saber lo que allí se cocía.

Repitieron unas cuantas veces e, incluso en alguna ocasión, acompañaron al Herminio algunos señoritingos con gambito de haber salido de la última guerra, rifles de largo alcance y anteojos para ganarle ventaja a las piezas. Así sí que era fácil, pensaba el Nino, que se le picó la sangre y, con su provisión de cartuchos, sacó a pasear por su cuenta a la Pena negra, que recobró sus lozanos aires de mozuela demostrando su renombrada herencia. Durante un tiempo no faltaron en la majada chorizos de jabalín y buenos lomos de venao con los que las chicas desarrollaron lustrosos y prietos culos y orondas tetas.

Andaba buscándole las vueltas a un tremendo guarraco. Por los rastros que dejaba en las cortezas pasaba de las once arrobas, y las hozaduras eran como rejo de vertedera. Le esperaba paciente con la luna en las bañas y en la alborada por las gateras camino del encame; hasta cebó por lo limpio con bellotas cocidas. Pero no había forma. Apenas alguna noche vislumbró su sombra desbaratando nidos o apretando a alguna zorra. Le tenía tantas ganas que hasta la Blasa se preocupó por su abandono del camastro. Para él, simbolizaba el poder, capaz de hacer y deshacer las vidas a su antojo; por eso se juramentó en no parar hasta jipiarle navajas y amoladeras, que no le importaban sino por el reto suponían. Amanecía cuando le oyó bufar en la hojarasca. Llevaba horas espachurrao en una carrasca sabedor de cual era su momento. ¡Ahora o nunca! Entumecido por la postura gateó hasta el centro de la trocha y se plantó delante del engorrinao que, al notar su presencia, erizó las cerdas y le hizo hilo. Sin mediar insulto le estampanó un tirascazo que lo volteó en el aire. En las distancias cortas, la Pena negra era infalible. Cuando el eco del estampido se desperdigó por los valles escuchó los cascos de los caballos. No hizo falta explicarle qué estaba pasando. Como una exhalación se azuzó monte arriba y desde los riscos de la Codriana atalayó la umbría. De claro en trocha, para facilitar el camino a los caballos, galopaba hacia su postura la pareja de los civiles. La polvisca del camino no podía ser otra cosa que el lanrover de los guardas. No tenía hechura. Escondió a la Pena negra y se lanzó hacia la solana para agazaparse en algún matojo. Oyó detenerse al coche y a los perros latiendo el rastro. Antes de que el sol brincara la cuerda ya estaba recibiendo hostias por todas partes. Le ataron en reata a un caballo y lo pasearon por todo el pueblo como un trofeo de guerra. En el patio de la casa, don Enrique le escupió en la jeta y su hijo estuvo a punto de partírsela. Le sobaron bien la badana, pero a pesar de recibir más que una estera no abrió la boca y se tragó la sangre y la bilis hasta sentir su amargor en la punta de las uñas. Cuando comprendieron que no iba a decir ni mu, se lo llevaron al médico para que lo aviase y lo mandaron al monte con amenazas de muerte. Pero los golpes que le arrearon en el colodrillo le removieron la sesera y lo dejaron tarado para los restos. Desde entonces, cada vez que oía los cascos de los caballos… se jiñaba en los pantalones.

La niña chica no mejoraba. Desde que la acercó el Resti, al otro día de la Virgen, se postró en el camastro sin levantar cabeza. Cinco días de tiritonas, con los labios cuarteados, presagiaban lo peor. Y, lo más trágico: sin nada que llevarle a la boca salvo la poca leche rapiñada a las cabras. Le preparó tisanas con tomillo, gordolobo, malvavisco y corteza de sauce, que apenas aliviaron la fría sudina. Pasó las horas muertas en la cabecera refrescando su frente y susurrando alguna palabra ininteligible. Al sexto no lo dudó. Escarbó entre la techumbre y rescató a la Pena negra, escondida desde antaño, y el par de cartuchos oxidados. De amanecida se echó al monte. Tenía que conseguir a toda costa algún sustento jugoso que paliase la pena de su pequeña.

Intentó apeonar algunas perdices, pero sus fuerzas tampoco estaban como para tirar cohetes. Se metió en la mancha pensando en que lo mejor era alguna gabata o algún bermejo de carne tierna y mejor caldo. Deambuló por las trochas pisteando; pero sus ojos no eran los de antes y la falta de práctica nublaba sus sentidos. Recurrió a su olvidada paciencia y se dispuso a esperar en un paso. Nada. Sus mermadas facultades le jugaban malas pasadas y no supo si daba el aire o se meneaba mucho. El día se echó encima y los bichos se le encamaron. Aguantó la solanera y comió alguna bellota, que le amargó como hiel y resecó su gaznate. Adormecido en las matas recordaba tiempos de gloria y desgracias. Apenas podía fijar el recuerdo de la Blasa y el de las hijas mayores. La vida, la suya, transcurrió, a veces lenta, a veces rápida, ante sus ojos como si, sin saberlo, se estuviera despidiendo. Y así era, aunque él nunca lo supo hasta el último suspiro. No había sido muy listo para estas cosas. Ni para otras muchas.

Al Avelino lo aguardaron en el cebadero como a un marrano. Nunca llegó a saber de dónde vino la bala que le partió en dos el alma y lo dejó más seco que la mojama. Se despertó en la anochecida y atisbó la maleza en busca de su presa. La jabalina le olió y se le arrancó bufando. Por avatares del destino se repetía el lance que otrora le costara su desgracia. Pero esta vez no escuchó los cascos de los caballos ni le dio tiempo a jiñarse en los pantalones. Cuando encaraba, escuchó un disparo contrario. No era su cartucho buscando los cuartos de la cochina. No era el suspiro seco y profundo de la Pena negra en su postrera emboscada. No era nada que ya no hubiese sido… y el destino, avizorando, plantaba sus cartas sobre la mesa. No era suya aquella mano ni llevaba tres jamacucos para aguantar el farol. Por eso perdió… por eso había perdido siempre, porque los marcados bajo el estigma del mendrugo nunca aguantan los envites. Y si envidan van de falso.

Con el ánima escapando por la boca, aún tuvo redaños para estampar a la Pena negra contra una encina. Se partió en dos, como su vida, para siempre. No hubo tiempo para más. Dos lágrimas, furtivas, bajaron por su mejilla. La una por la misericordia del Resti. La otra por su niña chica.

 

Antonio Mata
Relato ganador del I Concurso
de Relatos Breves TORCAZ

Publicado en la revista Caza y Safaris