Recechar un Antílope Negro en nuestros hermosos parajes pampeanos es algo que siempre deseo y que disfruto de una manera especial. Llevado a cabo de la forma más ética y caballeresca de la caza, a pie, en solitario, como a mí me gusta, proporciona al alma una sensación hermosa de estar realizando, como diría Ortega y Gasset… ”una actividad felicitaria…” en donde el hombre vuelve a lo primitivo, el sentir la persecución de la pieza a conseguir, tratar de localizarla, elegirla, perseguirla, acercarse y obtenerla.

El Antílope de la India fue introducido en nuestro país en la zona de la pampa húmeda con fines cinegéticos, logrando algunas poblaciones realmente importantes en varios puntos de nuestro país, en lugares planos donde explotan su sentido más desarrollado, la vista.

Viven normalmente en manadas o grupos de varias hembras, las crías y uno o dos machos de tamaño importante y algunos más pequeños, alrededor de unos cuarenta animales, aunque a veces se suelen ver grupos más reducidos.

Los machos tienen un color negro en su lomo y la panza y alrededor de los ojos son de color blanco. También es común encontrar machos con sus lomos de color bronce brillante, que dicho sea de paso son realmente excepcionales. Normalmente el cazador se inclina por los negros, he visto gran cantidad de taxidermias y los bronceados rojizos, creo se llevan el premio. Las hembras tienen un color bayo o marrón claro en sus lomos y son de menor tamaño que los machos, y no poseen cornamenta.

Solo los machos poseen cornamenta de forma espiralada y perennes, con anillos desde su base al extremo superior con longitudes que llegan a alcanzar en casos excepcionales hasta los noventa centímetros, aunque ya esos casos son leyenda en nuestro país y cobrar alguno de cincuenta centímetros es bastante difícil y un muy buen trofeo.

Conozco lugares donde se han cobrado muy buenos machos de sesenta y cinco centímetros y hasta de setenta, pero no es el caso común, además si luego de realizar un muy buen rececho, se logra obtener algún macho de unos cuarenta y cinco centímetros, nuestra cacería puede ser considerada un éxito, en definitiva el trofeo, o mejor dicho la longitud de la cornamenta, es algo más, o por lo menos así debería de ser. Lo más importante es el lance y cómo se realizó y lo que disfrutamos y capitalizamos del mismo. Tampoco es de ninguna manera reprochable que un cazador quiera obtener un muy buen trofeo y se esfuerce y sacrifique para obtenerlo, simplemente me refiero a que unos centímetros más o menos, no tienen por qué desmerecer un lindo rececho.

Los machos bien desarrollados llegan a pesar unos sesenta y cinco kilogramos, el promedio se da entre cincuenta y sesenta kilogramos.

Las cornamentas pueden ser cerradas (narrow) o muy abiertas (wide), reconozco que las dos formas me gustan, son bellas las dos, aunque algunos cazadores se inclinan por alguna de ambas.

Cuando la manada ha detectado al cazador o algún peligro, todo el grupo se pone en veloz fuga, dando grandes saltos, grandes en altura y longitud, son muy buenos velocistas. Normalmente los desplazamientos de la manada se verifican “contra el viento” su olfato es excelente, como he podido comprobar muchas veces, pero tratan de protegerse mucho más con la vista, es su seguro de vida.

Los machos hacen sus demarcaciones territoriales como casi toda la fauna, con sus deyecciones, orines y además con unas glándulas que poseen en sus lagrimales, las que producen una sustancia de fuerte olor para con sus congéneres.

En una oportunidad estábamos cazando con un amigo y pudimos ver a lo lejos un par de machos peleándose, nos fuimos acercando lo más rápido que podíamos por un bajo que nos ocultaba de su vista y cuando aparecimos, estábamos a unos ochenta metros y puedo asegurarles que era todo un espectáculo de la “naturaleza salvaje”, estaban con sus cornamentas trabadas y se peleaban con ferocidad, sin importarles nada a su alrededor.

Uno era un excelente trofeo y mi amigo me pidió tirarlo, se suscitó un análisis, era difícil ver cuál era el de mejor cornamenta en medio de la feroz pelea y a la velocidad que se movían, de manera que mi amigo se iba a acercar más, para definir el lance. A mí me pareció prudente no acercarme más, pues estábamos muy cerca a pesar de que no había nada que los distrajera de su enfrentamiento. Mi amigo, con una gran carga de ansiedad, pero con gran pasión, se llegó a colocar a veinte metros de los combatientes, si, a veinte metros como lo escribo, y lamentablemente disparó sobre el más pequeño, y para colmo de males, una de sus cuernas estaba quebrada casi a la mitad.

Esta escena la tengo capitalizada en mis retinas y en varias fotografías, considero que fue algo muy singular y no muy común de poder observar, aunque al día de hoy sigo pensando que no se debería haber disparado en ese momento, pero lo entiendo a mi amigo, porque el antílope que se escapó era un gran trofeo.

Mi calibre favorito para este tipo de cacería es el .243 Winchester, muy veloz, muy preciso, con una muy buena trayectoria. Uso mis propias recargas con puntas de 80gr, con una velocidad en boca de 3300 pies/segundo, y en mi rifle, al que tengo regulado en “0” a una pulgada arriba en ciento cincuenta metros, con una agrupación de una pulgada, lo que me permite disparos de hasta trescientos metros con seguridad, siempre y cuando las condiciones de viento no sean excesivas para el liviano proyectil. Aunque debo reconocer que me gusta disparar a mucha menor distancia, se puede evaluar mejor el trofeo, se disfruta mucho más el approach, y si se comete algún error y somos vistos o venteados, deberemos capitalizar dicho error y comenzar de nuevo, que en definitiva es la “sal” de la cacería.

Volviendo al relato de la cacería a la que fuimos invitados por mi amigo Esteban, dueño de un campo de casi cincuenta mil hectáreas, en el sur-este de la provincia de La Pampa, donde se pueden ver grandes Jabalíes, Ciervos Colorados, Ciervos Dama-Dama, Antílopes Negros, algunos Búfalos de la India, muy esquivos y ariscos y gran cantidad de fauna de caza menor, pero en esta oportunidad mi objetivo eran los Antílopes Negros.

Esteban me aseguró que en su campo había trofeos de sesenta centímetros de desarrollo de cornamenta, que él los había vistos y quería que no fuera a disparar a cualquiera, sino que buscáramos de los buenos, de los que tanto me habló.

El mismo día en que mi compañero cazó el de la cuerna quebrada, fuimos por una huella directo hacia el sur, íbamos buscando de entrar a unas grandísimas planicies con el “viento en la cara”, una vez llegado al lugar me dejaron solo y ellos partieron en la camioneta en dirección al casco de la estancia y yo los llamaría por mi Handy cuando fuera necesario. Así empezó mi cacería, el terreno si bien era plano, habían ondulaciones y especies de zanjones por donde podía desplazarme escondido, y asomarme en las pequeñas elevaciones para realizar un exhaustivo trabajo de binoculares (“gemelear” al decir de un español amigo), el viento era suave y desde el norte, bien definido, habían de vez en cuando pequeños grupos de montes un poco más altos, a los que me dirigía y desde donde repetía una y otra vez el trabajo de observación, que realizaba a la perfección con los Swarovski 8,5 x 42, dicho sea de paso, nunca voy a cansarme de alabar a estos magníficos binoculares, estoy convencido que muchas de mis cacerías fueron logradas gracias a su uso.

Divisé un grupo a mucha distancia, en dirección norte, o sea con muy buen viento y me apuraba todo lo que me permitía el terreno aprovechando esos zanjones para irme escondiendo. A simple vista la manada se encontraba cerca de los mil metros, me adelanté unos doscientos metros y probé con mi Range-finder, sin obtener una medida de la longitud en tres oportunidades, señal que la distancia era mucha.

Continué mi acercamiento por un rato, mirando desde las lomitas sin pararme, y de rodillas vuelvo a medir y sí esta vez me indica mi Range-finder que estaba a quinientos metros, sigo una vez más por los zanjones y di un gran rodeo para evitar mostrarme, siempre teniendo en cuenta la dirección del viento. Me vuelvo a asomar y estaba a unos doscientos metros y podía contemplar un hermoso espectáculo, habían unos cuarenta animales, sobresalían tres machos importantes, uno era color bronce rojizo, mis preferidos. Había una parte totalmente plana y luego venía otro bajo, de manera que gateando en parte y arrastrándome pasé la parte plana y me largué al bajo, el terreno totalmente arenoso me ayudaba a no hacer ningún tipo de ruido, fui subiendo lentamente, sabiendo que cuando asomara en la cresta de la pequeña elevación, estaría a cien metros o menos de la manada, y cuando me asomo con un cuidado infinito veo que la manada viene hacia mí muy lentamente, los observaba casi a nivel del suelo y atrás de una pequeña matita. “Mi” antílope estaba algo a la derecha y a no más de ochenta metros, me tiré cuerpo a tierra sobre la loma de arena y podía ver en la telescópica “los latidos de mi corazón”… Respiré profundo mientras acomodaba la cruz del retículo en la base del cogote, sonó el disparo y al mismo tiempo el gran macho se desplomaba, supongo iba cayendo muerto porque el proyectil partió su espina. El desparramo de los demás antílopes fue descomunal, algunos me pasaron a no más de tres o cuatro metros y cuando me veían, daban unos saltos espectaculares y se desparramaron como las hormigas en cuestión de segundos.

Soberbio mi trofeo, hermoso premio, mi alma estaba henchida de alegría y gratitud a ese hermoso ejemplar, color bronce rojizo, de una hermosa cornamenta con las puntas hacia afuera, no tenía con qué medir, en ese momento pensé que no llegaba a los sesenta centímetros, pero calculaba a mano que no le faltaría mucho.

Una vez más mi San Huberto milagroso me regalaba un soberbio trofeo.

Por radio les comuniqué más o menos donde me encontraba y entraron a buscarme hasta donde les permitía la doble tracción, pues esos terrenos tan arenoso son una trampa mortal para los dobles que se entierran las cuatro ruedas hasta los ejes, de manera que tuvimos que cargar a mano a nuestro macho bastante pesado, por un largo trecho hasta la camioneta.

Una vez en la estancia medimos la cornamenta dando cincuenta y cinco centímetros de belleza, cuya taxidermia tengo en mi casa y me deleito muy a menudo mirándola y recordando el lance.

Esa noche festejamos, como corresponde al mejor estilo criollo, con un excelente asado y un muy buen vino de Mendoza.

Todo el día siguiente estuve acompañando a Esteban en varias recorridas por sus campos, chequeando molinos, alambrados, algunos silos y otras tareas propias de un emprendimiento ganadero. Me mostró un lugar muy lejos del casco que realmente era una belleza, se parecía mucho a la sabana africana de Namibia, con grandes pastizales y con muchos caldenes muy dispersos, también con interminables lomadas cubiertas de olivillo, en donde él había visto los mejores antílopes de ese campo, de manera que me invitó a que el día siguiente probara suerte por esos parajes, y como para esas cosas tengo el “sí” fácil, al amanecer siguiente me encontraba pisando esas lomas a la salida del sol.

Una mañana muy fría, con bastante viento del sur y con unas nubes negras que se venían aproximando, en realidad a mí me gusta ese tipo de condiciones para las cacerías, será por lo de “A río revuelto…”, pero por lo general cuando las condiciones climáticas me fueron desfavorables, me fue bien en la cacería. El viento por momentos era más fuerte y a veces rotaba algo al sur-este, de manera que controlaba ese detalle permanentemente. Me movía de caldén en caldén y desde su tronco rastrillaba todo con mis larga vistas, de esta manera anduve caminando unas dos horas sin ver absolutamente nada.

Muy a lo lejos puedo observar un pequeño grupito de animales, estaban realmente muy lejos y de inmediato enfilé hacia ellos, a medida que me acercaba dudaba que fueran antílopes, los veía muy grandes, pero como la distancia era mucha, no había ninguna seguridad de qué eran. Ya cuando tuve definición con mis binoculares advertí que se trataba de una tropita de ciervos Dama, a los que me acerqué hasta unos trescientos metros para observarlos solamente, pues sabía que Esteban no quería que se los cazara y porque no quería que se asustaran y arruinaran mi rececho. Me senté entre unas matas a descansar y a observarlos, había dos machos soberbios, cinco hembras y dos pichones, comían y se movían lentamente hacia el sur, esperé que traspasaran la siguiente loma y en ese momento continué mi camino torciendo algo al oeste, para mantener bien el viento.

En el momento que voy asomando sobre la loma (con muchísimo cuidado) me encuentro en un bajo una manada grandísima de antílopes, me volví de inmediato y la subí por otro lado, en donde había una planta bastante grande, para esconderme y desde allí evaluar. Muchísimas hembras con crías de regular tamaño y varios machos, todos se movían en diferentes posiciones y si el viento llegaba a cambiar un poco, quedaría el desparramo. Bien frente a mí y en la parte superior de la otra loma, había un macho “lomo negro” muy bueno y abajo, al fondo había otro de tamaño excepcional. Los dos estaban aproximadamente a doscientos metros, el del bajo se giraba y me mostraba bien su cornamenta, era muy buena, y el de la loma no me daba el flanco, solo se agachaba y levantaba rápidamente su cabeza, era en ese instante en donde yo podía evaluar el largo del trofeo. No tenía seguridad a cuál dispararle, y me incliné por el de la loma, pensando que era el de cornamenta más larga. Tomé posición, fijé la cruz en la cara del animal, bajé lentamente hasta el pecho, en donde se juntan los dos colores, y sonó el .243 W., cumpliendo como siempre su cometido. El macho se desplomó sobre sus rastros, la estampida fue digna de contemplar, volaban por los aires tratando de poner distancia, los observaba con los binoculares, fue un bello espectáculo.

Sin moverme tomé el Range-finder y medí la distancia, ciento noventa y tres metros. Era un bello animal, de lomo muy negro y de hermosa cuerna, pero con las puntas hacia adentro y más cortas que la de mi anterior antílope. Bien medido, dio cincuenta y dos centímetros, yo juraba que era mucho más largo…

Qué hermosos días de cacerías, bellos lugares, con amigos, recuerdos junto al fuego… Quien tiene apuro?????

Gracias Dios.

 

Jorge Borque