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Lo miré a los ojos y tuve la sensación de ver su rostro más pálido de lo normal, sin embargo ahí estaba, vigoroso, sereno y con las mismas ansias diarias de comerse el monte a zancadas. El amanecer sería húmedo, había llovido en la madrugada pero esperábamos que el sol calentara la montaña y nos regalara otro día ardiente como aquellos de Febrero. Aquí habíamos pasado la última noche en una casucha con techo de hojas de palmeras y dormimos en el zarzo sobre pieles de cordero arropados simplemente con el mosquitero, no hacían falta las cobijas. Dormir en el zarzo nos protegía de la humedad, de las serpientes y de los mosquitos. El perro tinajero no necesitaba nada más que cansancio para dormir, se rascaba las orejas con sus extremidades posteriores para arrancarse la última garrapata recogida en el rastrojo.

No amanecía todavía cuando llegó la hora de partir, nos colgamos la escopeta, los machetes y las maletas en donde llevábamos el almuerzo y un buen trozo de panela. «No hace falta llevar agua», le dije a mi padre. Entonces contestó con suma rapidez: «hoy podría sobrarnos el agua si San Pedro está contra nosotros». Tomé a Pinto (ese era el nombre del perro) por el cabestro y me puse en camino, serían las cuatro de la mañana, más atrás venía el viejo con sus sesenta años a cuestas y con el afán de siempre, «debemos apurarnos porque la lluvia puede borrar el rastro del tinajo». Pinto husmeaba los barrancos del camino avisando cada veinte pasos que estaba tras la huella de alguna de sus presas preferidas, pero le estrujé por el lazo haciéndole saber que hoy no queríamos otra cosa que no fuera tinajo, entonces el can agacho un poco la cabeza y metió el rabo entre las piernas por un instante, luego tomó el brío que lo caracterizó y continúo delante, casi llevándome de rastra.

No amanecía todavía cuando tuve la intención de preguntarle al viejo quién era ese tal Juan de la Tipa, pero yo había dejado de ser niño fantasioso como para pedirle que me recordara. Me envilecí en el pasado mientras recordaba que ese tal Juan de la Tipa era una leyenda, un viejito criollo que heredó la afición por la caza de su padre, un inmigrante español, y los secretos de la madre selva de su madre, una india matrona proveniente de la familia del cacique Cuchiman, allá en los Andes, cerca del Río Grande de la Magdalena. Juan no hacía otra cosa que cazar y cazar. Acechaba los tinajos en el río, las liebres en los zarzales y pastizales, los zainos y las dantas en el monte, el jaguar en los acantilados, hacía retumbar su escopeta en los rastrojos derribando tórtolas, chorolas, gualijos y paujiles; todo en compañía de su perro tinajero. Cuando fue adolescente su madre, conocedora de los secretos de los espíritus de la selva, le advirtió: «Juan: el día que hayas cazado por lo menos un animal de cada especie, la madre selva se vendrá contra ti, la creciente del arroyo te enterrará bajo el acantilado, pagarás tu hazaña con tormentos. Sin embargo, si eres audaz, otro cazador puede pagar por ti, deberás conducirlo con engaños hasta el acantilado y arrojarlo por el abismo, tú volverás a vivir hasta completar los años no cumplidos y el cazador tomará tu lugar de castigo». Pero Juan fue tan cazador que no supo en qué momento trasgredió la norma natural y fue sepultado por un trueno en el abismo.

No amanecía todavía y seguía pensando en los cazadores desdichados que habrían sido arrojados al acantilado a pagar con tormentos las hazañas de un tal Juan. Tal vez Nicolás Hernández, desaparecido en la montaña hacía unos treinta años, pero acaso —volvía a preguntarme— ¿por qué desapareció Nicolás Hernández? Entonces interrumpí mi meditación para averiguarle al viejo: «¿Recuerda a don Nicolás Hernández?», me contestó que sí, y a renglón seguido le pregunté nuevamente: «¿de qué murió él?»; «no lo sé», me dijo, y contrapreguntó: «¿usted lo conoció?”. «Sí, creo que desapareció en este monte», le dije. Y me hundí nuevamente en el recuerdo.

No amanecía todavía cuando soltamos a Pinto en un rastrojo espeso más arriba del acantilado; se empezaron a oír sus campanadas tras el rastro del tinajo, y como era de esperarse, el perro dio con el animal, entonces ladraba con ahínco, corría tras la presa en una carrera desbocada rumbo a Charco Azul; el viejo le enviaba ordenes por medio de silbidos ensordecedores, tan fuertes que yo podía escuchar el eco por los cuatro puntos cardinales. Me eché a correr buscando las pisadas de mi padre, dando saltos incalculables cuesta abajo, desenredándome los bejucos de los pies con suma rapidez. Pronto divisé el charco y junto a una piedra vi a mi padre atrincherado, con su escopeta apuntando al lugar más inesperado. «¿Y el perro?», preguntó. «No sé», le dije, «lo oí venir por el acantilado». «Yo también oí venir un perro por allá», me dijo, «pero no era el Pinto». Entonces escuchamos unos ladridos como de perro moribundo acantilado abajo, y Pinto llegó tras mis huellas aullando y con el rabo entre las piernas, se lanzó sobre mis hombros con firmeza. Arriba del acantilado escuché los insultos de un hombre que parecía desafiar a otro, de repente un gran estruendo sacudía el acantilado junto al chaco, logré ver entre la penumbra del amanecer los pies de un hombre que rodaba cuesta abajo y me quedé esperando su golpe sobre las mansas aguas. A cambio del golpe, un trueno galopó por la montaña y descendió cerca de nosotros haciendo resplandecer los pedriscos y agitando las aguas con bravura, el hombre nunca cayó al agua. Se vino sobre la montaña un aguacero descomunal, allá en la distancia cantaba el gualido complacido. Miré al viejo que temblaba de miedo como nunca (es la única vez que lo he visto temblar) y al perro buscando escondedero entre su pecho. Sentía mis piernas como palillos enclenques a punto de romperse. «Estos son los diablos», me dijo, «es hora de salir”.

Ya con la luz del día empezamos a salir del monte, no hacía falta llevar a Pinto de cabestro, se le notaba el miedo desde lejos; el aguacero era incalculable, no llevamos nada seco, aun más, la panela en la maleta empezaba a derretirse. De pronto, en un recoveco del camino, encontramos sentado a un señor con un niño como de ocho años, estaban descansando, se los veía cansados pero felices. Pasé junto a ellos sin distinguirlos y les dije simplemente «adiós señores», forcé mi mente buscando en los recuerdos ese rostro pálido y alargado pero fue inútil, no supe de quien se trataba. Mi Padre los despidió cabizbajo mirándolos de reojo y sin detenerse, pero una vez los dejamos atrás se pusieron de pie y caminaron tras nosotros, el perro aulló nuevamente y sentí mis huesos congelados, un temblor se apoderó de mí recorriéndome de los pies a la cabeza y luego en sentido contrario, apuré el paso y obligué a mi padre a que caminara con premura, entonces tomé de mi cuello un escapulario de la Virgen del Carmelo y lo apreté entre mis dientes. Me detuve para dejar que el viejo me adelantara, y cuando miré hacia atrás ya no vi los acompañantes en camino. Entonces tuve valor para intercambiar unas palabras con el viejo: «Usted los conoció». «Sí», me dijo, «era don Nicolás Hernández y su hijo». Volviendo sobre el camino me interrogué enmudecido. ¿Quién habrá desaparecido y fue sepultado hoy por Nicolás en el acantilado?

Chejo Marin
Colombia

 

 

 

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