Revista de Prensa

Opinión

La patirroja fausta

A Miguel Delibes le inquietaba sobremanera el alarmante descenso en la población de perdiz que, desde hace décadas, registra la Meseta. Porque no deja de ser una verdadera pena que la brava galliforme, emblema del campo ibérico por su viveza y hermosura, se deje ver cada vez menos entre parcelas de cereal y forrajeras, pedregales o pastizales, perdidos o linderos, ya sea en vuelo fugaz o al trote. Porque escuchar el deslumbrante canto del macho, del prólogo a los tonos trisilábicos, va camino de convertirse en un privilegio que ya no rompe el silencio del agro.

18/02/2018 | ABC | Ignacio Miranda

La desacertada gestión cinegética, los usos de la agricultura extensiva que cambian su hábitat y el empleo de herbicidas y plaguicidas ocasionan la regresión de la especie en el centro del país mientras que en las dehesas del sur, donde la actividad agraria no modifica el paisaje, se produce el fenómeno contrario. En medio de este panorama nos enteramos de que investigadores de la Universidad de León han podido confirmar que, entre las perdices criadas en cautividad, las hembras emparejadas libremente empiezan a poner huevos antes que las que lo hacen de forma forzosa. Es más,la patirroja que pilla un maromo de su gusto, sin necesidad de pasar por concurso hortera de Tele 5, genera menos problemas de convivencia al disminuir las agresiones, por lo que mejora la producción.

Ante un hallazgo científico tan relevante como barruntado, esperamos la opinión imprescindible de las feministas, que ya están tardando en pronunciarse sobre el asunto. Al menos debe consolarnos que los ejemplares que viven en los aviarios tengan, hasta el día de su suelta en el campo para repoblar cotos, una existencia fausta y plena. Al menos el ocaso de la reina de la caza menor se intenta atemperar por esta vía. Porque el de la especie humana, en buena parte de la España rural, parece definitivamente sentenciado.

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