Sur-Oeste de la provincia de La Pampa y norte de Río Negro, Patagonia Norte, Argentina, mediados del mes de septiembre de 2010.

Luego de algún tiempo de estudios de recargas y pruebas balísticas, velocidades, agrupación a distintas distancias, diferentes puntas, etc… etc… y muchas charlas y café mediante, nos propusimos probar nuestros .458 W. Mag. sobre lo más grande que se pudiera cazar en nuestro país, Búfalos Asiáticos.

Un campo de más de sesenta mil hectáreas, poblado con una variadísima fauna de jabalíes, pumas, antílopes de la India, ciervos Colorados, ciervos Damas y búfalos Asiáticos. Estos búfalos fueron insertados en el lugar desde hace unos doce años aproximadamente, y viven totalmente libres en esa inmensidad, dentro de unos fachinales y montes espinudos, en algunos lugares casi impenetrables.

Esta forma de vida hace que alguno de esos ejemplares, ya de mucha edad, sean realmente unos "toros" bestiales, sumamente ariscos y desconfiados, tal es el comentario de algunos puesteros, que posee el dueño del campo en determinados lugares, con quienes ya había tenido oportunidad de hablar unos años atrás, y desde ese tiempo deseaba cazar alguno de esos "grandotes".

Me hablaban de búfalos de peso superior a los mil kilogramos, y quienes afirmaban eso, eran gentes de campo acostumbrada a las tareas ganaderas, de manera que lo dicho era para ser creído. Además me explicaban que no se arrimaban a tomar agua, en alguna aguada o tajamar, si algún puestero andaba cerca, de recorrida, o si lo veían, arrancaban huyendo de inmediato, lo que habla por lo claro de las condiciones de regresión, en que vivían, al decir de uno de los paisanos… "Son muy lobos…".

En un primer viaje a esa zona me acompañó Pepe Dimarco, con quien recorrimos por cinco días el terreno de esos búfalos. Un día acompañado por el propio dueño de esos inmensos campos, llegamos a un molino muy lejano del casco y que vertía la poca agua en un charco que estaba alambrado. Paramos en un médano y de allí observamos con nuestros binoculares, que había un "toro" dentro del alambre tomando agua, lo que hizo suponer a Mario que la puerta habría quedado abierta. Pepe se quedaría en la camioneta y nosotros nos acercaríamos haciendo un rodeo, de manera de "buscar el viento", cuando estuvimos a unos doscientos metros vimos que no era un búfalo importante y además Mario pudo comprobar que la puerta estaba cerrada, de manera que el búfalo debería haber entrado por alguna rotura del alambrado, cosa que ya había pasado algunas veces, la sed de estos pesos pesados es grande y arremeten contra los alambres hasta quebrar algún palo. De nuestra posición le hicimos señas a Pepe que avanzara con la camioneta hacia la aguada, el búfalo al ver la camioneta empezó a salir del agua lentamente, pasó por el alambre caído y se quedó inmóvil mirando venir la camioneta. Pepe con buen tino paró el vehículo a unos sesenta metros del agua, se bajó y también empezó a caminar despacio hacia el agua, el "toro" lo miraba y Mario le gritaba "Ojo… cuidado, no te acerques más…", y en ese momento el búfalo cargó contra Pepe, quien corrió a la camioneta y se alcanzó a subir con el último aliento y con sus piernas temblando, tal como lo relata él, cada vez que recordamos el momento. Luego de esto, el búfalo desapareció en el monte y Mario me decía… "Ves porqué los puesteros le tienen miedo a éstos?…".

El análisis se hizo de inmediato, el búfalo ya afuera del alambre tenía a la camioneta bien a su derecha, es decir tenía que torcer su rumbo para cargar contra Pepe y así lo hizo. Luego volvió a su izquierda para desaparecer en el monte. El comportamiento de un animal sin una carga semejante de salvajismo, no hubiese sido así, directamente hubiese huido y punto. A veces pienso en algunas personas que se ríen de cazar a "esas pobres vacas mansas…".

Ya en uno de los viajes posteriores iba acompañado por Ernesto y Rafael, y como decía al principio, la idea era de cazar exclusivamente con el calibre .458 W. Mag. Ernesto con CZ 550 Mag. y munición factory Hornady 500 gr. D.G.S., Rafael con Mauser custom, recargas propias con 500 gr. Y pólvora IMR3031 y yo con mi CZ 550 Mag., con mis recargas, puntas 500 gr. Hornady D.G.S. y pólvora IMR4895, que viajan a una velocidad en boca de 2130 pies/seg. Con una energía de unos 4800 Lbpie.

Llegamos a instalarnos, en un puesto bastante alejado del casco, al atardecer. Durante la cena hablamos extensamente con el puestero para determinar qué estrategias seguiríamos. El puestero nos comentaba que había una aguada relativamente cerca y que cada dos o tres días bajan al agua alrededor de las ocho de la mañana, y que otra tropa sabe pastar detrás de unos cerros un poco alejados, pero según él, es buen lugar para encontrarlos. Todos los movimientos son a pie, no hay ninguna huella para recorrer ese accidentado campo en vehículo y los lugares (como de costumbre) son mucho más alejado de lo que cuentan los puesteros.

Al amanecer del siguiente día, luego de un rápido café, acompaño a Rafael a la aguada, mientras Ernesto recorrería hacia el sur acompañado por un baquiano. Buscamos el "buen viento" dando un rodeo y nos dirigimos a la aguada tal como nos indicó el puestero, caminábamos con sigilo y "gemeliando" permanente (al decir de un español cazador amigo). Nos acercamos a la aguada hasta ponernos a unos trescientos metros, desde donde vimos que había un "toro" solamente y era muy bueno. Nos acercamos a unos ciento cincuenta metros desde donde lo podíamos ver muy bien, el búfalo era realmente bueno. Dale Rafa, tirale, le digo… a lo que me contesta… "pero Vos me dijiste que habían unos que eran inmensos…". Sí yo te dije eso y es real, pero ese toro es muy bueno, le contesto… Me mira y me dice "Y si buscamos otro?…" De acuerdo, volvimos sobre nuestros pasos para no alborotar la aguada y caminamos hacia esos montes alejados que nos indicó el puestero, siempre con "el viento en la cara".

El sol estaba alto, caminar en esos médanos flojos era cansador y revisábamos todos los contornos sin ver absolutamente nada, una hora más de marcha y pudimos observar muy lejos unas cinco cabezotas negras entre el monte, y el viento lo teníamos de través, no era ni bueno ni malo, pero si nos acercábamos en diagonal, seguro nos tomarían el viento. Se sucitó otro diálogo… Rafa si vamos por allí no van a ventear… probemos a ver qué pasa, me contestó. Primero antes de movernos chequeamos lo mejor que podíamos a cada uno de esos toros, eran jóvenes, creo que solo uno tenía una cabeza regular y bastante inferior a la que rechazó en la aguada. Empezamos a caminar lentamente, agazapados y a unos doscientos metros nos seguían cada paso con sus atentas miradas, hasta que decidieron no permitirnos acercarnos más y desaparecieron en el monte.

Ya era muy tarde y Rafael me dice… "al final el de la aguada era muy bueno…" Sin contestación… Le propongo volver por una senda que se notaba que la utilizaban para ir al agua, de manera de ver si nos lo encontrábamos volviendo, era un tiro al aire, pero de todas formas deberíamos retornar por algún lado. Llegamos a ver los montes altos que circundaban la aguada como a quinientos metros, el viento lo teníamos perfecto, bien de frente. En charlas anteriores Rafael me había expresado que quería tirarle al búfalo en medio de la nariz, que había visto cazarlos así a un P.H. en África, además el tiro debería ser a una distancia de entre veinte y treinta metros, no más, por una decisión propia… y yo trataría de filmar el lance desde atrás, aparte de dar la seguridad con otro rifle, como corresponde en "caza peligrosa", todo esto dependiendo de las circunstancias, por supuesto. Los dos nos acercábamos con bala en boca y sin seguro, ya estábamos a unos cien metros del charco, cuando vemos un movimiento detrás de un monte grande, y en dirección a la senda por la que veníamos.

El "toro" venía por fuera del alambrado pero rodeándolo, para tomar la senda que lo llevaría a los cerros y nosotros íbamos exactamente en el mismo camino en dirección contraria, Rafael iba adelante y al llegar a una esquina del alambre y doblar a la izquierda, nos encontramos de frente con el búfalo a no más de veinte metros, y con la ansiedad que lo caracteriza a Rafael, levantó el rifle y disparó instantáneamente, por supuesto yo me olvidé de la cámara y también encaré mi rifle pensando en sacar el disparo lo antes posible, por la cercanía del lance, pero el toro ya iba en caída libre al suelo. La adrenalina nos inundaba, el búfalo yacía caído con un agujero en medio de la nariz. Rafael es muy buen tirador, lo conozco desde hace mucho tiempo y practica tiro desde hace muchos años en el Tiro Federal todas las semanas, pero de allí a disparar a veinte metros a un búfalo y exactamente al medio de la nariz hay un trecho largo… Tiene la taxidermia en su casa con el lugar de impacto marcado.

Al siguiente día el turno de Ernesto, fuimos a una aguada con molino, también cercada con alambre, al amanecer nos encontrábamos llegando y pudimos ver que no había ni un solo búfalo en el agua, por los rastros no habían bajado y no había seguridad que lo hicieran, pues su comportamiento era errático, tal como nos informó el puestero, de manera que decidimos ir hacia los cerros, pero desde un ángulo diferente del día anterior y pasaríamos por un charco que le quedaría un poco de agua (según el puestero). Tras una larga marcha de unas dos horas, nos aproximamos a la aguada, hasta subir un médano muy alto desde donde podíamos ver muy bien el charco y comprobar que no había búfalos. Decidimos descansar allí ya que era un excelente lugar para observar una vasta zona. Llevaríamos unos veinte minutos cuando a lo lejos una pequeña manchita negra se movía en dirección al agua, estaba realmente muy lejos, pero como sabíamos que en esa zona no habían vacunos ni caballos, no dudábamos que fuera un búfalo. A partir de ese momento planificamos nuestra estrategia, el búfalo venía del Oeste al Este y el viento era de Sur a Norte, de manera que nos colocaríamos al norte del charco y esperarlo allí, y así lo hicimos y nos colocamos atrás de un caldén que estaba a unos veinticinco metros de la poca agua que quedaba en ese charco.

Desde esa posición no veíamos al búfalo, estábamos al mismo nivel y había mucho monte de por medio y el búfalo no llegaba nunca… Ernesto me decía que le parecía que habría cambiado de rumbo, por lo que demoraba, pero si nos movíamos para averiguarlo, perderíamos el factor sorpresa, el búfalo nos ventearía o nos vería y escaparía.- En esas cavilaciones estábamos cuando vemos que aparece una negra figura, gigante, era un "toro bestial", caminaba muy despacio, levantaba el belfo y tomaba "el viento" a uno y otro lado, muy viejo, cuero medio pelado hasta en el lomo, con unos pelos largos, una cornamenta descomunal, sumamente desconfiado, daba un paso y se paraba, miraba a un costado y al otro y repetía la operación una y otra vez. Estaba a unos ochenta metros del agua, nosotros con bala en boca y sin seguro, y le decía a Ernesto que esperara y se lo repetía una y otra vez, acá también la adrenalina estaba presente.

Con señas le indicaba que esperara que estuviese de lado y disparara a la base del cogote. Esos minutos de espera fueron interminables, y encaró al agua despacio pero sin detenerse, en el preciso momento que se detuvo, Ernesto disparó y el "toro" giró a la izquierda levantando de inmediato la cabezota enfilando directamente hacia donde nos encontrábamos, sonaron dos tiros en simultáneo, tanto Ernesto como yo disparamos a la base del cogote, de frente, pues venía con la cabeza levantada, y el "toro" se frenó en seco y cayó al suelo pesadamente, exactamente a quince pasos de nosotros. Con un tiro en la nuca Ernesto remató a ese toro que era realmente bestial.

Como la cuota era de tres búfalos, al día siguiente continuamos con el rececho hacia la aguada cercana al puesto, y nuevamente con las primeras luces del día estábamos llegando a ese charco, con gran sorpresa vimos que había una tropa como de diez búfalos y varios muy buenos, el viento no era muy favorable para nosotros y sobre todo cuando nos aproximáramos a distancia de disparo, de manera que habría que decidir muy rápido a cuál dispararle. El acercamiento fue muy bueno, casi reptando como víboras, hasta colocarnos a unos cuarenta metros y no decidíamos a cual disparar, nos acercamos unos cinco metros más y vimos uno bueno, creo que era el mejor, un excelente tiro, cayó "sobre sus rastros", el resto de la tropa huyó levantando una polvareda impresionante.

Muy generoso San Huberto con nosotros, hermosos lances, bellos atardeceres, buenos amigos, buenos trofeos. ¿Qué más se puede pedir?

 

Jorge Borque