Fue su primera dálmata. Y no una dálmata ordinaria. Era una dálmata con manchas de color marrón claro y ojos también muy claros. El veterinario del pueblo cercano a la histórica iglesia de St. Ambrose jamás había visto un perro dálmata de ese color. Sabía esto sólo por libros.

Era de raza pura y, en cierto sentido, única. Y, sin embargo, no tenía papeles; no era una perra registrada. Sus primeros dueños, por dejadez o alguna otra dificultad, nunca los solicitaron o consiguieron. Eran aquéllos una pareja mayor que no podía ya cuidar bien a la perra. Se enteraron por amigos comunes que Jaime buscaba perro. Entonces, generosamente, se la regalaron. Debía tener un par de años escasos. Parece que su nombre era ‘Sally’. Como no le gustaba el nombre, el nuevo dueño ‑quien recordaba ese nombre de una gran perra de caza que su padre había tenido de joven‑ la bautizó con el nombre poético y musical de ‘Tosca’.

¡Cuántas alegrías y compañía le dieron aquella perra durante dos inolvidables años! Vivía solo y aislado entre grandes campos de patatas y cereales y de monte bien cerrado, y frecuentemente, paseaba hasta el cercano cementerio de la iglesia a lo largo de un camino limitado por espesa vegetación y grandes árboles llenos de “Spanish moss”. ‘Tosca’ era su diaria y, a veces, única compañía.

Recuerda un día en que fue a la ciudad cercana, Saint Augustine, para asuntos o compras, como hacía con alguna frecuencia. Al vivir en un campo cercano al pueblecito de Hastings (“Potato Capital of Florida”), San Agustín, la ciudad española más antigua de los Estados Unidos, situada en el nordeste de Florida y a sólo dieciséis millas, era un lugar obligado para todo lo que no fuera su trabajo directo como trabajador social con la gente de la zona. Dejó a ‘Tosca’ perfectamente bien, frente a la casa; le gustaba corretear por los amplios terrenos y campos vecinos. Podía refugiarse bajo la casa elevada sobre sólidos pilares. Tenía amplia sombra bajo aquellos robles centenarios donde se veían y, frecuentemente, oían retozonas ardillas dando saltos, acumulando golosas los deseados frutos y buscándose continuamente.

Cuando regresó dos o tres horas más tarde, Jaime no encontró a su perra, que siempre le esperaba saltando o moviendo el largo rabo de alegría y afecto. La llamó repetidamente y no vino a él. Finalmente, oyó unos gemidos que salían de debajo de la casa. Al agacharse, la descubrió tumbada intentando acercársele. Se arrastraba literalmente entre dolores que le impedían ponerse erecta. Cuando finalmente la pudo tocar y le ayudó a levantarse, la examinó pensando que quizás alguien podría haberla golpeado o haber peleado con algún otro animal. Nada raro encontró.

En esos momentos pasó por allí una amiga que venía de visitar a su madre, guapa viuda con bastantes hijos que era su vecina más cercana, a trescientos o cuatrocientos metros. Como es típico en estos lugares, por la mucha vegetación, su casa no era visible desde la suya. Su amiga le preguntó si tenía algún problema con la perra. Al narrarle los síntomas y decirle que iba a meterla en su coche para llevarla al veterinario, la joven le mencionó que por aquellas zonas había unas garrapatas llamaban “dagger ticks” que si se prendían del lomo de un animal, tocándole quizás algún nervio fundamental, lo paralizaban lentamente hasta matarlo, aunque fuera un caballo. Debía, pues, examinarla bien.

Y, efectivamente, al comienzo del lomo, al acabar el cuello, ‘Tosca’ tenía una garrapata blancuzca, gorda y reluciente. Pronto se la quitó. Un cuarto de hora después la perra corría retozonamente como si nada le hubiera pasado.

Años después, ya en Texas A&I University, Kingsville, donde enseñaba, Jaime explicaba un cuento de Horacio Quiroga, titulado El almohadón de plumas (publicado por primera vez en 1907 en Caras y Caretas), sobre una especie de garrapata descomunal que poco a poco “chupa” la vida de una joven casada. Este es un cuento que puede o no inspirarse en la realidad. Pero, también por esta época, leyó en un periódico algo verídico: un niño, ya varios días en un hospital neoyorquino, cuya vida poco a poco se iba apagando sin que los médicos supieran la causa. Sin embargo, tuvo suerte cuando una enfermera que regresaba de tomar un curso sobre reznos y garrapatas lo examinó y descubrió una garrapata en su cuero cabelludo. Pronto el niño mejoró totalmente.

Descubrió de esta manera nuevos indicios de cierta barbarie de la naturaleza en aquella América, parte del Nuevo Mundo, su segunda patria. ¡Tantas cosas nuevas y grandes y peligrosas que un español no podía conocer o comprender, sencillamente por venir de un país viejo donde la naturaleza estaba más domesticada y no era tan salvaje como la de aquellos lugares!

Al paso del tiempo empezó a llevarse a ‘Tosca’ de caza. Poco a poco la iba enseñando a rastrear y echar gordas y multicolores codornices. Más adelante, salía con un hombre mayor que pidió acompañarle. Éste le enseñó (y Jaime a él también) algunos interesantes lugares en los bosques del condado St. John. El viejo Ambrose, así bautizado por haber nacido a la vida del espíritu en aquella iglesia vecina, le llevaba más de treinta años. Cuando iban de caza, el joven cazador le sugería a veces separarse y cazar por zonas paralelas para luego encontrarse en otro sitio; así aprovechaba para ir un poco más despacio y descansar de tanto andar. Ambrose, con más de sesenta años, casi le agotaba. Y eso que siempre fue un buen andador. Claro, Ambrose había sido cartero por muchos años, cuando los carteros andaban más y montaban menos en coche. Le costaba trabajo decirle que en la caza no hay que ir muy rápido; no es lo importante cubrir grandes distancias.

Un día de caza, mientras descansaban a instancias del joven sentados en dos hermosos troncos de unos caídos árboles, Ambrose, que llevaba aquel día un perro de un amigo, no particularmente bueno para aquella caza, comentó que ya ‘Tosca’ iba mejorando, pero que no sabía mantener la muestra. Era la verdad. Cuando su perra tomaba el rastro de las codornices andaba casi corriendo y se alejaba más de lo que él quisiera. Le era muy difícil dominarla; él tenía que andar también con rapidez para poder disparar a la codorniz que echaba. Claro que había cazado solamente cuatro o cinco veces.

Ambrose le ofreció entonces un caramelo. Era un caramelo gordo y redondo, del tamaño de una castaña. Cuando empezaba a chuparlo y lo tenía en el lado derecho de la boca, entre los dientes y la mejilla, se levantaron y empezaron a andar. Casi inmediatamente ‘Tosca’ se puso de muestra. Jaime le dijo a su viejo amigo: “¿Qué? ¿No dices que no mantiene las muestras? ¡Mírala!”. Y entonces la dejó que mantuviera la muestra posiblemente durante un minuto. Finalmente, le mandó que avanzara. La hermosa codorniz salió a menos de quince metros de distancia, derecha, baja, alejándose de ellos. Cuando se echó la Winchester automática del 12 a la cara se hizo daño con la culata, golpeándose el carrillo al presionarle el caramelo contra los dientes. Entonces separó la escopeta, abrió la boca y con la mano izquierda presionó sobre la mejilla derecha para pasar el caramelo al centro de la boca. Con todo esto, tardó mucho en disparar a la veloz codorniz que ya se había alejado demasiado. Marró. Fue una auténtica lástima: si hubiera matado aquella codorniz, ‘Tosca’ le habría traído la pieza, como bien sabía hacerlo, y después de grandes aspavientos y elogios la perra habría ido descubriendo lo que el cazador quería que siempre hiciera. De todas formas, la acarició y se rió mucho con Ambrose.

En aquella ocasión, el joven cazador tuvo también que animar a Ambrose al enterarse que, años antes, éste accidentalmente disparó durante una cacería, con tan mala suerte, que algunos perdigones se impactaron en la espalda de un amigo. Por esto, cuando Ambrose le pidió acompañarle al ir de caza, iba como de mirón, aunque llevaba escopeta. A Jaime le costó algún tiempo infundirle confianza.

Otro día cazaba solo con su perra a cien metros de su casa en una zona muy tupida de monte bajo lleno de bajas palmeras (o ‘palmettos’, corrupción del español “palmito’) y otras muchas y desconocidas plantas medio tropicales de ese increíblemente fértil estado americano donde tan frecuentemente llueve. ‘Tosca’ iba sólo a cuatro o cinco metros de distancia, por la dificultad en moverse y porque Jaime la obligaba a mantenerse cercana. De pronto, hizo una magnífica muestra. El cazador se situó lo mejor posible para quizás ver así la codorniz volando. Cuando mandó a la perra y saltó ésta sobre la pieza, nada voló. Grande fue su sorpresa cuando ‘Tosca’ levantó la cabeza con una codorniz en la boca. Jaime dejó cuidadosamente la escopeta en el suelo y la llamó. La perra fue acercándose lenta, la cabeza levantada por los muchos arbustos que obstaculizaban su marcha, la presa en su hermosa boca. Cuando él estiró la mano para coger la codorniz, su perra abrió la boca y la codorniz voló rauda y libre fuera del alcance de ambos. Apenas pudo dispararle, ya muy lejos, recogiendo del suelo la escopeta. Su ‘Tosca’ tenía la boca suave; era una perra gentil y amable.

Meses después, en enero de 1968, Jaime dejó su profesión y se fue a Florida State University a hacer estudios graduados en literatura española. Tuvo que dejar a ‘Tosca’ mientras se instalaba en casa nueva y resolvía otros muchos asuntos del traslado y nuevo estilo de vida. La dejó con Susie, su vieja cocinera negra. Al cabo de tres meses, regresó a su antiguo lugar y habló con ella. Tenía malas noticas. Una serpiente de cascabel le picó a la perra que acostumbraba a meterse por los bosques de los alrededores; iba sola, como de caza. Parece ser que las serpientes huelen de modo parecido a las codornices u otros tipos de caza. La perra estuvo hinchada dos o tres días pero, como no recibió ayuda médica alguna, no sucumbió a la crisis.

Francisco López Herrera