Sí… realmente pienso que cuando se habla de cebras se piensa automáticamente en el Continente Negro: África.

De inmediato acuden a nuestro subconsciente las tropas de cebras corridas por un pride de leones, o las grandes migraciones por el Serengueti, junto con miles de ñus, cruzando el río Mara, o las grandes aglomeraciones de animales alrededor de los wáter-holes, como springbok, jirafas, elefantes, kudúes, redhartebeests, impalas y por supuesto las infaltables cebras, tratando de tomar agua, sobre todo en las duras épocas de secas, por la falta de lluvias como sucede en el desierto del Kalahari, en África Meridional.

Así como es mi fanatismo por cazar felinos, pues si hay algo que me gusta es justamente cazar felinos, con las cebras es distinto, no es tanto lo que me gusta cazarlas, sino más bien lo que me atrae muchísimo es rececharlas, buscarlas, perseguirlas, observarlas y obviamente he cazado bastantes y acompañé a cazar otras cuantas por diferentes motivos, con amigos, para quienes organicé las cacerías, los que buscaban su mejor trofeo de cebra o las cacé para colocarlas de cebo para los leopardos, pues un cuarto trasero de cebra colgado de manera estratégica en un árbol es un plato irresistible para los leopardos, y esos cebos deben ser reemplazados, cada cierto tiempo, lo que a veces implica cazar varias cebras.

Hay tres clases de cebras:

1- La cebra común o de planicies o sabanas, más conocida como cebra de Burchell, es la más extendida por toda África, desde el sur de Etiopía y África oriental hacia el sur hasta Angola.

2- La cebra de Grévy (el nombre en memoria del Presidente de Francia, Jules Grévy), se la puede encontrar en Kenia y en Etiopía al sur, del río Tana al norte. Esta es la cebra de mayor tamaño, con rayas negras verticales muy angostas.

3- La cebra de montaña o de Hartmann, localizada en escasos lugares de Namibia y Sudáfrica. Esta es la variedad que más me gusta y la más difícil de cazar, por las características del propio animal, me refiero a vista, oído, olfato y por la geografía y tipo de terreno en el que viven. Tienen rayas blancas y negras en todo el cuerpo, menos en la panza que es blanca, y las rayas en las patas llegan hasta los cascos. El morro es negro y naranja, esto es una propiedad muy distintiva de estas hermosas cebras. Estas viven en pequeños grupos, no se agrupan en manadas, llegan a medir unos dos metros y medio de longitud, un metro cincuenta de alzada y pueden llegar a pesar hasta los cuatrocientos kilogramos. Esta variedad de cebra de montaña o de Hartmann, presenta un dimorfismo sexual, las hembras son más grandes que los machos.

Las cebras tienen una cría por año, o sea una gestación de 365 días aproximadamente.

Normalmente se mantienen más o menos cerca del agua, elemento fundamental para la vida de las cebras, otros herbívoros pueden soportar mucho más la sed que las cebras, tal es el caso de los oryx, los cuales están perfectamente preparados para transitar por los desiertos, es por eso que las cebras, sí o sí, viven o permanecen cerca de donde puedan tomar agua diariamente, incluso dos veces por día.

Las cebras no son animales territoriales, defienden a sus hembras haciendo frente a otros sementales y a grandes depredadores, sus patadas con afilados cascos son temibles incluso para los leones.

En los herbívoros, el corazón está ubicado en la parte baja del tórax y en medio de sus patas delanteras, a diferencia de los carnívoros, quienes lo tienen más atrasado, esto es un detalle importante a la hora del disparo.

Muchos cazadores hablan de «lo resistentes que son la cebras a los disparos», con lo que no estoy de acuerdo, por supuesto que no son pequeños antílopes a los que se abate sin problema con calibres menores. Las cebras son corpulentas, de gruesa musculatura, pero un disparo bien colocado, como diría Tony Sanchez-Ariño, «en su sitio», y de un calibre acorde al animal, como puede ser un .375 H&H Mag. o incluso el .300W. Mag., aseguro que la cebra caerá sobre sus rastros. Otra cosa son los tiros inaceptables o mal ubicados y luego querer justificar lo injustificable, aduciendo gran resistencia a los disparos.

Con respecto a querer tratar de justificar lo injustificable, he visto gran cantidad de vídeos de caza de cebras en internet y recuerdo patente uno, de gente bastante conocida, en donde muestran una cacería de cebras de montaña, en Namibia, cerca de Windhoek, en donde van de a caballo en busca de las cebras y, según el propio tirador, dice que disparó a unos ciento ochenta metros, y se puede apreciar perfectamente en el vídeo dónde fueron los impactos, el primero sumamente trasero, a nivel del hígado, uno de esos tiros que jamás hubiéramos deseado, y el segundo en medio de la panza, e inmediatamente después aclara que la debieron de pistear por largo tiempo, debido a «lo resistente que son las cebras…». Por Dios, me da vergüenza ajena.

Recuerdo un rececho de cebra en los Damara Mount, donde caminamos con mi pistero por más de cinco horas buscando una gran cebra, que era lo que yo pretendía. Vimos varias, pero algunas no daban la medida y otras nos tomaban el viento y desaparecían, hasta que al subir a lo alto de una loma, dentro de grandes rocas de tamaño descomunal que formaban un gran anfiteatro al fondo, con unas paredes verticales altísimas, imposibles de trepar por allí las cebras, todo dentro de un grande y bello bosque de mopane y altos pastos amarillos. A lo lejos escuchamos el sonido inconfundible del grito de las cebras. Stanley, mi pistero, me dice que esté atento porque las cebras van a venir sobre nosotros por la izquierda o por la derecha con seguridad, pues no pueden seguir hacia adelante por la pared de rocas verticales, y así fue efectivamente. Me señala una cebra a unos cien metros de buen tamaño, a la que disparé con mi .375 H&H Mag., de inmediato al cogote y pudimos ver cómo la cebra salía a toda carrera y se perdió en los altos pastizales. Fue una amargura grande, pues yo había soltado la pepa, al decir de un baquiano amigo, correctamente, sabía que mi disparo había sido bueno, por eso no entendía cómo la cebra partió a toda carrera…

Stanley me señala otra gran cebra a nuestra derecha, al lado de un gran árbol, me decía: «tree, tree, Bwana Jorgui», indicándome que la cebra estaba debajo del árbol, pero cuando la metí en la telescópica vi que venía otra muy grande por atrás, pero Stanley no la veía y me presionaba, «shoot… shoot Bwana», esperé y cuando apareció la que esperaba disparé también a la base del cogote, y la cebra corrió hacia la derecha… nos miramos con Stanley y con cara de amargura total y fuimos a ver qué pasaba…

El disparo fue a unos ciento veinte metros, no más, Stanley corría más rápido y se me adelantó, de pronto lo siento dar grandes gritos de alegría, «good shoot Bwana… good shoot Bwana». La cebra había corrido no más de treinta metros, la punta Swift A-Frame de 300 gr. había penetrado exactamente en la base del cogote. Con Stanley fuimos al lugar donde recibió el impacto, donde habían quedado bien marcados los rastros de los cascos dejados con el arrancón que dio al recibir el impacto y les aseguro que fue impresionante el escenario, evidentemente ese maravilloso proyectil de 300 gr a una velocidad de 2500 ft/seg, había partido una arteria importante en el cogote de la cebra y el chorro de sangre salió de su cuerpo, bombeado por el corazón, con un cuerpo totalmente cargado de adrenalina, llegando a una distancia de cuatro metros, y dando sobre unas rocas de carbonato de calcio blancas como palomas, todas enrojecidas por la sangre, y lo que más me llamó la atención fue la gran cantidad de sangre, lo que pone en evidencia la potencia del animal.

La cosa no termina acá, mientras yo me preparaba para tomar unas fotos, Stanley, conociéndome y sabiendo cómo disparo, me dice que lo espere que va a pistear a la primera cebra que disparé. Al poco rato me llamaba a los gritos… y sí, la cebra estaba clavada en el suelo y en el mismo lugar donde le había disparado. Por los rastros, el análisis de todo un experto como es Stanley fue el siguiente: Había dos cebras cuando disparé, la primera cayó fulminada con un tiro que le partió la espina, y la segunda que estaba atrás fue la que vimos partir escapando como un rayo y, como los pastos eran altos en ese lugar, no pudimos ver bien a la distancia a la que disparé. Otra vez San Huberto me manejó el rifle, y se las dediqué a mi querido padre Pedro, fallecido hace muchos años.

Tremenda caminata a buscar la 4x4 y más colaboradores para que nos ayudaran con las dos cebras. Subir la 4x4 hasta ese lugar realmente merece otro relato, hasta tuvimos que cortar varios árboles pequeños para poder avanzar, usando en tres oportunidades el malacate, pues la doble baja fue insuficiente para trepar por esas laderas tan inclinadas, repletas de grandes rocas, por las que subíamos la Toyota ayudados por el malacate.

Cuando Stanley destripaba a la cebra, me decía: «Bwana Jorgui, that beautiful bait for leopard, it is a pity…», sabiendo que mi próximo lance sería, justamente, cebar un leopardo.

Todas las municiones que uso siempre, absolutamente siempre, son recargas propias, en este caso usé puntas Swift A-Frame de 300 gr. con una carga de pólvora de IMR4350, con la que obtengo una velocidad en boca de 2500 pies/seg. y una agrupación de menos de una y media pulgada a 150 metros.

Un dato importante de señalar es la propiedad de cada cebra de ser singular, me refiero a que cada cebra tiene un rayado en su frente que es similar a las huellas digitales de los humanos, es decir, no hay dos cebras que tengan las mismas rayas en su frente, es una excelente forma de tener identificada a cada cebra cazada, simplemente con sacarle una foto de su cara (frente) de cerca. Pude comparar muchas y es muy fácil diferenciar una de otra, y es una buena manera de asegurarse que la piel de la cebra que Ud. cazó, sea la que le llega a su casa de regreso del safari.

En otra oportunidad, en la zona que se conoce como Elefant Camp, preparé un blind para acechar un leopardo que había tomado un cebo de kudú que colocamos hacía muchos días, sin verificar que el leopardo llegara a comer. Lo habíamos desechado cuando pasaron varios días, pero uno de los tracker, que recorría esas sendas dentro de bosques de mopane en unas pequeñas montañas, en las que había una vertiente con agua cristalina, buscando rastros de elefantes, vio rastros del leopardo comiendo los restos putrefactos del Kudú, totalmente llenos de gusanos. Cuando nos enteramos fuimos de inmediato y efectivamente constatamos la bajada del leopardo al bait, volví rápidamente al campamento, junté unas pocas cosas y me fui a instalar un blind al lado de un gran mopane y colocamos algunas ramas por delante para evitar que el leopardo me viera. El lugar era un roquero dentro de la montaña, en el que vivían una gran cantidad de baboones, los que me recibieron con unos alaridos impresionantes, como para alertar a toda la selva. Si bien me acerqué con muchísima cautela, y por supuesto sin hacer el menor ruido, el centinela que tienen esos desgraciados en la parte superior de la roca más alta me vio y dio la voz de alarma, me quedé congelado para evitar un revuelo mayor, y en ese momento salen del arroyo unas cuatro o cinco cebras, todas de tamaño descomunal, sobre todo un gran macho con una deformación en su cogote, una gran anormalidad, una especie de coto de grandes dimensiones, todo de color negro, algo sumamente raro, muy grande y muy bello ejemplar de cebra. Se pararon en una ladera frente a mí a no más de cincuenta metros, la metí en el retículo de mi telescópica y juro que me temblaban las piernas, pero pensando en que todavía, a pesar de todo el escándalo, podría venir el leopardo, pieza que no cambio por ningún otro animal, de manera que bajé el rifle y seguí mirando con todo detalle a esa hermosa cebra, la que dejaba ir sin más…

Y sí, como se imaginarán el leopardo no vino, aunque lo esperé hasta que se hizo noche cerrada, y eso es muy imprudente en ese tipo de lugar, debido a que mi vuelta era por el cauce de un río seco, que es una autopista de elefantes, llena de elefant-dang y con cantidad de pozos que hacen estos elefantes en busca de agua, o sea bien aprehensivo el retorno hasta la 4x4. Antes de iniciar el descenso, cambiaba mis municiones de punta blanda por otras sólidas Full Metal Jacket, por si tenía la desgracia de toparme de frente con algún elefante, aunque en esa noche oscura dudo mucho que hubiese podido hacer algo. Recuerdo que al ir bajando del blind, que estaba en una ladera de esa loma, se llegaba hasta una angosta senda que iba desde la vertiente hasta un ancho río seo, y tanto esa senda como el río seco eran pistas usadas permanentemente por los elefantes, y yo debía transitarla en ese momento de noche. A mitad de camino se sintió un gran ruido y era un árbol que se rajaba por el embate de un gran elefante buscando comida, a no más de veinte metros, estimo, me quedé congelado y les aseguro que la situación se puso más que tensa, la adrenalina inundaba mi cabeza, de manera que a tientas subí de nuevo a media ladera llena de gruesas espinas, y por allí fui buscando muy lentamente y a los pinchazos, el camino de la camioneta, sabiendo que los elefantes no caminarían por ese plano inclinado… Ahora lo cuento como una anécdota, pero fue un trago amargo.

Qué magnífica zona es el norte de Namibia casi en el límite con Angola, de una belleza escénica extraordinaria. Con mi tracker Stanley fuimos a ver una especie de lugar secreto que tiene este hombrecito damara, que es donde él busca a las cebras, porque es un roquero de forma horizontal, de un color negro brillante intenso, inserto en un gran bosque de mopane, y que posee innumerables huecos, unos más grandes que otros, en donde queda el agua de las lluvias y se conserva, y esto lo conocen perfectamente las cebras y cuando se desplazan de un lugar a otro, lo hacen por ese bosque de suelo rocoso que les proporciona el vital elemento, el agua, repito, las cebras no viven en donde no puedan tomar agua una vez al día. Y realmente fue un maravilloso espectáculo verlas bebiendo cada una en un pozo, también la usan los pisteros en caso de necesidad.

Cebras… Iconos de África, bellos animales.

Jorge Borque