Podencos y conejos, un binomio inseparable que nos trae en esta ocasión un joven cazador de 25 años. José Luis Cañes Moncholí, a pesar de su corta edad, ha conocido la caza desde que puede recordar. Su infancia está repleta de experiencias en torno a la caza. Su abuelo primero, después su padre y sus tíos, su familia siempre ha estado ligada a la caza.

Apostó por el podenco andaluz debido a que los perros que su familia había dedicado a la caza, sobre todo podencos valencianos o charnegos, de mayor talla, nunca pudieron entrar allí donde están los conejos en los entornos en los que suele cazar, repletos de zarza y zonas muy sucias. José Luis se dio cuenta de que necesitaba perros más pequeños y con un valor y arrojo sin límites.

Con tan sólo seis años crió su primera podenquita y esta perra le metió el veneno de la raza muy dentro. Nunca volvió a salir de caza con otra raza. Desde entonces se ha dedicado a seleccionar sus perros, a adiestrarlos y a disfrutar de ellos.

Este cazador quiere compartir con todos nosotros una vivencia de caza junto a sus perros.

«No entenderás mi locura hasta que no compartas mi pasión»

Es una mañana como otra cualquiera en la que salimos de caza. Todavía no hay luz del día, pero los nervios y la ansiedad por ir a recoger a mis animales no me dejan pegar ojo. Solo quiero que salga el sol y llegue la hora de empezar.

De camino a recoger a mis fieras la emoción se apodera de mí. Pongo la llave en el cerrojo de la puerta y ya los escucho cómo me reclaman ¡Qué sensación la de saber que tus animales están esperándote como agua de mayo! Saco el carro y cargo los perros. Nos dirigimos hacia el punto de quedada, desayunamos y debatimos dónde realizar la mañana de caza.

Empezamos lo más duro

Ya en el campo, los suelto para que hagan sus necesidades mientras me preparo para la gran mañana que nos espera. Empezamos por los sitios más duros, ya que los perros aún no están cansados y todavía no aprieta el sol.

La leña nos supera en altura, llegándonos por encima de la cabeza. Nano, Uri y Mari, son mis perros de castigo, de pelo duro, muy resistentes tanto al calor como al frío y, sobre todo, muy constantes en la búsqueda y acoso. Ya van latiendo al conejo. Les grito para que estén atentos. Mi amigo y yo corremos hacia los claros y llamamos a Daina, una podenca valenciana o charnega. Su función en el equipo es correr, marcar latiendo desde fuera y capturar en carrera los conejos. También llamamos a Duna, una podenca andaluza muy fuerte en carrera y con mucha picardía en la captura. Son las más veloces, y su trabajo es, si la pieza sale huyendo, comenzar un acoso incesante.

Primer lance

Al no haber salido en toda la semana y ser su primer conejo del día, mis perros de castigo aprietan a la presa como si la vida les fuera en ello. Todos quieren atraparlo, pero el astuto conejo consigue esquivarlos y se mete en su madriguera.

Enfrente tengo a mi amigo y compañero de caza con sus podencos andaluces. No les ha dado tiempo a unirse al acoso de ese primer conejo, pero de camino hacia su dueño encuentran un nuevo rastro. Lo siguen y poco después consiguen dar con otro conejo. Este toma una mala decisión y elige como camino de huida uno que le lleva hacia Daina, Uri y Violeta que, en ese momento, se disponían a unirse a los latidos de los perros de mi compañero. Daina, al darse cuenta, se abalanza y atrapa a ese macho tan bonito. Segundos después se aproxima apresuradamente y lo trae a mis manos, vivo y sin heridas. Continúan con la caza y, mientras los perros están en su faena, libero al bonito ejemplar en un montón de piedras.

Trabajo en equipo

Debido a todo el jaleo que se ha formado con los dos conejos anteriores, pasa un buen rato que no conseguimos encontrar ninguno más. Al llegar a unas zarzas grandísimas los perros de castigo de mi compañero y los míos por fin consiguen encontrar otro rastro, dando muchos rodeos por dentro de la zarza. El conejo, al escuchar a los perros fuera, se resiste a salir. Pero el trabajo de todos los podencos y su perseverancia consiguen desalojarlo y empujarlo hacia un claro. Una de las perras de mi compañero y mi charnega lo observan desde la distancia durante un instante, pero mi compañero en este lance consigue ser más rápido y astuto que las perras y lo abate de un solo disparo, colgándonos el primero de la mañana.

Cuando la charnega salta…

Pasamos a unos llanos de romero duro y muy apretado, donde los conejos van muy escurridos y les cuesta mucho retenerse. En este entorno los perros tienen que tener mucho olfato y no abandonar ningún rastro ni darlo por perdido.

De repente vemos que la podenca valenciana empieza a dar saltos. Esta manera de actuar significa que está buscando visualmente al conejo. El resto de perros se une a ella, pues saben que cuando la charnega salta de esa manera es que ha visto al conejo, pero no sabe hacia dónde ha salido.

Empezamos a animarlos para que estén unidos y atentos en la búsqueda. En menos de 30 segundos una de las perras de mi compañero ya va latiéndole, dirigiéndose hacia un montón de piedra donde el lagomorfo buscará refugio. Afortunadamente, mi charnega y la ibicenca consiguen llegar a él y retenerlo en unas matas hasta que los enanos llegan. No conseguían dar con el conejo, pero la constancia ha dado su fruto y Uri sale de una mata triunfante con el conejo cruzado.

La satisfacción, tanto del perro como la mía personal, es grandísima. El ejemplar que tanto trabajo nos ha costado por fin es nuestro. Es momento de regresar a casa con el orgullo de haber hecho una gran faena.

Josep Cañes
Instagram: @canyaules