Fines de setiembre de 2012, se ponía en marcha un Nuevo safari al Continente Negro luego de casi un año de preparación.

Como norma espiritual, me gusta dedicar cada una de mis aventuras cinegéticas a alguna persona muy querida, esté viva o esté en mis recuerdos. En realidad nunca comento este tipo de actividad espiritual muy profunda, muy mía y a veces solo hago mención de algún ser querido en mi relato y en realidad lo que estoy haciendo es dedicar “esa” cacería a “esa” persona.

De esta forma recuerdo haber dedicado a mi Padre Pedro, varias de mis andanzas y también a mi abuelo materno Manuel Rodríguez, gran cazador africano. En esta oportunidad quise dedicar este Safari Africano a mi Gran Maestro y queridísimo amigo Tony Sanchez Ariño, “EL GRAN ELEFANTE” como yo lo he bautizado hace ya mucho tiempo, con mucho cariño y respeto (tal como lo conocen en mi círculo íntimo de amigos). En realidad es Tony quien me honra con su amistad y mi agradecimiento hacia él, es muy grande.

Nos comunicamos más o menos seguido por teléfono o por cartas, me envía alguno de sus libros y fotos dedicados y autografiados de los cuales he capitalizado incontables experiencias de sus cacerías durante sesenta años en África, es el “ÚLTIMO DE LOS GRANDES” y sus conocimientos prácticos sobre cacerías y calibres africanos son inagotables, es una especie de “enciclopedia cinegética viviente”. Mi último rifle que adquirí, es un .416 Rigby a instancias de Tony y de leer una y otra vez en sus relatos y libros sobre los trofeos conseguidos con ese calibre por Tony, además de su excepcional balística, trayectoria y penetración, como he llegado a experimentarlo, otro motivo más de agradecimiento a “EL GRAN ELEFANTE”.
Dios te guarde Tony.

Vaya mi reconocimiento y agradecimiento a este GRANDE.

Dicho esto, que era una parte pendiente en mis relatos, continúo con el safari.

Luego de las pertinentes comunicaciones con unos amigos alemanes, dueños de grandísimas extensiones de campos, sabanas y selvas vírgenes, al suroeste del Etosha Pan, más o menos cerca del famoso “Etosha National Park”, decidimos visitar esos inmensos parajes, abiertos totalmente, sin ningún tipo de alambrado alto, en cientos de kilómetros a la redonda y poblados de importante fauna.

Carlos, Rafael y Raúl eran los cazadores para quienes organicé este Safari y cada uno de ellos iba con distintas expectativas y deseos de obtener distintos trofeos. El entusiasmo era grande mientras se preparaban todas las cosas necesarias, como son los permisos de exportación de armas por el Renar, vacunas (fiebre amarilla, exigida obligatoriamente en Sudáfrica), preparación de las armas con sus respectivas miras telescópicas, ropas adecuadas, GPS, larga vistas, range finder y un largo etcétera.

Algunos como Rafael, tenía dudas sobre el calibre del rifle a llevar, pensaba en un .338 W.M., pero luego de varias conversaciones y pruebas en nuestro querido Tiro Federal de Mendoza, decidieron unánimemente portar cada uno de ellos un .375 Holland & Holland con munición Factory Federal de 300 gr de punta, a los efectos de todos llevar la misma munición por cualquier eventualidad. Yo por mi lado, también por supuesto con mi inseparable .375 H&H, todos los que me conocen saben de mi predilección por ese calibre, para “todo uso” y mucho más si se trata de un nuevo safari al Continente Negro, es un “seguro de vida” en nuestras manos.

Como yo iba en busca de un Leopardo, llevaba dos tipos de recargas, unas las que usaría para cazar el Leopardo con puntas Hornady Interlock de 300gr, de alta deformación a la velocidad que salen del cañón, como lo exige la cacería de un gato grande, es necesario que el proyectil expanda de forma rápida al impactar al Leopardo, y otras recargas con pólvora IMR4350 y puntas Woodleigh Protected Point, de 300gr. más duras para caza de animales de mucho mayor peso, que en mi rifle de 26 pulgadas de cañón las saco a 2.500 pies/segundo.

Una escala en nuestro vuelo en Johannesburgo de cuatro horas y luego un vuelo más corto de un poco más de dos horas nos depositaba en Windhoek, capital de Namibia y de allí a Fransfontein en camioneta, por unas seis horas, pasando por ciudades ya varias veces transitadas en mis anteriores safaris, como es el caso de Outjo, donde paramos a saludar a unos amigos.

Ya tarde de noche arribamos al campo donde nos esperaban nuestros germanos anfitriones.

Antes del amanecer apurábamos un café para dirigirnos a un espacio abierto (shooting land), con la finalidad de comprobar las miras de nuestros rifles, por si se hubieran movido en tan largo viaje, aunque las maletas de transporte que normalmente se usan, dan por descartado este tipo de problemas. Para quienes iban en busca de los grandes antílopes de sabana, las telescópicas deberían tener su cero entre los cien y los ciento veinte metros. En mi caso que uso una Carl Zeiss de 3-12x50 con retículo 60 iluminado, calibré a cero en setenta metros, distancia a la que le dispararía al Leopardo.

Rafael iría con Daniel, un PH excelente, quien lo guiaría en la búsqueda de los codiciados trofeos. La idea era iniciar con un Gran Kudú, al que salieron a pistearlo. La cacería consiste en recorrer en las 4x4 buscando huellas frescas del animal buscado, una vez ubicadas, se abandona el vehículo y parte adelante el tracker seguido del cazador y atrás el PH, los germanos son extremadamente cuidadosos de este aspecto y siguen las normas éticas de la caza de manera tajante y a “cara de perro”.

Carlos prefería empezar con la codiciada Cebra de Hartmann, estaba muy ilusionado y predispuesto a sacrificarse lo que hiciera falta. Yo lo acompañaba y recorríamos unos paisajes de una belleza escénica increíble, era una combinación de sabana y montañas rocosas muy vegetadas, con abundantes cantidades de acacias umbrelas, que son esos árboles tan característicos de la sabana africana, que parecen sombrillas, debido a la forma en que comen sus ramas las Jirafas por arriba y los Kudú por debajo en forma recta.

Raúl iba como “observer” a tomar cientos de fotografías y disfrutar de los bellísimos paisajes, que es en definitiva lo que a él le gusta.

Aprovechando la proximidad a esas formaciones rocosas elevadas (Kopje), algunas bastante más altas y otras menos, nos trepábamos hasta su coronación, para desde allí gemelear en busca de nuestras Cebras de Montaña. Rastros había al por mayor, sucede que son animales muy esquivos, muy diferentes a las Cebras de Burchell, que son las que abundan por toda África, a diferencia de las de Hartmman, que hay muy pocos y exclusivos lugares donde se las encuentra. Justamente estando en la cima de uno de esos Kopjes, pudimos ver un grupo de Cebras a unos mil quinientos metros y con el viento favorable a nosotros, de manera que decidimos que Carlos acompañado por Guidion, el PH, irían caminando y Jackson, el tracker, junto conmigo, daríamos un gran rodeo en el Land Rover, y los esperaríamos al costado de otro Kopje muy notable en medio de la sabana.

Jackson es un negro de origen Damara que habla muy bien el inglés, bastante bien el alemán y por supuesto usa el Afrikaner de manera permanente para hablar con sus compañeros y con su jefe, el PH, cosa que para mí era un gusto consultarlo sobre muchas cosas, como formas de vida de las gentes Damara, el conocimiento de las huellas, de la vida de los animales, de la forma de seguir un rastro. Él no mira permanentemente el suelo cuando sigue un rastro, lo hace de tanto en tanto y tiene siempre la mirada fija hacia adelante y dice: …”Si yo sigo un Oryx… Yo soy Oryx…”. Realmente es increíble la capacidad de seguimiento y el sentido de orientación que posee, yo lo chequeaba con mi GPS y le preguntaba por alguna dirección y les aseguro que no fallaba nunca.

A la media hora de espera se siente un disparo en la dirección donde estaba Carlos y al rato apareció Guidion en busca del Land Rover para ir a cargar una hermosa Cebra de Hartmann, el primer trofeo africano de Carlos. Una vez que todos estuvimos juntos se le aplicó el “ritual” acostumbrado de tomar una ramita de Mopane (árbol característico de esa zona) mojarla con la sangre de la Cebra y se la colocan el su sombrero o gorra. La cara de felicidad de Carlos era digna de verse. Con la Cebra cargada iniciamos el regreso al campamento donde tomaríamos el “animal drink” correspondiente, es decir cada animal tiene un trago con el que se brinda alrededor del fuego y se brinda junto al cazador que obtuvo tal o cual trofeo, mientras se disfruta escuchando las alternativas que tuvo el lance de esa cacería.

Cuando arribamos nos encontramos con Rafael con una alegría tremenda, pues había dado cuenta de dos trofeos medalla de oro, extraordinarios un Gran Kudú hermosísimo y un Facochero (Worthog) impresionante por el largo de sus colmillos, es decir que Rafael había empezado de manera muy exitosa su Safari, y luego de varios brindis alrededor de un lindo fogón, pasamos un largo rato narrando las anécdotas y los distintos lances de la obtención de cada uno de los trofeos.

Cenamos y a descansar porque al otro día es necesario moverse de noche, pues los animales se mueven muy temprano y a esas horas y es más fácil verlos, cuando se están moviendo y no cuando aprieta el sol al mediodía y se ponen a la sombra de los árboles sin moverse.

A las 4,30hs todos los día como un reloj, Ouvro, otro negro Damara, nos golpeaba la puerta de la habitación para despertarnos y tomar el desayuno con tostadas, mantequilla, huevos revueltos y bacon. De manera que a las 5,00hs en punto deberíamos partir cada grupo con su rumbo programado la noche anterior.

A las 5,30hs una inmensa bola de fuego en el horizonte indicaba la salida del sol. Siempre comento lo bello que son los amaneceres y atardeceres en África, es una de las cosas que más disfruto de África, son diferentes postales desde el ángulo que se las mire y la sabana empieza a “tomar vida” aparecen los grupos de Babuinos gritando y corriendo en los roqueros, las Jirafas, que hay muchísimas, miran por arriba de lo árboles, los Facos con sus crías cruzan a toda velocidad las huellas por delante de nuestras camionetas y los Oryx en fila india cruzan los alambrados por abajo, sí, por abajo, es decir meten la cabeza debajo del primer alambre y con un fuerte golpe lo empujan hacia arriba y pasan, y luego hace lo mismo el segundo en la línea y luego el tercero y así sucesivamente una larga fila, son imágenes inolvidables que quedan grabadas en nuestras retinas para siempre, son los regalos que nos ofrece África y como siempre digo… ”Si África perdona tu vida, atrapa tu alma…”

Mientras yo acompañaba a Guidion a recorrer los diferentes cebos que teníamos colocados para el Leopardo, Carlos, Rafael y Raúl iban con los trackers y Daniel, un PH, también germano y muy buena persona, muy amable y muy suave en el trato, digamos que era la cara opuesta, de mi PH, cruza de King Kong con Babuino, de un carácter sumamente desagradable, pero de un gran conocimiento, todo un experto en su trabajo, de manera que en algo compensaba lo agrio de su trato, además su inglés era con un fuerte acento alemán, que lo hacía bastante difícil de entender. Algunas veces yo le hablaba inconscientemente en español, pues es mi idioma, a lo que me contestaba con un rugido: …”I do not speak Spanish”…

Le propuse a Rafael que cazara un Red Hartebeest, de los que yo había visto algunos muy buenos, a lo que recibí por respuesta que ese trofeo no era de su agrado y que no lo cazaría, Yo le argumenté que era un muy buen trofeo y que él no lo tenía y allí estaba a su disposición, y la conversación finalizó. Resultado que a la tarde de regreso en el campamento junto al fuego, me entero que cazó un Red Hartebeest impresionante, medalla de oro y según Daniel, el PH, hacía muchos años que él no veía un trofeo tan grande y bonito. Por supuesto fue una gran alegría y continuaron los brindis por largo rato, pues Carlos había logrado un Oryx extraordinario, de manera que la cena fue muy amena y los cazadores con muy buen ánimo.

En mi recorrida a los cebos junto con Guidion, una tarde, tuvimos la suerte de ver a los Elefantes del Desierto, realmente es muy emocionante el poder verlos e imaginar las distintas formas de cazarlos. Ay!!! diría Tony Sanchez Ariño…

En dos días más y Rafael había dado cuenta de un bella Cebra de Hartmann y otro muy lindo Faco.

Carlos por su lado también cazó un magnífico Faco, sumamente viejo y muy colmilludo.

Como los cebos a mantener para el Leopardo eran muchos, debíamos cazar varios animales para mantenerlos frescos y además para la carne a consumir en el campamento, que mi predilección es por el Oryx, y para los demás cazadores que la comían con voracidad, parecían los negros Damara comiendo carne de Oryx. El Leopardo tiene predilección primero por la carne de Cebra y luego la del Oryx, aunque en algunos árboles colgábamos Facos también, de manera que tuve la oportunidad de cazar muchos animales para mantener los cebos y la cocina del campamento.

En uno de los tantos traqueteos en esas rocosa montañas, lamentablemente “mi amigo” Guidion clavó los frenos y Carlos se dio un gran golpe en su costado con la barra antivuelco del Land Rover, lo que derivó en dolores muy grandes que debió sufrir nuestro querido amigo, al que tratamos con antiinflamatorios inyectables, El Brujo (mganga) encargado de estos menesteres era Rafael y lentamente y gracias a Dios Carlos se compuso un poco aunque no del todo bien. El tema era que se terminaban los días del Safari y Carlos no lograba su más ansiado trofeo, el Gran Kudú. Esto llevó a que las tensiones entre cazador y PH se tensaran un poco, pero con la serenidad y bondad de Daniel, Carlos en su penúltima tarde logró su tan deseado Kudú y qué Kudú, fue un medalla de oro y record absoluto en esa zona desde varios años atrás, tal como lo acredita el correspondiente certificado y las incontables fotos tomadas a semejante trofeo que midió cincuenta y siete pulgadas.

Como broche final de despedida fuimos a visitar a la tribu de los Himbas, una de las razas más antiguas del África, donde pudimos ver cómo viven, como se pintan de rojo sus mujeres, preparan una mezcla del molido de una roca que traen de los montes Damara, es un molido muy fino que lo mezclan con leche cuajada de varios días al sol y grasa de bueyes, todo esto cocinado en unas ollas, con lo que obtienen un betún rojo, que las mujeres se pasan por todo el cuerpo, de manera que obtienen un bello color bronce rojizo, esto lo hacen durante toda su vida, no me pregunten por el aroma que se respira en esa aldea…

Los hombres no se pintan y tienen un Jefe de modo decorativo simplemente, es el Mganga (Brujo) de la tribu, y como digo es simple formalismo, pues las que mandan son las mujeres, es un matriarcado con todas las de la ley. Este es otro de los “tragos fuertes” que nos ofrece el siempre enigmático Continente Negro.

Una vez más un generoso “San Huberto” nos regalaba un montón de vivencias, paisajes hermosos, momentos muy lindos con buenos amigos y disfrutando de África una vez más. Gracias Dios.

 

Jorge Borque