Paco de Tena “Campore” —ANCREPER—

Corrían los años sesenta cuando en una de esas noches de insomnio anteriores a los días de caza, había dos temas que me ocupaban la mente. Uno de ellos era cómo cazar la tórtola en terreno abierto, donde no hubiera vegetación, siendo el segundo cómo cazar al perdigón en el puesto, sacándolo de la jaula, es decir, al natural.

Fue en aquellos años cuando obstinado en esta segunda idea lo intenté tres veces desistiendo al final y después de un exitoso fracaso. La primera vez cogí un ovillo de cuerda fina de cáñamo, de aquella que mi difunto padre usaba para atar las cañas cuando construía un tejado. Luego saqué con cuidado al perdigón de la jaula, lo até por una pata y lo volví a meter quedando el ovillo recogido por fuera de la misma. La idea no me dejaba tranquilo, así que a la tarde siguiente cogí la bicicleta (una BH con piñón del 24), la jaula con el perdigón dentro, y mi vieja escopeta de perrillos del 16 y tomé rumbo a la pared de “La Rata”, donde había un puesto de piedra ubicado en la punta de una pared que servía de linde entre el coto mencionado y las tierras de labor de Campanario. Dejé escondida la bicicleta entre unas peñitas cercanas, y así, con la escopeta en la tronera y la jaula colocada al lado del viejo pulpitillo de piedra que permanecía allí de antaño, deslié el ovillo y llevé el extremo del cordel hasta el puesto después de pasarlo por un agujero de entre las piedras bajeras. Lo dejé en el interior del mismo enrollado en una piedra para asegurarlo. Éste un rito que cuando lo estaba realizando me ponía nervioso y me producía un manantial de sudor en la frente de tal intensidad que me chorreaba por toda la cara.
Con todo preparado, oteé el horizonte por todos mis alrededores para ver si alguien me estaba observando. Levanté con cuidado la funda de la jaula y la incliné hasta que salió el perdigón quedando en libertad. En dos zancadas estuve escondido en el puesto y cuando hube metido los cartuchos en la escopeta, cogí la piedra en la que había atado la cuerda, para controlar el pájaro que, a ratos permanecía quieto, a ratos desperezándose abriendo y cerrando las alas. Anduvo unos pasos con cierto trabajo, creo que por el obstáculo que representaba el atadero en la pata. Yo tiraba de la cuerda para que no se alejara, de tal forma que su pata se estiraba y quedaba acostado en el suelo. Se levantó varias veces, pero al cabo de rato se alejó tanto que lo arrastré para acercarlo y esta vez no se levantó más.

Cuando fui a recogerlo tenía el muslo desencajado. Esta era la tercera vez que me había salido del puesto para ponerlo bien. Aquello no iba bien, así que el perdigón pasó a mejor vida y sin contárselo a nadie, pensé en mejorar el experimento alimentando así el gusanillo que me había picado con aquel empeño.

A los pocos días amaneció un día espléndido. El cielo estaba monótonamente azul y el sol deslumbraba. Frío por la mañana, pero para el puesto de tarde haría un tiempo excelente. La plenitud de los campos era total, vestidos completamente de verde, los arroyos repletos de agua y de sonsonetes en su corriente, estando ya presente la flor de la criadilla en algunas laderas. Decidí realizar las mejoras que mentalmente iba fraguando en mis soledades y me puse manos a la obra. Ahora, para la prueba llevé un pollo y a diferencia de la vez anterior lo até por un ala pero sin apretar los nudos para que no se hiciera daño y no quedarlo cojo sino ahora… manco. Con los mismos arreos de siempre me dirigí al mismo lugar. La sementera me llegaba cerca de las rodillas y el suelo cedía agradablemente bajo mis pies como si fuera una esponja, aunque en algunos sitios llegué a hundirme y embarrizarme antes de llegar al puesto, al que revisé con atención y después de haber colocado la escopeta en la tronera me fui en dirección a donde estaba el pulpitillo de costumbre. Como en el intento anterior el perdigón tan pronto estaba al sur como al norte, ello entrañaba un problema a la hora de disparar en la dirección que en aquel momento estuviera, así que decidí poner encima de la cuerda una piedra de suficiente tamaño como para que el pájaro no la moviera y la coloqué a dos o tres cuartas de la jaula antes de sacar al perdigón, de esta manera sólo podría moverse en la pequeña zona que el largo de la cuerda le permitiera. Ritualmente dejé salir al perdigón y en un pispás estaba yo asomado por la tronera viendo que ahora miraba para los lados, ahora daba tirones de la cuerda poniéndose de lado, ahora saltaba queriendo escapar mientras que yo tenía agarrada la cuerda…

Este pájaro era un energúmeno salvaje, porque no paraba de saltar una y otra vez aleteando con fuerza, hasta que en uno de sus intentos cuando cayó al suelo, se incorporó, y después de haber tomado el aliento necesario, comenzó a caminar tranquilamente alejándose de la piedra más que las veces anteriores. Sorprendido por lo visto, tiré del extremo de la cuerda que yo controlaba y, efectivamente, noté el peso de la piedra que pisaba la cuerda, al mismo tiempo que veía que el perdigón se alejaba sin intención de parar. Supongo que mi cara era un cuadro asomado por la tronera, hasta que reaccioné y entonces dí un salto de caballo para salir del puesto, y dirigiéndome a la piedra en cuestión pude ver que el animalito había sacado el ala por el lazo y había quedado en total libertad. Corrí para alcanzarlo, y carreras para un lado, carreras para otro, recorte por aquí y revoloteo por allá, logró llegar hasta la siembra Revoloteó dos o tres veces entre el forraje hasta que le perdí el rastro.

Decepcionado por tan magno desastre, en apenas media hora, recogí los trucos y me volví para casa dándole vueltas al asunto. Con bastante frecuencia iba de puesto con mi primo Miguel, quien me dejaba sus perdigones para campeárselos antes de cazarlos formalmente. Así, de esta manera, él sacaba sólo a aquellos que conmigo habían hecho algo. Cuando tuve ocasión, en una de las muchas veces que nos veíamos, le comenté las nuevas hazañas en que estaba ocupado y le relaté de “pe a pa” cómo se habían desarrollado los hechos, incidiendo en que ya no me quedaban más perdigones para continuar mi investigación. Me sorprendió gratamente cuando después de haber escuchado mi relato, me dijo que lo planeara bien y que podía llevar a “Cabezón” para seguir haciendo pruebas. El “Cabezón” era un perdigón viejo, tranquilo, que tenía una pata algo distorsionada a consecuencia de un granazo. Pájaro aventurero, que de cada tres puestos, dos de ellos eran “culás”, motivo éste para que mi primo no le tuviera demasiado aprecio.

Me pasé varios días ensayando nudos y viendo la forma de sujetar al perdigón para que no se hiciera daño ni que pudiera escaparse como el anterior. Encontré dos formas de sujetar al pájaro: una de ellas era atando el extremo de una cuerda corta, algo menos de una cuarta, a un ala, y, pasándola por la espalda, até el otro extremo al otro ala, atando luego en la mitad de ésta, otra cuerda larga formando ambas una T.

La otra forma era ésta misma, pero pasando además un collar de ala a ala por delante del cuello del perdigón, aunque al final opté por no poner collar. Mi primo me había dicho que sería conveniente ponerle la cuerda y dejar al perdigón en la jaula algunos días hasta que se acostumbrara, cosa que así hice. A mí me agradó la idea de que a Miguel no le había parecido algo descabellado… mi me había llamado “loco”.

Con su ayuda até el perdigón haciendo lazos holgaditos en cada ala, pero atando varios nudos para que no pudieran desatarse. Luego atamos una cuerda verdosa que me había conseguido y dejamos el ovillo por fuera de la jaula. A continuación pusimos la jaula en su jaulero y lo dejamos como siempre. Como durante dos o tres días no realizó ningún movimiento raro ni brusco dentro de la jaula, creo yo que influido también por la alteración en su muslo, decidimos que al domingo siguiente iríamos a dar los puestos de “El moro”, que es una zona de la Serena donde la caza se corre muy bien. Cuando llegamos al puente de “Orrocampo” aparcó su dos caballos, cogimos los bártulos y él se dirigió al puesto del “cerro alto”, diciéndome que me fuera al puesto de la morreta. Éra éste un lugar donde el arroyo hacía una curva muy pronunciada y que además, por su situación, tenía muy buenas oídas. Con el perdigón a la espalda y la escopeta colgada por el portafusil me dirigí al puesto lo más deprisa que pude y cuando estuve delante del mismo, lo examiné cuidadosamente y coloqué unas piedras en la parte trasera porque creía que estaba algo bajo. Fui hacia el viejo pulpitillo y le hice desaparecer quitando piedra por piedra para que no pudiera estorbarme nada a la hora de la verdad. Clavé un alambre grueso que había doblado formando una U para que la cuerda se pudiera deslizar por debajo del mismo y controlar así desde el puesto el desplazamiento del animal a mi antojo. Clavé el alambre en el lugar donde antes había estado el pulpitillo y coloqué la jaula aproximadamente a dos pasos, al mismo tiempo que pasé la cuerda por debajo del mismo, llevando el extremo hasta el interior del puesto como lo había hecho las otras veces.

Los movimientos que realizaba eran sigilosos, andando siempre agazapado para que no se alertara la caza, ya que cantaban perdices por todas partes. Me metí en el puesto y coloqué la piedra de asiento a mi altura, introduje la escopeta sin cartuchos por la tronera y taponé con “ceborranchas” y con hierbajos todos los agujeros por donde yo creía que me podrían ver. Oía de vez en cuando a un perdigón que cantaba no muy lejos mientras lo preparaba todo, así que, con sumo cuidado conseguí que “Cabezón” saliera de su cárcel desperezándose y abriendo y cerrando las alas una vez que estuvo fuera de ella, pero sin mostrar la más mínima intención de tironear de la cuerda ni hacer ningún movimiento más brusco de lo normal, pues apenas se desplazó unos centímetros. Picaba hierba y se movía para un lado o para otro mansamente pero con cierta dificultad, observaba el campo y oía cantar a perdigones en distintas direcciones pero no hacía ademanes de responder. A través de la tronera veía yo que giraba la cabeza hacia un lado con mucha frecuencia y pensaba que estaría viendo u oyendo algo que yo no percibía y que después se confirmó. Bajo un sol radiante, la emoción me hacía emanar abundante sudor por los cuatro costados. Calculo que más o menos al cabo de una hora echó un reclamo por alto seguido de unos pitos, y en ese preciso momento me recorrió un escalofrío desde la cabeza hasta los pies. No sé si se trataba de peteneras o martinetes, pero la verdad es que la emoción no me cabía en el cuerpo.

Pienso que algo muy bien hecho tuvo que ser lo que hizo el reclamo, porque a no más de un minuto respondió un macho por la parte derecha del puesto. Me asomé entre los agujeros que tenía a la altura de mi cabeza y vi que entre unos hitos cercanos se movían las cabezas inquietas de dos visitantes que por allí se aproximaban. Me fijé muy bien en lo que hacía “Cabezón” y aprecié, que sin oírle cantar, movía la parte blanca de la garganta constantemente. El del campo se acercaba muy lentamente seguido a corta distancia de la perdiz que no dejaba de picar hierba mientras los tahúres conversaban. Noté un leve tirón de la cuerda que tenía en mis pies y creyendo que quería más cuerda desenrollé unas vueltas de la piedra…

Yo temblaba de emoción, así que con sumo cuidado tiré de los perrillos hacia atrás y monté la escopeta colocándome en posición de disparo porque aunque todavía retirados, no podía permitir que pudieran llegar a pelearse físicamente. Veía que el del campo iba de un lado para otro pero sin acercarse al “cabezón” más de cuatro o cinco metros. No puedo describir lo que sentía en aquel preciso momento, no había más mundo que el que veía por el agujero de la tronera y en mi cuerpo sólo había ojos y el pómulo que sentía muy apretado a la culata de la escopeta. Muy nervioso solté la escopeta y bajé la cabeza para manipular mejor la cuerda, cuando tropezando la frente con la culata, ésta realizó un ligero movimiento que sujeté instintivamente para que no se cayera hacia delante, en ese instante me asomé y vi que los perdigones no habían notado nada. No me cabían los nervios en el cuerpo. A continuación desenrollé dos o tres o no sé cuantas vueltas, el caso es que cuando volví de nuevo a la posición de tiro. Allí ya no había dos pájaros, sino que había llegado un tercero, y que los tres se movían en un radio de no más de tres o cuatro metros. No sé si era por el sudor que me corría por las cejas y párpados, por los nervios o porque miraba por encima de la banda con un ojo abierto y con el otro cerrado, pero… ¡¡¡ Ya no podía distinguir cual era “Cabezón”!!!

Como ya estaban demasiado cerca de entre sí los tres, y tenían las pechugas puestas de lado y las cabezas a media altura (aunque sin mover las patas del sitio), no podía saber cual era cada uno de los tres. Llegados a ese punto, ya no estaba yo ni como para distinguir cual de ellos era el de la cuerda, sino que lo que quería era evitar que se llegaran a alcanzar, picándose y atacándose con espolonazos, porque hubiera sido un desastre. Así que sin pensarlo dos veces apreté la escopeta al hombro, apunté muy bien a uno de ellos y… ¡¡¡pummm!!!,  llamé candela, cuando en aquel instante sentí en la frente unos chispazos de fogueo que instintivamente me hicieron cerrar los ojos unos segundos.

Todo se desarrolló en un tiempo casi imperceptible. De repente, y casi al mismo tiempo que el tiro, escuché un prrrrrr prrrrr, que era el vuelo de dos camperos. Cuando abrí los ojos no veía allí ningún perdigón en pie, así que miré atentamente y pude apreciar un bulto en el suelo que hizo un leve y casi imperceptible movimiento…

Yo estaba desconfiado, pero aún más nervioso, cuando tensando y tirando de la cuerda, y vi que pesadamente arrastraba en dirección del alambre un bulto inerte, que no era otra cosa que “Cabezón” sin vida…