Timoteo Blázquez, guarda de la Reserva Regional de Caza de Gredos

«Los furtivos se van de rositas»

 


El amigo Timo

Timoteo Blázquez, hombre serio y cabal. Tanto es así que es desde hace un montón de años el juez de paz de Guisando, su pueblo. Con la Casa de Misericordia lleva casi los mismos años de guarda que de encargado o administrador, como quiera que sea, él es el representante de la propiedad ante la comunidad de propietarios de la Reserva Regional de Caza de Gredos. Timo no sólo conoce de la montaña lo que pueda contar en una entrevista. Digno, parco en palabras y educado, se guarda en el alma vivencias que solamente desgrana cuando ha de entretenerte para hacerte la ascensión a un rececho más llevadera. Se queda con sus años de niño cuando dos palmos de nieve se le hacían una carrera de obstáculos, cuando su padre le enviaba de careo con las cabras caseras. Oculta al objetivo de la cámara sus años de quesero, cuando iba a recoger el queso de cabra que se elaboraba en los chozos de la sierra. No cuenta que los niños de los pastores se escondían porque nunca habían visto un humano que no fuesen sus padres. Timo, cuerpo de sesenta y tres años y alma de octogenario forjada a base de pisar el pasto de la sierra una y otra vez, ora tras las cabras caseras ora en pos de la caballería cargada de quesos.

Tras aquellos años en los que te cuenta los avatares de los cabreros del puesto del Pío o de cómo aviaban a los niños para cargarlos en las aguaderas de las mulas cuando los bajaban por el puerto del Peón, mientras que su inseparable Carlos, más hijo que compañero, busca los machos. Después de aquellas aventuras de pasos, lobos, ganados y demás, después de aquello, digo, los recuerdos de Timo, cuando comienza a contar su vida de guarda, le truncan el gesto, aquí comienzan las historias veladas de antiguos compañeros infieles, de cuevos encontrados repletos de cabezas de machos, de conatos de tiroteos, de amenazas de muerte... Su vida de guarda le dio la posibilidad de andar libre por su sierra, de poder disfrutar de los rincones de su casa, de poder enseñar a su hijo Rober el oficio y de ver crecer a sus cabras, como él las llama, hasta llegar a puntuaciones insospechadas cuando él empezó allá por los setenta.

Las hendiduras de su tez se han creado a partir de la desazón que le produce ver cómo sus vecinos machacan una de las riquezas de su tierra con el furtivismo. Las horas y horas de trabajo de su hijo y de Carlos, solos en la sierra, con un par de botas de montaña como toda herramienta de trabajo, a merced de unos locos armados que, además, se creen en posesión de la razón y la verdad, marcan su rostro, ahorman su faz, que no su alma, porque la gran verdad de Timo es que su restaurante es de lo que vive, sus hijos con carreras universitarias ya no le demandan más esfuerzos. Pero su negocio, sus cerezas y sus vacas no consiguen apartarle de su vocación, de su vida diría yo, que es la cara sur de la sierra de Gredos y sus monteses, por las que vela casi más que por su familia.

Timoteo lleva 30 años como guarda, desde hace unos cinco años trabaja en la Reserva Regional de Caza de Gredos. Durante años ha recorrido la cara sur de la sierra vigilando la cabra hispánica y luchando contra sus enemigos: los furtivos. Nos acercamos hasta su restaurante, El Tropezón, en Guisando, en plena sierra. Entre las «patatas revolconas» y el cabritillo nos habló de su historia, de sus cuitas, de sus quejas, de sus...

Isabel Elola Medio

 


Timo es un maestro de guardas, en Gredos, su casa, donde vive, donde respira...

—Timoteo, la afición te viene heredada, ¿no?

—Sí, empezó mi padre en esto, fue guarda en una finca durante 24 años, entonces no había cotos de caza, luego seguí yo y ahora es mi hijo el que trabaja también en la Reserva.

—Y tú siempre de guarda.

—¡Qué va! De pequeño era cabrero, conocía Gredos como la palma de mi mano, con las cabras para arriba y para abajo todo el día, ¡las domésticas, eh! Y luego ya me llamaron del Coto Asociación de la Casa de Misericordia de Ávila y ahí me metí.

—Un coto privado...

Sí, al principio ese coto era privado, luego en el año 87 lo alquiló la Diputación Provincial de Ávila y más tarde pasó a depender de la Junta de Castilla y León.

Si no fuera por los cazadores no habría cabras en estas tierras ni en ningunas.

—Tendría un montón de cabras...

—¡Qué va! Tiene muchas más ahora... Los primeros propietarios lo dejaron bastante mal. Luego la Diputación hizo una buena labor y ahora la Junta también: hay muchas más cabras ahora que antes.

—Y eso es debido a la caza, ¿no?

—¡Hombre claro! Bueno a la caza y a que ahora no hay cabras domésticas, pero vamos, si no fuera por los cazadores que se dejan un dineral, no habría cabras en estas tierras ni en ningunas.

—Pues hay quien dice que la caza es mala.

—Sí, algunos ecologistas dicen eso. Será porque son más listos que los técnicos y los guardas, ellos sabrán...


Panorámica de la cara sur de Gredos, que tan bien conoce Timo...

—Ellos no sabemos si son más listos, pero los furtivos a veces parece que sí.

—Los furtivos son hijos de Gredos. Conocen la sierra tan bien como los guardas y pueden estar arriba dos o tres días y nosotros tenemos un horario que cumplir.

—Sí, pero algo pasa porque vosotros conocéis a todos los furtivos...

—¡Hombre claro! Pero les tienes que pillar arriba y luego, si coges a alguno, no sé si es porque hay gente que no está interesada o porque hay mucho dinero por medio, pero el caso es que casi siempre se van de rositas.

—Quizá aplicando sanciones más duras...

—El furtivismo mueve millones. Muchas veces les pillamos, pero otras muchas se escapan: la sierra es muy grande. Viven de eso y las sanciones no son muy altas. Deberían hacer algo al respecto, nosotros hacemos todo lo que podemos, pero son los de arriba los que deberían hacer algo.

—Creemos que hasta tienen empresas de tapadera...

—Hombre claro, uno tiene una empresa de senderismo y aunque le conoces no puedes hacer nada porque no está prohibido andar por la sierra. Él dice que va con un cliente a hacer una ruta y ya está.

—Pero el otro día pillasteis a alguno, ¿no?

—Nosotros no, fue en la cara norte.

—¡Y guarda que era el tío!

—¡Guarda no! –por primera vez Timoteo levanta la voz–. Ese señor podrá llevar uniforme, pero no es guarda. No es guarda quien furtivea la finca de al lado de la que vigila. Ese señor es un delincuente y ya está, no se le puede llamar de otra forma.

—Si por ti fuera...

—No soy un dictador, pero el que roba debería ir a la cárcel y los furtivos son ladrones, pero si hoy en día, en este país matan a una persona y casi no les pasa nada, imagínate por matar una cabra...

—Alguna vez os habréis encontrado en situaciones peligrosas...

—Más de una, antes les imponía la autoridad y agachaban las orejas, ahora cada vez son más gallitos y se enfrentan contigo. Te voy a contar un caso: el día de San José, dimos el alto a una persona que sabíamos que estaba detrás de una buena cabra, le había echado el ojo hacía tiempo, y nosotros éramos conscientes de ello. Pues no sólo se negó a enseñarnos la documentación y a enseñarnos el coche, sino que nos dijo que quién éramos nosotros para pedirle nada y que no estábamos preparados para ser guardas. Le denunciamos pero creemos que no le va a pasar nada.

—¡Qué pena! Es que a veces piensas eso de «si yo mandara...»

—¡Uy, si yo mandara!


Timo en la puerta de entrada del restaurante «El Tropezón».

—¿Qué harías?

—Primero una ley para que los furtivos fueran a la cárcel. Luego dotaría de muchos más medios a la guardería. ¡Si a veces no tenemos ni prismáticos y trabajamos con nuestros propios coches! Después le quitaría el horario a la guardería: un guarda tiene que estar en la sierra unas veces una hora y otras veces veinte, lo que no puede ser es trabajar de ocho a tres como los administrativos. Los furtivos se lo conocen y cuando tú sales, ellos entran.

—Bueno Timo, pues nada, a ver si mandas...

—No creo...