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Redes sin pájaros

Bruselas amenaza a España con imposición de sanciones si no pone fin de inmediato a la captura con redes de pájaros de la familia de los Fringílidos para destinarlos a la práctica del llamado «silvestrismo».

11/06/2018 | Libertad Digital | Miguel del Pino

Redes sin pájaros Un lector fiel, por habitual, de estas páginas lleva tiempo invitándome a que comente la exigencia europea a la que hacemos referencia: se trata de un tema complejo que requiere conocimientos y sensibilidad para tratar de evitar el descenso poblacional de algunos de los pájaros más bellos y conocidos.
Los errores del pasado reciente

Conviene recordar que la Península Ibérica es un enclave de especial interés en las rutas migratorias de las aves y que cuenta con una avifauna especialmente rica, hasta el punto de que la supervivencia de no pocas especies pasa por ser correctamente gestionadas tanto en su estancia como en su paso por nuestro territorio.

Es necesario reconocer que en un pasado muy reciente se han cometido verdaderas atrocidades al capturarse ingentes cantidades de pajarillos, tanto insectívoros como granívoros por medio de toda clase de trampas, la mayor parte de ellas prohibidas por el Convenio de Berna firmado por España, pero también eternamente incumplido.

Las ballestas cebadas con "alúas", nombre dado en el argot a las hormigas aladas, han abatido anualmente millones de pájaros insectívoros, mientras las redes, sean de tipo "libro" o "japonesas", con o sin atracción por reclamos, han sido el azote tanto de granívoros como insectívoros. Decimos sin exagerar "millones", y así se puede afirmar realmente.

La trampa pegajosa de la llamada "liga" se añadía a los peligros que acechaban a los pájaros, en este caso también a los de talla mayor, como los túrdidos, abatidos a centenares mediante los siniestros arbolillos impregnados de pegamento, los llamados "paranys". Una red criminal de exportación de estos pájaros, en su mayoría zorzales que se enviaban a Italia para la fabricación de patés, completaba el desastre ornitológico.

Buena parte de los pájaros capturados se destinaba al ilegal consumo de "pajaritos fritos". Tengo que confesar haber protagonizado en mi juventud verdaderos enfrentamientos, tanto en pleno campo, con cazadores con ballesta, como en algunos establecimientos en que se servía este infortunado manjar: poco a poco entre todos conseguimos, al menos parcialmente, que las cosas fueran cambiando.

El desastre nuclear de Chernobyl propició que la reglamentación y la vigilancia para evitar el consumo de pájaros se hicieran más rigurosas: hubo que tomar conciencia de que esta práctica no sólo era indeseable desde el punto de vista conservacionista, sino también del sanitario. Los pajarillos silvestres acumulan insecticidas y otros plaguicidas en sus diminutos cuerpos, e incluso, tras el accidente nuclear ucraniano podían ser también portadores de radioactividad, así que consumirlos era, cada vez más, un verdadero disparate.

Dentro de este panorama desolador para la pequeña avifauna, el mundo del silvestrismo no era la pieza más importante, aunque hay que reconocer que se cometían verdaderos excesos en las capturas. Actualmente el tema se encuentra regulado y es controlado por las diferentes federaciones de caza, que actúan de manera diferente en las respectivas Comunidades Autonómicas españolas.

El silvestrismo consiste en la captura, con reclamos y redes de dos hojas abatibles, de pájaros granívoros de la familia de los Fringilidos, a la que pertenece el canario doméstico y que toma como tipo al Pinzón común (Fringilla coelebs).

En el momento actual, en la Comunidad de Madrid se extienden licencias para la caza, en número muy limitado y con el control de la colocación de anillas reglamentadas de solamente tres especies: el jilguero (Carduelis carduelis), el pardillo (Carduelis cannabina) y el verderón (Carduelis chloris). Otras especies muy próximas, como el verdecillo (Serinus serinus) o El Lúgano (Carduelis spinus) están en la actualidad estrictamente protegidos.
Dificultades legales y prácticas

La primera dificultad a la hora de proteger estas especies es la multiplicidad de las legislaciones de las Comunidades Autonómicas a que antes nos referíamos: las invisibles fronteras que delimitan las mismas pueden hacer viable que un jilguero esté protegido en una parcela determinada y pueda cazarse apenas a unos metros de distancia.

Los afiliados a las federaciones que regulan su actividad de caza, se defienden afirmando que viene cumpliendo escrupulosamente la legislación y que capturan sólo el pequeño número de ejemplares que ésta les permite. El destino de los ejemplares cazados es su mantenimiento como cantores o la hibridación con canarias. Se organizan periódicamente concursos al respecto.

La Sociedad Española de Ornitología y las autoridades europeas proponen que la captura de fringílidos se prohíba totalmente y que la afición al mantenimiento de estas especies se mantenga mediante la cría en cautividad, como se hace con los canarios, periquitos y varias especies de diamantes. En este sentido se han realizado experiencias que no han alcanzado el éxito esperado.

La práctica demuestra que conseguir que los jilgueros, pardillos o verderones se reproduzcan a nivel doméstico en las casas de los aficionados es por el momento inviable, de manera que, en la práctica, la prohibición de este tipo de caza implicaría el final del silvestrismo.
La gran hipocresía

Los países que se colocan a la cabeza de las exigencias de prohibición, es decir, Bélgica y Holanda, tienen amplia tradición como importadores y exportadores de ingentes cantidades de las más especies de aves capturadas en sus países de origen con destino al comercio de mascotas, de manera que si criticamos los excesos de los cazadores españoles, hacemos lo propio con dichos traficantes de los Países Bajos.

Puedo atestiguar que muy recientemente llegaban a España importantes partidas de jilgueros y otros fringílidos europeos, supuestamente criados en cautividad y provistos de anilla que no eran sino ejemplares silvestres anillados de manera forzada, por supuesto a precios elevados y con ingentes beneficios para los supuestos criadores, en realidad traficantes.

Advierten los cazadores que la prohibición total de su actividad acarrearía probablemente otras consecuencias indeseables además de la falsificación del anillado, como el aumento del expolio de nidos, que en este momento es otra de las amenazas para estas especies ornitológicas.

En definitiva, es necesario aceptar que la captura con artes prohibidas por el Convenio de Berna está abocada a su inmediato final y que es necesario fomentar las investigaciones sobre la crianza en cautividad, como se logró en su momento con el canario.

A los científicos, entre ellos a los miembros de SEO Birdlife (Sociedad española de ornitología) habría que pedirles que continúen investigando la viabilidad de la cría y que no descarten la colaboración en esta complicada tarea de los aficionados al silvestrismo, quienes poseen importantes conocimientos empíricos.

Miguel del Pino Luengo es biólogo y catedrático de Ciencias Naturales.

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