Pío Cabanillas, jurista especializado en comunicaciones

«Quienes más hablan son los que menos saben del campo»

 

El cazador tiende a ser individualista y a compartir la caza sólo con quienes sienten la misma afición. No ha sido capaz de salir fuera de ese círculo, de resaltar y comunicar, con orgullo y sin complejos, los elementos fundamentales de la caza. Nos afecta en en demasía lo que dicen y hacen algunos pretendidos ecologistas, aunque hay una duda, más que razonable, sobre quién está más concienciado sobre la ecología. Todo esfuerzo se complementa si de verdad se busca la defensa de la naturaleza y no la crítica intencionada desde un despacho.

Tras una búsqueda exhaustiva y llamadas tan persistentes como inoportunas, fruto de la mala fortuna y de las innumerables reuniones que le tienen ocupado, conseguimos al fin una entrevista con Pío Cabanillas, ex ministro portavoz del Gobierno y ex director general de RTVE. Pío, jurista especializado en comunicaciones, nos confesó un día lluvioso en Madrid, entre cigarro y cigarro, sus inquietudes, sus experiencias, en definitiva, su pasión por la caza...

Por Isabel Elola

 

Y en mi caso esta pasión no se puede decir que sea por tradición familiar como se pudiera pensar, sino por afición inducida.

—¿Inducida?

—Sí. Como ocurre en tantas familias, mi padre tenía un amigo cazador que se ofreció a llevarme de caza y a enseñarme su magia. Yo no tendría más allá de ocho o nueve años. De él aprendí los dos conceptos clave: respeto por la naturaleza y paciencia.

—¡Y zas!... un conejo.

—Pues no, en mi caso fue un faisán. Yo mismo, tras el disparo, acabé tres metros más atrás, tirado en el suelo, y con un buen susto metido en el cuerpo. Pensaban que se me había disparado la escopeta. Fue la primera vez y a partir de ahí surgió en mí una gran afición.

—Y hasta hoy...

—No, en realidad se abrió un paréntesis, a los diecisiete años aproximadamente, a raíz de un accidente de caza. Estabamos en un ojeo de perdiz, el puesto de al lado disparó con tan mala suerte que los plomos me alcanzaron en la cara. Caí al suelo redondo, mi escopeta al caer se disparó, y la cosa no pasó a mayores de puro milagro. Mi padre al volver a casa, encerró en un armario las escopetas y decidió que en casa no se cazaba más. Durante mucho tiempo tan sólo cazaba de forma esporádica hasta que hace unos diez años, retomé la pasión de manera habitual.

El cazador no ha sido capaz de resaltar y comunicar, con orgullo y sin complejos, los elementos fundamentales de la caza.

—Y volviste a la caza mayor...

—Es cierto que ahora me dedico más a la caza mayor, pero la rentrée fue en un ojeo de perdiz. Se me dio bastante bien y cogí moral. Disfruté mucho ese día. Recuperé las sensaciones de antes, y es que cuando algo te gusta, cuando es algo que claramente llevas dentro, no se olvida.

—Es que la caza se lleva dentro.

—Tampoco hay que ponerse exageradamente antropológico... La caza es parte, sí, de nuestra propia naturaleza, pero aunque es cierto que el cazador nace, también yo creo que se hace. Lo que no se inventa ni se aprende es el amor por la caza. Eso implica algo de instinto, de vocación y mucho de respeto por la naturaleza y de interés por conocer a los animales y su hábitat.

—Eso es muy bonito, pero no todo el mundo parece enterarse...

—El cazador tiende a ser individualista y a compartir la caza sólo con quienes sienten la misma afición. No ha sido capaz de salir fuera de ese círculo, de resaltar y comunicar, con orgullo y sin complejos, los elementos fundamentales de la caza. Nos afecta en en demasía lo que dicen y hacen algunos pretendidos ecologistas, aunque hay una duda, más que razonable, sobre quién está más concienciado sobre la ecología. Todo esfuerzo se complementa si de verdad se busca la defensa de la naturaleza y no la crítica intencionada desde un despacho.

—Nos han ganado por la mano...

—Nos han ganado en la semántica. Nosotros, por ejemplo, no hemos sabido hacer llegar a la sociedad la más que trascendente distinción entre un cazador y un furtivo, ni subrayar y explicar en detalle el carácter conservacionista de la caza.

—Pues hemos tenido la oportunidad en la última reforma del Código Penal. Parece que agredir a un perro, por ejemplo, es mucho más grave que matar un venado en cualquier época del año, sin control ni gestión.

—Sin entrar en comparaciones, hay muchas decisiones o «reacciones» administrativas que son absolutamente incomprensibles y suelen tener origen en presiones coyunturales. En general, cuando se entra a debatir esta cuestión, en la calle, en las asociaciones, o dentro del Gobierno, se suelen mezclar los temas y dominan los prejuicios, cuando no la ignorancia. La necesaria protección contra las salvajadas que se cometen con los animales domésticos —por ejemplo, los perros— se mezcla con los toros o con la caza. A partir de ese momento, todo se complica; empieza a utilizarse el anecdotario y los verdaderos problemas no se afrontan con rigor. Si además puede traer consecuencias políticas, el resultado no es otro que el absentismo normativo. Nadie quiere líos y hay falta de personalidad, incluso entre los propios cazadores que no quieren que cambien las cosas, no vayamos a ir a peor.

Vivimos sometidos a una permanente hipocresía de lo políticamente correcto.

—Es que a veces la caza llega a presentarse como una actividad marginal, elitista o propia de unos desaprensivos, a pesar de ser una actividad que practican masivamente individuos de todos los estratos sociales y que, bien regulada, es elemento indispensable para la conservación de la naturaleza.

—Vivimos sometidos, de alguna manera, a una permanente hipocresía de lo políticamente correcto, con múltiples ejemplos de persecución mediática o de opinión a personas que son cazadores, y que casi acaban por convencerse de que están haciendo algo malo. Y, sin embargo, insisto, no hay un método mejor para la conservación de las especies. Tenemos el caso africano que es absolutamente paradigmático. La recuperación de las especies africanas se ha basado en la caza, en el interés económico que ésta genera y en la buena regulación internacional. Cuando hay un contexto jurídico bien pensado, cuando existe un incentivo económico para la conservación de un animal, aunque resulte materialista decirlo, ese animal, se conserva. Creo sinceramente que si no hay un sistema de caza racional alrededor de un animal, éste acaba extinguiéndose.

—Pues el lince lo lleva claro...

—Pues si nadie lo remedia, al lince le pasará lo que al bucardo. Si se crea un interés sólo por el animal en sí, si se le convierte en pieza de museo y se infravalora el entorno, la interacción entre las distintas especies o la disponibilidad de recursos alimenticios, el animal, tarde o temprano, desaparecerá.

—Y crear parques nacionales no es la solución, ¿no?

—La delimitación de una zona como parque natural o nacional suele responder a razones geopolíticas. Cualquier sistema de protección, se llame como administrativamente quiera llamarse, ha de buscar la estabilidad en ese limitado espacio vital para los animales. Eso implica una política de control de especies vinculada a algún sistema de caza.

—Y, sobre todo, si esos espacios protegidos se hacen en contra de los lugareños.

—Efectivamente, ¿es que hay alguien que sepa más que el lugareño de una zona, o el guarda, sobre cómo deben conservarse los animales? Yo creo en una estrecha colaboración entre lugareños y científicos. Creo que la transmisión del aprendizaje de padres a hijos sobre el campo donde viven es la base ineludible desde la cual los científicos deben partir para sus investigaciones y conclusiones. Pero nunca imponer criterios científicos en abstracto sin haber antes contado con la experiencia de la gente del lugar. Curiosamente, quienes más hablan son los que menos saben del campo, y los que más saben son los que menos hablan. Ese es el problema de la caza.

—Pues estamos empeñados en hacer de Guadarrama parque nacional...

—No conozco en profundidad el tema.

La delimitación de una zona como parque natural o nacional, suele responder a razones geopolíticas

—Cambiando de tercio... Has cazado por casi todas las partes del mundo... Tú que lo conoces, ¿qué es más bonito, las inmensas cumbres o la llamada de África?

—No sé... Es como si me preguntan cuál es mi vino o mi película favorita. Son tantos y tantas. La alta montaña es, sin duda, un marco especial. Pero a lo mejor llegas a un paraje idílico y tienes la buena suerte (yo diría que es casi mala suerte) de encontrar fácilmente al animal que buscas y no te da tiempo a disfrutar de nada. No sé. Eso sí, África es capítulo aparte. Pero en un sitio u otro, lo que más me importa es que se trate de terreno abierto.

—Eres recechista puro...

—Sin duda. La montería también me gusta, por supuesto, pero mi ecuación es sencilla: rececho es igual a caza.

—Y dentro del rececho, el rebeco.

—Si me das a elegir qué tres animales me gusta cazar en España, te diría que la perdiz roja en caza menor, y el cochino y el rebeco en la caza mayor. El caso del cochino en los cazadores españoles debe ser algo atávico. En África, los profesionales de allí siempre preguntan: «¿qué os pasa a los españoles con los facos?». Debe ser que al ver uno, ¡se nos aparece ese cochino que rompe el monte de nuestras sierras! La caza del cochino es, sin duda, algo muy nuestro. A pesar de lo que os he dicho, todo depende del lance; de hecho, mi mejor recuerdo fue un rececho de venado en Soria y de un leopardo.

—Cuenta, cuenta...

—Fui a cazar a Soria con un amigo. Anduvimos durante todo el día, monte arriba y monte abajo, sin divisar nada. Al final de la tarde, cuando casi nos dábamos por vencidos, vimos una cuerna en un viso muy lejano. Esperamos un tiempo, pero no se movía y decidimos hacerle una entrada. Tras un par de caídas y con los nervios a flor de piel,  nos encontramos con que nos separaba de él un profundo barranco y una considerable distancia. Sabíamos que iba a ser mi única y última oportunidad, así que me eché mi .30.06 a la cara y disparé. Tuve mucha suerte. Mi amigo no paraba de gritar y abrazarme. Yo tampoco me creía el disparo que había hecho. La bajada del barranco fue terrible, y la subida, una odisea. En el camino empezó a jarrear y cuando llegamos al venado era de noche; para volver al pueblo nos dieron las cuatro de la mañana, empapados y asfixiados. Pero daba igual. La sonrisa no desaparecía de nuestra cara. Fue inolvidable.

—¿Y el leopardo?

—Esa es una historia que os prometo escribiré en la revista en otra ocasión.

—¿También con el .30.06?

—También, yo sólo utilizo el .30.06.

—Entonces, lo que importa es el lance.

—Para mí, sí. El lance es la caza, el encuentro con la naturaleza, el respeto hacia el animal, el desafío con uno mismo. En mis preferencias siempre estará el lance por encima del trofeo.

—Pero los lances no se cuelgan en la pared...

—No, los lances se cuelgan en la memoria.