La temporada de lluvias pasada (noviembre/2008 a febrero/2009) fue particularmente intensa en casi todo el Continente Negro, y muy especialmente en esta zona del Norte de Namibia, entre Kamanjab y Ruacanda (ciudad perteneciente a Angola), todos los water-holes se colmaron del vital elemento y sus ríos desbordaron en infinidad de lugares, inyectando vida en bosques y sabanas. Los pastos ( the grasses ), alcanzaron más de un metro de altura y en setiembre todavía había mucho pasto y muy alto, lo que otorgaba otra belleza extra a la región, pues la brisa mañanera peinaba prolijamente la sabana, indicando la dirección del viento con solo observar hacia dónde cabeceaban las puntas de los altos pastos, los que con sus espigas al sol mostraban un efecto de espejo dorado con sus movimientos, dando una sensación mágica al entorno que nos rodeaba, y además el fresco perfume de los amaneceres, nos inundaba de África por todos nuestros poros.

El reloj marcaba las cinco de la mañana, y la inmensa bola roja del sol, ya se insinuaba. Si hay algo que me deleita son los amaneceres y atardeceres africanos, ese rojo intenso que va pintando el bosque o la sabana, de diferentes colores a medida que se va desplazando, ya sea saliendo o escondiéndose, y si uno se encuentra inmerso en un entorno tan natural como puede ser un cerrado bosque de mopane con todos los ruidos propios de la fauna que lo habita, es algo subyugante, muy espiritual, especialmente para los que sentimos de manera intensa la caza. Como he dicho otras veces: «Nos vamos llenando de África…»

Eran dos los principales objetivos de esta nueva visita al Continente Negro, uno era el eland, el antílope más grande del mundo, y el otro el leopardo.

Fue tan intensa, tan emocionante, tan sacrificada, y que me colmó de satisfacciones, que primero quiero referirme a la caza de este peso pesado.

El habitat preferido de este Gigante Africano, el eland, es el Norte y Norte-Este de Namibia.

Los machos desarrollan una papada pendulante, más grande cuando más viejo es el ejemplar y llegan a pesar arriba de los 1000 kilogramos, con una gran giba en su cruz, la que llega a estar en los machos grandes a 1,90 mts. Poseen una capa de coloración rojiza en todo su cuerpo, aunque los grandes machos toman un color celeste grisáceo en el cogote y los cuartos traseros; tienen grandes orejas y una cola relativamente larga terminada en un mechón de pelos. Tanto los machos como las hembras poseen cuernos, aunque los de los machos son mucho más robusto y espiralados que los de las hembras que son más finos y mucho menos espiralados. Son animales gregarios, normalmente viven y se desplazan en manadas de 10 a 20 ejemplares, aunque los machos viejos andan solos o acompañados de otro macho algo más joven.

Son magníficos saltadores, es increíble verlos saltar los alambrados comunes, a semejante mole, y lo hacen con mucha soltura, y llegan a correr a más de cincuenta kilómetros por hora.

Cuando ellos caminan y hojean, las pezuñas del pesado eland bull producen un sonido (a veces) audible, que se origina cuando las dos mitades del casco se extienden hacia afuera, bajo el enorme peso del animal. Algunos profesionales dicen que suenan como castañuelas españolas, no creo que sea tan así, pero sí los pude escuchar al correr asustados, a un grupo de unos seis, a los que sorprendimos y les aparecimos de sorpresa. Esta particularidad es la que usan los trackers himbas cuando recechan a los eland, según ellos los escuchan a mucha distancia, aunque como ya he dicho muchas veces, las aptitudes de esos negros hombrecitos del bosque, no son comparables con la del cazador común.

La gravidez de las hembras dura aproximadamente unos 280 días y da a luz una sola cría con un peso cercano a los 30 Kg.

Se alimentan de hojas, brotes, tubérculos, bulbos y plantas de hojas gruesas.

El eland tiene una expectativa de vida de unos 25 años.

John, mi amigo de muchos años, P.H. (profesional hunter), aparte de su gran experiencia y conocimiento de toda esa inmensa zona de caza, había recabado mucha información sobre los últimos movimientos de estos grandes antílopes en una tribu de himbas, indios de esa zona de África, que viven acompañando a su escaso ganado (algunas vacas y cabras) en el campo, mientras sus mujeres atienden las chozas, las reparan, cuidan de los hijos y son en definitiva las que toman decisiones.

Una zona algo montañosa muy al norte, fue la elegida, deberíamos desplazarnos a casi 100 kilómetros de los cazaderos naturales de John, y habíamos decidido hacer la cacería prescindiendo de los trackers, es decir solamente los dos, esto era un deseo mío de hacía mucho tiempo atrás y lo quise llevar adelante, no con soberbia, sino con deseos de ver hasta dónde llegábamos sin los trackers indios. Por supuesto que la inmensa experiencia de John contaba y mucho.

Como de costumbre mi equipo era mi querido .375 H&H Mag., con recargas propias, puntas Swift de 300gr, con IMR-4350, con las que obtengo una velocidad en boca de algo más de 2500 pies/segundo; mis inseparables Swarovski 8,5 x 42 E.L., mi G.P.S., range finder Leupold RX-II y un cuchillo KDS del tipo skinner, un auxiliar de primera calidad en todos los terrenos africanos, el cual fue confeccionado a mi medida , por Pedrito Da Silva, un experto.

En esta zona de Namibia oscurece a las 5,45 p.m. y aclara a las 5,00 a.m., de manera que a las 3 de la mañana, arrancamos con John en una de sus Toyota, en dirección al norte, y la distancia a cubrir era de aproximadamente unos 90 kilómetros, todo de noche, para estar en terreno antes del alba.

A la zona la identificamos por ser un gran valle entre dos altas montañas. Nos separamos del camino principal y nos internamos en una huella apenas marcada hasta el lugar elegido por John, allí esperamos unos minutos para que hubiera más claridad, así lo hicimos hasta que ya podíamos ver con comodidad, era una zona de sabana con altos pastos y salpicada con bosques de mopane y algunos otros arbustos espinudos como el white hook, que según las creencias himbas los ha puesto el Gran Dios, para que sea más difícil llegarle a los animales, lo que les puedo asegurar que es verdad, entrar de mangas cortas es sangrar seguro nuestros brazos y si la camisa no es lo suficientemente fuerte con seguridad que dejamos los pedazos en los 3 primeros kilómetros.

Los pastos altos hasta la cintura, impedían mirar bien el terreno por donde caminábamos, yo daba gracias de haber llevado mis polainas especiales para protegerme de las víboras, pero le comentaba a John que el problema más grave iba a ser cuando le pisara la cola a algún león dormido, a lo que él respondía que no creía, porque cuando los leones duermen, recogen su cola bajo la panza, por lo general.

Con el viento en la cara… siempre… con el viento en la cara… esa era la forma de avanzar en aquel mar de pastos, de una mata hacia otra, de un mopane hacia otro, evitando los grandes trayectos en descubierto, pero por sobre todas las cosas, teniendo en cuenta primero el viento. Según decía John… «An eland doesn’t arrive by chance to old…»

Grandes termiteros a nuestro paso, y por lo general en cada uno de ellos habían cuevas de worthog, que son las que fabrican para pasar la noche, entrando en ellas, marcha atrás, es decir dejando sus defensas (colmillos) hacia la entrada; esta era una zona muy poco andada y mucho menos cazada, según John.

Nuestro objetivo era un eland bull, viejo y grande, de manera que no deberíamos buscar manadas o grupos, nuestra búsqueda era mucho más selectiva y mucho más difícil, era un solo individuo, dos, a los sumo tres, pero nunca más, pues los machos viejos no andan con el grupo, aunque sí se ven en los grupos algunos buenos machos, sobre todo cuando se mueven, ya que lo hacen en fila india y encabeza la marcha un macho importante, por lo general.

Cada tanto John se subía a algún mopane alto y de gruesas ramas para observar detenidamente con los binoculares todos los alrededores.

Nuestra marcha la habíamos iniciado a las 5,30 a.m. aproximadamente, ya eran casi las 11,00 a.m., se sentía el cansancio y el calor, no habíamos parado a descansar, solo esos pequeños momentos en que John miraba desde algún árbol, y justamente estábamos en eso cuando bajó de un salto, indicando que había un grupo de eland adelante como a 500 metros. El viento lo teníamos bien de frente, pero había que cruzar unos espacios abiertos, prácticamente al descubierto, de manera que donde había alguna mata, nos agachábamos, pero donde no había nos arrastrábamos lastimándonos de manera impiadosa, así hasta ponernos a 130 metros, distancia que medí con el range finder que llevo colgado de mi cuello y en un bolsillo de la camisa. Nos colocamos detrás de una mata baja, de manera que no podíamos pararnos, John colocó el shooting, bien bajo para preparar el tiro, mientras decidíamos. Habían unos cinco o seis eland, un macho lindo de cogote celeste que comía hojas de mopane y me mostraba su cogote, los cuernos eran buenos, largos, pero no lo suficientemente gruesos, según John. No era un tiro fácil, pues no se veía bien la base del cuello del animal, solo la cabeza y un poco del cogote, y un tiro a la cabeza, puede destruir el trofeo. Todas estas consideraciones las hacíamos con John, casi con gestos solamente, pero lo definitivo era que el animal, no era el viejo que buscábamos, de manera que decidimos no disparar. Nos arrastramos hacia un árbol a la derecha, tratando de salir de la escena sin alborotar al pride.

A las 2 p.m. paramos una media hora para descansar y continuamos sin resultados hasta las 4 de la tarde, hora en que decidimos volver, pues estábamos más o menos lejos de la camioneta.

Algo parecido lo repetimos dos días más, viendo algunos grupos de eland, pero sin ningún macho importante, mi desilusión y cansancio eran muy grandes, creo que nunca caminé tanto tras un animal.

Al cuarto día fuimos unos diez kilómetros más al norte, repitiendo siempre nuestra estrategia, llegar de noche, identificar el terreno, y con el viento en la cara entrarle. Esta zona era un poco más boscosa, es decir era sabana con un poco más de vegetación alta, lo que nos facilitaba el escondernos un poco más. John se subió a mirar 2 o 3 veces en algunos árboles, y llevábamos una hora y media de marcha, cuando de repente escucho a John… «Eland see… eland see… Jorgui», y si efectivamente a unos 150 metros un inmenso eland nos miraba, John lo observó por un instante con sus larga vistas y de inmediato dijo «shoot… shoot… is very big…» Yo ya tenía mi rifle apoyado en el shooting, le busqué la giba y bajé por la pierna buscando la altura del corazón, todo fue muy rápido, disparé y vi que el eland corría, se me paró el corazón, y John corría también hacia el eland y yo detrás.

No llegó a desplazarse 40 metros y cayó, justo lo vi a través de un claro, en un instante estuvimos casi al lado y le coloqué otro tiro en la nuca para terminar lo antes posible el sufrimiento de ese extraordinario animal.

Todo un noble trofeo, muy pero muy viejo, de cuernas sumamente gruesas y muy espiraladas, de amplias bases, con largos pelos en su frente, que dicho sea de paso, este animal se orina en la frente y luego refriega esos pelos de su frente en árboles y arbusto demarcando de esta forma su territorio.

Fotos muchas fotos con mi hermoso trofeo y luego me quedé solo con mi eland agradeciendo una vez más a Dios y a San Huberto por este hermoso animal obtenido de la más pura forma de buscarlo: el rececho, mientras John iba en busca de la camioneta y de varios colaboradores negros para poder transportar esa inmensa mole de carne y cuernos.

La idea era transportarlo entero hasta el cuartel general de John, para allí pesarlo y eviscerarlo de la manera más prolija posible.

Subirlo a la camioneta con malacate eléctrico y un grupo grande, de trackers y skinners fue una tarea gigantesca y como se puede ver en las fotos, no cabía en la camioneta, y tuvo que venir doblado sobre sí mismo, para poder transportarlo, toda esta operación que duró más de dos horas, la tengo registrada en fotos paso a paso.

En la báscula arrojó un peso de 1155 Kg. y una vez medido dio 228 puntos en el Rowland Ward, tal lo acredita el correspondiente certificado.

Y una vez más mi alma disfrutó África, mi espíritu bailó en la sabana y parte de mí se quedó en los bosques de mopane… África… siempre África.

Jorge Borque