Corría ya el año del Señor de 1969 cuando Jaime empezó a cazar en EE.UU. Esto fue después de ocho años de vivir en el país. Desde tierna edad había aprendido del ejemplo de su progenitor; y su propio instinto le había convertido en celoso y experto cazador. Pero su caza había sido, hasta llegar al Nuevo Mundo, de inocentes y canoros pajaritos cuando niño, luego de conejos y liebres, perdices, codornices y palomas. Ahora, ya asentado en el nuevo continente, trabó amistad un día con unos jóvenes carpinteros, que poco antes habían creado su fábrica de construcción de muebles antiguos en la vecina ciudad de Corpus Christi. En una fiesta de la colonia española en la costera ciudad texana, Feliciano y su hermano lo invitaron a su pequeño rancho a 50 millas largas de su casa.

En una camioneta Toyota azul, propiedad del menor de los hermanos, que eran originalmente de un pueblecito de Burgos, tan pequeño que después de buscar por horas y horas en un atlas detallado al final no lo encuentras, charlaban animadamente haciendo camino. El buen ebanista prometió entonces a Jaime llevarlo a cazar ciervos en el rancho lejano de otro español asentado en la misma ciudad como maestro mecánico. La promesa cumplida fue el comienzo de una larga amistad y de su dedicación a la caza mayor en el estado de Texas.

Los nuevos camaradas pasaron unas horas cazando gordas codornices. Y planeando o soñando en su futuro cinegético.

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Meses después, Jaime y Feliciano, y quizás algún otro amigo, fueron a distintos lugares a cazar y después alquilaron un rancho para entretenerse a lo largo del año. Jaime encontró frecuentemente lo que en Texas llaman “javelinas”. Realmente, son pecaríes, una especie de pequeños jabalíes o cerdos salvajes. Pero ni su carne es auténticamente sabrosa ni se buscan tanto como aquéllos. Pero se cazan, sobre todo cuando uno está empezando sus experiencias de caza mayor. Así lo hizo Jaime por algún tiempo y tiene relatos y recuerdos en abundancia. En este sentido, ha escrito sobre el tema un relato, con muchos detalles, titulado “Javelinas” y publicado en Caza y Pesca (junio de1987) y otro cuento, titulado “Un mal año de caza”, en Club de Caza (18 de enero de 2012), que trata parcialmente de los pecaríes y cerdos salvajes en Texas.

Frecuentemente, por este gran estado se ven cerdos de todos los colores (del marrón al gris y al negro) y tamaños, muchos que fueron domésticos en alguna ocasión y que luego se convirtieron en salvajes o se cruzaron con ellos. Su carne es, sin duda, mucho más apreciada que la de las “javelinas”. Algunos de estos cerdos son enormes de tamaño y pueden ser casi tan peligrosos como los auténticos jabalíes europeos, que en America se llaman “Russian boars”. Estos cuatro millones de cerdos salvajes en el país causan graves daños a la agricultura y a algunas aves por valor de unos 800 millones de dólares, por lo que se consideran una especie invasora y dañina; de aquí que muchos estados permitan la caza de estos animales sin licencias, con cualquier arma y en cualquier momento.

Los cerdos salvajes se introdujeron en los EE.UU. como deporte cinegético al principio del siglo XX. Y, mezclados con otros cerdos domésticos, aquí están cada vez más numerosos pues pueden criar dos veces por año, desde los seis meses de edad, pariendo hasta diez cerditos. Por otra parte, no tienen realmente depredadores.

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Mientras cazaban venados en un rancho texano, Jaime le contó un día a su amigo Feliciano su cacería de un jabalí español: “De mis experiencias con los pecaríes y cerdos salvajes en Texas —que nosotros gustamos frecuentemente— había hablado con mi cuarto hermano. Una vez que me llevó a cazar perdices al reclamo, mi hermano se animó, por mis comentarios después de haber visto jabalíes en aquel hermoso coto de El Estrecho de la Encarnación, a intentar cazarlos conmigo de noche. Fue una experiencia sin éxito. Yo casi maté un perro al que le disparé confundiéndolo en la oscuridad con un jabalí. De cualquier manera, la semilla estaba plantada.

Más adelante, Faustino estudió el tipo de rifle que deseaba para cazar jabalíes y me pidió que se lo comprara en Texas. Así lo hice y lo llevé conmigo en una caja de madera que me habías regalado tiempo atrás para llevar mi .270. Hasta tenía mis iniciales, que tú grabaste, y que coincidían con las de mi hermano. Cuando llegué al aeropuerto de Barajas, nadie me preguntó qué llevaba en aquella caja de ebanistería. Ya casi en la puerta de la aduana indagaron sobre su contenido. Y tuve que dejar allí el rifle. Empezó, entonces, el complicado proceso, durante muchos meses, para que mi hermano pudiera legalizar aquella arma.

Quizás un año después, Faustino me llevó a La Boticaria, la finca, o casi mejor debería decir el monte, familiar, el que mi abuelo había adquirido casi 100 años antes y que luego, con el tiempo, empezaría a producirnos algo más valioso que caza. Por algunos meses había ido preparando un puesto cerca de la casa del tío Jeromo, al comienzo del barranco de Ruiz. Era un sencillo y no profundo socavón alargado donde echaba diesel que atraía a los jabalíes para revolcarse y así quitarse las pulgas y garrapatas; cerca, semanalmente, echaba almendras, maíz, frutas o verduras que pudieran atraer a los puercos salvajes. Había notado ya que el lugar estaba tomado; los jabalíes visitaban el sitio y se comían el cebo que les ponía.

A menos de treinta metros había un arbusto y piedras grandes que podían ocultarme parcialmente. En aquella noche de luna se podría distinguir suficientemente al jabalí cuando se acercara, si yo tenía aquella suerte que deseábamos.

Antes de una hora de espera, con el rifle americano que le había traído a mi hermano en mis manos, vi en la distancia una sombra que avanzaba hacia el profundo bache que olía a diesel y a las almendras y algunas verduras frescas que habíamos echado al principio de aquella noche. La sombra se paraba a veces y de nuevo, siempre en profundo silencio, continuaba aproximándose. Ya le olía, pues el viento venía hacia mí.

Por fin iba a disparar a un auténtico jabalí, no a una “javelina” ni a un cerdo salvaje americano. Era ésta una nueva especie que añadir a mi experiencia cinegética. Cuando el jabalí llegó al sitio cebado y se cruzó, ofreciéndome todo su cuerpo como blanco, le disparé. La sombra larga apenas si se movió del lugar en que empezaba a comer las viejas almendras esparcidas por el lugar.

A los pocos minutos llegó mi hermano, con su perrita dachshund, muy feroz y sin miedo alguno frente a este tipo de animales. Comentamos sobre la experiencia. En concreto, le indiqué que aquel pequeño punto verde de luz fluorescente colocado a lo largo de la mira del rifle me ayudó mucho para acertar con el tiro. Después de meter en su furgoneta el jabalí muerto, nos dirigimos a nuestra casa de verano.

A la mañana siguiente, mis hermanos y sobrinos pudieron ver colgado de un pino el mediano jabalí muerto unas horas antes”.

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Posteriormente, en la misma gran finca al norte de Caravaca de la Cruz, El Estrecho, Faustino y Jaime buscaron y cazaron jabalíes.

Con el paso del tiempo, Faustino adquirió una gran maestría en este tipo de caza. Encontraba buenos lugares y sabía cebar bien a los jabalíes. Pronto se encontró con media docena de puestos donde se podía distraer preparándolos y cebando a los jabalíes; frecuentemente veía sus huellas y disparaba a los feroces animales. Con su fiel y apreciado rifle, bien preparado para disparar en las noches de luna, o en ocasiones con una potente linterna, Faustino era un hacha, el enemigo de los jabalíes en gran parte de la provincia. Todos sus amigos lo celebraban como tal. Cuando no cazaba perdices, en sus frecuentes paseos por el monte buscaba lugares donde preparar algún puesto para los jabalíes.

Jaime solía viajar a España cada dos años. Y su hermano le preparaba siempre alguna cacería. ¡Cuánto disfrutaba en aquellas ocasiones! Siempre apreció y agradeció los preparativos de su hermano. Hoy día recuerda con frecuencia y casi nostalgia estos gestos fraternos.

Uno de los puestos más interesantes que su hermano le preparó a Jaime fue en la finca ya mencionada, a una hora aproximada de donde vivían. El socavón mojado con diesel y las almendras y demás frutos esparcidos por los alrededores era lo normal de aquellos puestos. Pero el lugar donde colocarse y esconderse era muy distinto al del la cacería primera, ya mencionada. El lugar fue un hermoso pino desde el que se podía ver un gran espacio de terreno alrededor del comedero.

Una tarde se dirigieron al lugar elegido. Y ya oscureciendo se subieron al árbol, Faustino con una escopeta y una linterna, Jaime con el rifle. Llevaban también alguna cosucha para comer por si la espera se alargaba más de lo deseado.

El tiempo pasaba lento y sin novedad. La débil luna apenas iluminaba el gran bancal. Todavía no se veía animal alguno. Pero, de pronto, el hermano menor, quizás con mejor vista para la oscuridad, tocó a Jaime suavemente en el brazo. Descubrió éste, entonces, apenas una sombra que, recelosa y lenta, avanzaba medio zigzagueando en su dirección. Faustino había instruido a su hermano: “Cuando el jabalí se ponga de lado, en el momento en que vayas a dispararle, encenderé la linterna para que dispares mejor”.

Pero el hermano se impacientó cuando Jaime seguía esperando a que el animal se cruzara. Siempre es peligroso tardar en disparar, pues el olfato de estos cerdos salvajes es extremadamente delicado, al igual que su oído. De cualquier manera, cuando encendió la linterna, el animal se movió y Jaime no fue suficientemente rápido en disparar. Faustino casi se adelantó con la escopeta, cargada con bala.

Dispararon casi simultáneamente. Pero no descubrieron al jabalí muerto como deseaban y esperaban. Buscaron por un radio de 30 metros y no encontraron nada entre la escuálida y tiempo atrás acabada siembra.

Algunas palabras casi de reproche salieron de los labios de Faustino. No hubo más sino un triste retorno a casa en la ya muy avanzada noche.

Una semana después, los dos hermanos, comprobando si los otros puestos estaban o no tomados, pasaron cerca del lugar donde habían disparado al jabalí de noche. Notaron, curiosamente, algunas aves de rapiña en las inmediaciones. Y poco después percibieron un fuerte mal olor. Buscaron con redoblado interés por el bancal. A menos de 40 metros del famoso pino carrasco había un jabalí muerto, medio comido por las alimañas, maloliente. ¿Quién de los dos hermanos fue certero con su disparo? ¿Quizás los dos?

Este misterio, no importante en sus vidas, permanecerá para siempre.

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Jaime no recuerda cuándo. Pero en El Estrecho de la Encarnación, una mañana larga se preparó una gran cacería de jabalíes con una jauría. La enorme ladera principal de la finca, de varios kilómetros de larga y un kilómetro de ancha, llena de grandes riscos, pinos, sabinas, chaparras y otros muchos arbustos, se llenó por un par de lentas horas de fuertes ladridos, gritos de los que controlaban a los perros, en raras ocasiones un bufar y gruñir de jabalíes y algunos disparos; realmente, pocos. Por donde yo estaba preparado con una escopeta con postas, no pasó ningún animal. Creo que se mataron dos jabalíes. La ocasión sirvió más para que algunos lugareños y cazadores de la capital lucieran sus rifles con su mira telescópica, pavoneándose de lo mucho que habían pagado por un arma que, quizás, no sabían particularmente usar bien.

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¿Son los jabalíes de España más interesantes de cazar que las “javelinas” y los cerdos salvajes de los bosques texanos? Ciertamente los jabalíes son más peligrosos; quizás también más astutos, aunque Jaime tiene sus dudas al respecto. La carne de jabalí es, sin duda, más apreciada que la de los pecaríes, aunque la de los cerdos salvajes americanos es muy similar. Y, en tamaño, los jabalíes son mucho más grandes que los pecaríes. Pero una caza y otra son interesantes y difíciles. Claramente, para hacerlo bien y disfrutar, para tener éxito, hace falta experiencia, astucia, instinto, saber, dedicación. Y ya sea en España o en EE.UU., gracias a Dios, existen muchos lugares y muchos animales para el sustento y el entretenimiento de una buena parte de los cazadores de ambos países.


Francisco López Herrera