Texas es un gran estado americano, como todo el mundo sabe. Y es grande; se puede meter toda España dentro y sobra una tercera parte del estado. En muchos aspectos, es también rico. Entre sus riquezas, para nuestro interés presente, destaca su variedad en la caza. A lo largo del año, se pueden cazar legalmente, entre otros, animales considerados grandes, ciervos (el de cola blanca y el mulo), antílopes o berrendos, javelinas o pecaríes, cerdos salvajes y pavos; entre los pequeños, conejos, liebres, ardillas, mapaches, zarigüeyas, rinteles, armadillos; entre los de piel valiosa, zorras y linces; entre los depredadores, panteras, coyotes y tejones; y entre las aves, patos, gansos, becadas, faisanes, perdiz de chukar, codornices y palomas. Hay una época para cazar caimanes. Y, además, en algunos ranchos hay animales que llaman exóticos, que se pueden cazar en cualquier momento, como nilgai y otras varias especies de ciervos. Algunos de los animales mencionados se consideran "no de caza". Su regulación es menor y, en la práctica, se pueden cazar en cualquier momento en la mayoría o en muchos condados del estado.

Según las últimas estadísticas, el 78% de los americanos aprueba el ejercicio de la caza, pero sólo un 6% de personas lo practica. Posiblemente, en Texas sea mayor la proporción de cazadores.

La caza de la paloma es variada y muy entretenida. Como ocurre en cualquier país moderno, para poder cazar hay que tener permisos y licencias, quizás no tanta documentación como en España, pero sí la suficiente. A la licencia ordinaria de caza, hay que añadirle un sello para cazar palomas. También las fechas de caza son diferentes según la zona elegida. Para la paloma, Texas está dividida en tres zonas: la del norte, la central y la del sur (con el mismo número aproximado de condados). En la del sur, una sección estrecha del sur, llamada zona especial, se dedica para la caza de la paloma de ala blanca. La caza de la paloma se practica en cotos y ranchos privados y, aunque menos, en lugares controlados por el estado desde, aproximadamente, el amanecer hasta el atardecer en los días permitidos.

Según el año, así es el número de palomas que se pueden matar. Esto depende, fundamentalmente, de cómo ha sido el año climatológicamente. En algunos años, la lluvia cae en los momentos adecuados, la agricultura ha ido mejor y las palomas han tenido más crías. Por esto, los biólogos y las agencias estatales relacionadas con la cinegética establecen anualmente unos cupos. Por ejemplo, para este año 2012 que empieza a primeros de septiembre, se pueden matar 15 palomas por día y poseer un máximo de 30 en cualquier otro momento.

De una manera general, las fechas ordinarias para cazar paloma en el estado son algunas semanas de septiembre y octubre y luego de diciembre y enero. Las dos primeras semanas de septiembre se dedican a cazar sólo paloma de ala blanca en la zona especial del sur, a lo largo del río Grande o Bravo. Como se sabe, el nombre del río es distinto, según lo mencionen los americanos o los mejicanos. Curiosamente también, realmente este río ni es particularmente grande (se usa mucho para el regadío en los dos países contiguos) ni es bravo (apenas tiene zonas de fuertes corrientes).

La paloma más abundante, de un tamaño un poco menor a la doméstica, es la que se llama "morning dove" o paloma mañanera. La de ala blanca es menos abundante; ésta puede tener bastantes plumas blancas en las alas ("white-winged doves") o sólo en las puntas de las alas ("white-tipped doves"). La paloma de ala blanca abunda en zonas cercanas al río, más calurosas y cercanas a Méjico. En los últimos años, sin embargo, cada vez se ven más palomas de éstas en el norte de la zona sur, pues, según ha experimentado este cazador, el calor ha ido aumentando. Por poco observador que uno sea, hay aves canoras y multicolores que hace veinte años nunca se veían a 100 ó 150 millas al norte del río Grande; hoy día es frecuente disfrutar de sus bellos colores.

Si uno no quiere gastar demasiado dinero yendo a un coto privado, bien cuidado, con grandes bancales sembrados para atraer a las palomas, con charcas naturales en la tierra, con una zona residencial con cómodas habitaciones, restaurante, jeeps y guías, sólo hay que pasearse por distinto lugares tejanos en busca de terrenos controlados por el estado, o por caminos estrechos entre pequeños ranchos, o acercarse a rancheros a quienes no importe mucho que amables cazadores cacen en su propiedad, y más cuando éstos tienen una palabra cordial, un par de cigarrillos o una botella de fría cerveza. Por estos senderos, a lo largo de alambradas que impiden que el ganado vacuno se salga del rancho y se vaya a la carretera, suelen haber muchos árboles que sirven para cubrir al cazador. Es bueno ir con ropa de camuflaje, gorra que reduzca el brillo de las gafas y la escopeta sin que brillen mucho los cañones. Las palomas tienen una gran vista. Por esto hay que cuidar esos detalles y reducir también el movimiento. O sea, lo que normalmente se hace en muchos otros tipos de caza.

Al igual que el estado, también son grandes los bancales o campos tejanos. Fácilmente, se encuentran muchos de varios kilómetros cuadrados plantados a veces de especies atractivas para la paloma. Éstas prefieren siempre las semillas de girasol. Pero tampoco ponen mala cara al milo ("grano", entre los hispanos, usado para follaje de animales, fundamentalmente), al maíz y a campos de otros cereales, sobre todo trigo. También hay vegetación nativa muy atractiva para estas aves. A más comida, sin duda alguna hay más palomas y más oportunidades de disfrutar disparando muchos tiros.

La paloma, que vuela quizás más aún por la tarde cuando se dirige a sus lugares a pasar la noche, es un ave migratoria. Méjico es su base ordinaria. A veces, el cazador se acerca a un campo con todas las condiciones perfectas para atraerlas y, desgraciadamente, apenas vuelan. Y luego vuelve uno al mismo lugar, y difícilmente tiene tiempo para recargar y recoger las palomas muertas y prepararse para disparar de nuevo. Con frecuencia, en este último caso, cuando el cazador va a recoger la paloma muerta, ha de tirar de nuevo y, con suerte, recoge así dos o más piezas.

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Recuerdo muchas horas cazando palomas. ¡Qué excitante, en ocasiones, esas horas esperando bajo algún árbol, sentado en una pequeña silleta hasta el último momento, apretando el gatillo de mi paralela! Al principio disparaba con una Winchester automática del 12, con la que podía descargar tres cartuchos a varias palomas volando a mi alcance; sólo tres cartuchos, pues la ley obliga a que sean sólo tres y no los cinco que el arma puede disparar en teoría. Posteriormente, conseguí una Browning de cañones paralelos del 20, más ligera y rápida, más de mi estilo, que me recordaba la forma en que aprendí a cazar de joven. Además, si no le aciertas a una paloma con dos tiros, quizás es mejor dedicarse a otro deporte.

Recuerdo alguna ocasión, en que después de acabar el trabajo del día, mi esposa y yo montábamos en nuestro viejo Volvo y media hora después, a lo largo de algún sendero tejano, medio escondidos entre la maleza y a la sombra de algunos árboles, rociados con espray anti mosquitos, pasábamos un par de horas entretenidos para regresar a última hora de la tarde con diez o doce palomas en el morral. En esa época de la caza de la paloma, rara era la semana en que Juanita no cocinaba cinco o seis palomas en una sabrosa receta que le había dado su jefe en la universidad. Y, siempre, sus pequeños corazones los disfrutaba alegre nuestra pequeña Maricarmen.

Mis cazas habituales eran con mi amigo Feliciano. Por años, Feliciano y yo, viajando en su camioneta Toyota azul claro, con su capota para ocultar su interior y dormir en ella si se presentaba la ocasión, pasábamos unos seis meses del año cazando casi todos los fines de semana. Después de la paloma, cazábamos codornices. Luego la caza más excitante: ciervos, donde a la vez podíamos encontrar pecaríes, cerdos salvajes, linces… En diciembre-enero podíamos disparar a las codornices y palomas durante algún rato, en el centro del día, si nos apetecía. Naturalmente, antes de la temporada de caza, íbamos al coto que alquilábamos para prepararlo: cortábamos algunas ramas de árboles, arbustos y nopales demasiado crecidos de algún sendero, arreglábamos, o reponíamos si era necesario, los viejos puestos de madera y los limpiábamos de porquería de búho si alguno había anidado dentro; terrible el cuidado y la limpieza que en ese caso era necesario hacer.

Cazando palomas, tuvimos ocasiones fenomenales de matar más del límite diario exponiéndonos a que la guardia forestal pudiera multarnos. Tuvimos también tardes pegajosas, comidos por los mosquitos en el calor septembrino del sur de Texas, sin apenas pegar un tiro. Recuerdo, en particular, una mañana en un camino que frecuentemente cruzaban las palomas. Feliciano y yo nos situamos a 50 ó 60 metros uno de otro, para cubrir más terreno, en aquel camino donde también se posaban, tentadoras, algunas palomas en los alambres eléctricos de los recónditos ranchos tejanos. A veces, venían por la derecha, pero las más eran palomas que iban a comer temprano, casi antes de salir el sol, al enorme bancal que teníamos delante. Había estado sembrado de grano la temporada anterior. Estas palomas aparecían inesperadamente sobre nuestras cabezas; antes de darnos cuenta estaban fuera de tiro. Con suerte podíamos disparar una vez, pues son particularmente rápidas. Luego, después de un rato bien largo, mientras alguna que otra rezagada iba a comer, ya venían otras con el estómago lleno de grano en nuestra dirección.

Recuerdo, digo, aquella mañana porque repetidas veces le vinieron a Feliciano algunas palomas que parecían entrar ya muertas, como diciendo: "aquí estoy, recógeme". Pero no venían muertas, ni mucho menos. Venían, sí, derechas y bajas pero rápidas como ellas solas. Y Feliciano disparaba y marraba. Hasta tres tiros seguidos en varias ocasiones. Hasta que una de las veces, aburrido y mortificado ya, finalmente y a todo pulmón, con sonoridad y fuerza desusada, soltó tres veces, después de los tres disparos al aire, un "shit" fuerte y monosilábico que me hizo reír pues nunca se lo había oído gritar tan venido a cuento. El taco tan frecuente entre los americanos, en este caso con un suave dejo español, quedó como danzando por el aire fresco de aquella mañana, que al final no quedó mal, pues conseguimos nuestro cupo diario, creo que de 12 palomas aquel año. Aquel triple taco, repetido cada vez con más rabia y disgusto no lo he olvidado al cabo de los muchos años. Veo aún la cara de disgusto y desánimo de mi amigo. Los tres tiros a la misma paloma "muerta" que sobrevolaba su cabeza a poca altura, los tres disparos demasiado rápidos, habían ido a parar o "dar" detrás de la paloma. Feliciano no se daba cuenta que la paloma se le venía encima con mucha rapidez. Para cuando apretaba el gatillo con la paloma en su mira, necesariamente el tiro tenía que ser trasero. Cuando un ave rápida nos viene de frente hay que disparar —se suele decir— como un palmo delante de la pieza. No sé si Feliciano lo sabía o no, o si en el momento del entusiasmo, olvidó, como otro cazador cualquiera o menos hábil, lo que tenía que hacer.

A veces, pienso también (y lo comento en ocasiones, sobre todo cuando me pongo el traje de profesor de lengua) en la musicalidad de las varias lenguas. Y pienso en los muchos tacos españoles, sonoros y claros como ellos solos, tan frecuentes. Nuestra lengua, la que, quizás, usa más tacos y palabrotas en el mundo, pero no generalmente de una sílaba, queda, en ocasiones, corta frente a la inglesa, una lengua con muchísimos más vocablos o palabras monosilábicos, por lo que suele ganar en sonoridad y rotundidad en algunas situaciones. Pero sea como fuere, aquella ocasión, aquella mañana quedó para siempre plasmada en mi recuerdo por la voz de mi amigo.

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Una o dos veces fui con Feliciano a cazar palomas de ala blanca al "Valle", como llaman impropiamente a la zona del sur de Texas a lo largo del Río Grande. Digo impropiamente porque no hay valle alguno. Está el río al sur; el resto, a cualquier otro lado, es llano, sin montañas ni aun colinas por ningún lado; sólo terrenos de arbolado y campos de cultivo, desde naranjos y otros frutales hasta toda clase de hortalizas. Es una zona variada y fértil. De cualquier manera, en zonas cercanas al río, muchos rancheros y labradores cultivan también girasoles, a veces otras plantas, para atraer a las palomas de ala blanca durante su caza esas dos primeras semanas de septiembre. Es un negocio que tienen muy bien montado. Un par de individuos te detienen en el camino de entrada a sus bancales cercados para que nadie entre a escondidas. Allí se paga. Y te sitúas en cualquier lugar desocupado del sembrado, ya sea de pie o, mejor, en una silleta de aluminio y lona.

Recuerdo que por los años de la primera década de 1980 cobraban 40 dólares por escopeta durante las dos o tres horas en que se podía disparar. Aquella tarde, seríamos 30 ó 40 cazadores en un enorme bancal, entre girasoles, con escopetas escupiendo plomo, casi con humo por la frecuencia del tiroteo. Cada uno ocupaba un lugar de no muchos metros de diámetro. Disparábamos y nos cuidábamos de los tiros. La cercanía no hacía imposible algún perdigón perdido en nuestra dirección. Por supuesto, pronto cubrimos el cupo estatal del día. Mi amigo y yo matamos más del cupo, pero perdimos alguna paloma muerta entre los girasoles. Y las contamos con cuidado. Lo más curioso para mí fue ver a varios guardias del departamento de caza y pesca de Texas en las alturas de los estrechos caminos de salida esperando a los cazadores que salían. Nos paraban, claro. Y contaban las palomas que llevábamos. Sé de muy buena tinta que si te pasabas de lo permitido por la ley te quitaban la escopeta mientras se hacía el expediente. Tenías que regresar al lugar, en nuestro caso más de 100 millas de distancia, para pagar una buena multa y quizás recuperar el arma. Sólo algún loco atrevido o mentecato se atrevía a contravenir las órdenes estatales en aquel ambiente concreto.

Con este sistema, cada paloma de ala blanca costaba un ojo de la cara. Al permiso privado de cazar aquella tarde había que añadir los gastos del viaje, los cartuchos y la cena fuera de casa; a más de la licencia ordinaria de caza y el sello especial para las aves migratorias. Por lo demás, aquella cacería fue una experiencia que se mantiene fresca en mi memoria después de 30 largos años.

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Un amigo de descendencia mejicana, pero con nombre italiano, de la Universidad del Sur de Texas, donde yo enseñaba literatura española, me comentó un día que a unas 20 ó 30 millas de Rexton tenía un trozo de tierra —una pasta, le llamaba— para unas vacas que criaba o quería criar. Eran quizás sólo cinco acres limpios de maleza que se unían a un trozo de bosque cerrado, con una pequeña laguna o charca grande, única por muchos kilómetros a la redonda, por lo que al atardecer venían muchas palomas a beber antes de irse a dormir. Podía ir a cazar cuando quisiera, me dijo. Si él no estaba por allí, debía saltar la cerca dejando el coche en la carretera.

Fui entonces con mi esposa a conocer el lugar. Y me gustó. La charca era como la tierra prometida de las palomas de varios kilómetros a la redonda. Maté el cupo diario de aquel año, y mi mujer se lució como un gran perro "trayendo" las palomas muertas, hasta sin saliva ni estropeadas por tener la boca dura. Y como algunas palomas caían en el agua, sabía sacarlas sin mojarse. Los huisaches y mezquicopales que nos rodeaban ofrecían largas y flexibles ramas para usarlas como caña de pescar. Casi parecía que cazábamos y pescábamos al mismo tiempo. Hasta que descubrimos, por desgracia, que había muchas tortugas hambrientas y carnívoras que empezaron a morder y hasta hundir las palomas medio rotas por tantos mordiscos.

Otro día invité a mi amigo Juan a acompañarme. Juan era el capellán católico de la universidad y enseñaba, en ocasiones, algún curso de español pues tenía su doctorado de la gran Universidad de Texas en Austin. Como buen castellano, de recia voz y clara mirada, de joven y en algún viaje a la madre patria había cazado distintas especies de animales; es decir, sabía disparar, aunque no tenía escopeta. Pero yo tenía las dos escopetas anteriormente mencionadas. Con nuestras armas colgadas de los hombros y cartuchos en las bolsas, nos adentramos en la maleza después de cruzar el pequeño ranchito. La charca tenía bastante agua y estaba rodeada de arbolado bien tupido. No era necesario esconderse debajo de ningún árbol, ni siquiera llevar ropa de camuflaje. Para cuando la paloma asomaba para tirarse a beber agua en la gran poza, ya no le era posible escapar sin darnos cómoda oportunidad para dispararle, al menos una vez.

Pronto empezó el tiroteo. A veces, se hizo bastante frecuente. Y las palomas empezaron a caer cerca de nosotros y en la gran charca. Si caían en el agua, pero relativamente cerca, rápida y fácilmente las recogíamos como había hecho Juanita anteriormente. Cuando caían más dentro, esperábamos para recogerlas después, quizás creando un pequeño oleaje —pensábamos.

Pero, de nuevo, la (para Juan) desagradable sorpresa, mostró su fea testuz. Las tortugas que yo ya conocía, con la cabeza un poco más grande que una canica, daban urgentes mordiscos y fuertes tirones a las palomas muertas y flotantes en la superficie del agua. Esta situación se repitió demasiado frecuentemente y perdimos unas cuantas palomas, por las muchas tortugas hambrientas. Teníamos ya que disparar pensando en dónde debían caer las palomas heridas o muertas. Finalmente abandonamos el lugar después de haber pasado una tarde entretenida y conseguido algunas "morning doves".

Regresamos al mismo lugar, por lo menos otra vez. Creo recordar que las tortugas eran más voraces y rápidas que las veces anteriores. Claramente estaban cebadas a la fácil comida; no había duda que la sangre y la carne las atraía, algo que yo ignoraba.
Aquel lugar y aquella forma de cazar palomas apenas la había practicado antes de aquellas pocas ocasiones. Sin duda, un charco con agua en medio de varios ranchos tejanos es un lugar privilegiado, cómodo y tranquilo para cazar la paloma tejana, especialmente cuando hace calor y no ha llovido mucho.

Francisco López Herrera