Entre rifles enfundados en cuero viejo, morrales con poco archiperre pero mucho queso y pan; oliendo a alfalfa, sangre seca y a Ducados, iba el crierío en la parte de atrás de aquel Land Rover largo. Los había de todos los tamaños y edades, aunque todos «desmontados al uno» por el mismo peluquero. Los mayorcillos ya se agarraban a la plana o al 30-30 y estrenaban noviazgo o estaban en ciernes. Los más pequeños aún sólo tenían pulso para enfilar un trozo de pan con la onza de chocolate.

No había chapa dura como asiento, sino ilusión por pisar campo; no había sueño del madrugón, pues ya iban soñando con ese tirascazo que su padre o a su tío le pegarían al marranaco saltando la monda; no había frío en la mañana de invierno, aunque tiritaban… de nervios; no había carriles minados de baches, sino jolgorio y algarabía, muchas más algarabía que en el remolque donde Palchelipe llevaba la rehala; no había horas de camino interminable, sino momentos para chascarrillos y bromas, los que decía y gastaba mientras conducía el padre de alguno, el tío de todos… Pero entre esas bromas y chascarrillos, o en sí mismos, estaban las mil enseñanzas, esas que en la junta sumarían dos mil, y en la postura… multiplicarían por diez mil; un curtir que con los años se vería hecho en buen pellejo. Aquel Land Rover largo lo conducía Restituto Martínez, Resti, El Resti, «nuestro Resti».

El Land Rover, llegaba como siempre tarde, y a tiempo como nunca, sobre todo si se echaba La Mesa, El Santo, El Collado, Magaña, Correderas o las Cañadas… las suyas, las de Resti, esas que él hizo las monterías de todos.

Allí estaban los monteros, tantos como amigos; arrieros, perreros, maestros de sierra… tantos como amigos. Esos mismos, y entre otros muchos, que siempre lo apreciaremos y nunca olvidaremos mientras estemos aquí, y algunos de los mejores, que ahora volverán a disfrutar con él; aquellos con los que se ha reunido por encima de la cuerda más alta.

Se huía de la escarcha de la mañana en corros alrededor de las lumbres; tragos de vino, lances exagerados y… más bromas. Pero el calor a la junta llegaba con Resti. Era su voz profunda y quebrada como los barrancos de nuestra sierra la que subía la temperatura. Contagiaba la misma ilusión y alegría que llevaba, estrechando con mano recia, o envolviendo con abrazo firme, porque la fuerza salía del corazón, y del alma esa nobleza sincera que da temple al hombre recio… al hombre simplemente bueno, como Bueno de segundo y Martínez de primero son sus hijos.

Pepe, Basilio, Antonio, Hartón, Juampe y Popis, Villenes, Perico… y otra infinidad de críos viajamos en esas chapas o en otras parecidas. En realidad fuimos muchos los que tuvimos la inmensa fortuna de vivir aquella época a la sombra de nuestros padres, aquellos gigantes que, fin de semana a fin de semana, daban cuerpo al compañerismo, a la amistad, al respeto, a la ilusión, y en definitiva, nos enseñarían con los años a dar sentido a la caza siendo señor en el monte. Pienso que, sin saberlo, asistíamos al fin de la mejor etapa que vivió la montería y que nuestros padres nos daban a morder trayéndola ya de otros tiempos, en esos en los que una palabra se llenó de esencia.

Teníamos ídolos que no jugaban al futbol ni cantaban en grupos pop. En realidad llevaban gorra de cuadros y pantalones de pana. Para mí la montería era Resti y la Sierra tenía el pelo blanco, era alto, de caminar encorvado pero firme, y Restituto lo llamaba «Su Pericón». Nuestras idealizaciones, la forma de ver y hacer las cosas, sin duda se gestaron en aquellos años… años en los que cada uno le pusimos a Dios cara.


De izquierda a derecha,Tomás Villen, Pedro Cantudo, Rufo, Juan Ignacio “El Varón” y Resti. Montería en “El Padresanto”

Algunos de aquellos críos hoy amenazan con los cuarenta y otros ya nos vamos acomodando en ellos, pero los más, conducen su propio Land Rover, eso sí, de otras marcas, más modernos, pero con lo fundamental: los críos, sus críos, esos que mamarán de lo mismo que nosotros.

Ese manido «todo tiempo pasado fue mejor», en este caso para mí no yerra, y no por resultados en tapetes de reses precisamente. No tardaría en llegar el punto y a parte, pues fue una época imposible de continuar ahora en punto y seguido. Que no se dé el punto y final depende de los muchos Land Rover largos como aquel, llenos de críos, que a lo largo de todas nuestras sierras iban a la misma mancha; la mancha de los VALORES: Está en finca libre para todo el que quiera montear así… se da de invitación y sólo se cobra de guante… humildad, agradecimiento y admiración a los que nos precedieron, de los que por suerte alguno queda entre nosotros. En esa montería, tirar al viso es egoísmo, soledad y vanagloria; dejar cumplir la res al puesto de al lado, es exprimir los conocimientos y vivencias de los pocos Restis que ya nos quedan, elevándolos a la categoría que merecen.

Es así; idealizamos con valores, recuerdos e imágenes, por eso para mí el uno de junio Resti se llevo el acento de la montería aunque la dejara con tilde. Ahora más que nunca es una palabra difícil de pronunciar y mucho más de entender. También para mí un día, uno de otro mes y otro año, la Sierra se marchó dejando sólo formas grises. No es buen día el uno en el calendario de caza… no en el mío.

En las juntas ahora se nota un hueco más, muchos huecos ya por los que corre un aire demasiado frío. Son huecos que ahora toca llenar a aquellos críos… Ahora os toca a vosotros llevar el Land Rover largo, para que Resti siga siempre conduciéndolo.

F. Cantudo