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06/12/2017
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Dicen que ...
Dicen que … a cualquier hora, y hasta en las heladas noches, se escucha un cascabel.

Ocurre en las estribaciones de la cordillera, allí donde ellos imponen la soledad y la despoblación.

Lo dicen los raros y escasos seres humanos que hoy día, como antaño el Camborio de Lorca, “andan por el monte solos”.

Nadie sabe lo que es y casi nadie se lo cree.

Unos, los menos, dicen que han visto algo, pero no saben qué, y otros dicen que andado por parajes remotos han oído, o creído oír, el sonido de algo que no es campana de perro, ni cencerro de oveja, ni de borrego, ni de carnero, ni esquila de cabra, ni de chivo, ni de cabrón, tampoco sonaja de maromo y menos campano de vacuno ni esquilón de semoviente conocido.

Hay quien dice que a los perros de caza, en cuanto oyen ese cascabel, se les erizan los pelos del lomo y corren a refugiarse entre las piernas de sus dueños, y que a un gallego que andaba a arceas por el alto del puerto del Alto, le desapareció su querido setter tricolor en un apretado bosque de abedules. Nunca más supo del perro, y el dueño tuvo que regresar a Lucus, de donde era, sin becadas y sin perro y comentando que jamás volvería a cazar como no fuese a la mismísima orilla del mar tenebroso, especialmente en años como este de tanta abundancia de pitorras.

Hasta los trasgus, los busgosos, los gnomos, los troles, los gremlins y los demás seres que habitan las profundidades de los bosques están alterados; jamás habían visto nada semejante. Ahora, al fin, viven tranquilos; oyen el cascabel y corren a refugiarse en los árboles huecos de sus fantasías. Las ninfas, las náyades y las ondinas, en cuanto lo escuchan, pliegan pudorosas sus vaporosos velos y se sumergen en los espejos del agua de las fuentes secas.

Es el sonido de la paz frente al temor, el de la vida frente a la muerte. Para los animales listos una bendición, para los más tontorrones una pesadilla. Los listos se dicen: ahí viene este hijoputa de la campanilla, y se ponen a salvo.

Entre unos y otros están los que van al puesto. Al cómodo puesto del “yo aquí sentado y que me los echen”. Sí - como el amigo tuyo ese de la gorrita y el ultramagnum – que oyó el cascabel sonando a todo sonar y se dijo: ¡ joer, que perro de rehala más raro¡, y lo dejó pasar tan ricamente. Nada censurable, por otra parte, era uno del noventa y nueve por ciento que nunca lo ha visto ni lo verá en su vida.

Las ovejas tampoco se percatan. Son demasiado estúpidas como para distinguir. Son cerriles y caminan alineadas y alienadas. Lo oyen y se dicen: es el aqueda, el carea que viene. Y el pastor tampoco anda más allá; entre que está un poco teniente y todo el día con el transitor pegado a la oreja oyendo la matraca, no está para castañuelas ni para campanillas.

Y, luego, pasa lo que pasa. Que, ¡… ay de mí! , que me comió una y me desventró veinte. La ruina, esto es la ruina.

-Pero ¡atontao, si éste al menos, viene avisando¡; ¿de qué te quejas? - ¿Cuándo se vio que un subvencionado de estos venga tocando a arrebato?

-Agradecido tenías que estar a quien se lo puso. Te das cuenta si todos lo llevaran. Sería otro cantar y un menos llorar. Y no sé cómo no se les ha ocurrido a los de la junta; sería una publicidad fantástica para que no les voten los que nunca les van a votar, y harían un gran bien a los que les votan en vez de botarles.

Porque, amigos, a estas alturas, y como ya habréis leído y escuchado en los medios de confusión, todos sabéis que anda por ahí un gran lobo suelto con una campañilla o cascabel bien apretado al cuello.

La duda está si se lo puso la junta al ir a cobrar la subvención (menos la mordida) o algún conspicuo y bromista ciudadano de a pie desde la más estricta legalidad. Porque, bien pensado, una cosa es occidere y otra ornare .

- ¿ y quién dices que le puso el cascabel al lobo?, pregunta uno.

- ¿No será al gato?, malicia otro, incrédulo.

- No, no, al lobo.

- Vale, si tú lo dices, y… ¡ echa ese leño grueso al fuego que el mercurio marca siete bajo cero!


J. Lobón


 

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