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Este título es anterior al de el nuevo disco de El Cigala. El artículo comenzó a redactarse en Octubre de 2003.

 

Mediados de un mes de octubre de 2005, bastante agitado, y mi amigo Pancho Licciardo me llevaba hasta Ezeiza a tomar el avión que me llevaría a Ciudad del Cabo en Soud África, donde cambiaría de línea aérea y continuaría en otro vuelo hacia otro país africano, Namibia, arribando a su capital Windhoek, luego de unas doce horas en total entre vuelos y esperas. Allí me esperaría Jhon Van Der Westhuizen, mi guía y compañero de caza por unos diez días.

Lamentablemente en Ciudad del Cabo extraviaron mi equipaje, solo recuperé (gracias a Dios) mi rifle en su caja, y fue muy duro tomar la decisión de continuar hacia otro país africano, de grandísimos contrastes, sin mi equipaje, sin mis municiones, recargadas y «archiprobadas» en el Tiro Federal, sin mi calzado adecuado a la sabana africana, sin las ropas, en fin, realmente muy triste (Malaysia Airlines…).

Algunas cosas importantes como mis binoculares, remedios, pasaporte y pasajes, viajaban en una pequeña mochila junto a mí, de manera que algo en mi favor había, pero el otro avión salía en una hora y media y ¿me subía o no? Por supuesto que mi «alma cazadora y aventurera» empujaba fuerte y si bien seguía angustiado ya iba en el avión de South Africa Airlines camino a Windhoek, recordando los consejos de mi amigo Alejandro Verzini: «Jorge tené en cuenta que se pueden perder los equipajes en este tipo de viajes…», «En swahili brujo se dice “Mganga”», así lo llamó a Ale desde ahora, que además me asesoró de maravillas, acorde a sus muchos safaris realizados en África, con abundante experiencia en varios países africanos.

Al llegar a Windhoek me esperaba mi amigo Jhon, un profesional de los mejores de África, sumamente conocido en los Estados Unidos y Europa, con clientes con trofeos más que excelentes publicados en las principales revistas del mundo, un P.H. excepcional; luego de los saludos y las explicaciones de la pérdida del equipaje, fuimos a comprar algunas ropas y dos cajas de municiones, que gracias a Dios, como uso un calibre «Rey», habían municiones para mí. 375 Holland & Holland, pues en esos remotos lugares no se consigue cualquier munición, sólo tienen para los calibres más usados mundialmente. Por supuesto no eran las precisas recargas mías, pero el lance estaba planteado de esta manera y si quería continuar debería levantar este guante…

Desde Windhoek hasta el lugar de la cacería debimos recorrer más de quinientos kilómetros al norte, a la provincia de Kunene, (su nombre se debe al río Kunene que hace límite entre Namibia y Angola), a cuarenta kilómetros de un pequeño pueblo llamado Kamanjab, al sureste del majestuoso Etosha Nacional Park, cerca del «Corredor de Caprivi» (lugar famoso, si los hay para la «dangerous hunt» de los cinco grandes), una angosta faja de terreno limitada por Angola, Zambia, Zimbabwe y Bostswana.

El lugar donde Jhon lleva a cabo los «Play Game» es totalmente salvaje, son casi trescientas mil hectáreas de sabana, con acacias umbrelas y bosque de Mopane, de una belleza escénica difícil de describir como merece ese paraíso de la caza. Según Jhon y Juliana (su esposa), éste es uno de los últimos reductos verdaderamente salvajes para practicar la caza en África, parajes inmensos, totalmente abiertos, sin ninguna clase de cercas (yo las llamo «gallineros»), donde los animales pueden desplazarse a sus anchas y donde los recechos son verdaderas emociones en un medio totalmente salvaje, agreste y natural.

Los que me conocen saben muy bien que amo los atardeceres pampeanos, con sus rojos arreboles clavándose como puñaladas en el caldenal, y juro que es exactamente igual en el norte de Namibia, solo que cambiamos el Caldén por el Mopane. Además octubre tiene una particularidad en esta parte de África, es el mes de «la vista más larga» todo es pasto seco y está muy comido, por lo tanto muy bajo y los árboles sin su frondosa vegetación, todo esto permite penetrar la sabana con nuestros binoculares, a mayor distancia, lo que nos facilita la tarea de valorar los trofeos, ya en Noviembre inicia la temporada de lluvias que se prolonga hasta fines de febrero, época en la que no se caza.

Las instalaciones son dos Lodges distanciados a unos cuarenta kilómetros uno del otro, uno es «Westfalen Hunting», enclavado en la sabana y el otro, el «Elefant Camp» entre montañas de rocas y denso bosque de mopane en donde conviven elefantes, warthog, baboones y la codiciada Mountain Zebra Hartmann’s, además de leopardos, chitas, y otros antílopes. Justamente el norte de Namibia es el único lugar del mundo en donde habita la cebra de Hartmann’s, no así la cebra de Burchell’s que vive prácticamente en toda África. Es grande la diferencia entre estas dos especies de cebras, la de Burchell’s tiene las patas blancas, no rayadas y sí tiene rayas en la panza, mientras que la de Hartmann’s tiene las patas con rayas hasta las pezuñas y no se juntan las rayas en la panza, personalmente prefiero la Hartmann’s mountain Zebra por su belleza y la gran dificultad que representa su cacería a pie por esas montañas rocosas y bello bosque de mopane.

Los alojamientos están ambientados con alfombras de cebras y springbok, cubriendo las paredes hay pieles de leopardo y cuernas de oryx, kudú, eland y grandes colmillos de facoceros (warthog). Las comidas con las carnes de caza, como su presentación, son manjares dignos de exigentes gourmets. Diariamente hay un servicio de lavandería excelente que nos permite viajar con poca ropa.

Los vehículos totalmente panorámicos con todo el equipamiento necesario para el tipo de cacería y el personal de trackers y skinners son la mayoría de raza bushman («pequeños guerreros del bush» al decir de algunos americanos) y también de raza Himba, que es la raza autóctona de esa región de Namibia.

Aparte de Jhon me acompañaba July, un pequeño bushman con una vista de águila y un conocimiento de rastros asombroso, que con el pasar de los días iba enseñándome algunas palabras de su dialecto que es una mezcla de afrikaner, swahili, bushman e inglés, de manera que con unas veinte palabras de las más elementales me las arreglaba para entenderlo. Además antes de salir en busca de tal o cual trofeo, hablábamos de qué tamaño debería tener o qué característica debería poseer, de manera que al primer enfoque de binoculares, si no reunía esencialmente lo charlado, rápidamente abandonábamos ese lance y buscábamos otro. En este tipo de cacería, el uso de unos binoculares de primerísima calidad es una necesidad, pues un binocular de excelente definición evita errores y grandes y cansadoras caminatas, son una herramienta de precisión, y son realmente «los que cazan…». Yo usé mis inseparables Swarovsky 8,5 x 42 modelo Habich, sencillamente insuperables.

Fue necesario regular la mira telescópica de mi rifle, una Leupold 6 x con retículo Heavy Duplex, para lo que Jhon posee un shooting land, en donde la dejamos «pegando a cero» en ciento cincuenta metros con la nueva munición que compré en Namibia.

Son las 05:30 y estamos frente a un desayuno impresionante, con todo tipo de comidas como huevos revueltos, diferentes tipos de jamones, y una gran variedad de frutas; luego de una noche en la que prácticamente no pude dormir, pues la excitación era mayúscula, mi morral con las municiones, el GPS, un encendedor para comprobar la dirección del viento y la máquina de foto junto al rifle, ya había quedado listo de la noche anterior y a las seis horas exactas partimos, debo hacer notar que la prolijidad y cumplimientos de los horarios son al más puro estilo británico y se cumplen «a rajatablas».

Inmediatamente que nos adentramos en la sabana empezamos a ver toda clase de animales, oryx (gemsbok), gran kudú, springbok, jirafas, red hartebeest, warthog, steenbok, damara dik-dik, klipspringer y una variada fauna menor y muchísimas aves. A media mañana una Chita cruzó a altísima velocidad a unos cincuenta metros delante de nosotros corriendo a un grupo de springbok, que saltaban desplegando sus lomos blancos, es decir, estos animales tienen la propiedad de levantar sus pelos, desde la cola hasta casi el cuello, y al ponerlos eréctiles su color varía del marrón al blanco, justamente en este lugar los springbok poseen glándulas que emiten diferentes mensajes a sus congéneres, como señal de peligro, estado de excitación de hembras o machos e incluso para demarcaciones territoriales. Puedo asegurar que el espectáculo de observar a decenas de springbok saltando por arriba de los pastos en plena sabana con esos «plumeros» blancos es maravilloso, «It is to beautify the savanna…» al decir de Jhon.

Casi a las once de la mañana July, el pequeño bushman, señala un grupo de oryx (gemsbok), donde se destacan dos con buenas posibilidades, y dice en su dialecto: «…Suki, suki… Jorgui…» «Shoot, shoot… Jorge» y Jhon luego de observarlos con detenimiento, me dice que hay un macho excepcional, y que hacía mucho que no veía un oryx con las cuernas tan gruesas en sus bases, de manera que Jhon y yo emprendimos un rodeo buscando «el mejor viento», mientras que July los seguiría observando con sus binoculares desde la Toyota. Algunas partes nos exigían arrastrarnos un poco en los pastizales o agacharnos detrás de algunas plantas y observar el movimiento de los oryx con los largavistas. Nos habían visto pero no podían tomar nuestro olor, pues en la posición que estábamos, el viento nos venía desde ellos hacia nosotros, pero la distancia de tiro era todavía muy larga. Continuamos con nuestro acercamiento, ya casi estábamos a ciento cincuenta metros y de nuevo la observación, confieso que mi corazón estaba por estallar, realmente un trofeo maravilloso, recién ahora lo había podido valorar muy bien, realmente una cuerna muy larga y muy gruesa. Era una decisión difícil de tomar y había que tomarla rápido: «…disparar desde allí o acercarnos un poco más con la finalidad de asegurar el disparo…». Me incliné por acercarme más hasta ponerme a ciento veinte metros y de rodillas y apoyando mi rifle en el shooting stick, le coloqué los 300 gr. en medio de los pulmones por varios motivos, primero para asegurar el trofeo (los pulmones son un blanco de mayor tamaño), segundo para no arruinar el trofeo disparando al cogote, como acostumbro con nuestros ciervos colorados, y tercero recordando los consejos de Alejandro Verzini («…dispará, dispará y volvé a repetir el disparo, debés asegurarlo, que no se vaya…»), y así lo hice, pues el oryx cayó y se levantó y en ese preciso momento repetí el disparo a la articulación de la paleta, que lo acostó definitivamente.

Nos dimos un gran abrazo con Jhon y la emoción que me embargaba era grande, al tiempo que me recomendaba tener mucho cuidado en la aproximación al oryx, pues son animales muy peligrosos en condición de heridos y pueden cargar de manera imprevista. Esperamos a unos cuarenta metros un corto tiempo y luego nos acercamos por detrás, realmente un soberbio gemsbok, un gran macho, estos tienen cuernas algo más cortas que la hembras pero mucho más gruesas, son más cortas debidos a los constantes combates por la territorialidad y la posesión de hembras.

El oryx posee una de las máscaras más bellas de África, una cara negra con antifaz blanco grisáceo, un gran cuerpo gris con una línea negra horizontal a cada lado de sus bajos flancos, y la cola negra, parecida a la de un caballo, es un hermoso trofeo.

Las fotos de rigor con mi trofeo, junto con mi PH, y otras junto con la «máquina de buscar y rastrear» que es el pequeño July.

Las toyotas son totalmente descapotadas y equipadas con malacate para la carga de especies tan grandes y pesadas. En el lugar se evisceró el oryx, de manera que redujimos en un cuarenta por ciento la carga.

Una vez que arribamos al Ranch, donde poseen un lugar apropiado para pesar, desollar y despostar, con una gran carnicería y grandes cámaras frigoríficas para la conservación de las exquisitas carnes, Jhon procedió a medir el trofeo que dio casi cuarenta pulgadas de largo y casi nueve pulgadas alrededor de sus bases (ambas iguales) siendo un trofeo «Medalla de Oro» para el Rowland Ward. No fui a buscar a África trofeos medallas de oro, con haber cazado cualquiera mi alma cazadora hubiera estado tan emocionada como estuvo, y mi grado de excitación hubiera sido el mismo, simplemente quiero dejar por lo claro el excelente trabajo del PH, que dijo «…shoot…» sobre un animal determinado, luego de una intensa búsqueda y una exhaustiva selección, por algo Jhon y Juliana Van Der Westhuizen tienen en el mundo la reputación que tienen (nobleza obliga).

El día siguiente y siempre a las seis o’clock entrábamos nuevamente a la sabana, en busca del gran kudú y del springbok. El kudú bull normalmente se puede ver en pequeños grupos, de cinco a diez animales, no más, y muchas veces solo o dos machos. Siempre está dentro del bush, a lo sumo en sus contornos, es muy difícil encontrarlos en llanuras abiertas, Ernest Hemingway lo llamaba «El fantasma del bush». A las hembras, kudú cow, sí se las encuentra en grupos mayores, son muy curiosas y a diferencia del oryx, las hembras de kudú no poseen cuernas.

Varias caminatas, largas y penosas dentro del bush, tratando de acercarnos a un grupo de kudú, fueron con resultado negativo, ya sea porque nos “ventearon” y se escaparon o porque no daban las condiciones de animal para ser cazado.

Es una zona en donde alterna la sabana con bosque de mopane y acacias, y también elevaciones rocosas, cerros con grandes rocas y grandes árboles en esas alturas. Mirar desde una de esas elevaciones al valle, es todo un espectáculo, aparte de ser un excelente método de detección de animales con nuestros binoculares. A media tarde pudimos ver desde la cima de un «kopiki» (elevación rocosa en afrikaner) un gran kudú impresionante, algo extraordinario según Jhon, pero se encontraba en una altura muy grande y muy lejos para arriesgar un tiro de cerro a cerro, además imposible bajar de donde nos encontrábamos y volver a subir con luz diurna.

En el descenso íbamos rodeando el pequeño cerro, y Jhon se detiene, me hace señas, nos agazapamos y podíamos ver a un springbok, que «pintaba» muy bueno. Estaba a unos trescientos metros y se encontraba solo, buena señal según Jhon: «…The big ones are alone…».

El acercamiento fue fácil, pues nuestra posición era muy favorable, veníamos de arriba hacia abajo, con buen viento, y ocultándonos entre grandes rocas y árboles de mopane, pude acercarme hasta unos cien metros, desde donde le disparé, impactándolo en la parte alta de la paleta sobre la espina, con un disparo que salió alto, supongo que el ángulo de inclinación de ese disparo fue el motivo de que impactara alto, pero de todos modos, los 300 gr. son contundentes y más en este caso con un animal relativamente pequeño, si lo comparamos con los grandes antílopes. Nos acercamos rápidamente y Jhon solicitaba con urgencia mi máquina fotográfica, al principio no entendía cuál era el apuro, si el springbok no iba a poder moverse, luego entendí, además lo vi y me explicó… «El springbok apenas es impactado de muerte, pone sus pelos blancos eréctiles por un lapso muy pequeño, puede ser de tres a cuatro minutos, luego se aplasta y toma su color marrón definitivamente». Interesantísima experiencia que capitalicé y la cual, gracias a Dios, la tengo registrada en una sola foto, más que suficiente, pues no dio para otra con el penacho blanco parado.

Una vez cargado el springbok, emprendimos el regreso a la hora que se llama «…The golden savanna…», los atardeceres africanos son sumamente intensos, y los colores de los pastos y los árboles se van tornando dorados. Lo mismo pasa con los animales, en esa zona hay muchísimas jirafas, andan en pequeños grupos de hasta seis congéneres, por lo general un macho viejo, uno joven, tres o cuatro hembras y una o a lo sumo dos crías. Son animales sumamente curiosos y nos permitían acercarnos a unos veinte metros, tuve la oportunidad de disparar infinidad de veces mi cámara fotográfica a esa hora de la tarde, donde el dorado de la vegetación se confundía con el de las jirafas, como dije antes, escenas bellísimas.

Si bien las jirafas están contempladas como trofeos de caza, y Jhon tenía licencia para cazar dos, nunca estuvo en mis planes disparar sobre uno de estos bellos animales, que nos acompañaban todos los días en nuestras cacerías.

Una tradición muy de la zona es brindar por cada trofeo, al atardecer del día, con un trago específico para cada animal cazado en buena ley. Una bebida tradicional de África es el famoso «amarula», es justamente ese uno de los ingredientes que Jhon vertía sumamente despacio, en el pequeño vaso, y sobre «menta» que es de color verde y con el amarula que es un marrón claro, semejan los colores de la bandera de Namibia y es el trago para festejar al springbok. Nos reunimos los involucrados alrededor de los fuegos del lodge en círculo y al mismo tiempo se lo bebe «…To drink of a single swig…».

El tercer día de Play Game se mostraba duro, no encontrábamos un gran kudú como lo que nos habíamos planteado, dos o tres caminatas de acercamiento con resultados negativos. Paramos al medio día a descansar unas dos horas, y luego del ritual del «…Tea of three o’clock…» retornamos nuestra búsqueda en la sabana. A media tarde nos encontrábamos en zona de red hatebeest, grandes antílopes de cogote muy fino, y cuernas negras, algo curvadas hacia atrás. Encontramos uno de estos animales, atrapado hacía ya mucho tiempo en una alambrada, a la que intentó saltar y se trabó entre los dos alambres superiores, quedando inmovilizado, una lástima, pues era un ejemplar joven. Muy cerca de este lugar encontramos una tropa realmente grande de estos corpulentos antílopes, entre los que se destacaba uno con una cuerna impresionante de grande, muy negra y muy gruesa. Jhon comentó de inmediato que era, sin lugar a dudas, un «medalla de oro», y con total seguridad me invitó a que disparara, a lo que me negué, porque nunca me gustó como trofeo, aunque para ser honesto, cada vez que recuerdo el tamaño que tenía, pienso que debí haber disparado.

Se iba el tercer día de cacería y sin trofeo, a lo que Jhon me decía «…In Africa, one day without blood, it is as one day without sun…», al decir en la jerga de los PH.

El sol ya a punto de esconderse en el horizonte, y July, infalible como siempre «…Stop… bwana… kudú bull…» y realmente un gran kudú impresionante junto a otro también de muy buen porte a unos ciento cincuenta metros, Jhon me hizo señas, descendimos atrás de unos árboles y nos acercamos unos veinte metros, Jhon me mira con los ojos muy abiertos y dice por lo bajo «Is very, very, very, big… shoot…» y con la última claridad del día disparé al mayor y a los pulmones, tal como estaba planeado. Vi al kudú, de cuerpo gigantesco, encoger sus patas delanteras y dar un gran salto hacia arriba, inmediatamente después del disparo, y Jhon gritaba y daba saltos también, mientras July corría detrás de la alocada carrera del gran kudú. Jhon me saluda y me dice que me quede tranquilo que el kudú no se iría, que fue muy bien «tocado», no obstante fui de inmediato a ver, cuando veo a July que me hace señas pidiéndome que me apure y me dice «…Suki, Suki, …Jorgui… » me angustié pensando que el gran kudú se estaba escapando, y yo encaraba con mi telescópica hacia donde me señalaba el pequeño bushman, y con la poca luz que había no veía nada…, cuando lo veo que se agarra la panza de risa… el pícaro estaba sentado arriba de mi gran kudú.

Nuevamente los abrazos con Jhon y July, y la emoción que me embargaba era gigante, juro que se me hizo un nudo en la garganta y se me vinieron a mi cabeza un torbellino de recuerdos, de otras cacerías, de compañeros de cacerías, de mi padre, que desde algún lugar del cielo seguro que estaría festejando también mi trofeo.

Un animal muy grande y muy viejo, de cuernas muy gruesas y retorcidas, con unas puntas de marfil de casi veinte centímetros en cada una, un trofeo excepcional, según Jhon otro «Medalla de Oro» con total seguridad.

Otra hermosa máscara africana, con su «pintura de guerra» en la cara, una V («chevron» de los americanos) de color blanco en su frente que le otorga una gran belleza, un cuerpo de color gris verdoso, atravesado por rayas blancas perpendiculares, todo este conjunto le otorga excelentes cualidades para mimetizarse dentro del bush.

Jhon me explicaba que el gran kudú, con su ojo observa perfectamente sus puntas marfileñas, a través de la espiral que forman sus cuernas, y que esto es una necesidad para los combates que sostienen con sus congéneres por hembras y territorio.

La tarea de cargarlo en la Toyota entre los tres fue penosa, aún teniendo el malacate, y una vez cargado y con una fresca brisa de la noche africana, regresábamos al Ranch en búsqueda del «…drink kudú special… ».

Apenas llegamos al Ranch, los encargados del cuereado y el despostado ya estaban en posición, mientras Jhon, procedía con su hiperactividad característica, a medir ese magnífico trofeo de gran kudú, que tenía cincuenta y cuatro pulgadas la cuerna derecha y cincuenta y dos pulgadas la izquierda, con una circunferencia en las bases de once pulgadas cada una (ambas iguales) y nuevamente obteníamos un «Medalla de Oro» para el Rowland Ward.

Era el turno de buscar un warthog, si bien todos los días veíamos cantidades de facoceros por el campo, no habíamos encontrado ninguno con las condiciones requeridas y como tenía tiempo más que suficiente, preferí esperar, aunque una mañana uno me dejó con grandes dudas y quizá le hubiera disparado.

Es muy común acechar warthog en los water holes, y los trackers de Jhon tenían algunas informaciones de warthog en determinados water holes, a los que fuimos a verificar sus rastros. Como en uno vimos rastros importantes decidimos volver casi al medio día, cuando el sol «apretaba», con la intención de acecharlo por unas dos horas, al menos. Como de costumbre, escondimos la Toyota lo suficientemente lejos y nos acomodamos dentro de un arbusto sumamente espinoso a unos ochenta metros aproximadamente, con «buen viento» según desde donde parecía que entraba, por los rastros vistos. Realmente hacía mucho calor, el sol brillaba con gran intensidad, y mi rifle como de costumbre con su funda en el cañón, para evitar los «flashes» con el sol, cosa que le llamó mucho la atención a Jhon, pues según él, no hacía falta, cosa que con el correr de los días aceptó, incluso comprobó en los ascenso a las pequeñas elevaciones, que el cañón efectivamente brillaba, cuando no llevaba puesta su funda.

Aproximadamente a los cuarenta minutos de espera, San Huberto que siempre me acompaña en todas mis cacerías, me ofrecía ante mis ojos un warthog descomunal, no podía creer lo que estaba viendo, justo cuando estaba chequeando los alrededores con mis binoculares. De inmediato lo metí en el retículo de la Leupold y con ironía pregunté a Jhon «…Jhon is good…? A lo que respondió «…shoot, shoot, is very good…». El disparo fue de frente, pues así lo tenía, y al cogote, le interesó una de sus cuatro verrugas, entró en la base del cogote y la espina, por la posición en que se encontraba, quedando fulminado «sin pestañar» en el lugar en que se encontraba.

«…Is very, very old… Really, several years ago, for here such a big and so old warthog is not hunted…» decía Jhon mientras me mostraba sus larguísimos pelos en su crin, llenos de piojos y pulgas.

La parte que se veía de sus colmillos era mucho más larga que los colmillos enteros del jabalí más grande que yo haya cazado.

Una vez más se repetía la secuencia fotográfica, la carga del warthog en la Toyota, y el retorno con la cara llena de risas al Ranch, esta vez a almorzar cómodamente, mientras nos tomábamos esas dos horas de descanso.

El cuerpo del viejo warthog se lo obsequiamos a Stanley y Ouvro, dos trackers muy voluntariosos, que lo querían para «charquear» esa viejísima carne… Gustos son gustos y fue agradable complacerlos y retribuirles en algo tanta voluntad, pues al fin de cuentas fue posible la caza del warthog por la información de uno de ellos.

Una vez medido los colmillos dieron 12 y 13 pulgadas cada uno y cinco pulgadas de circunferencia cada colmillo (ambos iguales), esto me explicó Jhon, se da siempre, pueden variar los largos pero la circunferencia de los colmillos no, siempre son iguales, para mi fue otra experiencia a capitalizar.

Y la cuarta «Medalla de Oro» para el Rowland Ward, con este magnífico warthog, y rompió un record de cuatro años en su «Hunt Conservancy» de Westfalen, lo que lo llenó de orgullo, y tomó gran cantidad de fotos.

Jorge Borque

 

 

 

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