El Río Negro es un hermoso y caudaloso río que atraviesa nuestra bella Patagonia Argentina, de oeste a este y desde su nacimiento hasta su desembocadura en el mar, hace de marco natural de los más diversos paisajes patagónicos.

En nuestro caso nos referimos al tramo que pasa al costado de Guardia Mitre, un típico pueblo de la Patagonia. Exactamente a la vera de dicho río, se encuentra la estancia Peumayén, lugar soñado en lengua Mapuche, que se caracteriza por tener una exuberante vegetación en algunas zonas, alternando con espacios abiertos en donde se cultivan maíz, sorgo y avena, incluso posee varias islas cubiertas por fachinales casi impenetrables, que son el hábitat elegido por los grandes jabalíes que la habitan allí, desde hace muchísimo tiempo, pues tienen toda la comida necesaria en esa vasta extensión, el refugio seguro de sus intrincado pasajes, y todo el barro y agua que necesitan para desarrollar esos tremendos cuerpos y colmillos que dejan mudo al cazador más exigente.

Para acceder desde el sur a la estancia es necesario subir nuestra camioneta a una balsa que cruza el Río Negro, es parte del camino, llevando a los vehículos y personas de un lado a otro de dicho río, son aproximadamente unos trescientos metros el cruce sobre la balsa y es toda una nota de color, es el comienzo de una hermosa aventura.

Muy cerca de donde abandonamos la balsa se encuentra un pórtico marcando la entrada a Peumayén y a medida que vamos ingresando nos vamos deleitando con sus bellezas naturales a la orilla del gran río, con razón los indios mapuches lo llamaron Peumayén: Lugar soñado.

A nuestra llegada nos reciben el dueño de la estancia, Claudio Naim Pérez, acompañado por mi amigo Gonzalo Vecchio, quien es un experimentado cazador y asesora de manera permanente a Claudio en todos los temas cinegéticos. Ambos magníficos anfitriones y son quienes manejan todo con especial esmero en cada una de sus actividades.

El resto del staff, lo conforman Óscar, Miguel, Eduardo, Ricardo y el chef internacional Roberto, quienes cubren sobradamente y con esmero las necesidades de cualquier cazador-visitante de la estancia.

Justamente fue idea de Daniel y Gonzalo de invitarnos generosamente a nosotros y a un grupo de conspicuos cazadores de diferentes zonas del país, a efectos de evaluar las bondades cinegéticas de la zona y especialmente de la Estancia Peumayén.

Nos cuentan que la estancia tiene unas 40.000 hectáreas y de las cuales hay unas 700 hectáreas cultivadas, las que son el blanco preferido de los grandes colmilludos de la zona.

Es tan grande todo este paraíso que permite que cacen en simultáneo un número muy grande de cazadores, sin llegar a interferirse unos con otros en ningún momento. De un apostadero a otro hay distancias que en algunos casos llegan hasta los treinta kilómetros, de manera que un cazador está inmerso en un paisaje salvaje en la más solitaria espera, y hay más de treinta puestos habilitados al acecho, pudiendo haber muchos más debido a lo extenso de la estancia.

A los jabalíes también se los caza al rececho, a pie, en pleno día sin necesidad de la ayuda de perros. Gonzalo junto con El Tuti dieron cuenta de un lindo jabalí cazado a las diez de la mañana, a la vera del río, y lo fuimos a buscar en una de las lanchas que posee la estancia a tales efectos, un paseo hermoso por el río en busca del jabalí.

La estancia posee más de diez kilómetros de costa sobre el Río Negro lo que da la posibilidad de visitar parajes sumamente bellos y salvajes sobre una lancha, incluso se lleva a los cazadores en lancha hasta determinados puestos de espera, lugares que sería imposible acceder por el gran fachinal que los rodea. La pesca de truchas, pejerreyes y carpas es otra posibilidad que nos ofrece este hermoso lugar.

Hay un muelle flotante donde atracan las lanchas al costado de los bellos jardines de la estancia e inmediatamente al lado encontramos un quincho para reuniones y gran comedor de exquisita arquitectura ambientado para los cazadores y sus temas favoritos de caza, armas y municiones.

Especial mención para Roberto, el chef, responsable de toda la comida de la estancia, presentando platos de carne de caza exquisitos, todo tipo de fiambres y excelentes vinos, a toda hora, es decir a medida que van llegando los cazadores a altas horas de la noche o día.

Mi equipo para esta oportunidad fue mi .375 H&H Mag. con una mira Carl Zeiss de 3-12x50 con retícula iluminada, con recargas propias 300gr puntas Hornady R-N y pólvora IMR4350, con la que obtengo una velocidad de 2500 ft/seg en boca, y una agrupación de dos pulgadas a ciento cincuenta metros, y mis inseparables binoculares Swarovski E. L. 8,5x42, que constituyen el elemento más importante que uso para cazar de día o de noche, en selvas o montañas, siempre digo, que son ellos los que realmente cazan.

La primer noche me aposté en una especie de isla, a la que se accede por una pequeña lengua de tierra, por donde apenas pasa la camioneta, me acompañaba Eduardo, uno de los conocedores del campo y Hugo, otro de los baquianos de la estancia, nos dejó a las seis de la tarde y nos vendría a buscar a las dos de la madrugada, pues el viaje de ida al campo fue de mil trescientos kilómetros y el cansancio se siente.

Con Eduardo tiramos unos puñados de maíz en el frente del apostadero, antes de subir al mismo y una vez que estuvimos instalados y todavía con luz diurna dio inicio el desfile, por llamarlo de alguna manera, de la inmensa cantidad de jabalíes que entraban y salían. Yo sabía de antemano de la gran población de chanchos que había en el lugar, pero nunca imaginé, que fuera tan grande… ¡mi Dios!

Entraban hembras con crías pequeñas y medianas de año anterior, entraban machos jóvenes y medianos, pudimos presenciar varias peleas entre machos jóvenes disputándose los granos de maíz.

Entró una hembra descomunal, tan grande que tomé de inmediato mi rifle para prepararme, cuando veo que la seguían cuatro bolitas de regular tamaño, sus crías, y a las que manejaba con unos fuertes golpes de jeta.

Mi idea era cazar uno muy grande, no solo grande, sino muy grande, pues las condiciones estaban dadas, los rastros que vimos con Eduardo no dejaban ninguna duda del tamaño de los ejemplares que visitaban ese revolcadero.

Calculo haber visto no menos de cuarenta chanchos en unas cinco horas y algunos muy buenos, sin llegar a ser el gigante que yo esperaba. Eduardo me decía… «Mire, ese macho de la izquierda que persigue a esa chancha es muy bueno, le alcancé a ver brillar los ganchos con la luz de la luna…». Sí Eduardo, es cierto, en otro momento y en otro lugar le hubiera disparado de inmediato… pero estando en La Napa…, al decir de mi amigo Pepe, prefiero esperar a un grandote…

A lo lejos el ruido de la camioneta que venía por nosotros.

Ya en el quincho nos esperaba Roberto con todo su arsenal de exquisiteces, una gran picada con todo tipo de fiambres y de remate un guiso de callos a la española que fue la sensación de esa madrugada, por supuesto acompañado con excelentes vinos.

A medida que iban arribando los cazadores nos enterábamos de cada uno de los lances y las experiencias vividas en los distintos apostaderos. Llegó mi amigo Puchos, quien había dado cuenta de un hermoso ganchudo, no muy grande de cuerpo, pero con unos lindos colmillos, y la nota la dio Maxi, quien llegó por vía fluvial, pues la balsa trabaja hasta las once de la noche solamente, y como su acecho estaba al sur de río, no pudo regresar en su camioneta, de manera que lo fueron a buscar en lancha, y traía un monstruoso jabalí, era tan grande y pesado, que fue necesario la ayuda de varios cazadores para colaborar con la subida de ese grandote desde el muelle hasta el quincho. Realmente un hermoso jabalí, un verdadero monstruo, con una boca impresionante, y por lo comentado, un justo premio al sacrificio, a las muchas horas que le puso y a la dedicación de Maxi, para el logro obtenido. Enhorabuena Maxi.

Felicitaciones y abrazos por todos lados, junto con los brindis con el champaña bien frío.

Al día siguiente salimos a recorrer los distintos paisajes de Peumayén, grandes pastizales, infinitos fachinales, bosques que caen al río, zonas con distintos cultivos y es justamente aquí donde hacía hincapié Daniel, refiriéndose al maíz, me mostraba el ataque despiadado de que había soportado esa plantación por parte de los jabalíes, realmente daba estupor ver los destrozos sufridos en una sola noche. Y me decía… «Si no venimos pronto, no vamos a cosechar nada…».

Ya a las seis de la tarde estábamos nuevamente instalados con Eduardo en otro de los buenos lugares de espera, era una playa bastante grande con muy buena visibilidad. Le pedí al chofer de la camioneta que no fuera a llegar hasta el apostadero, que nos dejara a unos cien metros, a efectos de no generar más olores de los necesarios en las cercanías, y nos llegamos caminando con nuestro equipo.

Escondido detrás del apostadero y entre unos matorrales tienen un tacho lleno de agua con maíz, en remojo permanente, y es justamente ese maíz en puñados el que arrojamos con Eduardo, al frente de nuestro puesto, y de paso con un poco del agua del maíz, regamos los costados de nuestro apostadero y especialmente la escalera, por la que subimos a los efectos de disimular nuestros olores, lo que he comprobado muchas veces que da muy buenos resultados. Eduardo conocía el truco y se reía cuando me veía echar el agua.

Y se repitió lo mismo de la noche anterior, bajaban chanchos desde todas las direcciones, con la diferencia que, en esa gran playa, los podíamos evaluar desde muy lejos con nuestros larga vistas.

Gran cantidad de chanchas con crías, en un caso eran dos madres con más de diez pequeñas crías que se aspiraron casi todo el maíz que habíamos arrojado.

Como a las diez de la noche entró en un fuerte tropel un muy buen padrillo, muy grande, corriendo a otro de un tamaño algo menor y pasaron como tren lleno, sin detenerse, y por los ruidos que escuchábamos parece que el grandote alcanzó al otro en el fachinal, se podía escuchar una feroz pelea, con chillidos y fuertes atropelladas de montes, estuvieron unos quince minutos de esa forma y no se escuchó nada más. Nosotros pensábamos que alguno aparecería, pero lamentablemente no fue así, una verdadera lástima, porque era un chanco descomunal el más grande.

Continuaban bajando chanchas con cría y algunos padrillitos, que las encaraban a las chanchas y éstas los rechazaban de manera terminante.

Como a la hora vienen entrando desde muy lejos dos jabalíes, uno grande, viejo, lomo plateado y otro joven, supuestamente el escudero, mi corazón se aceleró, tocaba el frío metal de mi rifle, preparado a mi lado. Muy lentamente se iban acercando, el grande venía rengueando y se paraba a descansar. Pobre animal, realmente muy viejo, flaco, sin colmillos, un jabalí al que se debería haber disparado. Comieron algunos granos que quedaban de maíz y siguieron de largo, lentamente como entraron.

Pasó un media hora y nuevamente entran dos o tres chanchas seguidas de algunas crías y dos padrillos, uno de los cuales perseguía insistentemente a una de las chanchas, era un buen macho, no gigante, pero bueno. Eduardo me mira y dice «tírele que es bueno…», y como faltaba casi una hora para que nos vinieran a buscar, le respondí que no se hiciera problema, que yo prefería seguir esperando al grandote mientras tuviera tiempo.

A lo lejos se veían las luces de la camioneta que venía a buscarnos. Cuando Hugo llegó por nosotros nos contó que en la estancia había una tremenda fiesta debido a que otros cazadores habían logrado unos trofeos excelentes.

Efectivamente esa noche fue de fiesta en el quincho, celebrando la obtención de muy buenos trofeos, unos veinte jabalíes excelentes, de los cuales más de diez fueron los monstruos que identifican a Peumayén.

Al otro día el largo retorno al hogar con la idea fija de volver por el grandote, con varios días más, en alguna luna próxima.

Y como decía mi abuela, «no todas vienen llenas, algunas vienen vacías…».

 

Jorge Borque