Es 18 de enero de 1997, las 8 de la mañana y, como cada fin de semana montero, soy el primero en levantarme en casa. Me llamo Nacho Castro y tengo 12 años, aunque llevo monteando desde los cinco. Precisamente hoy monteamos, lo haremos en una finca donde nos sentimos como en casa, Zahurdillas, invitados por su propiedad al ser vecinos linderos.

Mi madre llama una y otra vez a mi padre, a quien se le han pegado las sábanas, lógico después de alternar hasta las tantas con su fiel amigo Juan, el dueño de El Kiosko, en casa de este último. Por fin se levanta y comienza el ritual: se afeita mientras se fuma un cigarrillo, se viste con su habitual elegancia y sale por el pasillo entablando una conversación con mi madre.

—Niña, ¿y el chico?

—¿El chico? El chico lleva una hora arreglado y ya tiene hasta las cosas cargadas en el coche a falta de tu rifle.

—Cualquiera lo deja atrás, ¡chiquillo, qué afición más grande tiene! Chico, ¿nos vamos? Venga, que tenemos los venaos allí amontonados en el puesto, que Ángel el guarda me dijo el miércoles que vamos a muy buen sitio —dijo a medio reír mientras encendía otro cigarro, esos días así caían más o menos los tres paquetes.

—Pues venga papá, vámonos y déjate ya de buscar las gafas de sol que está nublado y mamá dice que va a estar lloviendo todo el día, ¡presumido!

Con estas palabras nos montamos en el Vitara despidiéndonos de mi madre y ponemos rumbo a la finca. Una vez llegados al sorteo, como de costumbre en Los Corrales, nuestra casa, todo el mundo le pregunta lo mismo.

—Antonio, ¿qué pasa, que has tenido que esperar al niño, no?

—No señor, el niño me ha tenido que esperar a mí —responde con una sonrisa de oreja a oreja.

Ángel, el guarda, vuelve a explicarle todo lo referente al puesto, entrada de los perros, huída de las reses, el guía que le va a pasar por allí, etc.

—Antonio, afina que vas a buen sitio y además anda por allí un pavoooo… —le dice Ángel muy serio.

—Ángel, a las tres de la tarde te lo diré, me voy que el nene está ya de los nervios y me va poner a mí peor.

Al pasar por la portada de Los Corrales, como cada vez que lo hacemos últimamente, mi padre se para y baja la ventanilla unos instantes.

—Chico, qué portada más bonita hemos hecho, ¿eh?

Desde finales de verano, la finca ya es suya en su totalidad, es su retiro para cuando llegue la hora de jubilarse y para disfrutarla con su familia y amigos.

Ya hemos llegado al puesto, armada de “Los Hornillos”, puesto número 4. Mi padre coloca las cosas bajo la cruz de un chaparro y lo prepara todo para que yo no me moje ya que no para de llover y tiene pinta de estar así toda la mañana.

Con la suelta de los perros comienzan a moverse algunas reses y, de repente, un gamo asoma medio cuerpo entre el monte.

—Papá, papá, ¡un gamo!

—¿Dónde chico? No lo veo.

—Papá, ¡frente a nosotros! ¿No lo ves, por Dios?

—Niño, que no lo veo, como sean bromas tuyas te doy un coscorrón, ¿eh?

—Vamos, papá, ¿alguna vez te he gastado bromas con estas cosas? ¡Pero cómo no lo ves, hombre, si está delante nuestra mirándonos!

Mi padre no ve el gamo y éste se adentra de nuevo en el monte por los mismos pasos que había traído y aquella situación me hace pensar que algo está mal, no es normal que al “jefe” (yo solía llamarle así en plan cariñoso) se le pase una res sin verla, su vista es muy buena y siempre al llegar a un puesto me dice que él pone la vista y yo tengo que ser sus oídos.

Llegan los perros y entran al puesto varias ciervas y un venado no muy grande, de unas ocho o nueve puntas y, cual es mi sorpresa cuando, una vez más, se van y mi padre ni se ha encarado el rifle. Yo estoy desquiciado, le pregunto y me dice que no los ha visto, jamás lo he visto hacer eso monteando, es como si estuviese pendiente de otra cosa y no de montear. Tras una silenciosa pausa confiesa que le duele un poco el pecho y que no es su mejor día y es entonces cuando toma una pastilla para calmar ese dolor. Una vez pasados los perros, ya de recogida, la montería termina con un “bolo” como él suele decir, así que ahora toca recoger los “achacales” y caminar hacia el coche. Todavía no se cree lo del gamo ni lo del venado, piensa que son bromas mías.

—Qué gracioso el niño eh, un gamito ¿no? Un venadito ¿no? Anda ya, si eres del Barcelona, ¡qué esperas!

—Ya estamos con el fútbol, papá, di lo que quieras pero el gamo y el venado se te han pasado sin verlos, verás cuando me pregunten ahora en la comida, jaja.

—Niño, tú no has visto nada, ¡¿qué quieres, que tenga yo que aguantar ahora el cachondeito de unos pocos?!

Con esa última frase, comenzamos a andar hacia el coche, yo porto el catrecillo y el zurrón con la mira y las balas y mi padre lleva el rifle colgado al hombro. Me despisto un instante mirando a unas personas que llegan de sus puestos y vienen comentando lo que han hecho y yo quiero preguntarles lo del gamo y el venado para que mi padre de una vez vea que es cierto pero, de repente, vuelvo la mirada y veo como mi padre se desploma y cae al suelo. Pronto todos corren en su ayuda, yo pienso que ha tropezado y se ha caído pero no me dejan acercarme a él, aunque no lo consiento y me pongo a su lado.

Lo último que veo en él es su mirada dirigida hacia mí y su mano abierta para coger la mía y apretarla fuertemente y… todo se acaba, se va y me deja, nos deja, ya no habrá más tertulias monteras, ni lances, ni disputas futboleras, ni lecciones del saber estar y de cómo hacerme un hombre de provecho. Se va un señor, un buen hombre, mi maestro, me deja un camino muy largo a seguir, unos valores, unos principios morales y, por supuesto, también unos principios cinegéticos, como defender la montería tradicional, esa montería sana, respetuosa y sensata que él y otros muchos han hecho que sea posible sin caer en el error de convertirla en un negocio sin escrúpulos.

***

Hasta ahora, he querido narrar todo lo anterior en presente, como si de un diario se tratase, ya que ha sido la primera vez que me decido a hacerlo, aunque para ello haya esperado casi dieciocho años. En esos años, y a pesar de mi corta edad, me ha dado tiempo a ser niño, hacerme hombre (con la inestimable ayuda de mi señora madre, y repito con mayúsculas SEÑORA, que a pesar de la rebeldía de un adolescente sin una figura paterna, que es la que suele dar respeto, bastante ha hecho la pobre y sin la presencia, incomprensiblemente, de hermanos que hagan de padre y amigos al mismo tiempo) y hasta formar una familia (aquí lógicamente la responsable es mi esposa, la cual me ha dado el disgusto de no querer ser montera pero con las dos hijas que me ha dado y respetar la afición que tengo… chapó por ella), pero a pesar del paso del tiempo, aún cierro los ojos y nos veo a los dos agarrados de la mano en mitad de aquel carril.

Por todos es sabido que quizás hubo quien pudo hacer más de lo que hizo por él desde muy temprano sabiendo lo que le estaba pasando y disponiendo de los conocimientos médicos de los que supuestamente se disponían. Pues quizás sí, pero eso no lo tengo que decir yo, eso va en la conciencia de cada cual y con vivir con ello es suficiente castigo, sólo sé que mi padre se fue haciendo lo que más le gustaba, montear con su “chico”. Supongo que la vida nos privó de vivir muchas cosas juntos, pero en el tiempo que lo pude tener a mi lado aprendí tantas que a día de hoy me gustaría que todos los que empiezan a formar parte de la familia montera fuesen partícipes de ellas, de ahí el participar en la actualidad en algún que otro proyecto de carácter cinegético, como por ejemplo la fundación junto a otros socios en el año 2012 de la asociación Jóvenes Monteros de Hornachuelos, una humilde pero muy honrada orgánica montera cansada de los abusos, altos precios y escasos resultados que se nos ofrecían hasta ahora, que montea sin ánimo de lucro con puestos al costo, socios que aportan con su trabajo, rehaleros amigos, ambiente familiar, buen comer y buen beber, y que por supuesto se preocupa de que los más pequeños se interesen por el campo, su flora, su fauna, para que así siempre podamos saber que con el paso del tiempo siempre habrá quien continúe lo que nuestros abuelos y padres comenzaron y nosotros mantenemos.

Al contrario de pensar en no volver allí, muy a menudo suelo ir a montear a esa preciosa finca llamada Zahurdillas, eso sí, sin volver a pisar aquella maldita armada, la siento mi casa, de hecho ya tengo contratado el puesto para esta temporada, por bonita, por completa, por rendimiento, por tener un guarda ejemplar de los pocos que quedan en nuestras sierras, implicado con su trabajo, con los vecinos (lo cual hoy en día es difícil, ya que no se respetan unas lindes marcadas por nuestros antepasados y no se compite sanamente en captar reses vecinas, sino que se hace todo a base de artimañas que no llevan a ningún fin respetuoso ni deportivo) y encima puedo presumir de su amistad, por su familia que me tratan como uno más de los suyos y por la propiedad que son de lo más humilde y sencillos que se puede ser a pesar de tener una de las mejores fincas abiertas de Sierra Morena, lo que a otros quizás les habría cambiado totalmente la perspectiva y el comportamiento hacia los demás.

A día de hoy, seguramente, si es cierto que hay un cielo, Antonio Castro ya lo habrá monteado con otros amigos suyos que también nos dejaron a lo largo de estos años, tales como Quino Algarín y Manolo Obrero con rifle en mano, Paños y Faldetas entrando con los perros, Cano recogiendo con las bestias, Márquez y Escote guardando, organizando el maestro Copé y Juan el de El Kiosko esperándolos a la vuelta del campo, menudo plantel.

Objetivo cumplido, son muchos años dando un paso adelante y dos atrás cada vez que me ponía a darle forma a estos párrafos y por fin he sido capaz de hacerlo, todo el que me conoce sabe que lo he escrito con el corazón y que cada vez que me pongo las botas y piso el campo intento hacerlo tal y como él me enseñó, llenándome de orgullo cada vez que alguien me dice “te pareces tanto a tu padre”. Ya sólo me queda decir: ¡un abrazo jefe, llevo tus botas puestas!

 

Ignacio Castro