Una tarde de un hermoso otoño mendocino suena el teléfono de casa, mi muy querido amigo Julio Celestino era quien llamaba. Con Julio tenemos una estrecha relación, pues comparte mi gusto por las armas, el tiro y la recarga, no así con la cacería, no la ve mal, simplemente nunca la practicó, a pesar de mis invitaciones en varias oportunidades.

Cuál fue la sorpresa al escuchar de su boca un: «Jorge, te invito a cazar…», realmente quedé sorprendido y seguidamente pasó a explicarme de qué se trataba esa invitación. Julio tiene un muy amigo suyo dueño de una inmensa estancia al sur de la provincia de La Pampa, Patagonia Argentina, en los límites con las provincias del Neuquén y Río Negro, donde su amigo nos invitaba a pasar unos días cazando. El campo llamado Los Ranqueles, es una vastísima estancia de más de treinta mil hectáreas, con muy variada flora y fauna, incluso con elevaciones y profundos bajos, sumamente montosos, alternando con estepas de pastos bajos muy verdes y otras semidesérticas.

Tiene ganado bovino, ovino, cabalgar, algunas tropas de burros en estado totalmente salvajes, también ciervos colorados, ciervos dama, unas tropas importantes de antílopes negros, muchísimos jabalíes y por supuesto bastantes pumas y gran cantidad de fauna de caza menor, como liebres maras o patagónicas, liebres europeas, perdices, martinetas, etc. Y desde hacía unos veinte años, introdujo una tropa de unos treinta búfalos de la India, que compró en el norte argentino, con la idea de llevar adelante un emprendimiento para obtener carne y leche de esos animales.

Por diversas razones ese proyecto no prosperó y dichos búfalos quedaron librados en esos inmensos fachinales, al principio se les veía de vez en cuando, pero a medida que pasaba el tiempo, no se los podía ver por ningún lado, tal como me lo relataba Antonio, dueño de Los Ranqueles, mientras comíamos un exquisito asado de bienvenida en la casa patronal de la estancia, una verdadera joya arquitectónica muy antigua, y muy interesante la charla de una persona de modales muy finos y una vasta cultura.

Me impresionó cuando me dijo… «Acá he tenido oportunidad de hablar con varias personas que trabajaron en el campo y que sus abuelos pelearon contra los indios en la Campaña del General Roca, contra el indio invasor, contra los terribles malones que asolaban esta región en las postrimerías de la década del ochenta…». Yo no salía de mi asombro, y continuó con algo que me quedó grabado a fuego en mi memoria:… «Hacia el oeste de mi campo, muy lejos de donde estamos, hay una elevación importante en forma de una gran espiral y una aguada, que los lugareños la llaman Aguada de Pérez».

«Cuando yo los conocí, hace ya muchísimos años de esto», seguía Antonio con su relato, «les pregunté a esa gente que vivía en ese puesto desde hacía tres generaciones, por qué se llamaba Aguada de Pérez, si ellos eran de apellido Correa, y ellos me explicaron que en plena Campaña del Desierto del General Roca, allí en esa espiral, se escondía el Sargento Pérez, con un grupo de soldados, que oficiaban de ‘chasques’, especie de carteros de esa época, y cuando desde esas grandes alturas ‘bombeaban’ (expresión usada por el indio, que significa: espiaban) los movimientos de la indiada, el sargento Pérez desprendía un chasque o mensajero, con dicha información a las tropas del General Roca». Realmente con Julio lo escuchábamos asombrados.

Ya en los postres arrancamos con el tema que yo esperaba… la caza, y Don Antonio nos vuelve a sorprender diciendo: «… Acá el problema es Cayñé… sí, es el nombre de un búfalo asesino, ese nombre se lo puso Ramón, un ‘Indio Manso’, que trabaja para mí, con las vacas… y es descendiente directo de los indios mapuches…».

Cayñé es una expresión mapuche que significa el enemigo o el malo, y así lo había bautizado Ramón, que en realidad no se llamaba Ramón, sino que Don Antonio lo llamaba así por cariño, y le quedó para siempre, por lo visto tenía un nombre mapuche, pero por reserva nunca lo comentaba. El tema es que, de la tropa de búfalos, eran muy escasos los que se dejaban ver, pues habían tomado características regresivas y esquivaban a los jinetes cuando éstos andaban de recogida de los vacunos, y se los solía ver en algunas aguadas o en algunos de los pocos molinos que tenía el campo.

Había algunos sumamente grandes, con unos cuernos impresionantes y otros de cuerpo muy grande, pero sin cuernos, nadie sabe el porqué, tal como lo pude ver en algunas fotografías que les tomaron en alguna oportunidad. También pudieron ver madres con crías, señal que se estaban reproduciendo.

Y había uno no tan grande, pero de un carácter pésimo, malísimo, en algunas oportunidades atropelló a los gauchos que juntaban la hacienda, para los trabajos normales de una estancia, como es marcar, separar las crías, vacunar, separar para las ventas, etc. etc. El tema es que ese búfalo, sí, se acercaba a media distancia de los corrales de trabajo y había repetido sus malos modales unas cuantas veces, pero la cosa no pasaba de unas corridas y luego el toro malo desaparecía en el fachinal por un tiempo.

Y un día la cosa pasó a mayores con graves consecuencias. Ramón estaba dentro de un gran corral montado en su caballo, mientras hacían pasar las vacas por un brete, en donde quedaban atrapadas para descornarlas y marcarlas, operación que hacían otros paisanos. Cayñé, el búfalo malo, entró como una tromba y con su cabeza en forma de ariete corneó y atropelló de lleno al caballo donde estaba montado Ramón, tirando y apretando al caballo y al jinete contra los gruesos palos del corral, y de inmediato giró y desapareció en el monte. Las resultas fueron una pierna con fractura expuesta y dos costillas de Ramón, además de otros golpes y magulladuras en diferentes partes del cuerpo, y el caballo con una pata quebrada, el cuál no tuvo solución y debieron sacrificarlo, eso fue lo más doloroso para Ramón.

Todo esto había pasado dos años atrás, y habían organizado búsquedas del toro varias veces, sin resultado, hasta que en una de esas búsquedas lo vieron, lo alcanzaron y le dispararon con unas viejas escopetas del calibre 16, que según me comentaba Ramón… «lo habían enojado más que antes…», lo único bueno que consiguieron es que hacía muchísimo tiempo no se acercaba al casco de la estancia, para algo sirvió la perdigonada por las ancas del bruto.

Como yo sabía de la existencia de los búfalos, decidí ir con mi querido .375 H&H Mag., como siempre con mis propias recargas, todos los que me conocen saben que no cazo con otra munición, siempre cazo con mis recargas, en ellas deposito el ciento por ciento de mi confianza. Puntas Woodleigh Protected Point de 300 gr. Con una velocidad en boca de 2480 Ft/seg, consiguiendo una agrupación de una pulgada y media a ciento cincuenta metros, lo que me permite disparar a 250 metros con una caída de 9 pulgadas, además me permite tirar a búfalos, ciervos y a los antílopes negros de igual manera, como muchísimas veces en mi vida, el .375 H&H M. es un todoterreno, su polivalencia es absoluta y es rey en todos los ámbitos de caza, está en mi corazón.

Mientras Julio Celestino y Antonio iban a salir a recorrer el campo en la 4x4, yo me preparaba para una larga cabalgata con Ramón, hacia donde éste suponía que podríamos encontrar a los búfalos, por supuesto la idea principal sería echarle el guante a Cayñé, pero si la oportunidad pintaba bien con algún otro toro de buen porte, sería también nuestro objetivo, dejando por ahora de lado a los ciervos colorados y a los antílopes negros, aunque estos últimos son mi debilidad, pero íbamos a ir tras el malo.

Con mis binoculares, unos Swarovski 8,5x42, que son mi joya, escrutaba el campo a medida que íbamos avanzando sobre nuestros montados, realmente un campo muy grande con muy variada vegetación, y como dije antes con unos fachinales prácticamente impenetrables, cada tanto veíamos las pasadas de los jabalíes, los cuales tenían unos túneles por donde entraban y salían de esos espinudos montes.

Subimos a una loma bastante elevada desde donde podríamos otear todo el horizonte y trabajar con los binoculares, mientras nos tomábamos un pequeño descanso, luego de unas tres horas de marcha.

El viento era un verdadero problema, pues debido a lo impenetrable de los fachinales, debíamos rodearlos y a veces el viento nos daba en la cara y otras en la nuca, pero no había otro remedio. Vimos una tropa muy grande de antílopes negros con unos tres machos preciosos, y una gran cantidad de hembras con muchas crías, que cuando nos tomaron el viento salieron disparados dando esos bellísimos saltos, es como decía un amigo en Namibia cuando veíamos correr a los springboks… «It's for the beauty of the savannah…».

Se cruzó por delante de nosotros una hembra de muy buen tamaño, de gato montés, con dos crías de buen porte, nos miraron como si nada y siguieron su camino, unos bonitos animales, parecen unos pequeños leopardos, de manera que la cabalgata era sumamente amena, con lo que íbamos viendo y con las historias que me iba contando Ramón.

Llegamos a un alejado molino, el cual, según Ramón, perdía nivel y el agua se iba más abajo de la bomba y no había extracción, y cuando las napas o los niveles subían, entonces el molino producía agua, aunque en poca cantidad, pero suficiente para el poco ganado que había por esos lugares, y este era uno de los sitios preferidos por los búfalos, y cuando bajaban al agua permanecían en ese lugar por muchas horas. En nuestro caso no fue así, y vimos algunos rastros muy viejos y con el viento tan fuerte y lo seco del lugar, no podíamos ver nada interesante, tomamos el camino de regreso, estábamos a muchos kilómetros del casco.

Una agradable cena con los consabidos comentarios, y me cuentan Julio y Antonio que vieron de lejos a una tropa de búfalos en unos altos y verdes pastizales, al sur del campo, y que estaban mezclados con algunas vacas con crías.

Al día siguiente, con Ramón al volante de la 4x4, nos dirigíamos antes del amanecer a los pastizales que nos indicó Don Antonio y que, por supuesto, Ramón conociendo con mucha baquía todos esos lugares, fuimos campo traviesa, dando un rodeo, con la finalidad de ponernos el viento en la cara, estaba franco desde el sur, de manera que íbamos buscando entrarles por el norte, aunque íbamos rebotando dentro de la camioneta, pero era una maniobra necesaria para evitar que nos tomaran el viento. Teníamos que llegar, según Ramón a un médano alto y allí dejaríamos la camioneta y continuaríamos a pie para evitar el ruido del motor. Así lo hicimos y la aproximación era larga, subiendo y bajando médanos, arenales, y pastizales cada tanto. Cuando subíamos los médanos el trámite se ponía pesado, era arena muy floja y amontonada por los vientos y cuando llegábamos a los pastizales era un poco más fácil el acercamiento.

En cada médano que subíamos, chequeaba todo con mis binoculares por un instante y continuábamos la marcha, el sol ya estaba a media altura, pero el viento frío cortaba la cara y levantaba la arena, que se nos metía en los ojos, pero el objetivo era llegar a los pastizales altos y verdes lo antes posible.

Otro médano y vimos un grupo de animales sin poder distinguir si eran vacas o búfalos, estaban muy lejos y con los Swarovski no podía distinguir, pero eran negros todos, de manera que giramos algo a la derecha para tener el viento perfectamente en la cara y nos adelantábamos cubriéndonos con los montes donde había y agachándonos donde había pasto alto solamente.

Aparecimos en lo alto de otro médano y ya estábamos a unos quinientos metros más o menos, calculaba, y se distinguían perfectamente tres o cuatro búfalos, delante de un grupo grande de vacas. Para seguir con el acercamiento teníamos que bajar y caminar sin poder ver a los animales por un trecho bastante largo, y el temor que teníamos era que en esos bajos podrían haber búfalos y alarmarse al oírnos, y provocarían la huida del otro grupo, de manera que nos movíamos muy despacio, y mirando muy bien antes de adelantarnos.

Calculábamos que deberíamos estar a unos doscientos metros del grupo que vimos, yo le di mi máquina de fotos a Ramón, con la idea de que él pudiera sacar alguna foto mientras yo disparaba, y lentamente nos fuimos acercando a un borde alto, el viento continuaba perfecto para nosotros, cuando pudimos mirar estábamos a unos ciento cincuenta metros, y ya no teníamos vegetación para escondernos, simplemente los altos pastizales, de manera que le dije a Ramón que nos arrastráramos unos treinta metros hasta unas pequeñas matas que nos permitirían escondernos aunque fuese de rodillas.

Así lo hicimos y vimos que había dos búfalos, uno a la derecha muy muy grande, y el otro a la izquierda un poco más chico, pero de buen tamaño también. El problema era que las vacas estaban por atrás de ellos y muy cerca, y mi temor era que la punta Woodleigh atravesara al toro y diera en una de esas caras vacas de Don Antonio, aunque la punta es soft, pero es una punta más dura que las Swift A-frame que utilizo muy a menudo, y sé que éstas no atravesarían tan fácil al toro, pero las Woodleigh me hacían dudar.

El tiro iba a ser al hombro o a la base del cogote. Mientras yo pensaba cómo iba a disparar, Ramón me dice: «…el de la izquierda es Cayñé, tírele, tírele…» y Ramón se levantó y sacaba fotos, los búfalos y las vacas se asustaron y se movían desde los pastizales al arenal donde había vegetación más alta, yo estaba apoyando mi codo en mi rodilla, puse la cruz de mi Carl Zeiss, un poco adelante del hombro de Cayñé, era un blanco más rápido de tomar, y lo seguí por un instante, hasta apretar el gatillo. El toro al recibir el impacto dio un salto y salió disparado al médano, perdiéndose de vista, y nosotros atrás corriendo.

A pesar que me quedaban dos rondas en el cargador, recargué una más, recordando las enseñanzas de El Gran Elefante, mi querido amigo y maestro Tony Sanchez-Ariño, con lo del tiro en su sitio y la prevención ante todo.

Recorrimos unos setenta metros y vimos al malo, al enemigo al decir de los indios mapuches, al Cayñé, clavado de cabeza en medio del arenal con el hombro izquierdo roto y el corazón partido.

La alegría de Ramón fue indescriptible, bailaba, lo pateaba, me abrazaba y me pidió perdón por lo que iba a hacer… sí… orinó la cabezota del bruto, no es muy académica mi descripción y supongo que no es para contarla en algún club se señoras refinadas a la hora del té, pero el desahogo de una deuda pendiente del pobre Ramón bien merecía la pena.

Como siempre pienso, es San Huberto el que empuja el disparador de mi rifle.

Jorge Borque