Al norte de Namibia, muy cerca de la frontera con Angola, al norte
de las montañas Damaraland, se extiende la región
de Kunene —nombre del río que hace de límite
entre Angola y Namibia—, una vastísima región
sumamente virgen, donde vive una rica fauna menor y mayor.
Se pueden ver los grandes Elefantes del desierto, Leones de negras
melenas, Leopardos, Cebras de Hartmann´s y de Burchell´s,
Jirafas, el Gran Kudú, las bellas gacelas Oryx o Gemsbok,
los ágiles Springbok, los Warthog o Facoceros —cerdos
verrugosos—, cantidades de Baboones, monos que viven en las
rocosas montañas, y el rey de la velocidad de la sabana,
el Chita.
Me encontraba a unos cuarenta kilómetros de un pequeño
pueblo llamado Kamanjab, más que pueblo era un caserío
sumamente pobre. En esa oportunidad mi objetivo se centraba en
los grandes antílopes africanos como son el Gran Kudú,
el Oryx, Eland, algún buen Springbok, la codiciada Zebra
de Hartmann´s y algún colmilludo Warthog.
Mi base de operaciones era Westfalen, un salvaje campo de cacerías
cuyo dueño, Jhon Van Der Westuhizen, es un Cazador Profesional
reconocido mundialmente por su capacidad y por los trofeos logrados
a lo largo de muchos años en esa zona, además de
ser un excelente amigo.
Los Trackers y Skinners que trabajaban para Jhon eran nativos
africanos de raza Bushman y de raza Himba, estos últimos
son los realmente autóctonos de esta región del Kunene.
Son pequeños hombrecitos que viven en el Bush y cazan grandes
animales con sus pequeños arcos y flechas con puntas envenenadas.
No es fácil conseguir que alguno de estos indígenas
cuenten sus costumbres a algún blanco, incluso el idioma
que utilizan es una mezcla infernal de dialectos, totalmente imposible
de entender. Usan el dialecto Bushman entre ellos y con los blancos
usan una mezcla de Africaner, Swahili, y un poco de inglés
que han aprendido después de tantos años de acompañar
a distintos cazadores.

No es común que accedan a que un cazador blanco entre en
sus viviendas y muchísimo menos que participe de sus actividades
privadas, como son las comidas o charlas alrededor del fuego en
medio de sus chozas. Normalmente todos los días, cuando íbamos
a buscarlos a sus chozas, Jhon frenaba la camioneta unos doscientos
metros antes de llegar, de forma reglamentaria, era su manera de
respetar sus costumbres. July era el Bushman que me acompañaba
a diario en mi cacería, un hombrecito pequeño con
ojos de águila, y con todo el conocimiento que le dio el
haber nacido y vivido en el bosque de Mopane y la sabana africana,
con bastantes conocimientos del idioma inglés, que gracias
a eso nos podíamos entender un poco más y él
me enseñaba algunas palabras en Africaner o en su propio
dialecto Bushman, que me fueron de gran utilidad, pues con esa
mezcla de idiomas y algunas señas nos entendíamos
lo suficiente. Con el correr de los días se fue acrecentando
una singular amistad con July y me fue contando cosas propias de
su gente, formas de actuar, de pensar, de sus tradiciones, cosas
realmente increíbles y de acceso totalmente negado al conocimiento
del hombre blanco.
Un atardecer, cuando nos despedíamos cerca de las chozas,
le dije que a la mañana siguiente, me llegaría caminando
hasta la puerta de su choza, él me entendió perfectamente
y asintió con un gesto y una risa dejando al descubierto
sus dientes mitad blancos y mitad marrones, producto de la mala
calidad del agua que toman.
Jhon me miraba asombrado, pues en años nunca un blanco,
excepto él, había entrado a la aldea.
Yo había enseñado a July a usar mi cámara
fotográfica por una sencilla razón, estábamos
solos en plena selva y alguien debería tomar las fotos al
no llevar ninguna clase de trípode —pues son muchas
las horas de marcha para transportar elementos que no son de primera
necesidad—, y aprendió muy rápidamente, era
una persona sumamente despierta, rápida, siempre riendo
y con buena disposición para todo.

Al día siguiente, como de costumbre Jhon para doscientos
metros antes, yo me bajo y empiezo a caminar despacio hacia la
pequeña aldea. A lo lejos puedo ver la casa de July, estaba
en la puerta rodeado de su familia, su mujer, varios niños
y otras personas más. A medida que avanzaba hacia las chozas,
salían de las otras casas más gente con cara de sorpresa,
a lo que July algo les dijo en su dialecto, supongo. Llegué hasta
la puerta propiamente de la choza, July venía con una pequeña
nena Bushman de su mano, tendría unos cuatro añitos,
y era su hija más pequeña, ella le dijo algo a su
padre y salió corriendo para atrás de la choza, yo
me sorprendí porque no entendía que pasaba, pero
al momento regresó con un pequeñito baboon, que era
su mascota y venía a mostrármela. El pequeño
mono al verme empezó a dar unos aullidos terribles, a morder
a la pequeña y le clavaba sus uñas en los negros
bracitos, July me explicó que ese pequeño baboon
no conocía al hombre blanco y por eso reacciona de esa forma,
de inmediato nos alejamos y el mono dejó de gritar. Realmente
me recibió peor ese mono desgraciado que esa buena gente,
incluso guardo una foto que me sacó July junto a su hija
con el mono. Cuando Jhon vio la foto no podía creer que
July haya permitido tomar fotos de su familia. Así empezó la
relación con esa gente, con la que después hablábamos
bastante y yo iba aprendiendo sus costumbres.
A cierta edad un joven Bushman debe abandonar la casa de sus padres
e internarse en la selva por varios meses, solo con un pequeño
venablo, un arco y flechas, todo construido por él mismo.
De esta manera debe procurarse carne, algunos frutos, y raíces
para alimentarse durante ese tiempo.
Además para ser considerado un «Guerreo Bushman o
Himba» es necesario que demuestren su coraje y valentía
cazando un gran felino, ya sea Leopardo, Chita o un León,
solamente con esas rudimentarias armas, fabricadas por él.
Me dieron a entender que varios no llegan a conseguir esa categoría
social por ser devorados por las fieras y otros, por temor no lo
intentan y quedan en su sociedad en un renglón inferior,
haciendo el trabajo propio de las mujeres, o sea juntar leña,
traer agua, hacer las chozas, y a veces cuidar un reducido grupo
de cabras y alguna que otra vaca.
July me comentó que sería mejor no tomar fotografías
en las chozas, para no provocar un malestar a sus vecinos, a lo
que accedí gustoso respetando las formas de vida de esa
gente. No obstante otras personas de la aldea se arrimaban y con
gestos de amabilidad me saludaban y me ofrecían una especie
de asiento, en donde me sentaba y charlábamos de algunas
incoherencias y solo con gestos se daban a entender de lo malo
y peligrosos que son los Leopardos y Chitas, y que eran muy abundantes
en esa zona. A veces intervenía July y me hacía de
intérprete, me traducía al inglés algunas
cosas que decían sus familiares o vecinos.
Por asesoramiento de mi amigo Alejandro Verzini, con vasta experiencia
y varios safaris africanos en su haber, llevé pequeños
obsequios y presentes, por si se presentaba alguna oportunidad
de quedar bien con alguno de los Trackers o Skinners, en agradecimiento
por algún rastreo o búsqueda de algún animal
en especial. Y como ya había concluido mi cacería,
una tarde al regresar de la sabana, repartí todos mis regalos
entre toda la gente de la aldea, era conmovedor ver los ojos de
agradecimiento de esa humilde y buena gente.
En Namibia, lamentablemente, el problema del SIDA, es gravísimo,
la promiscuidad en ese tipo de vida es altísima. Son muy
comunes las relaciones sexuales entre familia. En el país
hay implosión demográfica debido a este problema,
y según me comentaba Jhon y un funcionario del gobierno,
quién nos visitó y cenó con nosotros, que
se calcula y que se conoce a ciencia cierta solo el cincuenta por
ciento de los casos de muertes por el SIDA, realmente un pronóstico
desolador…
Una mañana al ir a buscar a July y Stanley a la aldea encontramos
un gran alboroto con caras de tristeza, todos hablaban al mismo
tiempo, era una especie de murmullo imposible de entender, y yo
podía intuir que unos reclamaban a otros por algo, que por
supuesto yo no entendía absolutamente nada. Intervino Jhon,
calmó los ánimos y habló largamente con ellos
en Africaner, para mí ya era muy común saber en qué idioma
hablaban, a pesar de no entender nada de lo que decían,
yo sabía por la velocidad a la que hablaban: si era Africaner
era rápida, si era Bushman algo más lenta. Lo que
sí entendía y lo repetían mucho era el término: «Chita»,
era evidente que un Chita tenía mucho que ver en el alboroto.
Esta gente normalmente no cría ganando, pero acá sí tenían
algunas cabras y dos o tres vacas, que las habían obtenido
a cambio de trabajos en campos donde algunos alemanes u holandeses
crían ganado vacuno.
Luego me tradujo Jhon, y sucedió que un Chita se volvió a
comer una cabra, y según algunos por la falta de atención
o de cuidado de la persona que debía de estar con las cabras,
y esto se repitió dos veces en una semana. Además
Jhon encontró dos Springboks comidos por Chitas en el mismo
lugar, y según July y los otros trackers, los rastros pertenecían
al mismo Chita, suponían que era una madre enseñando
a cazar a unas crías bastante grandes, por los rastros.

En rueda con mis «amigos» Bushman me fueron contando
de manera muy lenta, debido a que July debía traducirme
en su particular inglés, lo que me querían contar
sus congéneres. De esta forma me enteré que el Chita
puede andar muchísimos kilómetros sin tomar agua,
porque bebe la sangre y la orina de los animales que caza. Además
es el único felino que no tiene garras, es decir no posee
uñas retráctiles y eso le da la posibilidad de correr
por la sabana a más de ciento diez kilómetros por
hora, aunque esa velocidad no la puede mantener por mucho tiempo.
Stanley, otro tracker, me explicaba cómo ataca el Chita
a una manada de antílopes o Springbok, y lo graficaba con
su cuerpo, alrededor del fuego. El me contaba que primero el Chita
se aproxima a su presa reptando, es decir con su panza pegada al
piso, y cuando está cerca es una explosión de energía
el salto que da sobre su víctima.
Otra de las cosas que pude capitalizar y en contra de los detractores
del deporte de la CAZA, es la cantidad de Chitas que hay en estos
lugares, me refiero a la densidad poblacional, con solamente escuchar
hablar a los criadores de ganado, ya sea caprino y ovino, la cantidad
de muertes por mes es grandísima, además con adentrarse
en la sabana, como lo hacíamos nosotros a diario, y ver
uno o dos Chitas era de lo más común, de manera que «felino
en peligro de extinción» es una patraña para
seguir manteniendo intereses de tipo personales. Una madre Chita
tiene un período de gestación de noventa días,
y da a luz normalmente dos cachorros, es de imaginarse que en una
zona con una población tan numerosa de Chitas, al cabo de
un año son muchísimas las crías que nacen,
y a los dos años esas crías están en condiciones
de procrear.
Mientras recorríamos el lugar donde había cazado
el Chita a la cabra, yo les comentaba a Jhon y a July la forma
en como cazábamos los Pumas en mi país, ya sea con
cebos vivos o colocando trampas. En cierta oportunidad en la Patagonia
Argentina un paisano encontró un cachorro de Puma en el
campo y lo usamos de cebo para atrapar a su madre que estaba haciendo
estragos en las ovejas de esa estancia, llevaba muertas más
de veinte en una semana en distintos lugares. Elegimos un lugar
adecuado, atamos de manera firme al cachorro y lo rodeamos con
trampas muy bien colocadas por baquianos en el tema, y el resultado
una Leona que no mataría más ovejas. Tanto Jhon como
July me escuchaban y me miraban con cara de dudas y supongo que
por respeto no descartaban de plano mi propuesta, pues en ese lugar
a los felinos se los caza con cebos muertos y colgados de grandes
ramas de un árbol, aunque los Chitas no son buenos trepadores,
y el cebo muerto para un Chita debe colocarse bajo, de manera que
pueda saltar hasta él, pero eso significa hacer todo un
seguimiento y una «inteligencia», y hace falta mucho
tiempo.
Acá las condiciones estaban dadas de otra manera, la zona
donde andaban matando indiscriminadamente las Chitas, estaba perfectamente
delimitada y conocida.
Muy cerca de donde estábamos hay un centro de protección
al Chita, Jhon ya me lo había mostrado cuando fuimos a cazar
las Zebras de Hartmann´s, pues pasamos por la puerta de este
campo, de manera que le propuse a Jhon, pedir prestado una cría
pequeña de Chita, ponerla en una jaula lo suficientemente
fuerte en un lugar apropiado, y colocar algún tipo de trampa
al lado. Creo que Jhon accedió a complacerme más
por cortesía que por creer que podíamos echarle una
mano a esa Chita y mandó a July en busca del bebé Chita.
Al otro día a media mañana ya teníamos al
pequeño en una jaula la que llevamos a un water-hole en
la zona donde cazaba la Chita, y donde bajaban muchos animales
a saciar su sed, incluso unos grande baboones con grandísimos
colmillos, de manera que había que proteger muy bien al
pequeño para que no se lo fueran a devorar los monos.
Por otro lado, en esta zona no usan las conocidas trampas «leoneras» tan
comunes en nuestro país, tenían esas trampas tipo
jaulas de un metro de alto por uno de ancho y unos tres metros
de largo, con dos puertas que se levantan en cada punta, y en el
medio una chapa, que hace de disparador, es decir cuando el animal
entra y llega hasta el medio de la trampa y pisa esa chapa, caen
rápidamente las pesadas puertas.
Yo pensaba que sería bastante difícil hacer entrar
nada menos que a una Chita dentro de ese túnel de alambre,
pero la forma de presentarla y la presencia del bebé Chita
sería muy tentador, ya que si bien son animales sumamente
astutos también son muy curiosos.
La estrategia era colocar la jaula pequeña —con el
pequeño adentro— a la par de la trampa grande y en
el medio, y por la parte exterior de la jaula pequeña, taparla
con ramas con muchas hojas, de manera de impedirle la visión
a cualquier visitante, por el lado de afuera. Si quería
ver debería entrar por la jaula grande hasta el medio.
Le dejamos carne y agua al pequeño y nos fuimos.
Yo había completado la cuota de animales con licencia que
podía cazar, y me sobraban cuatro días, este era
el motivo por el que podíamos dedicarnos a atrapar a un
Chita. Además quería cazar un Baboon de los grandes
con grandes colmillos, como vimos los primeros días y no
disparé porque prefería no alborotar el lugar, pues
andaba buscando un Gran Kudú y un Oryx.
Al otro día a media mañana nos acercábamos
al water-hole donde habíamos tendido la trampa, mientras
andábamos buscando un gran Baboon. Paramos a unos trescientos
metros antes de llegar al water-hole y observamos con los binoculares.
July me dice que habían dos Baboones muy grandes que me
preparara. Nos vieron o nos ventearon y por más que nos
apuramos se hicieron humo en la sabana.
Con toda esta excitación ni nos acordábamos de la
trampa, y cuando regresábamos de la persecución,
sin resultado, de los Baboones, July me grita sorprendido y me
dice que hay un gran Baboon atrapado en la trampa hacia donde fuimos
rápidamente. Mi análisis inmediato, era lógico
que así fuera, pues estando rodeada de monos la trampa,
alguno se había metido y quedó adentro.

July llegó primero y la sorpresa fue mayúscula,
se frenó en seco, se dio vuelta y me miraba abriendo los
ojos de manera impresionante —el contraste del blanco de
sus ojos con el renegrido de su piel—. Sí, adentro
de la trampa había una Chita enorme y furiosa. Nos acercamos
muy lentamente y se abalanzaba contra la tela de alambre con una
velocidad y fiereza increíble, se lastimaba y sangraba su
boca al chocar contra las paredes de la jaula. July dando unos
grandes saltos salió corriendo a buscar a Jhon que estaba
en la camioneta, cuando éste llegó y vio a la Chita
adentro, como un caballero inglés, me pidió disculpas
por haber dudado de la estrategia criolla made in Argentina.
La cosa no terminó allí, recién empezaba,
querían atrapar al resto de la banda de «come-cabras».
Como esas trampas no tienen piso, no era posible trasladar a la
Chita con jaula y todo, y como no estaba en los planes de Jhon
matarla, había que pensar en otra cosa.
Según él, podía traer al veterinario y dormirla
con un dardo, cosa muy común en esa zona, pero eso iba a
demorar mucho, de manera que después de hacer varios análisis,
optamos por sacar y devolver el pequeño a su lugar de origen
y dejar a la Chita grande como cebo vivo para atrapar a los otros
Chitas, con otra trampa de las grandes.
Ya la manera de pensar les había cambiado y no creían
imposible el lance, es más, Jhon me comentaba que tenía
varios lugares de su extensísima Loxodonta Conservancy —trescientas
mil hectáreas—, donde usar esta estrategia —tecnología
importada de Argentina—.
Y esta vez San Huberto cuando repartió los naipes me dio
dos comodines, sí, al día siguiente, dos Chitas de
alrededor de unos seis meses de edad, según Jhon y July.
Gran sorpresa para mí, cuando me explicaron que no eran
los hijos de la grande los que estaba en la trampa, que eran otro
tipo de Chita con características muy definidas y muy distintas
a la Chita grande. Para mí toda una gran experiencia que
capitalicé y guardo en mi corazón como uno de los
recuerdos fuertes e impactantes que viví en África.
Gracias a Dios tomé cantidades de fotos, las que de tanto
en tanto vuelvo a verlas y a revivir hermosos momentos.
Cuando fui a despedirme de la gente de la aldea —sabían
que yo partía ese mismo día— se había
formado una especie de Consejo de «guerreros» con July
a la cabeza, se aproximó a mí, uno de los hombres
más viejos, con el cabello totalmente blanco, me tomó de
la mano y haciendo una especie de reverencia me puso en mis manos
una pulsera de bronce, que ellos mismo la fabrican a golpes y con
una especie de buril le graban unas flechas en direcciones encontradas
y que significa nada menos que quien la usa es un «Guerrero
Himba». La emoción del momento fue muy grande para
mí, mientras se me salían unas lágrimas y
con un nudo en la garganta, me puse la pulsera, la que hasta el
día de hoy llevo conmigo. Nos dimos un largo abrazo con
July y me despedí de cada uno de todos esos «Valientes
Guerreros», con la esperanza de poder regresar algún
día.
Jorge Borque