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Torredonjimeno, 7 de Mayo de 2.005

 


Races entre olivares.

Cada vez que asomo a los riscos del paso de Despeaperros y, dejo atrs mi adopcin, la tierra castellana, all donde La Mancha se quiebra, irrumpiendo en Jan, provincia, capaz por ella misma, solo, con un breve respiro, de mostrar el comn de Andaluca, siempre tengo el mismo sentimiento: algo descubro all, claro, firme, transparente y con ttulo de propiedad, que despierta mis sentidos, por aproximacin a lo autntico, a la raz de aquello, con lo que me identifico, lo que no admite controversia, lo que est firmemente asentado, lo veraz, lo que no cambia, lo imprescindible, lo cierto. Hay tierras donde las diferentes culturas acogieron su presencia, sirvieron para llegar, irrumpir y conquistar, de paso, pero, brevemente, para despus, no quedarse. Esa tierra atrae y te conquista a ti, vengas de donde vengas. Te das cuenta, de inmediato, que se trata de un crisol de convivencia arraigado, por lo que tal devenir te inunda, te absorbe y te invita a detenerte, a beber de sus encantos.

En esta ocasin acud a un encuentro, esperado y deseado, nada banal, antes bien, fundamental, porque trataba de eso, de las races, tradicin, cultura y hombres, centinelas del saber, sobre un arte de la caza, el reclamo de perdiz. Mejor lugar, imposible, por cabal, por abierto, por sincero, por completo y, claro, por esencial.

La reunin era, y fue, trascendental, deseada, comentada y convocada con profusin de detalle, ajuste, previsin y temple, por el anfitrin Antonio (AC), del que, en cada momento, hablar, porque es mi deber, pero, tambin, mi placer, por amistad y justicia.

Reunidos, todos los participantes, en pleno mar de olivares. Los previstos, ms los que, en una sana intencin de sorprender, acudieron sin decirlo, o, al menos, sin publicarlo. Decidieron empezar, sealando, a un contertulio, como cronista, e improvisado notario, de todo lo que all surgiera: el aqu escribiente; quien no pudo objetar nada, ms bien, viendo la decisin, ya tomada, no hacer otra cosa que aceptar, sin palabras, ni debate, tamaa designacin, provocndome un problema del que, espero, salir, con la tarea cumplida. Y, en consecuencia, ahora, aqu, me presento, y, por lo tanto, lo cuento:

Se trataba de juntarse, en primavera, tras la caza del perdign, un grupo de cazadores cuquilleros (o, jauleros, si as queda mas completo). Cazadores, lo primero, porque todos convendrn, en que es el requisito base, para llegar a ese ttulo, que es, an, mas elevado. Y digo, para llegar, porque esta aficin o empeo, en esta modalidad, no se adquiere, ni se toma, ni se gana, ni se compra. Se llega, o no, tras un largo recorrido, empezando por querer, o amar, la caza, y aquello que la justifica, y que es actriz principal (ah vamos): la perdiz roja espaola.

Ya el viernes 6, nada mas llegar, unidos en una cena, comenz a verse, a las claras, una raza especial, de hombres que, solo, por la urgencia, de volver a verse, o de conocerse, acudieron a la misma. Tal era la necesidad de aproximacin de ideas y de comprobar que, aquello que presuponan, era cierto. All comenz el magnfico despliegue de nuestros queridos anfitriones, Antonio, Nelia, Soraya, 10@s, (en adelante, Arrobeitor) y su encantadora novia Pili, acudieron prestos, junto a Chanteo, posedo de una perentoria incontinencia afectiva, que compartimos, mutuamente, desde mucho antes, a abrazarnos a los recin llegados: Flanagan, su esposa e hijo; mi esposa y yo, todos, procedentes de Madrid. Y ya todo fue estupendo. Solamente fue preciso comenzar la charla breve para darnos cuenta, los presentes, de, en clave de qu, all estbamos. Nada ms y nada menos que, en pleno descenso, fcil, a la verdadera esencia de la calidad humana, la sabidura y la caza. Total nada, entre races. Como para no contarlo, que dira aquel promiscuo torero.


Ellas tambin cuentan.

Al da siguiente, por fin, el feliz encuentro. Acudieron al hotel, el punto de la acogida, de muchas zonas de Espaa: Sevilla, Crdoba, Jan, Almera, Granada, Murcia, Albacete, Ciudad Real y Toledo. Todas ellas zonas de arraigo jaulero, por devocin a la reina. Muchos de ellos, notoria y maravillosamente, acompaados de sus esposas, novias e hijos. Ellas, tambin, demostraron, durante todo el evento, aquel dicho tan certero que afirma, algo as como que, donde encuentras un gran hombre, no hay soledad, sino, siempre, hay una gran mujer, a su lado, y, viceversa. No es fcil darse cuenta de, hasta donde llega ya nuestra pasin por el reclamo y la perdiz, para, con paciencia y comprensin, por parte de nuestra pareja, igualmente, participar de la misma, porque, indudablemente, es claro, que tal trance, hace aflorar lo mejor de cada uno. Ciertamente, son conscientes y actan en consecuencia. Para descubrirse, en este caso, ante ellas y, por merecerlo, as queda constatado.

All estaban, tambin, Sierra, Cojo, el Loco, Rastro, Sbas, Polilla, Escopetn y Torcuato, su hijo, puntuales y dispuestos, despus de, el que más y el que menos, haberse dado una buena racin de kilmetros, con tal de acudir al encuentro. Y, por fin, hasta Virguez, sorprendindonos, por su voluntad de ir a vernos, aunque, otros compromisos le requeran, pronto y bien lejos. Como siempre, un amigo, desde luego, pero, ante todo, un caballero.

Tras las presentaciones, todos juntos, bajo la direccin de Arrobeitor, que, siendo joven, adems de hombre de sierra, tiene una especial predisposicin a la atencin y al detalle, cualidades admirables, en tal aglomeracin, que demuestran, all mismo, entre qu calibre y dimensin competente, andaba el juego. Partimos hacia la finca de Antonio, en una suerte de caravana, similar, a la actual montera. Todo ello en orden, por supuesto, como caba esperar de la altura de semejante evento y de su coordinador. All esperaba, por fin, el escritor mas querido, ManoloR y su esposa. Lleg Chanteo y su hermano Juan. Y, con ellos, qued el equipo completo. De nuevo emocin y abrazos.


Cuchicheando.

La finca es, principalmente, de olivos, algo de encina y carrascas, mostrando ya al llegar, un claro sabor perdicero. Nos situamos en una amplia terraza, dominante, sobre dicha inmensidad, junto a la casa. Para describir el escenario de la obra que, all, se iba a desarrollar, y los valores reinantes en sus actores, acudo, por similitud, a la visin de un solo olivo centenario, que se basta y sobra, por si mismo, para demostrar, exponiendo al aire sus races, sin miedo, ni ocultacin, a la mirada de cualquier viajero, que estamos ante un rbol firme, noble, altivo, recio y desafiante, lejos de la debilidad, de lo efmero y lo breve. Lo tomo como ejemplo de descripcin de la esencia de esta modalidad de caza, el reclamo, y de sus gentes, donde no valen la aproximacin, ni el engao, solo lo verdadero, que es lo que permanece, lo que est firme y sujeto al suelo. A unas leyes inmutables que, difcilmente, los hombres pueden alterar, aun proponindoselo. De ah su fondo ancestral. Pues, en ese entorno, interno, en nuestros corazones, y, externo, ante lo que nos rodeaba, estbamos, sumergidos en la inmensidad de olivares y, por lo tanto, encontrndonos con la dificultad, si alguien se lo hubiera propuesto (que no fue el caso), de apoyarse en otra cosa distinta, o lejos, de aquello que es esencial, en torno a nuestra aficin.

Inmediatamente, se formaron los corrillos, las charlas y las ponencias, entre los que haba entradas y salidas intermitentes, con el nimo, por todos compartido, de no perderse ni una sola conversacin, en la que cada uno pudiera participar. No haba cacera real, pero si, sabor de caza y lances por todas partes. El campo daba de pi por las esquinas y era difcil no acudir a cada una de las plazas, donde cada perdign reclamaba, cada vez con mas fuerza y celo, para no perderse tal o cual asunto, matiz, debate o ancdota. Sin darnos cuenta, se ech la hora de comer y, menos mal que la intendencia estaba, como no poda ser de otra forma, ya prevista y dispuesta, para, alrededor de una lumbre, preparar la suculenta barbacoa. Como tcnicos en gestin culinaria, el Loco por el Pjaro, Cojo y Arrobeitor, quienes se ocuparon de dar el punto justo, armona y continuidad, a todo lo que de all para ac, pasaba del fuego a la mesa. No hubo una sola voz discordante. De nuevo la prudencia y saber estar presidan el momento, y el notable alto, obtenido por semejantes cocineros, roz el sobresaliente. Pero era tal la tensin de las historias, la emocin y escalofros de los relatos y la avidez por conocer experiencias que, ms de uno, se le olvid hasta comer, y no haca ms que revolcarse en la tierra, para aflojar su celo. Pero, nada, al pronto, nueva reclamada: curichi-curichi y, a la plaza, con recibo magistral. La perdiz encelada, utilizaba todos sus recursos dialcticos sobre nuestras cabezas, y ya la veamos, in mente, entrar, arrastrando el ala, haciendo surco, dar vueltas al repostero, subirse a la jaula, picotear a nuestro macho y este, defendindose, ardorosamente, enmoao, hacer lo propio, hasta devolver al suelo a su contrincante, siguiendo as, fielmente, el mandato de su casta. Puro embrujo. No me puedo olvidar de la ancdota, ya conocida, de Sierra, cuando le fall el cartucho una y otra vez teniendo que volver a por otra escopeta al coche para, regresar al puesto, a culminar aquel lance, mientras su pjaro y el campo seguan all, dale que dale, como si el cuquillero no estuviera. Nos revolcbamos de risa, ante su graciosa y emocionante narracin. El ajuste y precisin de los juicios de Escopetn, que solo poseen aquellos, cuya dilatada experiencia se lo permite, pudiendo as otorgar a cada uno, lo suyo. El humor sincero y abierto de Polilla, Rastro y Sebas, insuperables por aficin, y capaces de inducir ilusin, ante el desaliento del inexperto que posee ese mochuelo que no canta, y contertulios con los que pasar un rato te llena de satisfaccin.


Expertos en gestin culinaria.

Sera interminable describir todas y cada una de las ancdotas y casos all relatados y pido perdn por ello, porque fueron muchas y, uno, no poda estar en todas partes. All se habl de armas, de zorros, de guilas, de buitres, de linces, de lances, de celos, de pjaros, de cantos, de campias y de sierras, de fincas, de jaulas, de terreros y de jauleros. Por cierto, fue un gran placer comprobar que los jvenes poseen tal pasin y arte cuquillero, ya, que afirmo, rotundamente, el reclamo tiene garantizada su existencia y su defensa, por muchos aos. No hay ms que estar junto a ellos. Esta tradicin est en buenas manos. Solo escuchar al Loco simular guturalmente, el canto indeterminado, de ese pjaro de procedencia granjera, con esa gracia, sinceridad y devocin, nos hicieron saltar las lgrimas de hilaridad, a ms de uno. Hubo quien, adems, espontneamente, apareci con un obsequio personal, consistente en unos ganchos de cuero para transportar la jaula, de un viejo artesano de Cardea, a quin, sin citar su identificacin, tengo, que reconocerle su especialsimo detalle de amistad con todos nosotros, demostrndonos, una vez mas, a los presentes, que las personas felices parecen ser aquellas que no tienen un motivo especial para serlo, salvo que lo son.

Pero no todo fue guante blanco, no. Haba que mantener la altura de la misin del encuentro, y, en esta ocasin dirigir la amistosa y cordial afrenta a, nadie mejor que, nuestro amigo ManoloR. Se propuso una mocin, consistente en obligarle a ampliar su magnfico libro con un apndice y varias correcciones, que, naturalmente, en lnea con su categora personal, acept de buen grado, ponindole tal encargo, como condicin, para elevarle, por aclamacin popular indeclinable, de la categora de maestro jaulero, a la de catedrtico. Sin duda, por propio merecimiento. A este paso, su libro pasar a ser enciclopedia. Una de ellas fue describir con precisin el Titeo, para distinguirlo del Guteo y Caamoneo. Se encarg de defender la tesis, Jun, el hermano de Chanteo, hombre de gran conocimiento jaulero y mejor persona, quin relat una experiencia, para l, inolvidable, nunca antes, ni despus, vuelta a contemplar, en su ya larga vida de cuquillero. Dicho titeo lo realiz uno de sus pjaros, ya fallecido, quin, en cierta ocasin, utiliz este recurso extraordinario para atraer a una hembra, indiferente y recelosa, hacindola creer que aquel, la plaza, era el lugar para hacer el nido, y consigui atraerla, mostrndola todos sus atributos, genitales incluidos. Estupendo relato de un pjaro excepcional, naturalmente, coo! (con perdn), de campo. Quien, sino, iba a atesorar semejante bagaje ancestral entre sus plumas.

Ya al atardecer, calientes las bocas y seco el gaznate, a pesar de las consabidas copas, de tanto cuchichear, Antonio tuvo uno ms de sus incontables detalles, al ensearnos la finca, sus puestos de piedra, algunos centenarios, sus esfuerzos por hacer una gestin correcta y sus perdices. Lo que ya fue apotesico, cuando en pleno paseo, descubrimos a un gran macho perdiz, de aquellos, altivos, como los olivos, junto a su hembra, con porte desafiante y sin amedrentarse, ante nuestra inoportuna y molesta presencia, en su territorio. A muchos se nos pusieron los pelos como alfileres de semejante emocin, ante la gallarda del pjaro. En resumen, una finca con caza autntica, bien cuidada, con equilibrio, con mucho esfuerzo y con devocin, de acuerdo con la categora de su propietario. No caba esperar otra cosa de un sagaz y sincero defensor de la caza, de la perdiz y el reclamo.

Pero no haban terminado las sorpresas, al atardecer, se present de improviso y haciendo un esfuerzo sobrehumano, proveniente del aeropuerto, y de Italia, apareci uno de los que faltaban, Fideo.Toma ya!. Otro que se le ve, de lejos, que esto le apasiona y est dispuesto a defenderlo, no perdindose, por lo tanto, semejante oportunidad de hacer pia y profundizar en la amistad, pero sobretodo en la dignidad de esta aficin, como arte, tradicin, embrujo y pasin. Concepto definitorio que ya hemos hecho nuestro, denominando a la caza del reclamo, acuado, felizmente, por ManoloR.


Sobremesa.

Ya en la cena, mientras Arrobeitor nos deleitaba, magistral y apasionadamente, con sus correras tras los queridos marranos, y otros actores nocturnos, estos, ya no tan apreciados, nos deleitbamos, degustando ese Salmorejo estupendo de Nelia, pleno de matices, rebasados los calores de distinta procedencia. Mira por donde, apenas, haba salido el tema granjero, salvo para definir algunas tomas de posicin, a la tarde, y, con nimo, siempre presente, sin duda, del respeto a la particularidad de cada uno, y aflor el asunto, espontneamente. Como mi papel, ahora, es de notario, por cortesa obligada me abstendr de emitir o relatar un juicio sobre tan sobrenatural debate, pero resultaba evidente que eran, la prctica totalidad, los que, con claridad, lo abordaban, desde una posicin de crtica. Tal fue as, que el debate dur poco, llegando, en algn caso, lejos de la resignacin, huyendo del doble juego, y fijando bien las ideas, por parte de uno de los nuevos nasciturus en esta virtual plaza, a afirmarse la idea de resistir a los embates granjeros, como horizonte a seguir, por derecho o por deber, con la Ley o con la honra, por defender lo esencial, frente a lo circunstancial. Otros mas, que acuden a salvar a la perdiz. Seguimos sin estar solos. La caza del reclamo ah est, y as ser muchos aos. No poda ser de otra forma, en Jan y con su gente. No olvidis: races entre olivares.

Y, as, termin el encuentro, con abrazos y esperanza. Resumiendo: una reunin celebrada con sosiego y equilibrio; con sinceridad y humor; con ritmo y con armona; con colores blanco, ocre, azul cielo y verde intenso; y olores, a campo y jara, Todo ello presidido por el propio seoro de gentes de casta noble, y miras de gran altura, propias de sus principios y acordes con su pasin.

Espero haber correspondido, fielmente, con esta crnica, al encargo recibido, con mi deseo de volver a un nuevo, e imprescindible, encuentro, de amigos de la perdiz. Un fuerte abrazo a todos los asistentes y, con especial destino, a los ausentes, que se acordaron de nosotros sean, o no, de este gremio.

No puedo finalizar, sin ms, cuando estoy lleno de gratitud, y quiero afirmarlo, en mi propio nombre y, con seguridad, en el de todos los asistentes, dirigindome a Antonio. Artfice de este clima humano, promotor de amistad entre nosotros, resorte principal e imprescindible, en defensa de la perdiz y de nuestra aficin cuquillera. Hombre capaz de poner, en su sitio, las cosas de este ancestral arte, por tradicin, inteligencia y saber. Mi gran amigo, ha puesto el listn muy alto. Su casa, ya lo era antes y, de nuevo, ahora, es, para m, un lugar donde acudir, a obtener y compartir, adems de la amistad, lo autntico y lo verdadero.

Jos Antonio, el virtual zorro asesino; Barbas, para los amigos, cazador, y, algn da, cuquillero.

 

 

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