Pedro Varela

El rey del tirachinas

 

Pedro Varela ha hecho de la caza su gran pasión, y una forma de mantener a su familia. A sus ochenta y nueve años recuerda con mayor claridad, incluso que lo que hizo el día anterior, todas sus escapadas al campo para cazar conejos, su pieza preferida. Su arma, un tirador, suficiente para llegar a casa con una percha repleta de conejos, pues su puntería ha sido un prodigio. Prueba de ello, además de los conejos a la carrera o las perdices abatidas en vuelo, fue cuando el director de cine, Berlanga, le llamó para doblar una escena de su famosa película, Bienvenido Mr. Marshall. En ella, Pedro debía romper varias botellas con su tirador... tarea muy fácil para quien está acostumbrado a partir clavos o palillos a una distancia considerable...

Isabel Elola Medio

 

Berlanga le llamó para doblar una escena de su película, Bienvenido Mr. Marshall

—Nació en Fuencarral, Madrid, y ha recorrido todos los montes de los alrededores siguiendo la pista de los conejos y las reses...

—Yo vivía en Fuencarral, antes aquello era un pueblo, y podía presumir de tener a los mejores cazadores de conejos de toda España, furtivos, eso sí. Salíamos con nuestros lazos y los tiradores y volvíamos a casa con un montón de piezas para la cena, y los que sobraban los llevábamos a vender a la carnicería. Después de la guerra hubo mucha hambre, y, por eso, me acercaba a El Pardo a cazar siempre que faltaba algo que echar en la cazuela.


Pedro nos muestra cómo tiraba con mucho tino con el tirador que él se construía.

—A El Pardo...

—Sí, en la época de Franco, pero también con el rey Alfonso XIII... Hasta hace poco me pasaba por allí detrás de algún conejo... Si me pilla Franco, me fusila, pero el hambre era más grande que el miedo. Ya estuve condenado y preso, ya sé lo que es eso... no me asustaba —nos mira con ojos pícaros—, pero por allí me conocía bien el terreno, lo he recorrido desde los quince años, palmo a palmo, y jugaba con ventaja. Me pillaron pocas veces, aunque alguna vez los guardas fueron más rápidos que yo. Había veinte o treinta vigilando la finca, pero el monte era grandísimo por lo que nos escapábamos muchas veces de su vigilancia.

—Y siempre para comer...

—Siempre, para mantener a la familia. Luego también hubo mucho de afición, pero también fue la necesidad. Colocábamos cincuenta o sesenta lazos todos los días en una finca que se llamaba Pesadilla y cogíamos tres o cuatro conejos. También he cazado en Viñuelas, donde había gamos y jabalíes; o faisanes por la noche y con tirador en una finca de Quijorna que se llamaba Cerro de Alarcón. Se mataban en esa época muchos conejos, liebres, perdices... me lo recorría entero detrás de la caza.

—Astucia no os faltaba...


Con algunos compañeros con los que recorría el monte.

—No —guiña los ojos, sonríe y mira a su hijo que permanece a su lado, atento a las palabras de su padre, para recordarle así, cuando los años le juegan una mala pasada, las anécdotas que tantas veces ha oído con admiración—. Astucias no han faltado. Os cuento un par de ellas. Antes los guardas hacían gavillas con las jaras que luego vendían para quemar; hacían montones muy grandes con ellas y ahí se metían los conejos por cientos. Nosotros retirábamos las gavillas, poco a poco, y cuando veíamos que no quedaban muchas, las íbamos clavando en el suelo, formando un círculo, como una plaza de toros. Los conejos se apelotonaban en las pocas gavillas que habíamos dejado en el montón, y allí los atrapábamos con el tirador e incluso con las manos de tantos como entraban. Eso sí, ¡nos dimos una paliza!, pero mereció la pena. Un día, casi nos pilla el guarda. Nos miramos los compañeros de caza a los ojos y salimos corriendo, pero nos persiguió con su caballo y casi me atrapa, pero conseguí escaparme gracias a un corte que me hizo en la nariz con la varilla. Me sangraba un montón y acabé corriendo descalzo como una liebre por el campo. Yo creo que no quiso problemas, se asustó al ver tanta sangre y me dejó tranquilo. Otro día íbamos cazando por la tapia de El Pardo, y la Guardia civil nos estaba esperando escondida en unas viñas. Cuando los vimos, saltamos la tapia y salimos corriendo; y ellos detrás. En plena carrera, pasé delante de uno de los lazos que había puesto, imagínate la afición que tenía que me paré a recogerlo. Casi me cogen por llevarme esa pieza, pero no lo consiguieron.

—Y la familia...


Transportando la caja donde llevaba un búho para cazar con él.

—Ahora me arrepiento un poco. La dejé de lado por la caza, sobre todo a mi mujer, Nieves —su mujer nos mira y comenta resignada: «¡Era la época, qué se le va a hacer!»—. Tuve temporadas en las que me quedaba semanas enteras en el monte y tenía que venir mi mujer a traerme comida, y no les veía en días. Una vez, incluso, pasé una temporada descastando conejos en la finca de un señor que tenía mucho dinero; nos pagó cinco mil pesetas de la época por cazar sus conejos, fue la época esa de la enfermedad, y nos dio un duro por pieza. Apareció en un Mercedes y nos dijo cuántos podíamos matar al día. Llenamos el monte de lazos —mueve las manos frecuentemente recordando cómo ponía los lazos y nos dibuja en su cuaderno de apuntes cómo los hacía él—. Cogíamos sesenta o setenta cada día: cada diez lazos, un conejo. Los íbamos colgando en encinas para no cargar con ellos. Nos comíamos algunos, otros se los quedaba él y el resto para la mujer, que se lo comía o aprovechaba para venderlos y sacar algo más.

—Eras tan bueno con el tirador como cuentan...


Tras una jornada de caza.

—Era un fenómeno, un fuera de serie. Era capaz de romper un palillo o de darle a un clavo de siete centímetros desde una buena distancia. El director de cine Lucía, se apostó conmigo a que no era capaz a quitarle un clavo de entre los dedos a cuatro metros de distancia, perdió la apuesta. Otra vez, me llamó Berlanga, el director de cine, para trabajar en una película, en la de Bienvenido Mr Marshall; yo tenía que disparar con mi tirador y romper unas botellas, la escena es de un sueño que tenía Pepe Isbert. Les dejé a todos asombrados con mi puntería, porque era muy bueno. Yo mismo me construía mis tiradores. Los que venden ahora no sirven para nada, no son flexibles y son demasiado grandes. Los míos sí que eran buenos. De niño tiraba a los vencejos cuando entraban volando en el nido. He atrapado perdices al vuelo y conejos a la carrera. Siempre se me dio bien.


Pedro apunta sus anécdotas y recuerdos en un cuaderno para no olvidar nada.

—Ahora, con los años, lo echará de menos...

—Sí, pero ya no puedo disparar. Además, mi hijo se quedó con mis tiradores, porque el último año que estuve en Benidorm, en el 2000, me escapaba por las tardes para cazar conejos, cerquita de la playa aún había un montón, y no me pude resistir —observa con cara de añoranza a su hijo por aquellos años de escapadas al campo—. Todavía si pudiera en Calpe donde iba con mi hijo... —mira a su mujer y a su hijo y, en silencio, pide a gritos con la mirada su viejo tirador...—.