Tras una semana de ilusi√≥n creciente, conversaciones preliminares, consultas atmosf√©ricas, preparativos que sentimos la necesidad de repasar una y otra vez‚Ķ lleg√≥ el viernes veinticuatro de octubre, d√≠a se√Īalado y esperado por todos los aqu√≠ reunidos. Mi padre y yo comimos de prisa, contra costumbre, con la intenci√≥n de partir cuanto antes, de suprimir esa barrera de cientos de kil√≥metros que nos separaba de vosotros.

Perd√≠a yo la mirada en el veloz paisaje de la ventanilla y pensaba en esa comilona en casa de Fragenquer, a la cual mi apreciado Alga nos invit√≥ con insistencia, nos trat√≥ de sobornar con tiernas carnes corcinas, con dulc√≠simos postres navarros‚Ķ ¬°Qu√© demonios! A√ļn siendo yo de buen comer, perderme el √°gape dol√≠a mucho menos que tener que posponer el reencuentro hasta la cena, pero imperativos laborales y la √≠ntima enemistad entre Castell√≥n y Lig√ľerre de Cinca as√≠ lo dictaban.

A las nueve y poco desembarcamos en el buc√≥lico enclave del alojamiento y descargamos los archiperres, mientras comprob√°bamos que las temperaturas ser√≠an sensiblemente m√°s c√°lidas que las que nos acompa√Īaron el a√Īo pasado. Buen tiempo, dir√≠an algunos incautos. Mal presagio, en cambio, para los que gustamos de calzar bota y escuchar la sierra inundarse de latidos.

Lafoz, Alga, Pepino y Fragenquer son los primeros que nos asaltan en el aparcamiento. Por fin, apretones de mano, sinceras miradas c√≥mplices, palabras felices. No puedo reprimirme las ganas de visitar a los de dentro de los remolques tambi√©n, de saludarlos uno por uno y darles las buenas noches, antes de dirigirme a la entrada del restaurante. All√≠ se encuentran Valhalla, Donai, Jaroa, Kodiak, Grivettes, Ibex, Pepper, Lola de Excopesa, Adarg, Salvarv. Y ya en el interior Enrique, Armando, Ignacio‚Ķ resumiendo, ¬°que llegamos los √ļltimos, como casi siempre! De nuevo saludos, sonrisas, ¬Ņque si se hizo largo el viaje? Larga la espera de todo un a√Īo; bendito el trayecto que la ha fulminado. Ilusi√≥n desbordante y sed calmada por cervezas que brotan sin mesura sobre una bonita madera merced a la generosidad de todos los presentes, cuyos brazos compiten como anacondas por pagar lo bebido.

Subimos a cenar y a mi lado se sienta Garsen, a quien Alga me presenta sabedor de que quizá compartamos cierta manera de enfocar la cinegética y de amar el trabajo de los canes, como enseguida tengo el gusto de comprobar. Degustamos una cena que encuentro exquisita y copiosa, de manera que el ya habitual intento de Lafoz, que por lo visto sigue encontrándome menudo, de obsequiarme con sus piezas de porcino se me torna un problema, aunque el siempre ávido Fragenquer me echa un capote y finiquita el asunto.

Seguidamente, alguien a quién leí llaman el embajador del Gobi, tomó la palabra para agradecer, en primer lugar, la asistencia al evento. Recordar las siempre necesarias normas de seguridad y explicar la distribución de sueltas y armadas. Así como anunciar los obsequios gentileza de BonArea, por obra de Donai (un fuet, varias muestras de pienso, una gorra…) y Lola, gracias a Excopesa (un chaleco reflectante, un DVD, catálogos…). También gracias a Donai se pudo rifar un jamón, que la fortuna destinó inicialmente a Lola (menudo lío…), pero cuya generosidad hizo que finalmente fuese despachado entre todos en los desayunos previos a las batidas.

Concluido el careo, la campadura, el forrajeo, todo invitaba a dirigirse a los encames pues deb√≠amos madrugar. Y as√≠ lo hicieron aquellos m√°s responsables y de mejor criterio. Sin embargo, ese grupo de irreductibles ma√Īos que tan bien caracteriz√≥ Valhalla se empe√Īo en visitar las ba√Īas y volvi√≥ a secuestrar a este hidalgo andorrano, al primerizo catal√°n y tampoco los castellonenses nos pudimos escapar. Y lo que empez√≥ en bautizo amenazaba con acabar en ‚Äúlegado de Tibu‚ÄĚ, as√≠ que a las dos y pico de la madrugada nos compadecimos del simp√°tico y paciente camarero y nos resignamos a poner fin a la tertulia.

Tras dormir deprisa en nuestras confortables habitaciones acudimos puntuales al desayuno, a las siete, a√ļn de noche. Pan, huevos, chorizos, longanizas, m√°s el citado jam√≥n de Lola obsequio de Donai, m√°s caf√©, m√°s algunas mandarinas que hab√≠an sobrevivido a las nevadas en levante, m√°s el kit de supervivencia semanal que nos hab√≠an preparado para llevar, imagino que a petici√≥n del voraz Alga (dos bocadillos majos, fruta, zumo, yogur con cucharilla y todo ‚Äďlo siento pero me avergonc√© al descubrir tal pijada en el puesto-). Y esta vez ni siquiera la excusa de combatir el fr√≠o permit√≠a justificar los excesos gastron√≥micos.

Fue un verdadero placer la celeridad con que se organiz√≥ la salida hacia los puestos, sobre todo pensando en nuestros compa√Īeros de cuatro patas y en lo que amenazaba el tiempo. Tras los peores minutos de todo el encuentro, enclaustrado en un todoterreno convertido en una de esas atracciones de feria que nunca me gustaron, solo aliviado por el paulatino redescubrimiento del paisaje (me dirig√≠a a la misma armada del a√Īo anterior) alcanzamos un antiguo huerto de almendros, que debi√≥ plantar all√≠ alg√ļn paisano poseedor de helic√≥ptero, y que recordaba bien como el final de la tortura y el inicio de la caminata a pie hacia los puestos.

Me encuentro frente a una ba√Īa muy tomada, recibo las indicaciones de mi postor Alga, que me desea suerte y se aleja. Se da la orden de soltar e inevitablemente pienso en los resacadores del club: Fragenquer, Enrique y el reci√©n llegado Mikimatt, as√≠ como en Marcos de Monz√≥n y Marcos P√©riz, que tambi√©n han venido a ayudar. Y me siento extra√Īo a este lado de la barrera pues a uno, se√Īores, le encandilan los perros y no los hierros.

Emocionado ya por las incesantes ladras aqu√≠ y all√°, advertido por los disparos y asustado una y otra vez por las incontables torcaces que con toda raz√≥n me reprochan la ocupaci√≥n de su bebedero, me voy fundiendo en el monte y afinando los sentidos. Disfruto con la visita del √ļltimo fauve de Breta√Īa y de los nuevos treeing walker de Mikimatt, sabuesos originarios del otro lado del charco, que en clara actitud de rapproch√© arriban a la ba√Īa, enfilan la demanda y anuncian con atronadoras voces el levante de un buen ‚Äútocino‚ÄĚ, como llevo tiempo escuchando decir a los aragoneses, que se descubrir√° como el m√°s astuto del lugar al fingir un desmayo tras los disparos de Mikimatt, esquivar mi puesto trazando un semic√≠rculo, escapar de los intentos de abate de Alga y Armando, colarse entre Garsen y Donai y finalmente alejarse tras la postura de Linde. Todos ellos afirmaron que los quejidos y resoplidos del animal parec√≠an indicar que iba tocado. Yo creo que, simplemente, se descojonaba‚Ķ No obstante, fue un precioso lance pues, citando a Jos√© Ortega y Gasset, ¬ęno es esencial a la caza que sea lograda¬Ľ (pr√≥logo a Veinte a√Īos de Caza Mayor, del Conde de Yebes, 1943).

Pude escuchar a los perros de Fragenquer y Enrique empujando jabalíes, imaginé al Titi y a la deslenguada Tata, a Miki, a Pluto, a la Gafas. Eché de menos a Carla. Contemplé con pasión el trabajo insistente de un grifoncillo tricolor, mestizo, latidor, que no descansó hasta meterme a los morros una vieja jabalina que tuve la fortuna de abatir. Un elefante blanco de Marcos Périz me guió hasta el lugar donde descansaba el cuerpo del delito.

Pese al calor del todo impropio para la √©poca, muy nocivo para los canes, estos siguieron acosando cerdosos, alegrando el monte con su musical lenguaje y casi todos los puestos disfrutaron de ocasiones. Hasta 47 disparos parece que se contabilizaron. Al final fueron tres los animales cobrados, uno de ellos imponente, atajado por Salvarv y rematado por Marcos con la ayuda de sus perros. ¬ŅPocos? Indudablemente se fall√≥ m√°s de lo deseable, pero pobre del que utiliza este rasero para medir el √©xito de sus salidas montunas.

A una hora bastante decente nos encontr√°bamos en Lig√ľerre, y tras una reparadora ducha, hubo tiempo de esparcimiento, de compartir experiencias, de picar entre horas, de beber con y sin sed, de risas y de llantos tambi√©n para los aventureros cul√©s que nos acercamos hasta A√≠nsa, donde al parecer se encontraba el televisor m√°s cercano‚Ķ

Llegada la hora de la cena nos reunimos en la mesa para devorar garbanzos, costillas asadas y un fino postre. Seguidamente, una de las m√°s arraigadas tradiciones de estos encuentros: la queimada asesina. No hubo esta vez que lamentar da√Īos materiales, por m√°s que Fragenquer se empe√Ī√≥ en darle emoci√≥n al asunto, aumentando cada vez m√°s la ardiente cascada, alentado por quienes al parecer no contemplan con asiduidad espect√°culos pirot√©cnicos. Qued√°is invitados a Valencia pero, por favor, no pongamos en riesgo el maravilloso entorno del A√≠nsa-Sobrarbe. Es justo decir que sali√≥ buena la queimada, as√≠ como el licor de arroz ofrecido por Grivettes y los gin tonics que una vez m√°s nos atacaron por la espalda, nos rodearon y retuvieron hasta las‚Ķ no se chicos, cambiaban la hora esa noche y todo nos parec√≠a pronto. Y por si los que prefieren acostarse temprano tienen curiosidad, hablamos de perros y de montes, y de montes y de perros‚Ķ en fin, una enfermedad.

Tras dar una cabezadita, atacamos a las siete de la hora nueva un desayuno completo y arreando hacia el monte. Se cazaba el resaque que el a√Īo anterior impidi√≥ la lluvia, un curioso monte de Pinus sylvestris atravesado de barrancos muy encajados, con paredes escalonadas por la erosi√≥n fluvial, denominadas rayas por los oriundos, dando lugar a un terreno verdaderamente accidentado y dificultoso para el tr√°nsito de resacadores y canes. No tanto para esas admirables bestias negras, como algunos tuvieron el placer de comprobar.

Me encuentro apostado en una asomada de preciosas vistas aunque de espaldas a la cacer√≠a, de manera que me cuesta escuchar el trabajo de los perros. Sentimientos agridulces se apoderan de mi, pues voy tomando consciencia de cu√°n ef√≠mera es vuestra compa√Ī√≠a, de que la XII edici√≥n del encuentro Pirineos va tocando a su fin. ¬ŅQu√© tendr√°n estos encuentros para que hasta un talib√°n de la caza y los perros como yo, que a menudo se obceca en exprimir sus horas de monte y en apurar los lances y descuida ese ambiente de cuadrilla y compa√Īerismo que debe envolverlos, qu√© tendr√°n para que me ablande, para que en medio de la ‚Äúfaena‚ÄĚ se me vaya el santo al cielo pensando en vosotros?

La batida concluyó con dos jabalíes capturados. Uno de ellos tuvo la pericia de santiguarlo Santos, que siempre cuenta con la inestimable ayuda de Diego en el puesto, los ojos que todo lo ven, recompensando así el acoso de los perros de Enrique. El otro lo detuvo Armando, un buen macho que venían empujando los anglos de David Pescatero y David Bescós, que acudieron para echar una mano en esta jornada de domingo.

Toc√≥ acarrear con el bicho de Armando un buen trecho, como casi siempre en esos parajes, bajo un sol de justicia y a trav√©s del agreste entorno. Tal era el esfuerzo, que sinceramente cre√≠ que Pepino inundar√≠a aquellos terrenos a√ļn a costa de deshidratarse.

Colonizamos de nuevo la mesa, a una hora formal esta vez, y nos zampamos un arroz con trompetillas delicioso, pollo guisado, postres, caf√©s‚Ķ Inmejorables las viandas de todo el fin de semana. Salvo por un matiz. La tirria que parecen tenerle al pescado por esos lares‚Ķ ¬Ņser√° que en el embalse situado a tiro de piedra no nacen los atunes ni crecen los rapes?

Me di un √ļltimo paseo en solitario por el exterior y la mirada se volvi√≥ a perder sobre un paisaje esta vez calmo, despidi√©ndome de a poco y confesando a las aguas que hab√≠a sido feliz‚Ķ

Temíamos que apareciera,
y presentóse ya allí,
soliviantando la escena,
el momento de partir.

Con el espíritu henchido,
por lo cazado y sentido,
aunque tristes y angustiados.

Por agarrar el carril,
que nos acercaba a casa,
nos alejaba de allí.

Y para ir concluyendo esta cr√≥nica, a√ļn con la sensaci√≥n de dejar demasiado en el tintero por omisi√≥n, olvido o falta de pericia, abro el turno de los agradecimientos. Mil gracias a los organizadores, la magnitud del evento es tal que un novato como yo no alcanza a concebirla. Enhorabuena a los resacadores por el simple hecho de prestaros a esto, pues conozco los sacrificios que comporta. A los cazadores de la zona que colaboran como verdaderos compa√Īeros. Al personal del alojamiento, por su paciencia y buen hacer.

A mi estimado Alga, que no entiendo muy bien por qu√© se desvive por m√≠, ni por qu√© me ha encomendado redactar esta cr√≥nica, cuando a todas luces me falta experiencia y bagaje en estos tinglaos. A Valhalla, por servirme de inspiraci√≥n con su estupendo relato, que ni de lejos he conseguido igualar. A Fragenquer, Enrique, Pepino y Lafoz por tratarnos a m√≠ y a mi padre como si nos conoci√©ramos de toda una vida. A Garsen y Mikimatt por compartir la pasi√≥n‚Ķ esa pasi√≥n. A Jaroa por su radiante y perpetuo buen humor. A Kodiak, porque aunque no hemos conversado demasiado, se que esto es en buena parte gracias a ti. A Donai, Grivettes, Adarg, Salvarv, Ibex, Pepper, Armando, Linde, Albe, Aufa, Santos, Diego, Alfonso, Ignacio, Lola, Pepe‚Ķ Gracias por venir, gracias por ser as√≠. Me esforzar√© por ir conoci√©ndoos mejor en a√Īos venideros. Vosotros sois esa suerte.

Ech√© de menos a Guara, a Fausalva, a Pelacho, a Marc, a Homo (enhorabuena t√≠o), a Codor‚Ķ espero volver a veros por aqu√≠. Y a muchos otros que no he tenido el gusto de conocer en mi corta trayectoria de tres encuentros, pero que ayudaron a construir esto. Ojal√° volv√°is alg√ļn d√≠a.

Y acabo definitivamente pidiendo disculpas a aquellos que no encuentren en estas l√≠neas todo lo que esperaban, o les sobre algo, o bien lo hubieran enfocado de otra forma. El encuentro es de todos y la cr√≥nica tambi√©n, pero esta vez le han otorgado el honor al m√°s joven del lugar y ya se sabe. El que con cr√≠os se acuesta, meao se levanta. Es una visi√≥n muy parcial y personal, hay muchos detalles, muchas peque√Īas y valiosas historias que seguro escaparon a mis sentidos y que la cort√≠sima estancia no me permiti√≥ escuchar de vuestras gargantas. Ans√≠o poder compartirlas la pr√≥xima vez que nos veamos en la XIII edici√≥n del encuentro Pirineos 2015‚Ķ ¬°como muy tarde! Dec√≠a Miguel Delibes en el pr√≥logo a El libro de la caza menor (1964) que ¬ędurante seis d√≠as de la semana el hombre se carga de razones para abandonar por unas horas los convencionalismos sociales, la rutina cotidiana, lo previsible. Al s√©ptimo d√≠a, se satura de ox√≠geno y libertad, se enfrenta con lo imprevisto, experimenta la ilusi√≥n de crear su propia suerte‚Ķ¬Ľ.

Amigos, tenemos todo un a√Īo para cargarnos de razones. Un abrazo.

 

(M√°s fotos en el √°lbum del encuentro)

Taire

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Crónica Pirineos 2013

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