Luis de la Peña, presidente de la delegación española del CIC

«El reto es conseguir que se contemple la caza como un elemento cultural»

Cazador desde la infancia y apasionado confeso de la caza de sarrios en los Pirineos, Luis de la Peña Fernández-Nespral nos habla de los pormenores del CIC (Conseil International de la Chasse el de la Conservation du Gibier). Casado, padre de tres hijos y abogado en ejercicio, es también vocal de la JNHTC, miembro del Círculo de Bibliografía Venatoria y socio fundador del Club Venatorio Español. Articulista habitual en revistas de caza, es autor de los libros Entre dos luces (1998), Al socaire (2001), Rupicapra (2006) y coautor de El futuro de la caza (2002).

Rafael Vecilla

–Todos los cazadores conocen o han oído hablar del sistema de medición de trofeos del CIC, pero tengo la sensación de que no es un organismo bien conocido por los españoles. ¿Nos podrías decir en pocas palabras qué es, cómo funciona y cuáles son sus objetivos?

–En efecto, uno de los defectos que tradicionalmente ha arrastrado el CIC es la carencia de una comunicación adecuada con los cazadores, que son su foro por excelencia, con la salvedad como bien apuntas de sus fórmulas de homologación, sobre todo de los trofeos europeos. El CIC es una organización que agrupa a más de 80 países, sin ánimo de lucro, que tiene como objetivo fundamental fomentar la caza como instrumento de desarrollo sostenible de los ecosistemas, y en general la caza como una herramienta adecuada y muchas veces imprescindible para llevar a cabo una explotación ordenada de los recursos naturales. Con ese objetivo principal, el CIC está organizado en tres divisiones importantes, una científica, otra política y una tercera cultural. En estos tres campos, el CIC se articula con miembros que aportan una cuota para tratar de alcanzar sus objetivos y hacer posible su presencia en los organismos internacionales de conservación de la naturaleza más significativos.

–¿Podrías citar algunos proyectos en concreto?

–El Premio Edmond Blanc, que es uno de los premios importantes que da el CIC, este año se le ha dado a una reserva de la República de Angola por su trabajo en la recuperación del sable gigante, que es una especie mítica en claro peligro de extinción. Pues bien, gracias al apoyo económico y científico del CIC parece que empieza a recuperarse tras un importante esfuerzo en la lucha contra el furtivismo en el Parque Nacional de Cangandala y en la conservación del hábitat de una especie tan emblemática. También está presente en numerosos foros, como el IUCN, la FACE… en los que tratamos, a veces como lobby regulatorio, de mejorar la imagen de la caza, que en algunos países europeos es prácticamente intratable. En esa tarea de intentar fomentar la caza y el cazador como un elemento tradicional que forma parte del paisaje agrario, como algo que pertenece a nuestra cultura y al acerbo histórico de los pueblos, y verlo de una forma amable, tal cual es, es en lo que el CIC pone su granito de arena. Recordemos que el CIC empezó como un grupo de amigos cazadores que tenían una inquietud que superaba el mero ejercicio de la caza, y que además de disfrutar de la caza decidieron que se podía hacer algo importante por la conservación.

–Has hablado de ausencia de afán de lucro y de aportaciones de los miembros. ¿Cómo se financia?

–En este terreno, somos algo parecido a una ong. Se financia con las cuotas de los miembros y con determinadas ayudas y subvenciones de los estados involucrados en el CIC, entre ellos España, que es miembro a través del Ministerio de Medio Ambiente. Pero lo cierto es que no tiene un gran patrimonio, apenas una oficina logística, que ahora tiene su sede en Budapest y a través de la cual se lleva todo el trabajo operativo de asistencia a reuniones, preparación de informes y oferta de asesoramiento, altruistay de muy elevado nivel científico, a gobiernos e instituciones que explotan recursos forestales.

–¿Las diferentes delegaciones tienen algún grado de especialización o son una especie de CIC en pequeño?

–Podríamos definirlas como los canales más próximos a cada miembro, algo así como el brazo del CIC en cada país. Y el CIC pone cuidado en evitar que cada cual actúe por su cuenta. El trabajo se centraliza en la oficina de Budapest y cada delegación apoya su trabajo, porque la dirección es única y central.

–¿Se puede afirmar que su labor es eficaz?

–Imagino que habrá opiniones para todos los gustos, porque es algo muy difícil de evaluar. El CIC tiene un montón de deficiencias y muchas cosas que mejorar, y en ello estamos, y seguramente tendremos que ser más eficaces. Pongamos un ejemplo que todo el mundo conoce: las fórmulas de homologación. Ahora mismo estamos en un proceso de ajuste o adaptación a la evolución de los trofeos de caza, lo cual tiene una importante dimensión económica porque tendrá una considerable repercusión comercial en la industria de la caza, que no deja de ser un motor de riqueza en los diferentes países. En este sentido, mover los baremos o las fórmulas, tiene que perseguir dos cosas: un interés científico de alimentar las diferentes bases de datos que utilizan los biólogos que estudian las especies venatorias, y a la vez tomar en consideración la repercusión que pueda tener en el negocio de la caza. Hay cosas que mejorar, insisto, y en ello estamos, y no seré yo quien defienda que el CIC es una organización perfecta.

–Al hilo de lo que acabas de decir, ¿qué especie puede estar más necesitada de una revisión en los baremos de homologación?

–A nivel español y también europeo, creo que el corzo, que tiene una fórmula de homologación complicada que habría que tratar de objetivar más. También el venado, pero especialmente compleja la del corzo.

–¿Las líneas de trabajo pueden ser las mismas en los diferentes continentes?

–El principio general del objetivo que persigue el CIC es el mismo, pero cada continente tiene su propia filosofía y su propia trayectoria en la explotación de recursos naturales. El CIC es más fuerte en Europa y su idiosincrasia originaria se basa en el cazador europeo, pero está presente en 82 países, muchos de los cuales no son europeos. En Norteamérica tiene escasa presencia y allí habría que mejorar porque EE UU representa la comunidad de cazadores más grande del mundo. También en África nuestra posición es mejorable. En Asia nuestra presencia es significativa.

–¿Cuáles son los retos que plantea la caza sostenible en los diferentes continentes, a tenor de sus diferentes grados de desarrollo económico, demográfico, etc.?

–Creo que el reto fundamental es conseguir que los legisladores de los diferentes países contemplen la caza como un elemento cultural y como un instrumento válido y beneficioso para el desarrollo sostenible del inmenso patrimonio natural que todavía hay, por ejemplo en Europa. Y eso abarca desde terrenos acotados privados hasta la figura de un parque nacional. ¿Por qué en un parque nacional no se puede cazar? Tan respetuosa con el medio es la caza como lo pueda ser la ganadería o la explotación maderera. Hay que eliminar el estigma que se le ha adjudicado a la caza en algunos países y ser capaces de transmitir lo que de verdad es y representa. Aproximarse al legislador y hacer un esfuerzo de comunicación es imprescindible en un mundo en el que el movimiento ecologista es cada vez más fuerte, y cuyo ideario es muy fácil de hacer atractivo al gran público.

–¿La caza es sostenible en los países más desarrollados y más poblados?

–Como herramienta para gestionar de manera sostenible un ecosistema, la caza es más importante precisamente donde los espacios naturales son cada vez más pequeños y con una mayor protección. La caza es el gran instrumento de gestión ordenada de la fauna en cualquier ecosistema, pero sobre todo en países superdesarrollados donde escasea o se ha extinguido la predación natural.

–En los países desarrollados cada vez hay más caza, pero el rechazo social a la caza es también mayor. ¿Cuál puede ser la causa de esta aparente contradicción?

–Creo que es un defecto de comunicación. Las organizaciones de caza en general y los cazadores no hemos sabido explicar a la sociedad lo que de verdad representa la caza y en qué consiste. En cambio, el ideario anticaza, mal llamado ecologista, tiene un mensaje mucho más fácil. Nosotros tenemos que hacer el esfuerzo de llegar un poco más allá, hay que profundizar más para llegar a la gente. Al ecologista le resulta mucho más sencillo. En un mundo donde prácticamente se llega a humanizar a los animales, su mensaje es fácil de entonar y cala enseguida. Nosotros lo tenemos más difícil porque tenemos que explicar que la caza implica la muerte de un animal.

–¿Está más perdida la batalla en los medios de comunicación que en los despachos?

–Sí, pero la política es así. Y los políticos. Tanto en cuanto seamos capaces de hacer mejorar nuestro mensaje en los medios, en los despachos lo tendremos más fácil. Por eso hay que dar la batalla en los medios, y creo que en algún sitio nuestro mensaje va calando más.

–¿El mensaje que se está enviando es el adecuado?

–En muchas ocasiones todavía no. A veces se transmite una idea de la caza errónea y sesgada, y creo que en gran parte es debida a la ignorancia en materia de caza de los propios medios. Tenemos que hacer un esfuerzo por acabar con esa nebulosa y esas verdades a medias que manejan quienes de verdad tienen influencia en la opinión pública. Tenemos que explicar que la caza es una actividad regulada, aunque se pueda regular mejor, y también los beneficios que se obtienen como retorno para el propio campo, para la economía rural… todo eso hay que explicarlo. Yo digo con frecuencia que el gran enemigo de la imagen de la caza es, por una lado, nuestro déficit de comunicación, con el agravante de nuestra resistencia a asociarnos y defender una idea común, y la prueba es lo atomizada que está la representación de la caza en España; y por otro lado cierto sector de los cazadores, que tiene verdaderas dificultades para explicar lo que es la caza de verdad, ordenada y sostenible, que es el único camino que existe para defenderla a largo plazo. Las crónicas de matanzas a veces absurdas hacen mucho daño, porque identifican al cazador con un matarife.

–¿Los grandes espacios protegidos, los santuarios, son una garantía de futuro para la fauna salvaje?

–Son desde luego necesarios. Los parques nacionales de España, por ejemplo, donde se dota de la máxima protección a unos espacios naturales privilegiados, son buenos y los cazadores debemos sentirnos identificados con ellos. Pero dicho esto, tenemos que defender que la caza se inserte en ellos como una actividad cultural y tradicional para su desarrollo sostenible. Pero el campo español no son sólo los parques nacionales. Hay un montón de desarrollos agrarios en donde la caza tiene cabida, porque no es algo que deba estar aislado en santuarios. La caza está perfectamente vinculada al medio rural, en los cotos de los pueblos, en las reservas o en las fincas privadas. Ojalá en un futuro seamos capaces de que sea una realidad también en los parques nacionales.

–Y las cercas, ¿son el futuro?

–Esta es una pregunta que me gustaría contestar al margen de mi responsabilidad en el CIC. El CIC defiende una caza ética, deportiva, respetuosa con el medio ambiente y con la legalidad, y rechaza las manipulaciones genéticas o de otro tipo. Dicho eso, las cercas están en su mayoría dentro de la legalidad, y el CIC no está en contra de ellas. Otra cosa es que a mi como cazador no me gusten. Prefiero cazar en abierto, porque de alguna manera las cercas limitan el salvajismo del animal. También hay que distinguir entre espacios cercados, que pueden ser inmensos o de 20 hectáreas, y nada tienen que ver unos y otros.

–¿El cazador peca de buscar solución a su problema y que cada palo aguante su vela?

–Sí, absolutamente. En España, en general, la sociedad civil se moviliza muy poco, somos individualistas, y a los cazadores nos pasa eso mismo. Así es imposible avanzar, porque la unión hace la fuerza. En España hay muchas organizaciones representativas del mundo de la caza, tanto de los cazadores como de sectores vinculados, cada cual con su propio criterio, y eso no nos beneficia. Por este camino conseguiremos poca cosa.

–¿El CIC mantiene relaciones institucionales con las grandes asociaciones de cazadores como pueda ser la Federación Española de Caza?

–El CIC mantiene relaciones con el MMARM o la Junta Nacional, que son miembros del CIC, con la ACE o la AEPES, que también lo son, con alguna fundación de conservación de la naturaleza… Con la RFEC en concreto no, y me gustaría que eso cambiara porque tiene detrás un colectivo enorme de cazadores.

–¿Y con el SCI y ese tipo de asociaciones de cazadores netamente privadas?

–El SCI en concreto participa en ocasiones en nuestras asambleas, y con el hemos firmado determinados protocolos. Nuestros respectivos idearios pueden diferir, aunque no en lo sustancial. También tenemos relación con Boone & Crockett y sobre todo con el Rowlan Ward. Porque insisto, aunque con distintas matizaciones, todos defendemos lo mismo.

–¿Desde la óptica del CIC cabe hablar de la caza como deporte?

–No entramos en eso. Cada uno define la caza como mejor le parece, y para cada cual puede ser cosas muy distintas. Para mi es mucho más que un deporte, forma parte de la filosofía de vida de uno y condiciona hasta la mujer o el hombre con el que uno se casa, el coche que conduce o la ropa que viste.

–Hay organizaciones ecologistas de ámbito internacional que admiten la caza y otras que la rechazan de plano. ¿Mantenéis contacto con unas y otras?

–El CIC mantiene un contacto estrechísimo y una colaboración fundamental, que nos ha permitido además asistir a foros donde de otra manera no hubiera sido posible, con la IUCN, que es una de las grandes asociaciones conservacionistas del mundo. Ellos respetan, y de hecho defienden la caza como herramienta para el desarrollo sostenible en un montón de ecosistemas. Mantenemos también buena relación con WWF… Con las organizaciones que rechazan de plano la caza, como Greenpeace, que tiene una gran presencia en los medios, debemos hacer un mayor esfuerzo de acercamiento. Nuestra relación es más fácil con las organizaciones que tienen un sesgo más científico porque los beneficios de la caza para el ecosistema están científicamente demostrados, y eso facilita mucho el entendimiento.

–En tu calidad de presidente de la Delegación Española del CIC, ¿eres optimista sobre la evolución de la caza a corto y medio plazo?

–Quiero ser optimista. La caza forma parte del instinto de mucha gente, aunque algunos no lo sepan. Hay algo en nuestro código genético que hace que nos guste el campo, que sintamos atracción por los espacios salvajes, y la caza es una forma natural de fundirnos con todo ese mundo natural. Mientras esto siga siendo así el hombre seguirá siendo cazador. Lo que tenemos es que conservar los ecosistemas para poderlos transmitir por lo menos en las mismas condiciones en que los recibimos.

–¿Sin caza el mundo sería un desastre?

–Se produciría una verdadera catástrofe medioambiental, y sería la primera vez en millones de años en que no se cazara.

–Como cazador, ¿te decantas por la mayor?

–Soy más cazador de mayor, en efecto, pero la menor es una caza también apasionante. A lo mejor no se valora tanto, pero en cualquier pueblecito hay cazadores de menor extraordinarios. Los de escopeta y perro son grandes aficionados y también los grandes "tapados" de la caza, con el instinto verdadero de la caza perfectamente impreso.

–¿Cazador de lance, de trofeo, de colección?

–El cazador siempre es cazador de lance, que es lo que nos mueve a salir al campo. Después intentaremos buscar un trofeo adulto, maduro, que tenga un buen trofeo, pero si le quitamos la emoción del lance nos quedamos en nada. Lo que no soy es cazador de colección, ¡y que Dios no lo permita!

–¿Y en cuanto a modalidades?

–Sobre todo me gusta la caza a rececho, aunque practico casi todas las modalidades, porque todas me producen satisfacción, esas mismas sensaciones placenteras que sentíamos de niños cuando perseguíamos largartijas o cazábamos grillos.

–¿En qué tipo de terrenos te encuentras más a gusto?

–Tiendo a ser cazador de montaña, y me he sentido siempre muy feliz en lugares remotos donde la sensación de libertad es muy acusada, pero también lo soy en África o en España. Porque tampoco hace falta ir lejos para cazar intensamente. Los españoles somos en eso unos privilegiados, porque tenemos una grandísima riqueza natural, una gran diversidad de cazaderos y de especies cinegéticas… la berrea en Asturias o en la Sierra de la Culebra es una maravilla comparable a cualquier cacería del mundo… Hay que desprenderse de la etiqueta de que la gran caza es la caza que se hace en lugares remotos, o la caza más cara. ¿Y qué es cazar un sarrio en Benasque? ¿O un macho montés en Sierra Nevada? Son grandísimas cacerías. Yo desde luego me siento a gusto en cualquier sitio en el que la caza sea salvaje e incierta.

–¿Te gusta cazar sin guía?

–Donde es posible, me encanta. El guía es una ayuda valiosa, pero también es un handicap, porque uno se puede sentir teledirigido. Poder cazar solo, hacer el rececho en solitario es una experiencia magnífica, y si consigues el animal, el grado de satisfacción es inmenso. Las organizaciones como el CIC tienen también que luchar por hacer posible que el cazador salga solo al campo, porque no somos delincuentes a los que hay que vigilar. La Administración concibe con frecuencia al guía como un vigilante, y tenemos que hacer ver al legislador que no necesitamos una niñera ni un guardaespaldas.

–¿Dónde no cazarías?

–No lo haría en un cercón pequeño, tampoco animales con falta de silvestrismo, porque me parece absurdo, como lo es cazar desde helicóptero y tantas otras cosas que no contribuyen en nada a crear una imagen real de lo que es la caza. Hay prácticas que tenemos que desterrar, porque desvirtúan la caza, que es mucho más que pegar tiros.

–¿Hay alguna cacería en concreto que te haya hecho especialmente feliz?

–Muchas, pero recuerdo con especial cariño una cacería de carnero de Stone en Columbia Británica en la que conseguí el trofeo el último de los 15 días que le dediqué. Fue apasionante, y muy dura, pero inolvidable. Y no es que sea partidario de eso que llamamos la caza extrema, porque no creo que sea necesario sufrir para obtener la máxima satisfacción. Ni creo que sea un mérito cinegético tener que soportar ventiscas de nieve a 30º bajo cero durante un montón de días. En eso hay algo de demagogia. La caza no es sufrimiento.

 

En el número de enero:

  • Leones de Melopo
  • Entrevista Antonio Reguera
  • ¿Qué pasa en Irán?
  • Ummimmak en el Círculo Ártico