El cazador experimentado coincidirá conmigo en que, a pesar de haber matado bastante, creo que éste ha sido un año malo. El que no entiende mucho dirá: ¿cómo un año malo habiendo conseguido tantas piezas y disparado tanto?

He aquí un recuento del año: maté primero un bobcat o lince americano. Vi dos juntos de distinto tamaño, pegué un tiro, y no quedé muy satisfecho. Bajé del puesto a mirar y no encontré nada ni señales de sangre. Pero entonces cuando dudaba si buscar o no, oí suaves rugidos. El sonido venía de una dirección; pensé ir en esa dirección y oí de nuevo otro rugido en lugar diferente. Me quedé entonces dudando qué hacer. Y, en ese momento, como a diez metros de distancia, apareció en la orilla del sendero el animal esperado. No llevaba más que el revólver, mi Smith & Wesson 38 especial. Sin perder tiempo le disparé al hombro y quedó tendido en el lugar, sin moverse. Era una gata grande. ¿Por qué salió gruñendo? ¿Sería por defender a su cría? ¿Estaría el animal pequeño muerto? ¿Quizás herido? ¿Volvía simplemente al lugar de acecho donde codornices y palomas comían el maíz del comedero automático? No sé. Busqué en la otra dirección, pero no encontré ningún otro bobcat herido ni huellas de sangre. El caso es que, a principio de temporada, como a las cuatro y media de la tarde, conseguí un apreciado trofeo.

Otro día, a ciento sesenta y cinco yardas de mí, salieron dos venadas y una cría. Dudé un poco a cuál tirarle; al final elegí la que estaba más separada de las otras para así evitar herir a dos. Desde el puesto nuevo de la esquina del fondo del rancho le disparé y allí la maté; no se movió del sitio. Como cosa curiosa noté que diez minutos después la otra venada y la cría estaban comiendo a siete u ocho yardas al lado de la muerta. Me entretuve haciendo algunas fotos. Cuando fui a mirar por qué había caído tan perfectamente a esa distancia descubrí que, aunque el tiro le había entrado por la parte alta del hombro, el hueso había desviado la bala y se había clavado en la parte alta del espinazo.

Una mañana de finales de noviembre, yendo en la "troca" de mi compañero de mi puesto al suyo, como a las diez de la mañana, descubrí en su sendero diez o doce javelinas a cien yardas de distancia. El viento soplaba de ellos hacia mí. Me bajé de la pequeña camioneta, agarré el rifle y decidí acercarme a los animales. Andando con cautela, ¿cuánto me dejarían acercarme? Tenía curiosidad por saberlo. Los animales, grandes y pequeños, comían maíz confiadamente. En pocos minutos llegué hasta menos de treinta yardas; su fuerte y desagradable olor llegaba claramente hasta mí. ¡Qué buenas fotos pude haberles hecho! ¿Por qué no tomaría la cámara en lugar del rifle, pues no tenía intención de tirarles?

A mediados de diciembre, un sábado por la mañana fui al Rancho Las Escobas. Al llegar al campamento descubrí que no había ningún cazador. Decidí quedarme entonces en el mirador que está más o menos en el centro del coto. El silencio era absoluto. A las siete y cuarenta, como a quinientas yardas de distancia, por el gran sendero totalmente recto de de dos kilómetros de largo, venía en mi dirección un animal negro, que claramente se veía por el tamaño que no era un pecarí o javelina americana. Otro sendero cruza a unas doscientas cincuenta yardas el sendero por el que venía el marrano, pues para entonces ya sabía que era un cerdo salvaje.

Entonces ajusté el compensador de balas de la mira telescópica del rifle para esa distancia, porque suponía que al llegar al cruce el animal se iría a la derecha, hacia la presa o estanque que hicieron en el rancho. Efectivamente, el marrano, al llegar a ese cruce, se paró un segundo mirando en mi dirección e inmediatamente dobló hacia la derecha; en ese momento disparé. A los cinco minutos me bajé del puesto. Conté los pasos y eran doscientos treinta largos hasta el lugar. Había sangre, pero sólo la encontré por siete u ocho yardas en la dirección en que el animal había salido herido; las huellas no eran muy claras y pronto se perdieron. Fui en dirección al estanque intentando encontrar al animal; cuando están heridos buscan la humedad. No lo encontré. Pero mientras regresaba, lo hallé muerto a treinta yardas de donde le había pegado el balazo, en un sitio fácilmente visible.

Una tarde, justamente el Día de Reyes, ya finalizando la caza, me salió una venada al puesto pequeño y viejo, desde el que he matado tanto en el pasado cuando cazaba en San Isidro. Apenas lo he usado este año, pues al principio me picó un tabarro en la espalda y perdí simpatía por el mirador. Eché un poco de maíz en los caminos como hasta ciento cincuenta yardas. Ya cuando apenas quedaba luz, a las seis menos cinco, salió a un sendero una venada mediana. Mientras esperaba a ver que ocurría, vi asomar la cabeza de otra que me pareció más grande. Quedaron juntas. Busqué el cuello de la de atrás y como estaba a unas ochenta y cinco yardas el tiro fue certero.

Una mañana bien temprano estaba en el puesto de Sims. Entonces salió una cierva como a ciento sesenta yardas. Le apunté al cuello y fallé el tiro. Después, como a doscientas yardas, salió otra y también fallé mientras le apuntaba al pescuezo. Por eso es por lo que luego disparé a un coyote a doscientas yardas justas para reforzar y comprobar mi puntería. Efectivamente, allí se quedó, sin mover un pelo; ni siquiera se le cayó un trozo de carne que llevaba en la boca. Dos minutos después, sin apenas darme cuenta, salió otro coyote al lado del muerto, le quitó la comida al primero y desapareció. No le pude tirar, pero al poco llegó otro, quizás el mismo, y entonces estando pegado al muerto, le disparé y lo maté. Cuando acabé el puesto, fui a investigar; ¡había visto tantos coyotes esa mañana! Algo raro, ciertamente. Descubrí entonces que a diez yardas de los coyotes muertos había una venada medio comida, matada quizás esa madrugada; la sangre estaba casi fresca y la carne no dura ni tiesa. Por eso había tantos coyotes por los alrededores.

Sin excusarme por los fallos, he de decir que fallé venadas por tirarles al cuello a más de ciento cincuenta yardas. Hay que considerar que tienen el cuello bien estrecho. Creo que es una tontería disparar así, a no ser a últimas horas de la tarde; nunca en el centro del día o por la mañana, como fueron esos casos.

En diciembre, cuando sólo había matado una venada y notaba que estaban todas muy nerviosas y salían muy lejos, estando en el puesto de la esquina, me salió a trescientas veinte yardas una venada. Eran las cinco y media de la tarde. Le busqué el cuerpo, ajusté el compensador de la mira telescópica y disparé. Como luego me dijo Félix, que estaba a un kilómetro escaso de distancia: "¡Qué tiro tan bonito, Paco! Se oyó el 'pim, pam' por haberle dado al animal claramente." Medí la distancia, vi la sangre, encontré ramas quebradas de un arbusto donde la venada cayó en su huida, busqué y rebusqué la pieza, pero al poco tiempo ya no se veía. Al día siguiente, Félix, desde el mirador en que se encontraba, oyó muchos coyotes y aun vio que se acercaban en la dirección general por donde yo había perdido el rastro de la venada. También yo descubrí, dos días después, auras y otras aves de rapiña volando alrededor y posándose en árboles de la zona. Busqué un poco más, pero nada encontré. En estos ranchos del sur de Tejas el arbolado es tan tupido, todo es tan igual, sin alturas ni árboles especiales... Es muy difícil precisar distancias y direcciones; hasta es fácil perderse.

Otro día laborable, todavía de vacaciones, estaba en un puesto. Me entretenía ajustando el compensador de balas, jugando un poco con él, cambiándolo con frecuencia; en un momento determinado, me pareció que la ruedecilla de ajuste de distancia estaba muy suave. Seguí a la espera. Por fin, salió una venada a doscientas yardas, le apunté al brazuelo, y el tiro fue alto. Después empecé a andar por el coto; estaba solo y sin vehículo; Félix había tenido que ir a Laredo. Cansado de andar casi todo el día, como a las dos de la tarde llegué al mirador de Víctor, me senté para descansar un rato, y a los veinte minutos, cuando pensaba bajarme, vi salir al sendero como a cien o ciento veinte yardas una venada y algo más detrás, entre la maleza, lo que resultó ser un varetón de cornamenta de tres pulgadas de largo. Le tiré también al cuerpo y el tiro fue igualmente alto. Félix, que llegó una hora después, me dijo: "Algo te ocurre, tú no fallas así a estas distancias; algo le pasa a tu rifle. Toma mi 30/30 que para doscientas yardas o cosa así está bien". Pero ya no vi nada. Luego, de noche, examinando el anteojo de puntería, descubrí que estaba roto; se le había quebrado el tornillo de plástico que sujeta la ruedecilla del ajuste. Por eso fallé aquel día los dos tiros. Al regresar a casa, arreglé el anteojo. Después lo comprobé y ajusté en el lugar de tiro que existe fuera de la ciudad. Descubrí que tiraba seis pulgadas por lo alto a cien yardas de distancia.

Dos días después, miércoles por la noche, volví al rancho. A la mañana siguiente de ese 6 de enero me salió un macho con cuernos de una pulgada escasa de largos. Dudé si tirarle, pero la temporada tocaba a su fin. El animal se acercaba comiendo maíz mientras le seguía por la mira telescópica. De pronto sonó un tiro; eran las nueve y veinte. Animado por ello decidí tirarle. Lo hice a la cabeza, a una distancia de unas ochenta yardas. Ahora tenía confianza en mi rifle y en mí. Cayó al suelo instantáneamente y se levantó tambaleándose. Lo busqué por más de dos horas, siguiendo un rastro de sangre, a veces grande, otras casi imperceptible, por más de una milla, hasta que las huellas pasaron al rancho vecino. Volví al campamento, hablé con los amigos, comí algo y decidí buscar de nuevo al animal herido. Pero después de una hora más, de dos a tres de la tarde, con intenso calor, perdí definitivamente el rastro. Noté una cosa curiosa: el ciervo herido huyó siempre en dirección norte con precisión magnética.

La mañana del último día de caza me subí a un árbol. A las siete salieron a un sendero seis marranos de unas cinco o seis arrobas, cuatro negros y dos rojos, y, durante una hora, estuvieron comiendo frente a mí desde cincuenta hasta ciento ochenta yardas. No quise tirarles. ¡Pero disfruté enormemente durante una hora! Hasta que un viento norte, frío, que soplaba en dirección a los cerdos, llegó poco después de las ocho, y los animales, casi inmediatamente desaparecieron del sendero al llegarles mi olor.

Por todo lo narrado, digo que el año ha sido malo. Pero, ¿por qué si conseguí un bobcat, dos venadas, un marrano grande y maté dos coyotes, otra venada y un pequeño varetón? ¿Por qué, si aprendí más sobre las javelinas? ¿Por qué, si pude matar dos o tres marranos más y acabar con broche de oro la interesante temporada? ¿Por qué el año fue malo? El lector experto sabe que digo esto, simplemente, porque lo que el cazador normalmente busca es un macho, con cuernos, y cuantas más puntas mejor.

Esa es la razón fundamental. Por ejemplo, Víctor, un ministro bautista, cuyo mirador fue montado en un sitio aparentemente malo a juicio de todos y a mediados de temporada, mató un nueve puntas (el animal más grande que se llevó al campamento en toda la temporada) y, desde un mirador portátil, un cinco puntas. ¿Cuántas veces cazó el amigo Víctor? Echó sólo seis o siete puestos, en los cuatro días que fue al rancho. Y otro conocido que echaría diez o doce puestos, unas veces bebido y otras, borracho, disparó a un venado de ocho buenas puntas una tarde en que estábamos los dos en el mismo sendero largo. Sólo encontró un lado de la cornamenta; yo la tuve en la mano; estaba cortada casi a ras de la cabeza. ¡Mala suerte! Pero vio y tiró a venado que, cornudo de un solo lado, ha ido esta temporada detrás de venadas. Yo, sin embargo, hice nueve viajes al rancho, estuve allí un total de quince días, eché treinta puestos; hasta pasé dos días enteros, de casi trece horas seguidas, andando y a la espera. Y lo que se dice venado, venado, ni verlo.

Conclusión: en mi estimación, el año no fue bueno, aunque sí variado y muy interesante. Y, además, con esta historia se quiere sugerir lo importante que es la cornamenta. ¿Es realmente así?

 

Francisco López Herrera