La cerca corre entre el Rancho Eleuterio y el de Santa Cruz. Quinientos metros de alambre espinoso y postes de madera algo torcidos separan ambos terrenos. Los puestos, desde los que cazamos el viejo coronel, en el suyo bajo y de madera, y yo, en el mío alto, de patas de hierro y amplio, son símbolos de la lucha y ambición humanas: buscamos la misma carnada esperando que la suerte, la rapidez o la habilidad decidan quién conseguirá el triunfo.

El rancho vecino tiene buenos y limpios senderos; Eleuterio es un hombre aseado, cuidadoso, que se preocupa del detalle. El rancho que mi amigo y yo rentamos es pequeño, con mucha maleza, mal cuidado; su dueño es un hombre gordo y bueno, pero abandonado. En los dos años últimos Félix y yo hemos trabajado como mojaditos, a base de machete y hacha, en el terrible calor de muchos días veraniegos del sur de Tejas, abriendo brechas, anchas algunas, pero no tan limpias ni claramente tan usadas como las del rancho vecino.

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Está oscuro cuando subo al puesto a las seis menos veinte. A las seis en punto Eleuterio y sus dos hijos muchachos entusiasmados por la caza desde temprana edad pasan en su camioneta junto a mi puesto, por su sendero. Cuando los veo aparecer a doscientas yardas, brevemente les enciendo mi linterna: me gusta que sepan dónde estoy; las balas que usamos ¡son tan destructoras! Aún no han pasado diez minutos cuando otra "troca" tejana viene por el mismo sendero y se para junto al "puesto del coronel"; también le lanzo rápida ráfaga de linterna y más rápida, pero callada, maldición: alguien, quizás el viejo coronel anglosajón, va a cazar desde ese puesto, a diez yardas del mío. Pero, en fin, cada uno tiene derecho a hacer lo que quiere en su propio lugar.

Es una mañana suave y llena de sol a principios de la segunda semana de noviembre. Este año la "tirada" ha comenzado más temprano que de ordinario. Pienso a ratos y deseo en todo momento que si algo sale del Rancho Eleuterio pase rápidamente al mío para que el otro tirador no tenga tiempo de tirar; o que si sale del mío se entretenga lo suficiente en el camino y yo sea rápido y certero. Y el tiempo corre su marcha segura hacia el futuro incierto...

Despierto sobresaltado de mi cabeceo de segundos. A más de ciento cincuenta metros, esbelto y atento, se muestra un gato montés en el sendero vecino. Quizás también por ello reacciono lento; no puedo tirarle y menos con otro cazador a ese lado. Cuando cruza la cerca desaparece en un abrir y cerrar de ojos entre la maleza de la margen de mi brecha. ¡En mala hora!, pienso; ¡mala suerte! Debí prepararme al verlo… y esperar. Pero aprendo para otra vez, para algo más importante y valioso. Y también me digo, casi en alta voz: "No hay mal que por bien no venga".

Mi atención es ya total. Cuarenta minutos después (son las ocho y cuarto de la mañana), a sesenta metros a mi izquierda, una "venadita" aparece en el sendero del cazador vecino. Atenta, inmóvil, las orejas rectas, escruta el sendero sin torcer la cabeza. Inmediatamente, me echo el Winchester .270 a la cara: yo tengo permiso para matar una venada y quiero hacerlo pronto en el año como recomiendan los biólogos, para que así haya más comida para los venados restantes . Treinta segundos después, andando, cruza bajo la cerca. ¡Oh, alegría! Cuando mete la cabeza entre los alambres, al echar las orejas atrás, descubro dos puntas: ¡es un varetón! Se yergue y sigue andando. Sin esperar más (en dos yardas desaparecerá de mi vista), aprieto el gatillo. El estampido y la caída del animal parecen simultáneos. Inmediatamente se levanta y vuelve a cruzar bajo la cerca; busca el refugio en el terreno conocido que breves minutos antes anduviera cauteloso. A través de la mira telescópica de mi rifle le veo una naranja de sangre junto a la pata donde comienza ésta a separarse del cuerpo. ¡Es mío!

El coronel se sale de su puesto; entonces yo me bajo del mío.

—Lo hirió, me dice.

—Sí, no hay duda.

—Vamos a buscarlo.

—¡Lástima! Fue un tiro algo bajo, no muy bueno.

—Todo tiro que consigue su pieza es buen tiro añade generosamente el coronel jubilado.

Veo que hay sangre donde el venado cayó. Vuelvo a la camioneta y cambio de rifle. Me gusta usar el Marlin 30/30 para andar por entre la maleza; es pequeño y más ligero. También me pongo el cinturón con el revólver no se sabe cuándo hay que rematar al animal y cruzo la cerca al lado del coronel. Seguimos el rastro claro y abundante de sangre. A las veinte yardas mi "venadita" está tendida inerte, sin vida. Y entonces le descubro que de un cuerno salen dos pequeñas puntas donde se podría colgar un anillo. La "venadita" tiene, pues, cierta cornamenta.

 

Francisco López Herrera