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Encuentro perdigonero en Caravaca de la Cruz (Murcia)
9 de febrero de 2008


Sebas, JG, Antoniopedrín, Fernando de Badajoz, Benedicto, Benedicto II, Miguel D.G., Tirofijo, Joaquín, José, padre de Antoniopedrín. De rodillas: Viejolince, Paco bastida, Cojo.

El pasado día 9 de febrero de 2008 nos dimos cita en Caravaca de la Cruz (ciudad santa), en la provincia y región de Murcia, gente de la jaula de las provincias de Badajoz, Toledo, Alicante, Granada, Almería y Murcia. Llegamos el día 8 por la noche y allí cenamos.

Quedamos con Miguel D.G., mi mujer, Paqui, y yo en mi pueblo, Castilblanco de los Montes (Badajoz), el día ocho a las tres y media del tarde. Cargamos el coche con nuestros bultos y nuestras ilusiones y salimos.

El viaje transcurrió por las estribaciones sureñas de los Montes de Toledo, en los límites entre las provincias de Badajoz (Castilblanco, Herrera del Duque, Fuenlabrada de los Montes y Villarta de los Montes) y Ciudad Real (Puebla de don Rodrigo, Luciana, Piedrabuena), todos ellos pueblos de gran tradición cinegética, y fuimos internándonos en las interminables llanuras manchegas, salpicadas de viñedos y olivares cuyos líneos se perdían en la lejanía y se presumían llenos de la brava perdiz roja, objeto de nuestra pasión y de nuestros encuentros. ¿Cómo es posible que una pieza de tamaño reducido pueda movilizar a gentes de sitios tan dispares de nuestra amada geografía? Incomprensible para quien no puede ni sabe comprender.

A medida que nos acercábamos a algún pueblo manchego, nos recibía la imagen de Don Quijote y Sancho, las dos Españas que nos hielan el corazón; imágenes que anunciaban los pueblos que todos tiene derecho a ser la cuna del insigne Caballero de la Triste Figura, ya que todos son aquel «lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…» y que nuestro más grande ingenio dejó en su testamento para duda y disfrute de todos ellos.

—La ventura va guiando nuestros pasos mejor de lo que acertáramos a contemplar, hermano Sancho, que aquellos que allí ves son desaforados gigantes con los que pienso entablar feroz y desigual batalla…

—Mire, vuesa merced, que aquellos que allí veis no son gigantes, sino molinos a los que el viento hace girar sus aspas…

Cierto; enormes y feroces gigantes se recortan en el paisaje manchego, no moliendo grano, sino desgranando kilovatios/hora para nutrir a una sociedad de consumo… Si Cervantes levantara la cabeza ¿qué diría de las vastas llanuras manchegas donde corrían el rocín flaco y el galgo corredor llenas de esos extraños, hirsutos e inertes gigantes?

Llegamos a las Lagunas de Ruidera, donde reaflora mi Guadiana y el paisaje se quiebra. Manchas de carrascas salpicadas de siembras donde aparecen los conejos ¿recechando? no sé, pero fuera de sus madrigueras y alegrando nuestra vista de cazadores.

Suena el teléfono móvil y se oye en el sin manos la voz tonante de Miguel Viejolince que, con su esguince de tobillo, acude con su esposa al encuentro. Quedamos en juntarnos en Albacete y seguir juntos hasta el punto de encuentro. Después nos llama Sebas, uno de nuestros grandes anfitriones, con ese deje murciano que, como decimos por Badajoz, se «deja caeee». Ya me entra la picaílla al oír a gente a la que solo había leído en el foro y que tienen voz.

Albacete. Teléfono. Miguel Viejolince. En la autovía nos hacemos señas luminosas y nos juntamos. Seguimos juntos. Pasamos Hellín y llegamos a tierras murcianas. Paramos a tomar un café y ponemos rumbo a Caravaca de la Cruz, Ciudad Santa, y de allí a nuestro alojamiento. Lugar Torre Mata. Complejo rural tranquilísimo y exquisito en torno a una torre almohade del siglo XII, límite del reino nazarí de Granada.

Son las nueve de noche. Llegamos y allí están los compañeros. Los anfitriones Sebas y Juan Antonio Antoniopedrín, dos personas de gran tamaño de corazón y de humanidad; Joaquín_ de Benidorm, su hermano Benedicto, su primo Benedicto (I y II; hasta el XVI faltan XIV) y un amigo de ellos, José; Manuel Cojo de Huércal-Overa; todos con sus esposas. Nos saludamos y presentamos y nos vamos conociendo, contándonos nuestras cuitas, nuestros puestos, nuestros sabores y sinsabores en el embrujo del perdigón.

Una vez aposentados, tomamos alguna cerveza y nos sentamos para cenar. La cena transcurre entre preguntas ¿cómo está el celo allí? ¿entran bien? ¿es perdiz silvestre?… Poco a poco, alguna de nuestras mujeres, fatigadas por el viaje, se retiran a descansar. En la sobremesa, alrededor de un gin tonic, ocurre uno de los momentos más amables y simpáticos. Sin decir nada, Joaquín_ se va a su habitación y vuelve con algo en su hombro. ¡Es un perdigón! Un pollo de este año. Se llama Chiquitín. Lo pone sobre la mesa y, tranquilamente, se mueve de aquí para allá con toda la naturalidad del mundo. Le pasamos la mano por la pechuga y debajo de la gorguera y le damos golpecitos. Chiquitín se engalla y se lía a dar picotazos a todo aquel que lo intenta y a tocarle pitos, indicando quién es el jefe. Pasa el tiempo y, poco a poco, unos y otros vamos rindiéndonos y retirándonos, que mañana es el día del encuentro.

Amanece un día fresquito con niebla; ¡vaya! Y yo que creía que la niebla sólo la había en mi comarca llena de grandes embalses; pero no, también se da en tierras con fama de más secas.

Cuando llego a desayunar, está la mesa llena con los más madrugadores y madrugadoras: Sebas y su esposa Pepi; su hermano Francisco, Paco para los amigos, y su mujer; Juan Antonio Antoniopedrín; Manolo Cojo, Tirofijo que se ha incorporado esta mañana; Miguel Viejolince.

Mientras tomamos café y tostadas con tomate de esa huerta murciana, bañado en aceite de oliva, se van haciendo comentarios sobre las posibilidades del día. Se nota un ambientazo ante la perspectiva del coto que ha preparado Antoniopedrín y del día. Es posible que se «corran» bien las perdices.

Salimos a la calle y cada uno de los que van a participar en la caza, empiezan a colocar los apaños en los maleteros de los coches: aguardos, tanganillos, silla, mantas, escopetas y… los auténticos protagonistas, las jaulas.

Sebas, Miguel D.G. y yo nos quedamos. Cuando salen los miro con envidia. Miguel y yo llegamos de muy lejos y no era conveniente darles ese tute a los reclamos; Sebas, para esperar a más gente que irá llegando.

Nuestras mujeres, aunque un poco tarde, van a Caravaca de la Cruz. Cuando llegan, los comentarios son unánimes: es una hermosa ciudad; aunque hubieran deseado haber tenido más tiempo.

Se acerca a nuestro alojamiento un amigo de Sebas, no perdigonero, Joaquín, con un compañero. Comenta que cada vez más entiende esta caza y a los que la practicamos. Es bueno escuchar esto para que se vayan desmontando mitos sobre lo que algunos califican esta modalidad como menos que del diablo.

A lo largo de la mañana se incorpora Ernesto JG y tomamos unas cervecitas en el velador de la entrada del bar del complejo rural. Departimos sobre nuestra caza y sobre la caza en general. Poco después llega el amigo Felipe (fgl) con un pariente. Saca su perdigón junto a uno que ha traído Miguel D.G. para Sebas y se canturrean. Es bueno que haya gente joven con ganas de practicar esta modalidad. Mientras hablamos le comento que qué hay del dibujo que nos había prometido en el foro; me contesta que ¡se le ha olvidado! Bueno, no tiene mayor importancia, ya que estando pensando en la caza es normal que se nos olvide algo.

Es la una y media y ya vienen los que fueron al puesto. Solo Antoniopedrín ha tirado. Los demás cuentan que el celo está muy mal; que han tenido campo, pero que entraban quedándose cerca de los puestos.

Se ahogan las penas en unas cervezas y empieza la sesión de fotos en el porche que inmortalizan el momento. Se comenta que por la tarde será mejor, pero lo mejor de verdad es estar con los amigos y cambiar impresiones.

Pasamos a comer. Se ha sumado al grupo el padre de Antoniopedrín. Está todo buenísimo: la carne, las verduras —habas típicas de Murcia; vi en un documental del canal Caza y Pesca que es propio de Murcia comer habas verdes de acompañamiento en las comidas… me recuerdan mi niñez cuando entrábamos en los habares a coger grillos verdes y las carreras que nos daban los guardas de la Hermandad—. Los comentarios son alegres y prácticamente monográficos: que si entró, que si no entró; que si daba de pie, que si cantaba por alto… Comentarios alegres de una verdadera pasión y embrujo, que quien prueba, se engancha.

Después de una distendida sobremesa, vuelven a salir al cazadero con los ánimos recargados. Los que no vamos, damos una vuelta por el complejo rural. Una maravilla recomendable para quien quiera pasar unos días en plena tranquilidad y sosiego.

Ya de parte tarde, vuelven del campo. Han cazado cuatro piezas. Bueno, no está mal; para que luego haya quien diga que «esta caza es llegar y besar el santo». En fin…

Siguen llegando nuevos amigos. Ya tarde llega Juanjo neni de Cartagena con su esposa y su ahijado y dos familiares. Se unen a nuestro círculos y nos contamos cosas. El familiar que le acompaña explica cómo conocer el sexo de las perdices por una disposición de los órganos de la cloaca. Así será como lo hacen los sexadores japoneses y como lo haría el gran Joan Manuel Serrat antes de Mediterráneo (fue sexador de pollos).

Llega la cena. Nuestras mujeres piden que se ilumine con velas para darle un punto romántico. Se ponen platos que han traído algunos de sus tierras: morcillas, chorizo, salchichón de ibérico, carne guisada de jabalí… Mientras cenamos, Benedicto, el primo de Joaquín_, va a por la gran estrella del encuentro: Chiquitín.

Lo colocan en la mesa y, como en la noche anterior, nos deleita con esa mansedumbre de un animal, arisco por naturaleza, acostumbrado a vivir junto a la familia. Se pasea entre los velones y vasos mientras le pasamos la mano por la pechuga y nos toca pitos y da picotazos. Llueven los flashes de las cámaras de fotos para quedar este momento impreso.

Pasa el tiempo, ya con cierta melancolía, y empiezan los adioses. Neni y su familia se despiden encantados por este rato pasado en compañía de gente de la jaula. Quedamos en mantener contacto y seguir viéndonos en sucesivos encuentros.

Ya hemos cenado. El local tiene un karaoke. El personal se anima. «Ya han soltado la vaquilla» dice Carmen mientras canta.

Viejolince se agarra al micro y canta. Angelita es la estrella. No para de cantar. Incluso se anima una pareja ajena al encuentro que ha venido a cenar al complejo. Es todo muy amable y simpático. Después empiezan los pasodobles, ¡no podían faltar! Giramos y giramos y las rumbas. ¡Vaya marcha que tienen el personal! Las horas pasan y ya, cansados, nos retiramos a nuestras habitaciones. Mañana será otro día y hay que desandar lo andado.

Llega el domingo. El día de las despedidas. Joaquín_, los Benedicto y José, con sus respectivas esposas, quieren estar a comer en casa. Abrazos, apretones de manos; deseos de suerte y de vernos en otros acontecimientos. Salen.

Viejolince, Cojo y Antoniopedrín van a dar otro puesto. Eso es afición y lo demás, coña. Nosotros esperamos a Viejolince ya que regresaremos juntos hasta Albacete donde pararemos a comer.

Llegan alrededor de la una. No han cazado, pero sus reclamos han cantado y han sentido el campo, que es lo importante.

Ya sí. Ya es el momento de despedirse. Nos vamos. Le damos todos las gracias a Juan Antonio Antoniopedrín por la magnífica organización y el trabajo que ha realizado junto a Sebas. Son grandes anfitriones. Esperemos que el próximo año los de Badajoz podamos subir el listón hasta donde lo han dejado estos dos murcianos de gran corazón.

Subimos en el coche y todo va quedando atrás. Nos invade cierta melancolía. Miro hacia atrás y la torre almohade de Torre Mata se enturbia y desaparece. Han sido dos días magníficos rodeados de gente magnífica.

Que lo que queda de temporada nos sea propicio. Nos vemos en Badajoz el año que viene.

Quisiera agradecer a Salvador, propietario del complejo rural, y a todo el personal que trabaja en el mismo las atenciones que han puesto para que nuestra estancia fuera lo más agradable y placentera posible. Y a fe que lo han conseguido.

¡MUCHAS GRACIAS!

 

Fernando Luengo Soria (Fernando de Badajoz)
Fotografías: Miguel (Viejolince)