Varias son las plazas en las que esta tarde se dan festejos, meditaba aquel aficionado con la cabeza ligeramente inclinada hacia arriba mientras observaba su jaulero tal como lo haría leyendo los carteles de la fiesta nacional.

Hoy quiero ver una gran faena. Sin mover la cabeza repasaba visualmente los casilleros como aquel que lee las líneas donde se anuncia la terna. Intentaba adivinar quien podría dar el campanazo aquella soleada tade de viento calmo. Durante breves instantes paraba el movimiento de sus ojos en “Curro Romero” y como si un atrayente iman llamaran la atención de las pupilas, éstas se iban al casillero de “Juán Mora” , después detenía su atención en “Perera”, “El Cid”,  “Morante” y otros que ya había efectuado memorables faenas.  Mientras le colocaba el vestido al elegido esuchó  una llamada de la parte alta del casillero a la que respondíó: Maletilla”, no, hoy no. Hoy quiero ver a un gran maestro. Se que contínuamente pides una oportunidad y por ello te ofrezco una capea mañana a las diez en el tentadero del espigón.   

Lentamente, con una sonrisa en los labios y la barbilla levantada avanzaba por la calle larga del pueblo camino de donde se celebraría el festejo. Al llegar al final de la calle  entró, como es costumbre en el bar  desde el cual podía ver, a lo lejos , la plaza. Allí se respiraba la emoción previa a una gran tarde. Niño, ponme una copa de cazalla y un farias. Muchos eran los corrillos todos en convesación con un único tema: su afición.  La puerta del bar permaneciía abierta de par en par por el contínuo trasiego de entradas y salidas de los aficionados mientras los camareros voceaban y corrian de un extremo a otro de la larga barra.

Para si mismo se dijo Me voy despacito para la plaza, que aunque hay tiempo a mi me gusta llegar con antelación para acomodarme sin prisas ni aspavientos. En su caminar hacia la plaza elegida, y como es lógico ante tales acontecimientos, le invadía ese expectante interés de lo que pudiera suceder aquella tarde. No es cienca exacta lo que pueda suceder en una plaza pero él estaba seguro que sucediera lo que sucediera siempre sacaría algo positivo de ello, pués él no era un expectador por moda sino aficionado de corazón, y por ello sabía leer y entender todos los movimientos. No era un simple expectador como los muchos que hoy llenan las plazas. Él sabía en cada momento el porqué sucedian las cosas, el porque se comportaba de una u otra menera el citador y el citado.

Tomó asiento en su aguardo como el que se acomoda en barrera. Colocó la sayuela en la tronera como si el maestro, aquella tarde, le hubiese ofrecido su capote de paseo.Eran las cinco en punto de la tarde cuando miró hacía el repostero viendo allí a su perdigón como, estirado, sacudía las plumas esperando que el presidente sacara el pañuelo para comenzar el paseillo. La emoción subió a lo más alto cuando el pájaro lanzó al aire su canto retardor. Ese canto casi le hace ponerse en pie.

Saltó a la plaza en arrolladora carrera.. Altivo. Altivo y soberbio dispuesto a llevarse por delante todo lo que le estorbara en su correr. Altivo, soberbio y mentiroso era aquel cinqueño de magníficas defensas que quiso hacerse dueño de la contienda y quitar de los carteles al mestro.  Se revolvía con tal furia que culquier neófito lo hubiese tomado por bravo, pero  la escuela que de largo traría el expectador le hacía ver que más que bravo era bravucón, y ello se demostró cuando el reclamo tiró más de una vez el ala al suelecillo como un gran torero arrastraría, lentamente, los bajos del percal por el albero sometiendo a su oponente. Entonces fue cuando “Cantó la gallina” al querer dejar la pelea y buscar insistentemente el punto por el que había venido. El maestro no se lo dejaba ir con pases de castigo como el regaño y el aguileo. Lo entendió y lo sujeto haciéndole una de esas faenas en la que algunos espectadores no ven más allá de cómo la mansedunbre de un toro no permite al diestro torear, pero donde otros ojos son capaces de traducir e interpretar en todo su explendor una verdadera obra de arte.

Como el alguacil entrega las orejas al diestro, este hombre ofreció aquel perdigón a su reclamo. Como aquel aficionado que salta al ruedo para subir a hombros al artista, este hombre se lo colgada a su espalda para llevarlo sobre ésta hasta su “hotel” mientras por el camino y dirigiéndose a su pájaro le decía: Tiene usted razón maestro, todos los toros son toreables. Consiste en ver el problema que cada uno de ellos plantea, pensarlo, y darle solución a esas incongnitas. Y usted siempre ha sabido hacerlo. 

Cuando  hacía  entrada  por la calle  larga escuchó  una voz que con desprecio le decía: ASESINO. Vovió su cabeza y observó como un hombre que paseaba a un perro le estaba insultando. Sin contestarle continuó su camino mientras en su pensamiento aparecián las imágenes cuando los antitaurinos insultan y faltan al hono a los aficionados al salir de una corrida. Son cuatro… ¡Pero que poderío están cogiendo!. Si claro cuatro pero muy unidos, nosotros no lo estamos, pensó.

Eleno