José Antonio Camacho, entrenador de fútbol

Fútbol, caza y mus

 

Hablamos con José Antonio Camacho, ex-seleccionador español y actual entrenador del Benfica portugués, que  nos habla de una de sus aficiones y vías de escape tras un duro partido: la caza.

Isabel Elola Medio / Ángel Vidal

 

Yo recomendaría empezar con faisanes o codornices porque, se diga lo que se diga, también es importante cobrar la pieza

—Nació en Cieza, Murcia, y allí desde pequeñito sus tíos le metieron la bicha de la caza en el cuerpo. Así que, a Camacho, la afición a la caza de casta le viene al galgo...

—Efectivamente, mi afición viene por tradición familiar. Mi familia es una gran aficionada a la caza y a la pesca y yo lo he visto en casa siempre.

—Y desde pequeñito al campo.

—En Cieza recuerdo vagamente haber salido con mis tíos. A los siete años me trasladé, con toda mi familia, a Albacete, y allí ya sí recuerdo con mucha más exactitud mis inicios en la caza. Además, me encontré con que el padre de mi novia, hoy mi mujer, era un loco de la caza. Así que imagínate.

—Y siempre a la menor.

—Siempre a la menor. Alguna vez he hecho mis pinitos con la caza mayor, en monterías o ganchos con los amiguetes, pero a mí lo que realmente me gusta es la menor.

—Las perdices...

—Sí, las perdices. Creo que es la caza más bonita y seguramente de las más difíciles que hay, aunque yo recomendaría empezar con faisanes o codornices porque, se diga lo que se diga, también es importante cobrar la pieza.

—Así que, tu primera pieza fue un faisán...

—No, mi primera pieza fue una liebre. Me acuerdo perfectamente. Íbamos de caza con uno de mis tíos, vimos la liebre en la cama y mi tío me dijo: «Ponte aquí y cuando salga la dejas correr; la apuntas a las orejas y ¡zas!, al suelo». Y así fue. Ahí aprendí a apuntar, porque al principio, como en casi todo, uno apunta mal.

—Y una vez que sabes, perdices con perro...

—Eso es lo más bonito del mundo, aunque yo desgraciadamente no tengo perro de caza. Tengo un labrador, pero no he tenido tiempo de educarle, no sabe cobrar. Y bien que lo siento.

—Y seguro que tendrás alguna querencia...

—Dices a la hora de cazar... (risas).

—Claro, claro...

—Cazo en Villanueva de la Jara, un pueblecito de Cuenca, en un coto que se llama «La Gloria”, donde, además, la familia de mi mujer tiene una granja de perdices que produce más de sesenta mil ejemplares. Allí es donde me pierdo en los pocos ratos que tengo, y, por cierto, que es el lugar donde dieron sus primeros pasos Manolo Sanchís o Rafael Martín Vázquez.

—Dices perdices de granja, pero donde esté una perdiz salvaje...

—Sí, donde esté una perdiz salvaje y un tomate de Morata o un melón de Villaconejos... Ya sabes el chiste ese, del bidé y la máquina de cortar jamón, ¿no?

—Sí (risas)...

—Pues eso. Estamos en el siglo veintiuno y no nos queda más remedio que adaptarnos a los tiempos que vivimos. Además, entre una perdiz de granja, si se es serio y la selección está bien hecha, y una criada en el campo, la diferencia no es la genética, sino el comportamiento.

— Sanchís nos dijo en una entrevista que fútbol y caza tenían algo que ver. Que el futbolista también era una especie de cazador que dependiendo del puesto que ocupara tenía una presa determinada y trazaba una estrategia para conseguirla.

—Es cierto, a mí me gusta utilizar otra similitud entre la caza y el fútbol, y es que tanto en el fútbol como en la caza, los lances no se repiten. A ti te sale una perdiz y la falles o no, el lance ha terminado. La próxima vez que te salga no tendrá nada que ver con la anterior y deberás volver a estar concentrado. En el fútbol pasa igual, cuando terminas una jugada, acabe en gol o no, empieza otra, y lo anterior no vale para nada. Para cazar o para jugar al fútbol hay que ser mentalmente muy fuerte, porque si no, el contrario (en el caso de la caza, la pieza), te gana.

Para cazar o para jugar al fútbol hay que ser mentalmente muy fuerte, porque si no, el contrario (en el caso de la caza, la pieza), te gana

—Entonces, la noche anterior a un ojeo tú te pasarías por las habitaciones de los tiradores diciendoles: «Tú, ¡treinta y seis! ¡A ti, no se te va ni una de pico! ¡Las cruzadas, todas tuyas!...»

—Si me fuera algo en ello, no te quepa la menor duda. La mentalización para todo es muy importante; tienes que tener confianza en ti, y estar convencido que las piezas que salgan, las vas a abatir.

—Por tanto, tú no prohibirás cazar a tus jugadores...

—Los jugadores en general tienen prohibido practicar actividades que impliquen un cierto riesgo. Yo creo que la caza difícilmente puede considerarse una práctica de riesgo, como bien nos demuestran las compañías de seguros. Además, para un futbolista, sometido a unas presiones brutales, puede ser una válvula de escape.

—Entonces, tú lo recomendarías...

—¡Ojo con lo que decimos! Si un jugador en su día libre me comenta que ha estado de caza, no pasa absolutamente nada; ahora bien, lo que no puede hacer es pegarse una paliza de ocho horas, subiendo y bajando monte como si en ello le fuera la vida. La caza es relax, y si a un futbolista le sirve para relajarse, es algo positivo.

—O sea, que tú entiendes la actividad cinegética con poco sudor...

—Je, je, je... ¡qué mariconcete! Pues sí, como es público y notorio sudo más en el banquillo, donde estoy sometido a una presión terrible y a un estrés agobiante. Cazando no estoy sometido a esas presiones, me relajo, disfruto de la compañía de mis amigos, juego al mus...

—Y algo cazarás...

—Hombre, no se me da mal del todo, pero yo no estoy obsesionado con cobrar las piezas. No es el fin último.

—Pues hay gente que no piensa eso.

—Como dijo un famoso torero «hay gente pa tó». Hoy día todo el mundo opina de todo y sabe de todo. Y tanto el fútbol como la caza son un buen escaparate para que algunos ignorantes puedan llamar la atención. La caza es algo tan íntimamente ligado al hombre que es difícil imaginar el uno sin la otra. Aunque debido a la evolución la caza se manifieste de distintas maneras.

—Y si se dejara de cazar, ¿te imaginas qué pasaría?

—Me puedo imaginar que esas inquietudes se desviarían hacia otras actividades, a lo mejor no tan sanas; me puedo imaginar muchos puestos de trabajo perdidos; me puedo imaginar industrias cerradas; me puedo imaginar el terrible desequilibrio ecológico que se produciría; pero lo que no me puedo imaginar es qué soluciones iban a adoptar para equilibrar el medio.

—No nos pongamos trascendentales y volvamos a disfrutar. Caza y fútbol, fútbol y caza. «Conejo», Saviola; «Puma», Hugo Sánchez; ¿«Buitre», Emilio Butragueño?

—Eso es porque era un carroñero dentro del área. Balón que caía muerto, para él, y gol. Un portento El Buitre.

—Y Johan Cruyff una gacela...

—Johan Cruyff era de todo. Para pararlo había que adivinar por dónde iba a salir, por dónde pasaría, qué saltos iba a dar, qué velocidad iba a desarrollar... Pararlo era muy difícil.

—Pero a ti no se te daba mal...

—Es que como soy cazador, sabía adelantarle el tiro.

—Y Zidanne...

—Para, para. A ver si por pasar un buen rato alguno se mosquea y es peor, que ahora la gente se mosquea muy rápido.

—Tú cazarás con Carcelén...

—¡Ja, ja...! Es que el pobre quedó huérfano de pequeño y lo he tenido que adoptar. ¡ Ja, ja, ja...! En serio, es un gran amigo mío y llevamos juntos desde que teníamos ocho años, y de vez en cuando sí que hemos ido juntos de caza.

—...Y con Del Bosque.

—Con Vicente cacé en La Gloria la última Navidad que él estuvo como técnico del Madrid. Después nos fuimos a comer y a jugar al mus, donde siempre gano...

—Ya estamos...

—Cuando quieras.

—Nos jugamos las copas.

—Vale.

—Vas a estar treinta y dos años sin ganar.

—¡Pero luego me hincho! Mi pareja es Del Bosque.