Últimos días del mes de marzo del 2015 y en viaje a lo que por muchos años, fue un tema pendiente… La “brama” del Colorado en los grandes bosque andino-patagónicos, de nuestra hermosa Patagonia Sur Argentina.

Es un viaje muy largo, de mi casa nos separan casi dos mil kilómetros de esa bellísima zona, situada en los límites de las provincias del Chubut y Santa Cruz y el vecino Chile.

Una cacería sumamente técnica, dentro de inmensos bosques, con grandes árboles como lengas, coihues, ñires en las laderas de las montañas que justamente hacen de límite entre Argentina y Chile. Donde los lances se pueden dar a escasas, como a largas distancias, dependiendo de dónde podamos encontrar “la brama”, si es dentro del bosque o ya casi en las cumbres o filos cumbreros, en donde es estepa patagónica, donde se podrían presentar lances a mayores distancias.

Como de costumbre y a modo de ritual infaltable, se me presentan las dudas… ¿Con cuál rifle voy?… El bosque lugar ideal para ir con mi querido .375 H&H Mag. con mis usuales puntas de 300gr a 2500 pies/seg, y la parte superior de los faldeos o los filos cumbreros, ideales para el .300 W. Mag. con mis recargas favoritas, Nosler Partition de 180 gr a 3050 pies/seg. dándome una cuota extra de garantía de precisión a largas distancias, aunque los que me conocen, saben que detesto hacer tiros a muy largas distancias, por varias razones, primero disfruto mucho más el acercamiento que hacer un disparo (fusilamiento) a larga distancia, segundo y fundamental, a menor distancia puedo ver mucho mejor sobre qué voy a disparar, evitando de esta manera disparar “suponiendo”… que era un buen trofeo y al llegar al mismo darse de cara con un ejemplar joven, el cuál no merecía ser disparado, y tener que escuchar un montón de excusas estúpidas, como las he tenido que soportar muchas veces, de parte de los “desatendidos mentales” como diría mi querido gran amigo y maestro Tony Sanchez-Ariño.

El bosque andino-patagónico es un lugar sombrío, muy húmedo, que requiere movimientos lentos, evitando todos los ruidos posibles con la gran cantidad de palos caídos y los ñires achaparrados, que pareciera que los hubieran puesto exprofeso para proteger a los esquivos y hermosos Colorados de nuestro sur Argentino. De manera que el uso de excelentes binoculares y de una buena mira telescópica, se hacen imprescindibles, para moverse en ese bello escenario.

Esta es la época en que se le llama “El bosque en llamas” por los colores que predominan, los amarillos intensos y los rojos, algunos fuertes y otros tirando a ocres, pareciendo a lo lejos lenguas de fuego, con los que la sabia Naturaleza protege a sus criaturas, en este caso el Ciervo Rojo, permitiéndole que se mimetice en el entorno, sobre todo a los más jóvenes, que tienen el pelo mucho más colorado que los viejos, que se tornan bayos.

Me decanté por mi Ruger .300W. Mag. el cual tiene acoplada una mira telescópica Leupold 3,5-10x50 de retícula con punto iluminado, para tirar a velocidad, un conjunto que me ha dado infinitas satisfacciones en muy diferentes escenarios de caza. Mis compañeros de partida y para quienes armé la cacería, José con un .300W.Mag. y Jorge, con un CZ en calibre .308 W, además mi secretario y ladero de toda la vida, Pepe, quien oficiaría de intendente de campamento.

El viaje en camioneta desde Mendoza hasta el Chubut es un muestrario gigante de hermosos paisajes cambiantes de nuestro grande y largo país, atravesamos varias provincias, con diferentes geografías, con montañas, ríos grandes y caudalosos, y ciudades importantes como Bariloche, un gran centro internacional de turismo, donde se practican deportes como el esquí, la pesca, la caza, el montañismo, el turismo aventura etc. etc.

Después de recorrer casi mil novecientos kilómetros llegamos al último pueblo antes de acceder al Lago Fontana, y es Alto Río Senguer, un pueblo pequeño, de gente muy simple y amble, que se brindan completamente a quien lo solicite, y desde allí los últimos setenta kilómetros que nos separan del lago.

En el punto donde encontramos al lago y donde nace el Río Senguer, hay un destacamento de Gendarmería Nacional Argentina, que como su eslogan lo dice son los “Centinelas de la Patria”, en donde es necesario reportarse y los gendarmes hacen un control de permisos y armas. Buena gente y muy esforzada viviendo en esas “lejuras” al decir de un paisano amigo. Una vez cumplimentado este requisito entramos al Paraíso, el lago a nuestra derecha, al frente y a lo lejos la cordillera nevada de picos muy agudos, y a nuestra izquierda los milenarios bosques andino-patagónicos, nos acompañan y nos marcan el camino.

Nos detenemos en una especie de balcón para admirar tanta hermosura, la admiración del paisaje y el silencio de todos nosotros, dan idea de lo bello que contemplábamos… Y se me ocurrió una frase con la que se puede pintar ese momento… ”AQUÍ DIOS TOMA VACACIONES……”

Unos kilómetros más y nos encontramos con quien sería nuestro baquiano en esos lugares el “Chevo” Fuentealba, hombre “nacido y criado allí”, su rostro curtido por los duros inviernos y las grandes nevadas, nos indican que baquía no le faltaría para indicarnos las zonas donde braman los Colorados.

Hay una cabañas muy espartanas, solo con lo esencial para pernoctar y guarecerse de las lluvias o nevadas, es decir la cosa no es para “blandos”, además nosotros no venimos de turismo, y con lo que hay, nos sobra.

La idea era cazar sin guía, pero no al principio, es decir una vez que tengamos un pantallazo de la zona por dónde movernos, de manera que los dos primeros días iríamos acompañados por el Chevo, con unos y un hijo del Chevo, con otro. No es fácil orientarse dentro de esos bosques infinitos, pero con algunas indicaciones y la ayuda del GPS, nos podríamos mover a gusto.

La estrategia era iniciar la marcha de subida a la montaña a las cinco de la mañana, es decir en plena oscuridad, lo que hacíamos era seguir al Chevo, quien llevaba una pequeñita linterna de led, y tratando de atropellarnos la menor cantidad posible de palos dentro de esa maraña vegetal, y mientras íbamos subiendo la empinada ladera boscosa, tratábamos de escuchar cuándo iniciaba la “brama del amanecer”.

El frío apretaba fuerte las primeras horas, pero como el esfuerzo era muy grande, se iba soportando de manera más o menos pasable.

Alrededor de las ocho de la mañana se siente un rezongo suave, al rato se repite y con mayor fuerza, y empezó la hermosa y técnica, caza del Colorado en brama. Le bramamos nosotros y nos contestaba, cuando el ciervo bramaba, nosotros nos movíamos rápido hacia el lugar que suponíamos que estaba, (lo que yo denomino: “Atropellar a la brama”…) y parábamos para escuchar. Como no bramaba, nuevamente nosotros lo incitábamos con nuestros bramadores, y él, contestaba. Así estuvimos más de una hora, lo sentíamos muy cerca, estimo unos ochenta metros más o menos, el bramido era corto y muy fuerte, muy grave, como lo hacen los ciervos viejos. Como estábamos tan cerca no quería bramarle porque mi experiencia me indica que cuando estoy sobre el ciervo, un bramido de mi parte, puede ser un arma de doble filo y asustar al Colorado. Esperamos un buen rato inmóviles, hasta que bramara nuevamente, y en ese instante nos movimos un poco hacia él, y como la Ley de Murphy, no falla, en ese movimiento José se encontró en un lugar rodeado de ñires achaparrados, que lo frenaron y con muy buen criterio, José se quedó inmóvil, justo cuando el gran ciervo se asomaba a unos cuarenta metros por sobre nuestras cabezas, y una de sus hembras tosió fuerte y el grupo desapareció dentro del bosque. Alcancé a verles unas grandes coronas de cuatro puntas por lo menos, eso creo, fue un fogonazo antes de desaparecer. Un hermoso lance que perdimos, se nos “quemó el pan en la puerta del horno”…

El sol alto nos indicaba que la brama de la mañana había finalizado y regresamos a la cabaña, la cual estaba bastante lejos.

Para la tarde utilizaríamos otra estrategia, José, que nunca había cazado un ciervo, este sería su debut, iría solo con el Chevo, para hacer el menor ruido posible dentro de ese bosque y por otro lado Jorge vendría conmigo, a recorrer una mezcla de bosque y espacios abiertos con mallines, que eran propios de una película por su belleza, y un poco más fáciles de recechar que dentro del bosque tan cerrado de la mañana. Totalmente cortada la brama, apenas se escuchó un muy lejano bramido, que era impracticable un acercamiento hacia ese punto tan distante, cuando nos quedaba media hora de luz diurna, y lamentablemente cuando veníamos bajando la ladera se escuchaban bramar reiteradamente. Esto confirmaba aún más mi idea de armar campamento en lo alto de los filos, para estar por encima de la línea superior de los bosques, aunque todo eso conlleva un tremendo sacrificio para instalar carpa y demás necesidades como, bolsas de dormir, agua y algo de comida, todo sobre nuestras espaldas, además del rifle, de manera que esa noche, prepararíamos el movimiento para el segundo día de cacería.

Casi de noche llegamos a la cabaña y gran sorpresa y alegría, José había “abrochado” un hermoso doce puntas de la mano del Chevo, les bastó un solo bramido del Chevo para que el Colorado los atropellara y José cumplió como un experto, donde tantas veces habíamos hablado que debía colocar el tiro, en ese lugar lo puso, en el cogote, partiendo la espina y el ciervo cayó como “breva madura”. Mi alegría fue muy grande y es el premio al esfuerzo puesto por José, desde recargarse sus propias municiones y ponerle una gran cuota de sacrifio en las trepadas dentro del bosque.

A partir de las cinco de la mañana siguiente pondríamos en marcha mi estrategia, es decir me acompañaría el Chevo, con la idea de elegir un lugar adecuado para subir un campamento, en realidad al Chevo no le gustaba mucho la cosa por el sacrifio que imponía, pero, como siempre digo… ”quien no da nada a cambio, no merece ningún respeto…”.

Antes de las cinco iba pegadito detrás del curtido baquiano, tratando de seguir sus pasos a la luz de la linternita, sin atropellar los palos que se suceden por miles. Todo era bosque oscuro hasta que inició el amanecer, ya se veía algo, y ni una sola brama. Ya con buena luz disfrutaba de la ensoñación de caminar por esos bosques, algunos más abiertos, otros más cerrados. Ya el cansancio era muy grande a eso de las nueve de la mañana, parábamos unos instantes para tomar un resuello, como me decía el Chevo, y justamente en una de esas paraditas, sonó ese maravilloso canto de sirenas… Un bramido muy pero muy lejos, en el fondo de un cerrado cañadón, y el Chevo me dice que ese ciervo se está yendo hacia los faldeos del Katerfield (Cerro importante de la zona cuya cumbre es punto limítrofe de Argentina y Chile, de 1900 metros sobre nivel del mar).

Apuremos que se va para Chile me decía en broma el Chevo, y las piernas ya las sentía duras por el gran esfuerzo, lo mismo que la respiración, y mirando lo que faltaba todavía por recorrer, daba miedo. Bramaba muy de cuando en cuando y ya podíamos ver los últimos árboles del bosque en los faldeos del gran cerro, y la cuesta cada vez se empinaba más, y la falta de aire en mis pulmones era cada vez más grande.

Volvió a bramar el ciervo indicándonos más o menos dónde estaba, y sí, era justamente donde estaba el último de los árboles, hacia nuestra derecha ya era todo estepa el faldeo, y nos movíamos justo en el límite del bosque y la estepa, casi arrastrándonos. Nos pusimos cuerpo a tierra sobre los neneos, pequeñas plantas que tapizaban el suelo de la estepa, abrí el bípode de mi rifle, y con el range-finder, tomé las distancias mayores y menores a que se podría llegar a dar el lance, las mayores eran de 233 metros y las menores de 205 metros, todo dentro de mi calibración, que tengo mi cero a 200 metros. En la montaña es muy fácil equivocarse en la apreciación de las distancias, a veces pecando por exceso y otras por defecto.

Como el ciervo no bramó más, le pedí al Chevo que le hiciera “un toque” (que le bramara, pero hacia atrás, en sentido contrario, para no encimarlo demasiado con nuestra brama) y eso fue el detonante de una de las más impresionantes bramas que jamás haya escuchado, en mis muchos años tras los ciervos, estaba como loco, no paraba de bramar, golpeaba ramas con sus cuernas, largaba sonidos muy gruesos y entrecortados, seguidos por largos y sonoros.

En un momento el Chevo me dice… Ya lo veo, señalándome un lugar en el faldeo, y yo no lo podía ver por más esfuerzo que hacía, y en ese momento se acordaba el Chevo de algunos parientes chilenos, no de forma elegante justamente, el Chevo lo vió moverse y es por eso que sabía a exactamente dónde se encontraba el ciervo, mientras que yo no podía verlo porque al ser ciervo viejo, es de color bayo y se mimetiza perfectamente en el lugar donde estaba, entonces le dije que se quedara quieto en el lugar y yo avancé al costado de los ñires achaparrados, sin tocarlos y casi arrastrándome, mientras el ciervo bramaba, cuando había avanzado unos setenta metros el Colorado corrió con sus hembras hacia la derecha, primero en veloz carrera y luego al trote, y en ese momento era “ahora o nunca”, de manera que me incorporé de mi escondite y a brazo alzado, sin apoyo, y con el bípode balanceándose a mitad del cañón del .300, disparé poniendo el vertical en la pata delantera y el horizontal en el medio del cuerpo hacia arriba, el Colorado se desplomó en el lugar, el Chevo gritaba: Ojo que se va a parar!!!… yo lo tenía en el retículo, pero dio dos patadas y no se movió mas. El disparo fue a 130 metros exactos. Perdónenme la vanidad pero fue un tiro que no voy a olvidarme nunca jamás, así como el lance, el acercamiento, el gran esfuerzo, la belleza del lugar, todo, realmente esta vez mi querido San Huberto me dio el premio mayor, me refiero al lance y al disparo, como les dije, quedó grabado en mis retinas de por vida.

Un hermoso Colorado de doce puntas, cuerna gruesa, oscura con un perlado magnífico, una cabeza muy pesada, pienso que era su cabeza doce o trece, ya en regresión.

La Nosler Partition partió la espina exactamente sobre la dirección de la pata delantera derecha, motivo por el cual el ciervo se desplomó sobre sus rastros.

Una vez cortada la cabeza, giramos el cuerpo en el empinado faldeo, para ver si el proyectil atravesó o no el cuerpo, y no tenía salida, pero pasando la mano sobre el cuero, como muchas otras veces, pude tocar la punta que estaba justo debajo del cuero del ciervo, en un promontorio, el Chevo cortó el cuero al costado y recuperé lo que había de punta, y era todo el núcleo trasero con parte de la envoltura delantera, habiendo perdido todo el núcleo blando delantero, como es lógico al impactar contra huesos de la columna, como siempre Nosler una garantía. Aunque algunas personas critican esta forma de comportarse de este proyectil, aduciendo que pierde peso, que es muy blando, etc. etc., lo cual es totalmente incorrecto de pensar, pues, justamente esta punta está fabricada para que trabaje de esta manera, es decir un núcleo blando que deforma, aumentando su sección, en función de la velocidad y la solicitación a que fue expuesta, y como en este caso dio de lleno contra gruesos y duros huesos, entregó toda su energía dentro del animal, junto con el núcleo blando delantero. Recuerdo hace tiempo, a un “sabelotodo”, que me decía que si hubiera atravesado el cuerpo, dejaría un rastro de sangre evidente para seguirlo… sin tener en cuenta que el ciervo cayo como fusilado por un rayo, en fin…

El Chevo vio cómo salía a veloz carrera, otro ciervo macho de menor tamaño, que había estado quieto y en silencio a nuestro costado, tras las hembras que perdió el gran macho. Eso explica todo el brutal comportamiento del Colorado que no paraba de bramar rugiendo en una mezcla de toro y león, y fue evidente, que su problema no éramos nosotros sino, que se pensó que el bramido de toque que le hizo el Chevo, provenía del ciervo joven que se encontraba cerca y parece que el gran ciervo no admitía que le fueran sobre sus barbas a arrebatarles las hembras. Supongo que el ciervo joven debe estarme muy agradecido.

Era casi el medio día y la distancia a recorrer de vuelta muy grande. La cabeza completa era muy pesada y el Chevo me pidió permiso para desjarretarla, y sacarle el maxilar inferior, de manera de alivianar su peso, a lo que no podía negarme. El resto de la carne la tapamos lo mejor que pudimos, para volver a buscarlo al siguiente día, aunque a medio faldeo pudimos ver unos cóndores volando alrededor, normalmente los cóndores no se abalanzan de inmediato sobre una presa como los otros carroñeros, miran a la presa a lo largo de un día y al otro se le bajan y comen. El Chevo dijo aunque vayamos mitad por mitad con los cóndores, es negocio para mí, y riéndonos bajábamos camino de la cabaña a la que llegamos casi al anochecer y destrozados, pero con la cara llena de risa, y como decía mi abuela, sarna con gusto no pica.

Qué bellos lugares, qué hermosa experiencia…

Gracias, Dios.

 

Jorge Borque