Levantada la veda del venado en este segundo día de mediados de noviembre voy a un puesto en el Rancho Las Escobas. Mi amigo Félix lo construyó con primor y él es un ebanista de primera. Su tamaño es de cuatro por cuatro pies, con miradores a cada lado, cubiertos cada uno con dos rectángulos de plástico transparente. Puerta cómoda y fuerte y un techo también de plancha de madera prensada recubierto de teja de asfalto, fibra de vidrio y gravilla. Las patas son postes cuadrados de cuatro pulgadas de grueso y diez pies de altura. Una sólida escalera se adosa al puesto por el lado de la puerta que, naturalmente, es el lado sur.

Es un mirador nuevo en un sitio nuevo. Mi cuñado Marcos estuvo el año pasado en este lugar en su puesto metálico portátil. Al no seguir con nosotros en "El papalotito" (sección de Las Escobas), Félix y yo pusimos inmediatamente este blind en el cruce de senderos de la zona este del potrero. Marcos me contó que vio dos venados jóvenes a los que no les pudo tirar; supone, naturalmente, que este año también anden por estos terrenos.

Es la primera vez que cazo el lugar en este puesto nuevo, pintado de camuflaje. Estoy entusiasmado, bien ilusionado y lleno de optimismo. "Hoy le he dicho a Félix cuando lo dejé en su puesto es mi día; caerá uno bueno". A Félix le hace gracia mi confianza en tantas ocasiones repetida, las más equivocadamente.

Me subo al puesto nuevo que tiene alfombra sin estrenar y una cómoda silla giratoria, casi sin utilizar, nunca usada en la caza. Como dice mi compañero de aventuras cinegéticas, este año no nos privamos de nada. Que no nos privemos de matar bastante y bueno es lo que yo deseo. Este año tiene que ser fabuloso; hasta permiten por primera vez en mucho tiempo que se abatan dos venados y dos venadas en la temporada.

La tarde antes Félix y yo echamos maíz por los senderos que se cruzan bajo el puesto. También, al rato largo de amanecer, el comedero automático, situado a ochenta yardas al oeste, esparce maíz en un círculo de unas cuatro o cinco yardas de diámetro con su distintivo sonido metálico. Diez minutos después, como si brotaran de la tierra, una venada y un pequeño varetón comen cerca del comedero. Durante media hora se nutren lentamente de maíz mientras se acercan paulatinamente al puesto.

Por el extremo opuesto del sendero, por la zona junto a la que escondí la camioneta de Félix, aparece entonces un manojo de codornices. Son más de quince, ya bien crecidas y gordas. En este trozo de camino no echamos maíz; suponemos que los animales no se acercarán al lugar próximo a la "troca". Efectivamente, las codornices se internan entre los matorrales y vienen a salir casi debajo de mi puesto y, al oler el maíz húmedo por el rocío mañanero, corren raudas en dirección a los dos venados que siguen paciendo tranquilos e imperturbables. ¡Qué espectáculo en breves segundos! Las grandes codornices tejanas, la bobwhite o colín de Virginia, se mezclan con los venados y se meten repetida y atrevidamente entre las patas de los cuadrúpedos. Con frecuencia, con su rápido picoteo, casi quitan el maíz de la boca de los ciervos. A cincuenta yardas, con una cámara fotográfica con teleobjetivo, ¡qué foto tan extraordinaria¡ Nunca había visto tan reposada y claramente un espectáculo tan singular. Poco a poco las codornices se internan en la espesura. Los venados comienzan a recelar al acercarse a unas treinta y cinco yardas del puesto y, moviendo de vez en cuando el rabo, señal de intranquilidad, se encaminan también hacia los arbustos al suroeste del cazador.

Casi inmediatamente, por el oeste, aparece un coyote. Como las codornices anteriormente, se interna en la espesura. Sale al sendero del norte y se acerca rápidamente a un pequeño comedero que tenemos colgado de un arbusto; mi cuñado lo usó el año anterior y lo había rodeado de alambre espinoso para que el ganado vacuno no se comiera el grano. ¡Increíble! Lo nunca creído ni jamás oído sucede: el coyote empieza a comer del maíz del bote metálico y parece que lo hace con gusto. ¡Cuánta hambre tendrá! Pronto, sin embargo, no comerá maíz; la temporada de caza ha comenzado y en breves días, quizás horas, los coyotes comerán de los animales, venados y javelinas principalmente, que se pierden heridos y mueren horas o, a veces, días más tarde.

No hay duda; hoy es un día de novedades.

Intenso, paciente, feliz continúo mi espera. Las siete de esa única mañana dieron hace bastante tiempo. De pronto, al girar la vista, veo la cabeza y el cuello de un hermoso venado, al menos de seis puntas, que asoma al sendero más estrecho y cerrado, el del sur, el que da a la puerta del puesto, el que parece menos transitado por los animales del rancho. En ese momento mira hacia el suelo, quizás hacia algún grano de maíz. Viene del mismo cuadrante del bosque de donde salieron y adonde volvieron la venada y el joven varetón. La paciente espera y el no disparar a los venados anteriores han dado fruto.
Con movimiento rapidísimo que el amplio puesto facilita tomo mi Winchester .270 y me lo encaro. Un segundo después la rauda bala da certera en el cuello del animal que se desploma instantáneamente muerto en el mismo lugar en que estaba parado. Sin lugar a dudas, éste ha sido el mejor disparo de mi vida, el primero en que le tiro a un ciervo al cuello. Son ya siete años de caza de venado usando el mismo rifle y tengo confianza en mí mismo y en mi equipo. Además, el animal estaba a cincuenta yardas.

Espero diez minutos contemplando al ciervo, al principio preparado con el rifle por si acaso. El balazo suele derribar al venado, pero, a veces, si el tiro no es en algún lugar especialmente vital, el ciervo se levanta y hasta corre por breve tiempo y puede ser difícil encontrarlo después. Luego, bajo del puesto y me acerco lentamente a examinar mi presa.

Efectivamente, tiene seis puntas, recias, paralelas, iguales; la cornamenta forma tres cuartas partes de un círculo. Está gordo. El cuello mismo lo tiene algo hinchado; posiblemente ya va detrás de venadas. Sin embargo, en el cálido sur tejano la berrea no comienza normalmente hasta mediados de diciembre.

Son las ocho menos cuarto. Todavía he de esperar una hora bien larga para recoger a Félix. Vuelvo entonces a la "troca", dejo el rifle y el resto del equipo y me voy con mi navaja de monte a limpiar tranquilamente al animal.

Mi navaja es nueva. El año anterior estuve más de once meses en España en visita sabática. Entonces, con el fruto de mi primer artículo en una revista cinegética española, compré en El Corte Inglés de Murcia una navaja alemana hecha a mano; una Puma, modelo "Duque". Es una herramienta extraordinaria. Corta limpia y suavemente la piel del animal. Como no tiene nada roto en el cuerpo y como corto sin prisas y con cuidado, nada se rompe en el interior del cuadrúpedo; apenas si la sangre me mancha la mano izquierda. Luego, arrojo lejos los intestinos del ciervo; en uno o dos días habrán desaparecido; es decir, habrán sido devorados por coyotes, quizás, entre ellos el hambriento de esta mañana. Cuando regresemos seis días después no quedará ni el olor.

Vuelvo a la camioneta, me limpio las manos y, marcha atrás, llevo el vehículo hacia el venado. No hay por qué trabajar arrastrando un venado que bien puede pesar ya limpio más de 190 libras. No me es fácil subir un animal así muerto los dos pies de altura a la abierta puerta de la caja de la camioneta; cuando levanto una parte del cuerpo, la otra se me escurre y cae. Por fin, ato los cuernos a un lado de la camioneta subiendo la cabeza y cuello lo más alto posible y, entonces, aunque con algún trabajo, meto el resto del cuerpo en la "troca" azul, que ya empieza a ensuciarse con lo que tanto gusto da. Después, lentamente, con el corazón gozoso y la sonrisa abierta y grande a flor de boca, me dirijo en busca de mi amigo.
Parabienes, comentarios, detalles, preguntas, información… Lo de siempre. Me siento alegre, pero, en cierto modo, incompleto; ¡desearía tanto que también Félix hubiera matado ya!

Ya en el campamento se comprueba que mi venado es el más grande y mejor formado de los conseguidos este fin de semana. Después de muchas preguntas y de otras tantas respuestas aclaratorias detallando mi éxito cinegético, después de enhorabuenas y apretones de mano, mi amigo y yo limpiamos la sangre de la camioneta, preparamos un rápido almuerzo y vamos también colocando nuestro equipo en el vehículo. Queremos salir del rancho inmediatamente después de comer, pues tenemos dos horas de carretera. Y como es domingo, deseamos dedicar unas horas a nuestras familias.

 

Francisco López Herrera