El amigo Cansino es un viejo cazador. Entre sus puestos en el Rancho Las Escobas tiene uno todo de hierro. Es un trípode de redondas, fuertes y altas patas. Un círculo pequeño de metal sirve de soporte para los pies.

Una tarde de primeros de diciembre subo a su trípode y me siento en el sillón con asiento de plástico. Me acomodo bien y seguro; una caída desde diez o doce pies de altura, y más con un arma, podría ser grave. Preparo el rifle sobre el soporte frente al sillón. Estando totalmente al descubierto es importante no moverse para no ser detectado por los venados o cualquier otro tipo de caza que pueda salir. Y empieza la espera en una tarde cálida y soleada.

El viento apenas sopla. La copa de los huisaches y los mezquicopales apenas se rizan; rara vez cae una hoja. La vegetación es espesa; espero, naturalmente, que algún venado salga a uno de los tres senderos que parten de la base del trípode. El de enfrente y el de la izquierda son mis preferidos; no necesito girar o he de hacerlo muy poco; están, además, en el coto del que soy arrendatario. Frecuentemente, los venados cruzan lentamente los senderos; antes de cruzar, a veces, se detienen medio cubiertos en la espesura; otras veces suelen pararse cuando van a cruzar bajo la cerca de alambre espinoso. Para incitarles a que se detengan, antes de subirme al puesto, he esparcido maíz en el sendero.

Una hora después, a mi izquierda, asoma un joven varetón. Está tan cerca que inmediatamente le noto una herida en el anca derecha, grande como un plato y bastante profunda; el animal se mueve con imprecisa cojera. Me mira; un rato después de no notar movimiento alguno se aproxima a la cerca, la cruza y comienza a comer maíz, ya en mi potrero. Diez minutos más tarde se interna en la espesura.

No quiero disparar todavía a un varetón; aún menos si está herido. Tengo la impresión de que, si nadie le mata, este animal se curará; come con apetito y parece alerta; sólo una infección grave lo destruiría.

Ha sido ésta una interesante experiencia. Un tanto triste, a la vez. Algún cazador debió tirarle a ese ciervo y no fue certero en su disparo.

El resto de la tarde transcurre sin acontecimiento alguno digno de notar. El sol se pone delicado, con tenues colores, mientras cardenales y sinsontes llenan el aire de bellos sonidos y colores. Con el rifle en bandolera desciendo poco después del puesto, poniendo cuidadosamente los pies sobre las cortas barras soldadas a una de las patas del trípode a manera de rústica escala. A la distancia se divisa la camioneta azul de Félix, compañera y testigo de muchas tardes mejores.

Esa noche en el campamento uno de los yernos de la dueña del rancho dice que cuando la caza está herida se debe matar y enterrarla; así se impiden las infecciones posibles que las moscas, entre otros insectos, pueden transmitir, por ejemplo, a un ciervo sano.

A la mañana siguiente Félix y yo nos situamos en puestos a media milla de donde estuve la tarde anterior.

El amanecer templado es excepcional. Una suave brisa riza el firmamento. El pincel daliniano nunca fue tan delicado para crear el cielo. El sur de Tejas es generoso con su belleza para el cazador que sabe usar sus sentidos al cien por cien.

El sol anaranjado se alza lento. Cerca oigo un tiro a las ocho de la mañana; poco después, en la dirección en que está mi compañero suena otro disparo. Por el sonido parece que ambos erraron su objetivo. ¿A que le tiraría Félix? Por fin, sin ver nada, a las nueve y media monto en la camioneta de mi camarada y lo recojo; disparó al venado herido, a unas ciento diez yardas y falló; quiso matarlo instantáneamente y le tiró al cuello como yo había hecho días antes a un hermoso seis puntas. Reconoce que a esa distancia hay que buscar el brazuelo o el centro del cuerpo.

Han pasado ocho días desde que viera al venado herido. Mientras tanto, he contado a un guarda de caza mi experiencia. Piensa que es mejor dejar actuar a la naturaleza; si el animal es fuerte, en condiciones normales se recuperará totalmente; en pocos meses será un animal como los demás, como antes de la herida. Y me cuenta un par de anécdotas al respecto.

Cuando me subo al puesto, el mejor y más grande que ha construido Félix, la luna está casi en el final de su cuarto creciente. No hace frío. El lucero de la mañana brilla intenso. Se ve la sombra del puesto bien recortada en el sendero. Los coyotes ululan con más intensidad que en otros amaneceres; y también más cercanos. Cantan bella o desafinadamente muchos pájaros cuando las sombras se van difuminando. En la distancia un resplandor, una palidez luminosa, se extiende por los claros del bosque; es una suave niebla que avanza. La luna amarilla blanquea ya, quizás por los efectos de la boria. Los senderos nacarados expresan animadas sombras por piedras y pequeños matorrales. El movimiento y el ruido en los árboles aumentan. El día está naciendo lleno de promesas. Como dice el refrán sobre la niebla ratera, buen día espera.

La ligera neblina levanta pronto. Casi detrás de ella una cierva aparece por el sendero y se acerca a comer del comedero automático. A los pocos minutos desaparece. Corre el tiempo en busca del sol que avanza. En el sendero más tupido y oscuro, cuando todavía no se ve bastante, descubro un venado no grande a unas ciento cuarenta yardas. Me aseguro con los prismáticos; es un varetón. Dudo qué hacer. Pero me quedan sólo tres semanas de caza y Félix me insiste que no espere; puede que ni siquiera salgan varetones. Así le ocurrió a él el año anterior. Decido entonces tirarle al cuello; si fallo será porque voy a tener otra oportunidad.

Pero mi tiro es certero. El Winchester .270 se porta perfectamente. El animal cae en el mismo lugar donde estaba parado cuando intentaba cruzar la brecha. Dejo pasar cinco minutos mientras sigo alerta, con el rifle semiencarado y mirando al animal caído por la mira telescópica. No se mueve. Entonces bajo del puesto y me aproximo a mi triunfo. Está gordo –pienso y limpio. Pero, ¡ay!, al darle la vuelta descubro que tiene una herida como un plato pequeño, no profunda y recubierta de una concha sucia de hierbas y arena. ¡Es el varetón de la semana anterior! ¡Qué pena! Siguiendo la opinión del guarda estatal no pensaba matarlo, sino dejar que la sabia naturaleza actuara. Ahora tendré que hacer lo que dicen los rancheros. Limpiarlo y arreglarlo no puedo; como creen ellos, el animal tiene fiebre; la carne no es ahora buena.

Arrastro entonces al animal a una zona tupida y alejada del puesto. Si el sábado próximo quedaran restos de este venado, quizás no espantarían a otros que se pusieran a tiro desde el puesto de hoy. Aunque, estoy casi seguro, los coyotes darán cuenta del pobre animal.

La espléndida mañana, como fruta estragada, ahora amarga.

Esa tarde, la del domingo trece de diciembre, Félix me deja otra vez en el puesto del trípode. Pienso en la otra tarde, la del ciervo herido, ahora muerto. ¿Por qué no podría haber salido un venado grande y sano en aquella ocasión? ¿Por qué no podría salirme hoy el animal que deseo? Es fácil soñar despierto en la soledad de estos inmensos y monótonos ranchos tejanos.

En los árboles, cada vez más deshojados, cantan con voz desagradable varios green jays, especie de arrendajos americanos. ¡Qué bello es este pájaro travieso y arisco, posiblemente el ladrón más hábil del maíz que echamos en caminos y comederos, con su fuerte color verde, mezclado de amarillo en la cola, y el negro que le tapa los ojos y parte de la gorda cabeza a manera de antifaz! Como en otras ocasiones, algún cardenal, de intenso rojo con negro alrededor de ojos y pico, y algún sinsonte, de tonos gris, blanco y negro, gran imitador de sonidos de varias especies de animales, entretienen mi espera.

"¡Si se repitiera lo del otro día, pero sin heridas...! Vamos, vena...". Mis pensamientos quedan interrumpidos cuando por el sendero a mi izquierda, como a cien yardas, asoma un hermoso ciervo, grande, bien formado, posiblemente de ocho puntas. Como aquel herido parece que quiere asegurarse que no hay peligro al cruzar el sendero. Viene del potrero vecino; marcha en dirección al mío. Es decir, tengo unas diez yardas para poder dispararle cuando comience a andar. Mientras me mira, enhiesto y curioso, permanezco como una estatua; ni siquiera parpadeo. Luego mueve ligeramente la cabeza como si oliera algo que viene del norte, de la dirección que lleva. "¿Estará siguiendo el rastro de alguna venada? Al fin y al cabo estamos ya en la berrea", me pregunto.

El escaso minuto que el venado está parado, con medio cuerpo en la espesura, y sin dejar de otear en mi dirección, parece un siglo. Por fin, da unos pasos cautos, recelosos. Un arbusto lo tapa cuando se aproxima a la cerca de alambre espinoso. No tiene prisa ni viene hostigado; por ello no salta la cerca, sino que hace ademán percibo confusamente de agacharse para cruzar por entre los alambres. Es éste el momento que he estado esperando. Cuando el animal se alza y comienza a cruzar a buen paso el sendero limpio de mi rancho, la cruz del anteojo de puntería de mi Winchester está fija en su brazuelo. Ni un segundo más pasa cuando el sonido del disparo rompe la quietud de la tarde.

Como me ocurre en ocasiones, cierro instantáneamente los ojos. Cuando los abro veo al animal coceando en el aire herido de muerte.

Dejo pasar siete u ocho minutos. Luego, con el rifle siempre preparado, recorro el sendero hasta llegar al lugar donde estaba el venado. Efectivamente, en el suelo hay huellas violentas y sangre. Con cautela sigo el rastro. Veinte yardas más adelante, caído sobre un pequeño arbusto con ramas recién quebradas, está mi venado de la suerte.

"¿A qué santo le rezas?", me preguntará Félix. Como rezar, no, pero desear con fuerza, sentirme optimista y con una actitud positiva mientras estaba a la espera, soñando, sí que lo hice. Donde ocho días antes tuve una experiencia nueva y actué con integridad de buen cazador, hoy me sonrió la suerte como una bella dama a la que persiguiera decidida, generosa y largamente.

 

Francisco López Herrera