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Recuerdo que de niño, un día cualquiera, los perros trataban de cazar un pequeño roedor que tenía su madriguera en un cedro gigantesco cerca de nuestra casa. Yo indagué a mi padre sobre el caso, a lo cual me contestó que se trataba de cumbrao, que no me preocupara por los perros ya que en corto tiempo estarían de vuelta, él no le dio mayor importancia a lo que sucedía. Como a los veinte minutos volvió mi perro Pinto con un ratoncito muerto entre sus fauces, mi padre, rápidamente, lo pringó con agua hirviendo, lo peló y lo hundió entre la olla donde preparaba nuestro almuerzo.

Luego de treinta años vino a mí ese recuerdo: me invadió la ansiedad de conocer de cerca esos roedores que tanto me distrajeron en antaño y que forman parte de las especies endémicas y anónimas de la tierra que me vio nacer. La idea inicial fue capturar una pareja de cumbraos para estudiar sus hábitos alimenticios y su ciclo de reproducción. Sin embargo no fue fácil cumplir el objetivo, la ciudad donde vivo me amarra con su tráfico pesado, con su telaraña de avenidas inundadas de automóviles ensordecedores; por fortuna o por desgracia es mi sitio de trabajo, mi lugar de supervivencia, aquí es donde desempeño mi humilde profesión de profesor de matemáticas.

Cada vez que tuve la oportunidad de hablar con un campesino, sin importar su procedencia, pregunté por este ratoncito y de esta manera fui conociéndolo con otros de sus nombres, «probablemente es el mismo animal», me decía. Un estudiante venido de los Llanos Orientales me dijo que por allá ese animalito era conocido con el nombre de «tintín», y cuando le propuse que me consiguiera un par, me dijo que no perdería su tiempo capturándolos, que más bien me vendía una danta de tres años que su padre había domesticado.

Viajé a los Llanos Orientales en las vacaciones del 2004 en busca del animalito del que me habló el estudiante, me hice invitar de Antonio, un cazador con experiencia, al río Ariari a cazar lapa —puesto que es cosa de niños cazar ratones, hubiese sido una vergüenza para mí revelarle que no estaba interesado en la lapa, sino en cazar una pareja de «tintines»—. Llevaba dos de mis perros tinajeros, que son intensos en el monte, pero Antonio prefería cazar la lapa posteada, es decir, camuflándose en la maleza por las noches a la espera del desprevenido animal. Me contó que los ratones llegaban antes que las lapas, «porque a ellos les gusta la misma comida», y que cuando ellos corren asustados es porque otro animal más grande se acerca. Entonces me pareció interesante postear lapas, tendría la anhelada oportunidad de ver los cumbraos en su estado natural. Esa noche, muy temprano, sentí cuando los animalitos llegaron a comer nueces y otros frutos silvestres, serían las siete de la noche, los vi encandilados por la luz de mi linterna de mano, se pasearon de un lado a otro en busca de las nueces que habíamos esparcido para las lapas, los detallé con prudencia hasta desilusionarme por completo: esos roedores no se parecían en nada a los ratones que yo conocí en mi niñez. Eran pequeños, 500 gramos en promedio, de color ladrillo en el lomo, y —«¡carajo!…» me dije— no tienen cola. Cuando regresamos a la rancha —casucha de madera techada con hoja de palma— le manifesté a Antonio mi deseo de capturar un «tintín» y que al día siguiente construiría una trampa para tal fin. Y así fue, estaba dentro de mi plan construir la trampa, por lo que ya tenía en mi 4x4 la malla, las tablas y los clavos necesarios. Al cabo de una semana de cacería comí lapa ahumada y capturé un «tintín», pero de cumbraos no supe nada. Era una hembra, que según mis conocimientos es un roedor que pertenece a la familia «Cavidae» —probablemente género «Cavia», parecidísima al cobayo de los altiplanos de los andes, excepto por su cráneo—.

Para las vacaciones siguientes viajé como de costumbre a las montañas de Santander. Llevaba una perra azul que pensaba regalarle a Jovino, otro viejo cazador contemporáneo de mi papá. Él me habló del cumbrao y se refirió a dos especies, uno colorado pequeño —pesaría una libra— y otro negro y grande de barriga blanca —de un kilogramo de peso aproximadamente—. Jovino tiene la sapiencia de un zorro viejo, como él no conozco a nadie cazando en la montaña con perros, le entregué la perra y se fue tan contento como un niño con un nuevo juguete, me prometió capturar una pareja de cumbraos colorados, no se comprometió a conseguirme cumbraos negros porque son muy descasos en los sitios que él frecuenta. El negocio era algo así como cambiar una perra experimentada cazando tinajo por un par de ratones de un kilogramo de peso —mal negocio—, pero satisfacía mi curiosidad. Al cabo de tres semanas, cuando nos volvimos a ver, traía consigo los anhelados cumbraos colorados en una jaulita de alambre dulce de unos 20 cm de arista, mi alegría fue enorme, mi perra estaba canjeada por un par de ratones, aunque en el fondo sabía que Jovino podría llegar a venderla por lo menos por un millón de pesos. Los cumbraos colorados son roedores parecidos a la rata común pero su pelaje es color ladrillo y duro, es el ratón espino, o rata espinosa. De todos modos, en Santander hace parte de nuestros platos favoritos, es un banquete que sólo se lo dan pocos campesinos, entre ellos Jovino.

Me encontraba más insatisfecho aún, ¿cómo conseguir un cumbrao negro? Pues así: viajando. Pasé la navidad del 2005 lejos de mi familia, en la serranía de los Cobardes, —también llamada cuchilla del Minero—. Allí el trópico no es agradable, y las especies para cazar abundan, especialmente las de aves grandes. Existe una en particular, de color negro azabache brillante con un pequeño coto amarillo que llaman gualilo. Me llamó mucho la atención; grazna en las madrugadas con un timbre tan profundo y particular que produce escalofrío y le hace temblar el cuajo al más valiente, tienes la sensación de estar frente al diablo en solitario, es un sonido sumamente intimidante. Supe que los cumbraos se amañan en los lugares donde les resulte fácil encontrar una madriguera, que comen yuca, nueces, plátano verde, algunas raíces y, en ocasiones, hojas frescas. Pues ahí puse mi trampa diseñada especialmente para cumbraos, un cajoncito de madera y malla donde, al cabo de cuatro noches de paciente espera, capturé el primer roedor.

Es hermoso, tiene un pelaje suave y frágil del color que conocemos «gris ratón» y la barriga es blanca, muy limpia. Sus garras son asombrosamente cortantes y sus dientes incisivos aun más. Es un animal de hábitos nocturnos, pero el mío ya se ha acostumbrado a salir de su madriguera en el día, incluso a alimentarse. He notado que resiste sin comer dos días y adquiere el agua necesaria para su subsistencia a través de los alimentos sólidos que ingiere. Este ejemplar pesa 1.200 gramos. También capture una hembra de 700 gramos, pero para mi desgracia no resistió el cautiverio, aunque los campesinos dicen que es fácil de domesticar. Seguro estoy que este cumbrao no irá a ninguna olla.

Chejo Marin
Colombia

 

 

 

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